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Patricio Contreras: “El escenario es el lugar de la libertad”

El actor chileno repasa su carrera, analiza el presente pospandemia, que dejó en crisis al cine y al teatro, y que tiene la mirada puesta en el streaming, y revela sus expectativas sobre el flamante gobierno de Boric.

Nacido en Chile y adoptado por el público argentino, el actor Patricio Contreras observa a la distancia los primeros años que lo conectaron con el concepto de la representación, esa observancia de la comedia italiana hasta el roce con múltiples disciplinas artísticas que transitaron su juventud. Todo parece haberlo hecho parte de un destino inevitable: el estar arriba de un escenario. En ese juego por ser un otro que tanto lo atrapó pero, también, por el anhelo de romper las propias estructuras de la experiencia artística y moral.

Del temprano éxito teatral en la calle Corrientes al prestigio de una carrera plagada de films clave para el cine nacional, como Made in Argentina, La historia oficial y La fuga, Contreras no pierde la pasión de los primeros años y refuerza su noción de la actuación desde el concepto sartreano de la responsabilidad humana, en una época atravesada por la incertidumbre y la necesidad de reforzar los vínculos colectivos.

–¿Cómo recuerda sus años de infancia en Chile y su acercamiento al mundo artístico?

–Mi infancia en Chile fue apasible, tranquila. Vengo de un hogar humilde, que se puede llamar de clase media trabajadora. Mi padre trabajaba en contaduría, no se había recibido como contador pero ejercía en su trabajo. Primero como funcionario de una oficina pública, en el Estado, y luego pasó a una empresa privada. Y mi madre, ama de casa. Completando el esquema típico, tradicional, de mi generación: la madre que cuida a los niños y el hombre que va a trabajar y enfrenta cotidianamente la lucha por la vida. Y un hermano mayor que yo, Claudio, que vive también en Buenos Aires hace treinta años. Mi viejo fue para mí un mecenas. Si bien vivíamos sin precariedades, siempre con lo justo, no nos faltó la comida en la heladera, las vacaciones en verano, las idas a la playa. No nos privamos de nada, fue lindo. Pero mi hermano y yo fuimos muy malos estudiantes. Creo que era algún tipo de venganza contra los padres. Estábamos muy disciplinados. Digo que fue un mecenas porque yo dejé de ir a la secundaria en un momento, porque ya me iba a quedar a vivir ahí, repetí cuatro veces. Entonces de repente opté por rendir libre, terminar el trámite de la secundaria para poder seguir avanzando. A todo esto, fui a una función de teatro, en el Teatro Nacional chileno, y esa fue la noche en la que mi vida se dirigió hacia donde se dirigió. Vi la obra y al año siguiente ya estaba estudiando teatro. Y era feliz. Me di cuenta de que me gustaba estar en el escenario, que era donde más libre me sentía, y hasta el día de hoy me sigue pasando. Puedo sacar todo lo de mi vida cotidiana: por pudor, por timidez, por inseguridad. En el escenario uno tiene un fuero, un permiso para asilarse en el personaje y mostrar los costados más vergonzantes que uno pueda tener o los más ridículos.

–¿Cuándo se dio cuenta de que se iba a dedicar a la actuación y qué recuerdos tiene de esos primeros trabajos?

–En realidad, empecé a sentir una atracción por la actuación sin saber o imaginar que podía ser actor, cuando vi a Gassman, Mastroianni, los comediantes italianos. Fue la primera manifestación más o menos clara de que eso quería ser, pero no me lo declaré. Después de ver Los desconocidos de siempre, cuando era muy joven y los vi, quedé tan prendado de ellos que los empecé a dibujar. Y eso me hizo creer que era una manera de manifestar mi gusto por el dibujo, de dibujar el perfil de Gassman: un sujeto desdeñoso, su soberbia, la malicia de su risa; o el perfil noble de Mastroianni; o el perfil gracioso de Renato Salvatori, su cara de niño. Los dibujé después de haberlos visto por primera vez en el cine, entonces yo pensaba que era una muestra más de ser dibujante. Los años me señalaron y me aclararon las dudas de que los dibujé porque quería ser como ellos, ser actor. Jugar como esos grandulones que veía en la pantalla.

