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Las cuerdas del lenguaje

Ilustración: Romina Leske Valentic
Ilustración: Romina Leske Valentic

Spinetta publicó un único libro de poemas, Guitarra negra, en 1978, que puede inscribirse dentro de la corriente del surrealismo argentino.

No toda canción acuna un poema. Más bien, son pocas las canciones o pocos los autores que rozan en la letra cierto temblor propio de un lenguaje pendenciero y autónomo, persistente en sí mismo. Luis Alberto Spinetta fue un músico único, no sólo por sus armonías singulares y su voz, reconocibles hasta el abismo, sino porque además cultivó el poema como tal. En muchas de sus letras, sin duda, la lírica de la palabra se potencia con la melodía siempre incierta. Pero la poesía desnuda quedó en Guitarra negra, su único poemario. Y la única de sus guitarras que vibra en la soledad de las cuerdas que promete el lenguaje: “Este verdadero poema/ no ha sido resuelto aún,/ pero quiere vivir bajo su forma./ Aquí,/ como sea.// Yo intento atraerlo hacia nosotros,/ creo poder transmitir apenas un mote de su espíritu/ y en ello dejo buena parte de mis comisuras.// Quizá con el tiempo/ las estrofas y los versos se resequen/ y musiten desde entonces/ un sórdido dibujar de su descreimiento”.

Suele murmurarse que los textos que componen Guitarra negra son piezas de tono surrealista, inclinándose, a medida en que se avanza en la lectura, en una estética onírica, por momentos desquiciada y rotunda: “Evaporo los trozos/ de la porfiada línea/ que el sol puede o no dibujar/ sobre las formas.// Para ello y sólo entonces/ acontecen los tallos”. No hay modo de aprehender un sentido sin resbalar en la desazón. Conviene aceptar el juego que proponen las imágenes que pujan por llegar, antes que la razón, a una verdad que es vigilia, vapor y pozo, indigencia en la certeza. Pura oscuridad en la luz que nos ofrece, siempre, el lenguaje poético: “La luz está muda, ahora/ cuando resuena sin estrellas”.

Es cierto, puede enmarcarse la poética de Guitarra negra en ese choque de realidades incompatibles que enciende una sonoridad poética indescifrable en su clara contundencia: “¡Las mañanas que toque se partirán en mí!”. Cabe hacer gala de este desparramo de apuntes mañaneros sobre el cuerpo de quien toca y rompe el tiempo con, por ejemplo, un roce de mano. “Cuanto más lejanas estén dos realidades que se ponen en contacto –explica André Breton, creador del movimiento surrealista– más fuerte será la imagen, tendrá más potencia emotiva y realidad poética”. La generación de imágenes prepotentes y disonantes constituye el procedimiento y la marca fundamental de la escritura surrealista. Pero urge aclarar que este movimiento que nació en Francia en 1924, período de entreguerras, y que se sostuvo durante décadas –con transformaciones y zigzagueos por parte de sus integrantes–, es mucho más que una escritura de ciertos rasgos. Es un modo de pararse frente al mundo. “Es un grito del espíritu que se vuelve hacia sí mismo decidido a pulverizar desesperadamente sus trabas”, ofrece una declaración colectiva en 1925. Es un estado revolucionario que aspira a una transformación esencial en la vida del ser humano. Y la poesía, médula y motor, se alza como una mística de la libertad y de la imaginación. En definitiva, como dijo Louis Aragon, no es posible considerar al surrealismo sin situarlo en su tiempo.

ARGENTINA SURREAL

Guitarra negra se publicó en 1978. Spinetta ya había grabado algunos de sus más importantes discos, en los que se destacaban muchas de sus letras como verdaderos poemas. A comienzos de los 70, Spinetta devoraba las obras de Antonin Artaud, y las letras de sus canciones (sus grupos de esa década fueron Almendra, Pescado Rabioso e Invisible) se diferenciaban notablemente de las más clásicas del rock nacional.

Si bien Spinetta no circulaba por los cenáculos literarios, sería importante brindar un contexto sobre la importancia del surrealismo como movimiento en la Argentina. Lo hubo, y reconocido por el propio Breton. Casi en paralelo con el movimiento original francés, el rosarino Aldo Pellegrini funda el primer grupo surrealista de América del Sur en nuestro país, y en 1928 aparece Qué, la primera de una serie de revistas que propulsaron esta estética. Varios poetas argentinos integraron, simpatizaron o bebieron del surrealismo, uno de los movimientos de vanguardia que, en definitiva, más repercusiones y efectos tuvo en el derrotero de la poesía del siglo XX hasta hoy. Nos basta con nombrar a Juan José Ceselli, Juan Antonio Vasco, Carlos Latorre, Enrique Molina, Julio Llinás, Francisco Madariaga, Olga Orozco. Congeniar y expresarse con estilo surrealista en los 70 no era novedad sino consecuencia. Cuando catalogamos a una poética de surrealista, sabemos que no cuenta atenerse al aspecto lúdico, impulsivo, automático, que ofrece el lenguaje, ya que esto constituye apenas un espacio dentro de una cartografía enorme.

Ahora bien, apoyándonos en este contexto complejo sin precedentes, podríamos incluir al Spinetta de Guitarra negra en aquella lista, puesto que su único libro se sostiene desde una voz genuina y sólida. Algunos de sus poemas, incluso, alcanzan cierta perfección estructural y semántica. Es el caso de “Ave Fénix”: “En lo que recuerdo que era mi cara/ veo sólo una inmensa hoguera./ Mis labios ya secos por el intenso bramar/ y una palabra gritando en el cielo quemado.// En aquella forma perdida de la que recogí mi cuerpo/ vi estremecimientos involuntarios y gestos de miembros vacíos./ Vi una eterna fila siguiendo cadáveres que se bañaban./ Oí una estrepitosa maquinaria de silencio.// Entre mis petates encontré luego una carta mojada y deshecha./ Eran las plumas del pájaro que vuela sólo una vez./ Toqué pulmones de su hálito,/ imágenes con vísceras de su exhalación carnal y primera.// Y vientos nacarados y resquebrajados infinitas veces/ ante la violencia de su nacimiento”.

Escrito por
María Malusardi
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