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Una faceta poco explorada

Fotomontaje: Juan José Olivieri
Fotomontaje: Juan José Olivieri

La seriedad de su obra y de su perfil público contrasta con el humor y la picardía con que Yupanqui daba cuenta de su cotidianidad, atesorada en cartas y fotos. Un recorrido por su archivo personal permite identificar algunos de esos momentos.

Mi amor por la obra de don Ata hizo que me convirtiera en coleccionista y difusor de ella. Así, paso a paso y búsqueda tras búsqueda, se produjo mi acercamiento a la Fundación Atahualpa Yupanqui, y en el vigésimo quinto aniversario de su partida pude trabajar, gracias a la generosidad de su hijo Roberto, con parte de su archivo artístico y profesional.

Adentrarme en las cajas que resguardaban cartas, postales, contratos, pasajes de avión, manuscritos, recortes de diarios, programas de sus presentaciones y cientos de fotografías me hizo dimensionar al hombre como preservador de sus fases artísticas, de viajero y familiar. Como hombre de folklore hizo de lo tradicional y anónimo su esencia existencial. Pero en la convivencia entre modernidad y artista no estuvo ajeno al mundo de la fotografía.

Un grueso del fondo documental está constituido por postales y fotografías que ilustran su vida cotidiana, giras, presentaciones, amistades y familia. Cuando no son tomas propias o de sus acompañantes, su necesidad de tener imágenes era suplantada por la compra de postales, y en ambos casos, una constancia: el hombre y el paisaje.

En carta a su hijo Roberto, del 9 de octubre de 1970, luego de detalles de aviones, horarios, discos y salud, le recomienda: “Kollita: Cuando tengas tiempo, por favor, no dejes de tomarle muchas fotografías a la Paulita, su nieta, instantáneas, sin pose alguna. Serán documentos gráficos que un día te harán muy feliz, al contemplarlos. No lo olvides, campeón, no subestimes esas cosas”.

Don Ata no las subestimaba, de allí que hay varias fotos que testimonian el recelo por mantener a punto sus máquinas fotográficas; copias triplicadas para enviar por correo, regalar o asegurar su resguardo. En algunos casos, contrapunto de imágenes propias en momentos que fueron fijados por fotógrafos profesionales, como aquella conocida donde está con unas palomas comiendo de su mano, en un templo japonés. Como testimonio de su interés fotográfico va esta anécdota del archivo del estudio Massa. Una sesión de fotos para una entrevista, la hoja de corte de los negativos muestra una serie de retratos y, de repente, esta se ve interrumpida por unas tomas que nada tienen que ver con ese tipo de registro, para luego volver a la serie. ¿Qué había sucedido? Yupanqui había convencido al fotógrafo para que lo dejara disparar el obturador y despuntar el vicio con una máquina profesional.

Una gran troupe de los más grandes retratistas argentinos y extranjeros lo tuvieron como modelo. En lo local, figuras como Annemarie Heinrich, Pedro Otero, Eduardo Grossman, Pedro Luis Raota, el de la cámara prestada, Antonio Massa. Por fuera de nuestras fronteras, y siempre maravillados por ese fotogénico embajador de nuestro folklore, lo inmortalizaron Jean-Pierre Leloir, Pepe Fernández, Michel Adda y los italianos Gianni Mestichelli y Giovanni Giovanetti.

OTRO ATA ES POSIBLE

La imagen de seriedad de sus retratos y los pocos giros humorísticos en sus obras contrastan con un abundante anecdotario de humor filoso y chispeante. A la hora de hacer su arte, lo tomaba de una manera sacra y respetuosa. Pero en su cotidianeidad e intimidad, su humor, heredado de su abuelo, asomaba a flor de piel en charlas íntimas, ruedas de conocidos o entrevistas de desprevenidos periodistas. Y aprovechaba esa veta para hacer críticas al entorno del nuevo folklore de los 60 y 70.

Pero no era ajeno a reírse de sí mismo, y he aquí el trasfondo de esta nota. Entre tantas fotografías, una serie me llamó la atención, porque da testimonio de un Yupanqui con humor propio y filoso para consigo mismo. Imágenes que complementaban la abundante correspondencia que mantenía con su mujer, Nenette.

Desde su primera gira a Japón en 1964, pasando por su cotidiana París de los 70, hasta un viaje a Martinica. Sacando cuentas del costo de un collar de perlas, jugando al doctor, riéndose de su sobrepeso o tapando el cartel que indica la presencia de un baño público. Documentos gráficos y escritos de una faceta del humor yupanquiano.

“Runa Allpa Kamaska. El hombre es tierra que anda” es la sentencia del cacique Choquehuanca que Atahualpa Yupanqui eligió como inspiradora de su vida y obra, pero podríamos agregar que a esa tierra también la acompañaban el humor y la picardía criollos heredados por familiaridad y convivencia.

“A qué le llaman distancia, eso me lo han de explicar, si están lejos las cosas que no sabemos mirar”, cantaba don Ata, pero esa lejanía, seguramente, se achicaba cuando una carta llegaba, y todavía más si el humor la adornaba.

Escrito por
Alejandro Guillermet
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