–Tomó la decisión de venir al país en una clima político complicado para el pueblo chileno, pero al poco tiempo tomó el poder la dictadura argentina y terminó detenido. ¿Cómo vivió ese momento y cuál era hasta ese entonces su experiencia con la militancia?

–Efectivamente, vine a la Argentina en un momento complicado. En Chile ya llevábamos un año de dictadura. No nos dejaban trabajar porque éramos reconocidos militantes a favor del gobierno de Salvador Allende, que había sido depuesto. Pero nos dejaron en el teatro aunque nos prohibieron en la televisión, la radio y el resto de los medios. Y estábamos haciendo una obra chilena, con gran éxito, y hubo un argentino que se enteró de que en Chile había una obra a la que le iba muy bien, llamada Tres noches de un sábado. Y averiguó y se dijo “algo tendrá”, porque éramos actores desconocidos, de un país vecino como Chile, sin la tradición del teatro italiano, del francés. Y se la jugó, Héctor Aure nos llevó a la sala Lasalle, que ya lleva muchos años cerrada, en la calle Perón. Y estuvimos dos meses con un éxito enorme, en 1975. Era la primera vez que salía de Chile, que me subía a un avión e iba al extranjero. Y llegar a esta ciudad tan imponente, tan bella, tan enorme, más aún en esa época, que todavía no empezaba el declive económico. Argentina era una sociedad donde la movilidad social era muy común, con las historias de los argentinos de primera generación, que saltaban a la universidad, de sus padres que vinieron huyendo de la guerra, con lo puesto. Me impresionó la calle Lavalle los días miércoles. Era como estar en el 60 en la hora pico, haciendo la cola para el cine, los restoranes llenos, las librerías. En Corrientes, que nunca cerraba, la gente pasándola bien. Se ve que a la derecha no le gusta eso, se encargaron poco a poco de ir transformándolo, a pesar de que Buenos Aires sigue siendo imponente,  con una actividad cultural envidiable, no solo de teatro y cine, sino en música, en danza, las nuevas formas de arte, la fotografía, los diversos festivales de cine, por los derechos humanos, políticos, el festival de Mar del Plata. Me dio vuelta esta ciudad y decidí quedarme un rato. Yo no me fui de Chile sino que decidí quedarme fuera, no quise volver.

–Tomó gran reconocimiento como actor de cine. Hoy la ficción en la pantalla grande escasea y predomina la lógica de las plataformas. ¿Cómo vivió ese cambio?

–Hay una comprensión de la época en que no se concebía al teatro sin una carga de responsabilidad social. Los gobiernos tenían como modelo el Estado de Bienestar, entonces tenían que darle una buena educación a la población joven, buena salud. El Estado tenía que dar seguridad en las calles. Todas las garantías que un Estado de Bienestar puede dar de acuerdo con los recursos. Entendían que la cultura debía ser un bien público. También la sociedad tenía derecho a que le dieran cultura, a eventos artísticos. El Estado se ocupa de difundir y hacer giras con el Teatro Nacional, con el ballet nacional, el folklórico. Cumpliendo la tarea también del Estado a cargo de darle cultura y reflexión a través de distintas manifestaciones artísticas. Representamos a ese público que nos va a ver. Por eso nos quieren cuando somos buenos representantes, por la ejecución del trabajo y el sentido del trabajo. Cuando representamos por el contenido y la ejecución, de cómo brindamos ese contenido, el público se siente bien representado. Nos quiere. Nos espera a la salida del teatro, nos manifiesta su admiración, su emoción, porque es claro que los actores son sus representantes.

–Hace poco tiempo hizo Los Carcamales, una serie chilena que está actualmente en streaming y que aborda con humor la situación de los adultos mayores en Chile. Dijo que lo había motivado que «los protagonistas pertenecían a un sector muy excluido».

