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Dos amores y un lugar en el mundo

Ilustración de nota: Ricardo Ajler
Ilustración de nota: Ricardo Ajler

Atahualpa Yupanqui tuvo tres hijos con su primera esposa, pero su mayor pasión fue la pianista Nenette Fitzpatrick, madre del último de sus herederos, con quien compartió casi medio siglo y alumbró decenas de canciones.

Figura indiscutible de la música folklórica argentina, que dio a conocer por todo el mundo, Atahualpa Yupanqui supo disfrutar de su vida amorosa en plenitud con dos mujeres que marcaron su vida. Su prima, primera esposa y madre de tres de sus hijos, y su segunda mujer, Nenette, con la que vivió 48 años y tuvo a su último hijo, y con quien, además, compartió su obra.

En 1931, Héctor Roberto Chavero, tal su nombre real, se casó con su prima María Alicia Martínez, que tenía un hijo de su anterior pareja. Luego de su paso por Buenos Aires, sin mucho éxito, decidieron irse a Entre Ríos, donde nació su primera hija, Alma Alicia.

Un año después, Chavero decidió participar de la llamada Revolución Radical de 1932, liderada por los hermanos Roberto, Mario y Eduardo Kennedy, con el único objetivo de restablecer en el poder a Hipólito Yrigoyen, que había sido derrocado por un golpe de Estado encabezado por José Félix Uriburu. El plan fracasó y el músico debió exiliarse. Se fue a Uruguay y luego a Brasil.

Ante este panorama, la esposa se trasladó a Junín, donde nació su segundo hijo, Roberto Atahualpa, y en 1936, ya en Rosario, nació Lila Amancay. Un año más tarde se separaron, y ella y sus hijos volvieron a Junín. Entre el casamiento y los viajes de Yupanqui, el matrimonio no sobrevivió y fue poco el tiempo que compartieron juntos.

A partir de entonces, el artista se dedicó a recorrer el norte argentino y se instaló en una ciudad cercana a La Rioja. Tal vez sin imaginar que pronto iba a toparse con la mujer que le cambiaría la vida.

LA GRAN COMPAÑERA

En 1942, en Tucumán, Yupanqui conoció a la pianista francesa Antoinette Paule Pepin Fitzpatrick, con la que mantuvo una relación de casi medio siglo. Ambos habían superado los cuarenta años. Nenette era soltera y sin hijos. Yupanqui tenía tres con su primera esposa, y una hija extramatrimonial, Quena del Valle, que tuvo en Tucumán con la pianista Lía Valdés.

La relación empezó siendo epistolar. “Leo tu carta y quiero decirte que no pienso tristemente en el porvenir. Ya volveré pronto para grabar mis músicas. Y te veré, levantada y amorosa, trabajadora y buena, como sé que eres. Y besaré tus ojos, compañera de tantas horas lindas y tristes. Mi cariño, Ata.”

Con Nenette comenzaron a convivir en 1946, en un departamento comprado por ella en Chile 942, en el barrio porteño de San Telmo, y dieron el siguiente paso, el casamiento. Como Yupanqui estaba casado (no existía el divorcio en la Argentina), la unión legal fue en Uruguay. Ese mismo año (1948) nació el primer hijo de la pareja, el quinto para el artista. Lo llamaron Roberto.

Fueron tiempos difíciles. Yupanqui venía abrazando hacía años la causa comunista y se había afiliado al partido en septiembre de 1945. Por ese entonces, comenzaron las persecuciones del peronismo. Más de una vez Nenette tuvo que ir a buscarlo a la comisaría del barrio.

Entre 1946 y 1955 estuvo prohibido. Nadie lo podía nombrar. Si pasaban en la radio su clásico “Camino del indio”, los locutores lo presentaban como “de autor anónimo”.

Nenette comprendió lo que venía logrando su marido con su música y decidió abandonar su carrera de pianista y trabajar para esa gran obra del folklore.

Años después, se mudaron con su único hijo a Cerro Colorado, Córdoba, donde Yupanqui encontró su lugar en el mundo.

Mientras, en el conservador ambiente del folklore, no estaba bien visto que una mujer francesa musicalizara versos de Atahualpa. Así nació Pablo del Cerro ante los registros de los discos editados y de Sadaic. Pablo como adaptación de Paule y Del Cerro como referencia al Cerro Colorado.

Como Pablo del Cerro, Nenette musicalizó varias canciones y compuso en el piano una serie de temas instrumentales que Yupanqui adaptó a la guitarra, grabó y mostró por el mundo. En Sadaic figura en 65 obras, pero la cifra es relativa. Por ejemplo, en “El arriero” y en “Luna tucumana” está anotada como “versionista”, para lo que tuvo que contar con el aval del autor y/o compositor. Pero, según su hijo, Nenette no tuvo nada que ver con “El arriero”, aunque hizo la música de “Luna tucumana”. En los discos contemporáneos, sin embargo, ella no figura en ninguno de los dos temas. Pero sí aparece en otros, como “Agua escondida”, “El alazán”, “Guitarra, dímelo tú” o “Indiecito dormido”.

Nenette dejó su carrera de pianista porque estaba convencida de que Yupanqui era un artista único en el mundo. Y no le importó tener que criar sola a su hijo. Cuando el bebé cumplió dos meses, Yupanqui tuvo que partir al exilio, del que no volvió hasta 1952.

A su regreso, alternaron entre un departamento en Las Cañitas y la casa de Cerro Colorado.

A partir de 1961, cuando él comenzó sus giras internacionales por Egipto, Hungría y Japón, ella se instaló en Francia con su hijo. En esos tiempos, la correspondencia nunca se interrumpió. En una carta fechada el 29 de junio de 1985, el trovador finaliza diciéndole: “Mamá. En dos semanas estoy en casa. Te bendigo, te abrazo. Hasta mañana”. A veces le decía “mamá” o “madre”.

En 1979, el artista enviudó de su primera esposa y recién entonces Yupanqui y Nenette se casaron por civil e iglesia. Nenette murió el 14 de noviembre de 1990. Había sufrido un infarto una semana antes, del cual se recuperó en tres días, pero surgió una complicación y no pudo reponerse.

Con la partida de su compañera, Yupanqui también recorría el tramo final de su vida. El 25 de ese mismo mes le escribió a su hijo desde París: “Aún vive fuertemente en mi corazón la mano de Mamá con una rosa clara entre sus dedos, y el rostro plácido, de amor, como un ruego profundo, total. Quiso decir algo que no pronunció. No sé decir más. Ruego, espero, anhelo. Sé que soy el próximo en partir al silencio”.

Atahualpa Yupanqui murió el 23 de mayo de 1992 en Nimes, a 800 kilómetros de París, luego de cancelar una presentación la noche anterior. Sus restos fueron repatriados y sus cenizas fueron esparcidas en Cerro Colorado, bajo un roble europeo.

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Laura Santos
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