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Caras y Caretas

           

Amores y desamores

Julio Cortázar tuvo varias historias: la primera, con Aurora Bernárdez, se convirtió en amistad hasta el final de sus días; la última, con Carol Dunlop, selló su viaje definitivo. Abandonado por su padre cuando era niño, se crió entre mujeres. En su adultez los amigos fueron clave.

Yo sé que hay una especie de desgarramiento en mí, yo soy por naturaleza solitario. Y eso sobre todo en mi adolescencia y primera juventud. Luego ya aquí, viviendo en Europa y por otros motivos, pues entonces digamos que descubrí a mi prójimo, en ese momento lo que yo reivindicaba como un derecho y casi un orgullo, el hecho de que me dejasen en paz y yo estuviera solo, se convirtió un poco en un sentimiento de culpa. Entonces, actualmente, yo trato de darme lo más que puedo cuando pienso que el hecho de darme no es totalmente inútil, que puede en algún plano tener algún sentido”, le cuenta Julio Cortázar en una entrevista a Joaquín Soler Serrano en 1977, año en que conoció a su última compañera, Carol Dunlop.

Ella era 32 años más joven y se conocieron en Montreal, en una charla que dio Cortázar. Era fotógrafa y en coautoría escribieron Los autonautas de la cosmopista, un relato de un viaje de 33 días en el que recorrieron desde París hasta Marsella. Dunlop falleció muy joven, a los 36 años. Los restos del escritor –que murió dos años después– descansan a su lado.

Hasta sus últimos días fue amigo de su primera esposa, Aurora Bernárdez. Se habían conocido en la Argentina a través de una amiga en común, la escritora Inés Malinow. Se casaron en 1953 en París, transitaron juntos los duros años de la posguerra y se separaron catorce años después. Ella lo acompañó durante su enfermedad: le preparaba la comida y fue un sostén emocional mientras el cuerpo dolía. Cuando murió, se convirtió en la única heredera de su obra publicada.

Hacia el final de su relación con Aurora, Cortázar conoció a la lituana Ugné Karvelis en un viaje a Cuba. Estuvieron juntos alrededor de diez años y fue gracias a ella que varios de sus libros se publicaron en Francia. Ugné hizo la traducción de algunos de ellos, y fue también gracias a su trabajo que publicaron en francés a autores como Octavio Paz, Pablo Neruda y Mario Vargas Llosa. Fue ella también quien lo acercó al socialismo.

Mario Goloboff lo conoció con la profundidad y la distancia necesarias para poder escribir la más completa biografía del escritor: “Me acercaron cartas, personas que lo habían tratado y me dieron testimonios de su vida. Por encima de lo que yo había captado, apareció un hombre generoso, que se ocupaba de la gente común”, cuenta en una entrevista con Télam. También afirma, en coincidencia con lo que sobrevuela en la propia narrativa de Cortázar respecto de su soledad, que no era una persona con facilidad hacia la amistad: “Más allá de sus amistades públicas, creo que sus amigos reales, profundos, no figuran para nada en la literatura, y otros lo fueron por momentos”. En la misma entrevista con Soler Serrano, Cortázar dirá que los amigos fueron pocos pero buenos.

LOS AMIGOS

A Octavio Paz lo conoció en 1945 y se hicieron amigos. Algunas veces lograron coincidir en el mimo territorio pero, fundamentalmente, intercambiaron una correspondencia fulgorosa. Cuando el autor de Rayuela falleció, Paz publicó un texto nominado “Laude: Julio Cortázar”, en el que escribió: “En 1968 él y Aurora Bernárdez vivieron con Marie José y conmigo en nuestra casa de Nueva Delhi. Por esos tiempos Julio descubrió la política y abrazó con fervor e ingenuidad causas que a mí también, años antes, me habían encendido, pero que ya entonces juzgaba reprobables. Dejé de verlo, no de quererlo. Creo que él tampoco dejó de ser mi amigo. A través de las barreras de palabras y papel que nos dividían, nos hacíamos signos de amistad. Su muerte me ha quitado esa comunicación tácita y silenciosa”.

Seducido por la sensibilidad artística, también se hizo muy amigo de un pintor argentino durante los primeros años de su vida en París: su tocayo Julio Silva, a quien llamaba el “Patrón”. Según cuenta Goloboff, el vínculo comenzó el día en que Silva tocó la puerta de su casa diciéndole que venía de la Argentina y que quería conocerlo. En conjunto publicaron Silvalandia, un compendio de textos de Cortázar acompañado por representaciones visuales de Silva. Allí, el texto “Un Julio habla de otro” cuenta: “El mayor de los Julios guarda silencio, los otros dos trabajan, discuten y cada tanto comen un asadito y fuman Gitanes. Se conocen tan bien, se han habituado tanto a ser Julio, a levantar al mismo tiempo la cabeza cuando alguien dice su nombre (…) Por eso Julio lápiz siente ahora que tiene que decir algo sobre Julio Silva, y lo mejor será contar por ejemplo cómo llegó de Buenos Aires a París en el 55 y unos meses después vino a mi casa y se pasó una noche hablándome de poesía francesa (…) Los encuentros se hicieron cada vez más frecuentes y la confianza habilitó incluso las visitas sin aviso”.

Cuando tenía seis años, su papá los abandonó a él y a su hermana –que en ese momento tenía cuatro años y a la que tiempo después le diagnosticarían esquizofrenia– y se fue con otra mujer. Su madre, María Herminia Descotte, logró mantener a sus hijos dando clases particulares pero el margen económico era bastante acotado. Las figuras más fuertes de Cortázar niño fueron esencialmente femeninas: también estaban su tía y su abuela. La última década de su vida le trajo la amistad de la poeta Cristina Peri Rossi. Ella andaba por los treinta y él terminando los sesenta. Las cartas y los encuentros entre París y Barcelona fueron y vinieron. Él le escribió “Cinco últimos poemas para Cris”, y ella publicó, luego de su muerte, Julio Cortázar y Cris.

“Cuando los amigos se entienden bien entre ellos, cuando los amantes se entienden bien entre ellos, cuando las familias se entienden bien entre ellas, entonces nos creemos en armonía”, dejó escrito para siempre en Rayuela.

Escrito por
Marina Amabile
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