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Quinquela Martín, el pintor del pueblo

Desde su nacimiento, el 1 de marzo de 1890, Benito Quinquela Martín se enfrentó a la adversidad del orfanato primero, y luego a la del trabajo infantil por el que tuvo que abandonar la escuela primaria para ayudar a sus muy humildes padres adoptivos, quienes, sin embargo, le dieron el ejemplo del esfuerzo honesto e incansable en pos del sustento. Pronto, en los ratos libres que le dejaban las tareas en la carbonería de su padre –el genovés Manuel Chinchella– mostró inclinación por el dibujo y tomó clases con Casaburi, un carpintero también vecino de La Boca. Haciendo caso a esta vocación en ciernes, en 1907 ingresa en el Conservatorio Piazzini-Statessi, dependiente de la Sociedad Unión de La Boca, una de las tantas asociaciones con las que los inmigrantes supieron ejercer los principios protectores del mutualismo. Allí concurrió al taller de Alfredo Lazzari, otro italiano de acabada formación artística, que impartió entre sus alumnos una versión del impresionismo practicada por coterráneos conocidos como los macchiaioli, que formaron un movimiento de renovación opuesto a todo academicismo. Quinquela compartió estas enseñanzas y entabló amistad con otros jóvenes que serían, al igual que él, destacados exponentes de las artes argentinas, como el pintor Fortunato Lacámera y el famoso músico y compositor de populares tangos Juan de Dios Filiberto.

Comprometido desde adolescente con los derechos de los trabajadores, el joven Benito hizo campaña repartiendo volantes en favor de Alfredo Palacios, quien fue en 1904 el primer diputado socialista de Latinoamérica.

Consciente de la precariedad de su formación, frecuentó las bibliotecas de la Sociedad de Caldereros y del Centro Socialista, donde leyó a Dostoievski, Gorki y Nietzsche, además de deslumbrarse con la obra de Rodin. Empezó a tratar con otros artistas, como Santiago Stagnaro, Guillermo Facio Hebequer, Abraham Vigo, Vicente Vento y Arturo Maresca, compartiendo reuniones en la peluquería de Nuncio Nuciforo, punto de tertulias del barrio.

Rincón del Riachuelo, 1918, óleo sobre tela, 100×120 cm.

La consagración desde abajo

Luego de una breve estancia en la provincia de Córdoba, en donde compartió sesiones de pintura al aire libre con Walter de Navazio, práctica ya aprendida con Lazzari en la isla Maciel, donde trabajaban directamente sobre el paisaje, en 1910 expuso por primera vez junto a una veintena de participantes en la Sociedad Ligure. Comenzó a mandar obras al Salón Nacional sin éxito, por lo que adhirió en 1914 del Primer Salón de los Recusados –sin jurados y sin premios–, organizado por Stagnaro, Facio Hebequer, Vigo y Agustín Riganelli.

Por entonces había encontrado sus temas y optado por ciertas modalidades estéticas: los barcos, las reverberaciones de las aguas del Riachuelo, el trabajo en el puerto, el paisaje boquense con sus personajes y ocupaciones, las casas sencillas, los galpones, el trajín de las fábricas y los elevadores de granos, las fiestas populares, las calles y los rincones del barrio, con sus cálidas luces y sombras tornasoladas, los colores brillantes y los expresivos empastes. Lo aprendido con Lazzari se irá transformando: la pincelada cada vez más suelta y amplia en rápidos y ondulantes trazos, las texturas gruesas y superpuestas; la espátula aplicará la pintura con generosidad y el pincel o los dedos se hundirán en ella para modelarla, casi como un escultor que construye volúmenes, estructuras y planos, aunque respondiendo siempre a su naturaleza pictórica, donde el cromatismo no pierde nunca variedad, riqueza y protagonismo. Sobre estas bases, hacia 1916, sintió que había encontrado su lenguaje y se propuso seguir desarrollándolo.

