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Raquel Forner: la potencia de una artista

Referente fundamental de las artes plásticas en la Argentina, la pintora
tuvo un derrotero que abarcó los grandes temas del siglo XX, desde los horrores de la guerra hasta la conquista del espacio.

“Cuando me enfrento con una tela en blanco, comienzo la aventura maravillosa que es para mí la creación de una obra; me siento inmensamente feliz y privilegiada. Me siento feliz también de vibrar ante la belleza y el misterio de una rama, de una piedra, de un color… De sentir intensamente como ser humano, como mujer, aunque esto me haga sufrir con la misma intensidad. Me siento en la plenitud total y solo desearía que esta pudiera prolongarse para alcanzar mi realización total como ser y como artista. Por eso hoy me pregunto… ¿Cuántos años tengo?” (Raquel Forner, sábado 22 de abril de 1961).

Tras esta íntima reflexión en su cumpleaños número cincuenta y nueve y viendo sus deslumbrantes pinturas, repasando sus prolíficas y diversas etapas y los notorios logros que supo conquistar, sobre todo siendo una artista mujer, la respuesta a su interrogante en el momento de conmemorar el ciento veinte aniversario de su nacimiento está en la certeza de que aquella vibración y aquella plenitud que la embargaban se transfirieron sin reservas a cada de uno de sus trabajos.

El horror de la guerra

Ante ellos es imposible no sentirse conmovido, ya sea los que dan cuenta de las tragedias del siglo XX, como fueron la Guerra Civil Española, desarrollada en la serie España, iniciada con la enorme composición Mujeres del mundo (1938), o la Segunda Guerra Mundial, descarnadamente representada en la serie El Drama. Nada más actual que esas visiones de pesadilla que denuncian y se conduelen frente a las terribles consecuencias de la violencia injustificada.

Mujeres del mundo (Serie España, 1938). Óleo sobre tela. Fundación Forner-Bigatti.

En estos ciclos la figura de la mujer tiene un papel protagónico, ya como víctima a la que el conflicto deja sola y obligada a asegurar la continuidad de la vida, ya formando parte de los desplazamientos poblacionales en procura de refugio, ya como figuras alegóricas que personifican enfermedad, hambre o muerte, inevitables compañeras del furor bélico. Y si bien su obra emplea muchos elementos de la tradición artística, estos fueron actualizados a través de los lenguajes modernos, que Forner supo metabolizar inmersa en el clima de renovación efervescente de la Buenos Aires de los años 20 y participando, a finales de la década, del ambiente europeo junto a sus compañeros del Grupo de París, compartido con notables creadores como Antonio Berni, o el que será su marido, el escultor Alfredo Bigatti.

Esta no fue su primera estadía en Europa: siendo una niña viajó con su familia a España, de donde era oriundo su padre. El deslumbramiento frente a las grandes obras decidió su precoz vocación, mostrando la necesidad de iniciar estudios artísticos, por lo que ingresó a un taller particular de La Boca. Pronto su maestro advirtió que las dotes de su discípula requerían la formación superior de la Academia Nacional de Bellas Artes. De allí egresó a los 20 años y, para sorpresa de su familia, pronto emprendió una carrera en la pintura con la determinación de trascender en su práctica y en sus resultados. Así, en 1924 obtiene un tercer premio en el Salón Nacional, causando sensación en la crítica por la madurez de su trabajo y su desenvoltura personal.

De ahí en más nunca se detuvo, integrando en un pie de igualdad con sus colegas las huestes del arte moderno y volviéndose una de sus mayores representantes, introduciendo la particular perspectiva de su condición femenina, que no fue un impedimento para llevar a cabo obras de gran aliento con notable dominio técnico, y tampoco para competir a la hora de las distinciones, como las que obtuvo en los salones nacionales o el codiciado Premio Palanza que le fuera otorgado en 1947, además de alcanzar con su obra reconocimientos internacionales.