–Efectivamente, ahí hablé de la situación de los adultos mayores, no solamente en Chile sino en todos lados, en el mundo entero. Los viejos están estorbando, molestando. La torta se va achicando mientras los comensales se van multiplicando. En Europa resulta que son más los viejos que van quedando por el fenómeno de la prolongación de la vida, entre otras cosas. Y la tropa que trabaja y que, en definitiva, va aportando para que también se sostengan las jubilaciones de los adultos mayores. Es complicado, entonces me pareció bien que hubiera un proyecto que tuviera como protagonistas a unos viejos que demuestran que no son tan inútiles, que tienen pasiones, que tienen reivindicaciones, ganas de hacer y de concretar cosas; que tienen proyectos, y que son solidarios con sus congéneres. Esa fue una experiencia en esta nueva modalidad de hacer televisión con Netflix, todas estas plataformas que no termino de comprender muy bien, pero que creo van a terminar con las salas de cine. Lo lamento enormemente, porque la oscuridad de un cine, la calidad sonora, la pantalla grande, la calidad técnica que se obtiene, es una experiencia preciosa. No es estar en la casa donde suena el teléfono o de repente alguien se levanta para buscar las papas fritas o para la película porque tiene que ir al baño. Se pierde toda esa magia, ese misterio que tiene la sala de cine, que es lo más parecido al sueño nocturno.

–Además del cine, es un hombre del teatro, y esta pandemia puso contra las cuerdas a la actividad teatral. ¿Cómo sintió esta cuarentena larga y penosa?

–Sí, soy un hombre de teatro. Y en la pandemia no se permitió que se ejerciera, por lo cual, enseguida, por un instinto de supervivencia, se empezaron a hacer experimentos en televisión o, mejor dicho, reproducir mediante Zoom buscando alternativas. Pero nada puede ser útil como para reemplazar el fenómeno extraordinario que es el teatro, como experiencia vivida, el «convivio», como le llaman. Es un hecho gregario que es insustituible, en el cual uno ejerciendo se siente muy feliz. Decía anoche que el escenario para mí es el lugar de la libertad, donde encontré que más libre me siento. Y lo extraño. Las alternativas digitales han tenido diversas suertes. Yo creo que es televisión mal hecha el Zoom. Es una experiencia audiovisual que se hace mejor en la televisión o el cine. Fue un sustituto que se probó, donde se intentó encontrar alguna forma de expresión. Y sin duda sirvió, y se incorporaron tal vez al teatro como alguna vez se incorporó la luz eléctrica, el sonido sin la necesidad de músicos en vivo, el mismo video que muchos teatros ya incorporan desde la escritura proponiendo un recurso de proyección de imágenes.

–Como chileno, ¿cuáles cree que son las principales demandas que deberá afrontar el presidente Gabriel Boric en el corto plazo y qué expectativas tiene sobre su gobierno?

–Hay una ilusión muy grande, aunque el pueblo chileno ya está habituado a las promesas vacías. Pasaron treinta años desde que se fue el dictador Pinochet hasta hoy, en donde fueron todas promesas. Si bien se erradicó la pobreza extrema, lo que no se modificó, incluso se agrandó, es la brecha enorme en lo económico entre la clase pudiente –unas pocas familias, un porcentaje mínimo de la sociedad chilena– y la enorme cantidad de trabajadores que viven en forma precaria, que no les alcanza para tener un buen servicio de salud, educación para los hijos, seguridad. Esas son las tareas más importantes que tiene por delante el nuevo presidente, que sorprende por su juventud. Boric tiene el compromiso enorme de devolverles la dignidad a los chilenos. Combatiendo esta enorme distancia que hay entre los chilenos de a pie y los franceses o belgas, estas familias millonarias. Y el otro compromiso es defender la nueva Constitución que va a surgir pronto. Tiene que ser presentada ante la sociedad chilena y aprobada por ella. Para que sea una Constitución que no bombardee la derecha feroz en Chile, como en todos lados. Hay una reacción brutal desde que salió Boric, y están presionando para que no sea aprobada, porque quieren mantener la Constitución de la dictadura. Así que ahí hay un gran trabajo y responsabilidad, y espero que todo salga bien.

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Pablo Pagés y Marvel Aguilera
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