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La ecuación política que dejó el debate por la deuda

Tras doce horas de debate, Diputados le dio media sanción al acuerdo del gobierno con el FMI, que mostró al oficialismo fragmentado y a la oposición reagrupada.

La Cámara de Diputados debatió finalmente el entendimiento alcanzado por el gobierno nacional y el Fondo Monetario Internacional (FMI). El resultado de la votación se compara con  pocos momentos parlamentarios de la historia reciente. Hubo 202 votos a favor, 37 en contra y 13 abstenciones. Es muy similar, por ejemplo, a los números que obtuvo la estatización de YPF, cuando comenzaba el segundo gobierno de Cristina Fernández.

La ecuación política que emergió de este debate aumenta la intensidad de la luz de alarma que está encendida para el peronismo desde la derrota electoral del año pasado. Volvió cristalizar las fisuras internas del Frente de Todos y logró reagrupar a Juntos por el Cambio.

El resultado de la votación produjo una paradoja. La Casa Rosada consiguió un amplísimo respaldo parlamentario para cerrar el programa con el FMI y refinanciar la deuda tomada por Mauricio Macri, más de 44 mil millones de dólares. Sin embargo, un sabor amargo recorre los paladares de todas las tribus del oficialismo.

Hubo 28 diputados del FdT engrosando la lista de los votos negativos y el total de las 13 abstenciones provinieron de las mismas filas. Es decir que sobre 116 escaños que tiene el bloque, 41 no respaldaron el entendimiento con el Fondo. Máximo Kirchner votó en contra. Daniel Gollán se abstuvo, al igual que Hugo Yasky, por mencionar algunas posiciones.

El trasfondo del rechazo en las filas del oficialismo es diverso. En el caso de los diputados de extracción sindical, o que vienen de organizaciones sociales, primó la necesidad de sostener una posición histórica contra el FMI. El propio Yasky declaró que “un voto a favor podía prestarse para que algunos sectores intenten socavar nuestra organización sindical desde adentro”. Es decir que votaron con un ojo puesto sus organizaciones de base y tratando de hacer equilibrio. 

El caso de La Cámpora es diferente. Los 17 diputados que vienen de ese sector dejaron por escrito su posición crítica al ministro de Economía, Martín Guzmán. Señalaron que “la  estrategia” fue “equivocada a partir del 10 de diciembre de 2019 por parte del gabinete económico y el grupo negociador”. Agregaron que “el gobierno argentino debería haber optado por una negociación ‘dura’ que procure extender los plazos de devolución por encima de los reglamentos vigentes en el FMI, eliminar la sobretasa de interés y exponer ante los argentinos y argentinas, y ante todos los foros internacionales posibles, no sólo las gravísimas irregularidades del préstamo otorgado a Mauricio Macri, sino también el carácter y objetivo estrictamente político” de su aprobación.

Es una crítica válida y compleja a la vez porque puede ser tan cierta como incomprobable, respecto de los resultados que se habrían obtenido. En rigor, no se trata un cuestionamiento ideológico sino al modo de conducción política de la negociación.

Guzmán tenía el sueño que suelen tener casi todos los políticos argentinos una vez que llegan al poder. Ser el portador de una suerte de síntesis de las contradicciones que recorren al país hace décadas. La expectativa mostraba que al joven ministro, que tiene una formación excepcional, le faltaba una dosis de barro político. Ahora ya lo tiene. Logró el respaldo opositor, pero modificando el proyecto original, y la mayoría de los votos en contra provinieron de su propia coalición. Un baño de realidad sobre las tensiones y contradicciones del oficio. 

¿Más Juntos?

Hay un dato insoslayable de la política argentina de los últimos siete años. Desde que el radicalismo decidió aliarse con el PRO, en marzo de 2015, el antiperonismo parece haber encontrado mejores mecanismos para metabolizar sus internas que el peronismo. Juntos por el Cambio es un serpentario de rencores personales, espionaje interno y zancadillas de todo tipo. Sin embargo, sobrevivieron cohesionados a la derrota electoral de 2019, luego del fracaso rotundo de la presidencia de Macri, y se mantuvieron así en 2021.

Uno de los motivos que explican esta gimnasia son los catorce años de desierto que recorrió este sector de la política desde la crisis de 2001 hasta las elecciones de 2015. Ese fue el período más largo de la historia con gobiernos peronistas continuados, con todos sus matices, desde Eduardo Duhalde hasta Néstor y Cristina. 

En el proceso de debate por la deuda también hubo fuego amigo en JxC. En la inauguración de las sesiones ordinarias del Congreso, el presidente Alberto Fernández remarcó la responsabilidad de Macri. Se ocupó de subrayar que la aprobación del entendimiento no implicaba una renuncia a la investigación penal por defraudación al Estado que el propio gobierno impulsó. En ese momento, los diputados del PRO realizaron un acting con el que parece que sienten a gusto: se levantaron de sus bancas, empapeladas con la bandera de Ucrania, y se fueron del recinto. Los representantes de la UCR y de la Coalición Cívica se quedaron en sus asientos. El Presidente continuó con su discurso.

Unos días después, en un zoom de la Mesa Nacional de JxC, Macri se retiró porque su posición, rechazar el acuerdo y que se prenda fuego todo, a lo Nerón, no conseguía eco. El ex presidente está más preocupado por su futuro judicial que por cualquier otra cosa, aunque no descarta ser candidato presidencial en 2023.

A pesar de todas estas tensiones, JxC encontró un mecanismo político para ir con un voto unificado sobre el acuerdo con el Fondo. Negociaron con Sergio Massa quitar el artículo con el que soñaba Guzmán para mostrar un gran consenso nacional detrás de su política económica. El antiperonismo nuevamente logró salir más cohesionado que el peronismo en un tema clave. Una luz de alarma cada vez más fuerte en el horizonte de 2023.

Escrito por
Demián Verduga
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