El abordaje femenino

Como hemos visto, esa mirada de mujer permea los temas de sus obras. Un ejemplo notable se da en Retablo del dolor (1943), que integra la colección del Museo Nacional de Bellas Artes. Es una audaz versión del Cristo flagelado y estigmatizado protagonizada por una figura femenina. La transposición de la efigie del Vía Crucis tiene la corona de espinas, las manos atadas y los estigmas, pero la mayor de esas heridas atraviesa el pecho y el vientre, porque ¿en qué otro lugar el dolor sería más profundo y el resultado más desbastador para una mujer –para la humanidad– que la laceración de su seno, lugar de la consecución de la vida contra la que la guerra atenta?

Retablo del dolor (Serie El Drama, 1943). Óleo sobre tela. Museo Nacional de Bellas Artes.

Comprometida con su tiempo, Forner no duda en dar un cuadro de situación en primera persona con su Autorretrato de 1941 del Museo Provincial de Bellas Artes de La Plata, que como la obra anterior pertenece a El Drama. Un complejo programa iconográfico que rodea su propia figura revela cómo vive los ecos de la guerra que le llegan diariamente a través de los periódicos clavados en el globo terráqueo que está sobre su mesa de trabajo y que destilan sangre. Su hogar está en una tierra de paz y promisión –representadas por el mapa de la Argentina y el haz de espigas–, donde ha formado su hogar junto a su compañero –presentes en sus efigies de perfil resueltas en grisalla– y en la que despliega su arte rodeada de libros y los utensilios propios de su hacer. Al fondo están los signos del drama: la paloma herida y las mujeres que se lamentan. Incluye una cita a su propia obra al reproducir La Victoria –sarcástica pintura en la que un torso escultórico femenino es apresado a un paredón de fusilamiento–, flanqueada por la muerte y precedida por cadáveres. Más atrás, la propia artista se vuelve a representar frente al caballete, blandiendo las armas de la pintura –paleta y pinceles– con las que se sumerge y “vive” en cada cuadro las atrocidades de la contienda. Desde el cielo, en el último plano, caen los paracaidistas, como moderna lluvia destructiva.

Autorretrato (Serie El Drama, 1941). Óleo sobre tela. Museo Provincial de Bellas Artes “Emilio Pettoruti”.

La conquista del espacio

Luego de acometer distintas etapas donde la incomprensión y el egoísmo siguen asolando a la humanidad, a finales de los años 50 realiza en su obra un cambio radical: se despega de la fatalidad terrestre y se aventura en los misterios del universo, entusiasmada por el desarrollo técnico de la incipiente carrera espacial. El amplio ciclo del Espacio despliega con un nuevo lenguaje inscripto en la Nueva Figuración, entonces en auge, un imaginario mundo poblado de lunas, astronautas, astroseres y mutantes, que prefiguran el épico y por momentos esperanzador encuentro entre los grises terráqueos y los multicolores seres del espacio.

Astronauta con piedra lunar I (Serie Los Astronautas, 1966). Óleo sobre tela. Fundación Forner-Bigatti.

El uso del color se vuelve emblemático, sobre todo cuando a través de trazos rojo sangre traza el camino de comunicación y simbiosis entre especies. La pincelada más suelta y expresiva, la materia pictórica más gruesa y texturada, las figuras libres del realismo de conjuntos anteriores y el color más brillante y expansivo, dan la pauta de los riegos asumidos por una artista que no le tuvo miedo a asumir las renovaciones contemporáneas, respondiendo a la necesidad vital que, aun octogenaria, siguió palpitando en su arte y lo mantiene siempre joven.

Origen de una nueva dimensión (mural, 1982). Organización de los Estados Americanos.

Como parte de su legado ha dejado la Fundación Forner-Bigatti en el barrio de San Telmo, justo frente a la Plaza Dorrego, que por voluntad y organización de la artista tiene como sede la casa-taller modernista que ambos artistas construyeron en la década del 30 y que hoy custodia una parte significativa de sus respectivas producciones y sus archivos.

Escrito por
Adriana Lauria
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