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Octavio Paz: defensa de la poesía

Poeta, ensayista y también diplomático, el mexicano Octavio Paz supo reflexionar sobre el lenguaje y sobre el ritmo de la poesía, que distingue al poema de todas las otras formas literarias.

“Nadie puede substraerse a la creencia en el poder mágico de las palabras. Ni siquiera aquellos que desconfían de ellas” (Octavio Paz).

En su concentrado y punzante ensayo Defensa de la poesía, el autor romántico inglés Percy Shelley asienta las bases de lo que, más de un siglo después, desarrollará Octavio Paz a lo largo de una obra enorme y en derrame permanente. Innumerables caminos abrirá el poeta mexicano para pensar el lenguaje como esencia del acto creador, “esta empresa insensata”, la de ser poeta, a la que Paz se ha consagrado como un arqueólogo en busca del origen de la existencia en la inquietud sonora de la palabra. “La poesía es la memoria hecha imagen y la imagen convertida en voz. La otra voz no es la voz de ultratumba: es la del hombre que está dormido en el fondo de cada hombre. Tiene mil años y tiene nuestra edad y todavía no nace.”

La poesía es la otra voz, dice Paz. Y es otra porque es la voz de las pasiones y de las visiones. “Es de otro mundo y es de este mundo, es antigua y es de hoy mismo, antigüedad sin fechas. Poesía herética y cismática, poesía inocente y perversa, límpida y fangosa, aérea y subterránea, poesía de la ermita y del bar de la esquina, poesía al alcance de la mano y siempre un más allá que está aquí mismo. Todos los poetas en esos momentos largos o cortos, repetidos o aislados, en que son realmente poetas, oyen la voz otra. Es suya y es ajena, es de nadie y es de todos.”

Se desarma la figura retórica y pasamos a una instancia de mayor complejidad: el poema dice lo que nada más es capaz de expresar. Dice desde un lugar incómodo y vertiginoso. Dice desde la voz del lenguaje. Dice desde la conjunción de los tiempos, enredando el presente del poeta con su reservorio atávico, con su vibración temprana perpetuándose en la lava encerrada en la piedra.

En su voluminosa obra ensayística, Octavio Paz no hace más que explayar variaciones sobre lo inefable del poema, sobre el surgimiento y desarrollo de la escritura, sobre cómo el poema se empecina embrión hasta alcanzar cuerpo y profundidad que dura lo que el movimiento del cielo sobre el ala de un halcón. Por eso es música del pensamiento. Eco y temblor. Se comprende con la inteligencia del silencio. Y con la niebla auroral de los sentidos. “Las verdaderas ideas de un poema no son las que se le ocurren al poeta antes de escribir el poema sino las que después, con o sin su voluntad, se desprenden naturalmente de la obra. El fondo brota de la forma y no a la inversa. O mejor dicho: cada forma secreta su idea, su visión del mundo.”

Acaso su gesto más redentor y singular recae en una erudición que equilibra Oriente y Occidente. Y desde ahí encaja el poema en la historia para luego desactivarla, romperla en función del valor del mito que volcaniza todo poema –lo mantiene eruptivo– brindándole autonomía: un poema es, funciona, por fuera de su tiempo de gestación, porque se precipita sobre sí resignificándose en cada lectura. “El poema es una virtualidad transhistórica que se actualiza en la historia, en la lectura. No hay poema en sí, sino en mí o en ti. Vaivén entre lo transhistórico y lo histórico: el texto es la condición de las lecturas y las lecturas realizan al texto, lo insertan en el transcurrir. Entre el texto y sus lecturas hay una relación necesaria y contradictoria. Cada lectura es histórica y cada una niega la historia. Las lecturas pasan, son historia y, al mismo tiempo, la traspasan, van más allá de ella.”

El poema se revitaliza constantemente: cada lectura produce un poema distinto. “Ninguna lectura es definitiva y, en este sentido, cada lectura, sin excluir a la del autor, es un accidente del texto. Soberanía del texto sobre su autor-lector y sus lectores sucesivos. El texto permanece, resiste a los cambios de cada lectura. Resiste a la historia. Al mismo tiempo, el texto solo se realiza en esos cambios.”