Por entonces conoció a Pío Collivadino, pintor notorio que ocupaba la Dirección de la Academia de Bellas Artes, que admiró su trabajo. También al secretario de la Academia, Eduardo Taladrid, quien se transformó en mecenas y amigo. Por él hizo su primera exhibición individual en la prestigiosa galería Witcomb, en 1918, año en que es aceptado en el Salón Nacional con “Rincón del Riachuelo”, que mereció su adquisición y que hoy integra la colección del Museo Nacional de Bellas Artes. Dos años después, obtuvo un Tercer Premio en el mismo certamen, lo que marcó el camino de la aceptación, seguido de la proyección de su obra en el exterior. Expuso en Río de Janeiro (1920); en Madrid (1923), donde el Museo de Arte Moderno (hoy Reina Sofía) adquirió “Buque en reparación”; en París (1926); en Nueva York (1928), oportunidad en la que el Metropolitan Museum compró dos obras; en La Habana; en Roma (1929), y en Inglaterra (1930), donde cerró su periplo extranjero.

No abandonó su actividad artística y societaria en la Argentina: además de realizar importantes exposiciones, participó en 1926 de la fundación de la Agrupación Gente de Artes y Letras La Peña, en el café Tortoni, y del Ateneo Popular de La Boca.

Quinquela de la gente

Ya consagrada su carrera artística, en los años 30 inició las grandes donaciones a su querido barrio: la Escuela-Museo Pedro de Mendoza, inaugurada en 1936, para la que pintó 16 murales en la certeza de la importancia de la educación visual desde la primera infancia. Consecuentemente, en 1938 abrió el Museo de Bellas Artes de La Boca en los pisos superiores del edificio de la Escuela-Museo, donde también alojó su taller.

En 1947 comenzó a entregar la “Orden del tornillo que le falta” a personalidades cuya labor las hacía “sospechosas” de esa muy necesaria “locura creativa”. Ese año se abrieron el Lactario y el Jardín de Infantes construidos sobre terrenos cedidos por Quinquela. En 1950 se inauguró la Escuela de Artes Gráficas para obreros, en 1959 el Instituto Odontológico Infantil y, también por sus gestiones, el pasaje Caminito, así como en 1971 se inauguró el Teatro de la Ribera para el cual aportó, como en otras ocasiones, el terreno y los murales que lo ornan.

Tuvo en vida todos los reconocimientos a los que un artista puede aspirar. Preocupado por la salud y la educación de los niños y los jóvenes de su barrio, les brindó instituciones adecuadas para su formación y cuidado. Siguiendo la tradición asistencialista de las asociaciones de inmigrantes que incluían el desarrollo espiritual a través de la cultura, dejó un muy bello teatro y un museo con una notable colección de arte argentino, que hoy funciona de manera ejemplar y al que puede considerarse de visita obligada.

Luego de estos 45 años, Quinquela nos sigue abrazando con su obra en un círculo radiante desde La Boca, que llega a través de los muchos murales diseminados por la ciudad –más de setenta– hasta el mismo Palermo, donde encontramos una pintura de piso en el andén de la estación Plaza Italia de la línea D de subte, o hasta a Avellaneda, con la pintura que posee el Racing Club. Y por las rutas de internet, nos toparemos con cientos de imágenes de sus obras, muchas en instituciones y colecciones de nuestro país, pero unas cuantas en los acervos de diversas partes del mundo, como los dos grabados actualmente en exhibición en las salas del Museo Reina Sofía de Madrid, además de las dos importantes pinturas que custodia, o las que guardan el Birmingham Museum Trust, el National Museum of Cardiff, la Manchester Art Gallery, el National Football Museum, también de Manchester, o la Glynn Vivian Art Gallery, en Swansea de Gales. Quizá Quinquela ya no sea solo un pintor del pueblo, por la vía telemática vuelve a nosotros como un artista de los pueblos.

Actividad en Barracas, 1937, Pintura mural, 400 x 700 cm.

Escrito por
Adriana Lauria
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