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“Para las mujeres, la vida cotidiana es una guerra”

Ilustración: Jung!
Ilustración: Jung!

La socióloga y antropóloga María Pozzio analiza la experiencia y cómo fueron tratadas las 59 enfermeras civiles que participaron en el conflicto bélico de Malvinas.

La guerra de Malvinas, planteada por sus autores como una gran gesta patriótica, devino en una rotunda derrota. Y no solo por la firma de la rendición ante las fuerzas armadas británicas el 14 de junio de 1982. Sino también porque muchos de sus protagonistas cayeron en el olvido. Una situación que se refleja también en la invisibilidad de la labor de las 59 enfermeras civiles que participaron en el conflicto. Pocos saben de aquellas mujeres que lidiaron con el horror y la muerte y regresaron a sus hogares en condiciones de semiclandestinidad, con la orden expresa de no hablar sobre lo que habían vivido.

Recién en 2013, cuando el Ministerio de Defensa, entonces a cargo de Arturo Puricelli, entregó a seis de ellas medallas al valor en calidad de veteranas femeninas de guerra –las únicas en recibir esa distinción en el siglo XX y las primeras después de Juana Azurduy–, la opinión pública conoció sus historias, signadas por el trauma de la guerra y el posterior silencio. A partir de ese momento, parte de aquel grupo, las instrumentadoras quirúrgicas del Hospital Militar Central que se habían desempeñado en el buque hospital Almirante Irízar, comenzó a hablar de su experiencia en distintas escuelas e instituciones del país.

En aquellas presentaciones destacaban el lugar de las veteranas de Malvinas, pero también el papel de la mujer en la guerra, lo que motivó entonces una investigación de la socióloga y antropóloga María Pozzio, directora de la diplomatura Género y Salud de la Universidad Nacional Arturo Jauretche. En diálogo con Caras y Caretas, la académica reconstruyó el significado de aquella experiencia para sus protagonistas y para otras mujeres, en el marco de ciertos cambios en torno de los sentidos de lo femenino.

–¿Considera que la participación en Malvinas de mujeres civiles como agentes de la salud fue un punto de inflexión para la posterior feminización de las Fuerzas Armadas?

–La incorporación de mujeres venía de un poco antes, el Colegio Militar de la Nación ya les había abierto las puertas. Los analistas coincidieron en que se trataba de un lavado de cara a la institución en el marco de las críticas por su papel en la dictadura –para mostrarse más plural y democrática–. Según otros, se debió a la necesidad de adecuación a los tiempos que corrían, donde la participación femenina en la sociedad civil y en el campo laboral tenía un rol más activo. Cuando estalló la guerra de Malvinas no había mujeres con grado militar. Aquellas instrumentadoras me contaron que cuando el ejército tomó Puerto Argentino montó un hospital de campaña y fueron convocadas por los cirujanos con los que habitualmente trabajaban. Cuando llegaron no había ningún tipo de preparación para recibirlas: ni ropa, ni borceguíes, ni camarotes. Nadie sabía qué hacer con ellas. Por lo tanto, creo que el punto de inflexión no fue aquella participación, sino las reformas que implementó Nilda Garré cuando asumió en el Ministerio de Defensa, en 2005, que buscaban incorporar la formación con perspectiva de género en las Fuerzas Armadas. A partir de ese momento se inicia un camino que permite que luego, en 2013, muchas mujeres, entre ellas estas enfermeras, sean reconocidas como veteranas de guerra.

–Con base en sus investigaciones, ¿cuál fue el motivo de 31 años de invisibilización?

–Primero, hubo un tema con el estatus de veteranía. Ellas estaban en el rompehielos Almirante Irízar y nunca bajaron a las islas. Cuando llegaron allí, la Argentina ya se había rendido. Si ellas dejaban el barco, corrían el riesgo de ser detenidas por los ingleses, ya que no eran personal militar y, por lo tanto, no estaban amparadas por la Convención de Ginebra. Hubo un rollo burocrático en torno a eso. La delimitación del teatro de operaciones era lo que determinaba si alguien había estado o no en la guerra. Este fue uno de los factores de la invisibilidad de su labor. Por otra parte, según sus testimonios, cuando terminó su trabajo las enviaron a un hotel cinco estrellas en Rada Tilly, cerca de Comodoro Rivadavia, en una suerte de vacaciones extensas, para que no regresaran inmediatamente a Buenos Aires y contaran lo que habían vivido. Por eso, la llamada “desmalvinizazión” fue muy fuerte para ellas. Tanto que, a los pocos años, comenzaron un trabajo de hormiga relatando sus experiencias en escuelas.

–¿Después de Malvinas se redefine el rol de lo femenino en la sociedad?

–Dentro del feminismo y de la reivindicación de las mujeres hay varios discursos. Uno muy fuerte es que lo masculino está relacionado con la guerra y lo femenino con la paz. Y las fuerzas armadas argentinas, con la incorporación de mujeres, hicieron un camino para estar más cerca de la defensa que de la guerra y para vincularse más con las misiones de paz. No sé si la guerra de Malvinas redefinió en sí el rol de la mujer. Creo que, viéndolo en perspectiva, tuvieron mucho que ver las posteriores oleadas feministas. En el caso de aquellas enfermeras, ni siquiera ellas mismas dimensionaron que habían sido punta de lanza.

–¿La experiencia de las mujeres que durante las guerras mundiales ocuparon puestos de trabajo en áreas consideradas masculinas abrió el largo camino que, desde el voto femenino y el feminismo de los 60, llega hasta los actuales movimientos de mujeres?

–Sí y no. Por un lado, las mujeres siempre acompañaron a los hombres a las guerras. En las de independencia del siglo XIX estaban en todos los campamentos, pero no está documentado y fueron invisibilizadas. Estaban las que combatían a la par de los hombres y las que se ocupaban de otras tareas, como las “fondaderas” de la Revolución mexicana, que cocinaban para la tropa. Cuando los ejércitos se formalizaron, a partir del surgimiento de los Estados nación, devinieron en cosa de varones, mientras que las mujeres se quedaban en las casas esperando a que regresaran. Con la consolidación del capitalismo, surge esa construcción de la feminidad, que se muestra en las dos guerras mundiales, de que las mujeres que se habían retirado al hogar podían volver a salir y ocupar todas las posiciones.

–Tiempo atrás planteó que las mujeres en guerra muestran las eternas batallas silenciadas que libran a diario. ¿Puede ampliar el concepto?

–Para las mujeres, la vida cotidiana es una guerra. Su cuerpo, por ejemplo, siempre fue un campo de lucha, un territorio a defender. Por otro lado, sus batallas son como las guerras tal como se plantean hoy, que no se dan en un escenario delimitado, sino en la vida cotidiana, en el sálvese quien pueda. Si uno analiza las luchas de los feminismos, siempre consisten en organizarse y enfrentar las cosas. Hay algo de la preparación para hacer frente a la adversidad que es un signo de lo femenino y que tal vez después vale, como una actitud, en otros campos. Como la capacidad de conciliar varias cosas al mismo tiempo, el sacrificio, la abnegación, el heroísmo… Todas cosas que después se convierten en valores marciales.

Escrito por
María Zacco
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