Poeta en Paz

Aunque quienes exaltamos sus ensayos elijamos desde cierta radicalización su veta de pensador del lenguaje y la palabra, Octavio Paz, que obtuvo el Premio Cervantes en 1981 y el Nobel de Literatura en 1990, desarrolló una obra poética también enorme y no menos trascendente. Si bien se nutrió del simbolismo y del surrealismo franceses, sobre los que además escribió a menudo, su poética manifiesta elementos míticos de la cultura mexicana, alcanzando un sincretismo poroso y expansivo. La lírica de Octavio Paz se apoya en la soberanía del ritmo, un concepto sobre el que el autor de “Piedra de sol” especulará e indagará hasta su infinito cantar. “La célula del poema, su núcleo más simple, es la frase poética. Pero, a diferencia de lo que ocurre con la prosa, la unidad de la frase, lo que la constituye como tal y hace lenguaje, no es el sentido o dirección significativa, sino el ritmo.”

En el fondo de todo fenómeno verbal habita un ritmo. Las palabras, aclara Paz, se juntan y separan atendiendo a ciertos principios rítmicos. Sin embargo, es el poeta quien “despierta las fuerzas secretas del idioma”. Cuando la razón violenta al lenguaje, como sucede en la narrativa tanto ficcional como periodística, el ritmo pasa a un segundo plano, no es lo que determina la magia del texto. El poema, en cambio, se funda en el ritmo. “El poeta encanta al lenguaje por medio del ritmo. Una imagen suscita a otra. Así, la función predominante del ritmo distingue al poema de todas las otras formas literarias.”

Escuchemos: “He aquí a la rabia verde y fría y a su cola de navajas y vidrio cortado,/ he aquí al perro y a su aullido sarnoso,/ al manguey taciturno, al nopal y al candelabro erizados, he aquí a la flor que sangra y hace sangrar,/ la flor de inexorable y tajante geometría como un delicado instrumento de tortura,/ he aquí a la noche de dientes largos y mirada filosa, la noche que desuella con un pedernal invisible,/ oye a los dientes chocar uno contra otro,/ oye a los huesos machacando a los huesos,/ al tambor de piel humana golpeado con el fémur,/ al tambor del pecho golpeado por el talón rabioso,/ al tamtam de los tímpanos golpeado por el sol delirante,/ he aquí al polvo que se levanta como un rey amarillo y todo lo descuaja y danza solitario y se derrumba/ como un árbol al que de pronto se le han secado las raíces,/ como una torre que cae de un solo tajo,/ he aquí al hombre que cae y se levanta y come polvo y se arrastra,/ al insecto humano que perfora la piedra y perfora los siglos y carcome la luz,/ he aquí a la piedra rota, al hombre roto, a la luz rota”. El lenguaje poético danza, aúlla, pinta más que hablar. Las palabras son otra cosa en su ser de palabras.

Octavio Paz nació en Ciudad de México el 31 de marzo de 1914 y murió en esa misma ciudad el 19 de abril de 1998. Aunque no nos importa aquí su función de diplomático, vale el detalle ya que su estancia en la India, por ejemplo, lo impulsó hacia saberes específicos que enriquecieron su obra. Fue un cultor de la diversidad cultural.

Contrastar la potencia del lenguaje poético con la trama feroz que cada día nos planta el mundo desconcierta a la vez que anima. Paz lo ha hecho con ímpetu y severidad filosófica. Con pasión y belleza. Lo ha logrado con la inteligencia de la verdad poética, esa que asume la desesperación de saber que no es posible alcanzar el sentido sino de la manera sublime en la que el lenguaje desacierta y se desentiende de sí. Esa situación en la que el lenguaje se disloca y arremete con su furia colosal dejándonos, en el poema, las esquirlas de un cantar milenario que conmueve y desacomoda, aunque –o porque– nunca se comprende. Shelley le entregó la punta del hilo: “La poesía obra de una manera divina e imperceptible, más allá y por encima de todo saber consciente”. Paz acató y armonizó tamaña incertidumbre: “Todo está y no está/ todo calladamente se desmorona/ sobre la página”.

Escrito por
María Malusardi
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