De regreso al templo es el nuevo libro compilado por los historiadores Raanan Rein y Susana Brauner, donde se busca abordar los profundos cambios que experimentó la comunidad judía argentina desde la década del 50, una de las más seculares de la diáspora, con escasez crónica de rabinos y bajo nivel de observancia, hasta la gran presencia religiosa que se registra en la actualidad, cuando una parte de ella mantiene incluso un vínculo con el presidente Javier Milei. De visita en el país, donde suele viajar anualmente en gran medida por sus investigaciones sobre la historia del peronismo, este investigador israelí, condecorado con la Orden del Libertador San Martín y el Doctor Honoris Causa de la UBA, señaló a Caras y Caretas: “El libro no se refiere directamente a esta relación triangular entre Milei, el judaísmo y el Estado de Israel, pero sin duda el interés nuestro en publicar un libro sobre esta temática tenía que ver con las actuales circunstancias de un presidente argentino sobreidentificado con un gobierno específico de Israel, no necesariamente con el pueblo israelí o distintos sectores de la sociedad israelí, y sobreidentificado también con una sola corriente religiosa judía que es la de Jabad Lubavitch”.
Justamente en relación con este movimiento, Rein señala: “El crecimiento de Jabad a partir de los años 80 se nota en muchos países, no solo en la Argentina, porque empieza a realizar fuertes inversiones para establecer presencia en lugares tan diversos como Tailandia, Perú o Australia, muchas veces en localidades pequeñas y más alejadas del centro. En general depende del tamaño de la comunidad judía local y de la presencia de israelíes que visitan algunos de esos lugares, y en la Argentina, por tener una colectividad judía más grande, tuvo mucho crecimiento, también asistiendo a muchos judíos en los varios momentos de crisis económica, y atrayendo a gente que estaba alejada de la vida judía religiosa hasta aquel momento. Y con su éxito, vino un éxito mayor, algo que ocurre a menudo porque la gente quiere sumarse a una corriente que parece más potente, dinamizadora y enérgica. Además Jabad, a diferencia de otras corrientes judías, pone mucho énfasis en su visibilidad en el espacio público argentino, por ejemplo instalando grandes candelabros en las plazas públicas e incluso en la Bombonera”.
Con todo, Rein aclara que el objetivo del libro es mostrar “entre otras cosas, que la vida judía en este país nunca dependió de las políticas de un presidente y que siempre ha sido más diversa de lo que la gente tiende a pensar, así como que la mayoría de los argentinos judíos no son religiosos, pero sin embargo se nota hoy más que nunca la presencia y el peso de la religión, al punto de que cuando uno pasea por las calles de Buenos Aires puede ver diversas expresiones religiosas judías y no solo en el barrio de Once”. De hecho, uno de los elementos que destaca el investigador es el actual contraste entre este presente y los informes de décadas previas redactados por las misiones de distintas organizaciones judías norteamericanas, que, señala, “criticaban y se quejaban de la, entre comillas, pobre vida religiosa judía en la Argentina, con lo que a lo largo de los últimos años me acompañó esta pregunta del por qué se dio esta fuerte transformación, que no obstante advertimos que tiene un carácter más bien regional al analizar los casos de Chile y México”.
–Hay una mención en el libro del golpe contra Perón en 1955, que coincide con la década en que se inician los cambios que ustedes observan. ¿Notaron alguna relación entre la caída del peronismo y los gobiernos que lo sucedieron bajo la proscripción de este movimiento o fue solo una coincidencia epocal?
–Si bien en el libro mismo no nos referimos al impacto concreto de la caída del peronismo sobre la vida judía, no descartaría la posibilidad de que en estos años tan tumultuosos que van por lo menos de junio y septiembre de 1955 a la dictadura militar que continuó hasta 1958, se haya reforzado una tendencia de buscar algún refugio en marcos identitarios judíos, aunque creo que más peso habría que asignarle al contexto de una colectividad judía más asentada en la clase media porteña y que había adoptado una mirada más cosmopolita, junto con la entrada de nuevas formas de corrientes religiosas judías que venían desde los Estados Unidos, con la llegada de rabinos no solo ortodoxos sino también del movimiento conservador y reformista, donde el caso más notable es el del rabino norteamericano Marshall Meyer, fundador del Movimiento Judío por los Derechos Humanos e integrante de la Comisión Nacional de Desaparecidos Conadep.
–¿Se trató entonces de una mayor posibilidad de formas de vivir el judaísmo religioso?

–El mercado religioso se hizo más diverso para los judíos, existiendo formas más diversas que incluyen las ortodoxias en plural, pero también otras corrientes que intentaban ofrecer un judaísmo más relevante a la vida moderna, más conectado con la vida nacional argentina que la ortodoxia. Los 60 son una década donde también vemos la entrada de distintas corrientes religiosas cristianas en el país y donde la Iglesia católica pierde mucho del monopolio que había tenido hasta aquel momento. Entonces, no cabe duda de que en el caso de los argentinos judíos la mayor influencia vino de los Estados Unidos y un poco también desde el Estado de Israel, mientras en el caso del mundo cristiano, sobre todo de los Estados Unidos pero también desde el vecino Brasil. Porque es importante señalar que cuando hablamos de influencias religiosas, tenemos que pensar también en los canales que se usan para movilizar el apoyo, movilizar creyentes o simpatizantes, lo cual tiene relevancia para el mundo judío y para el mundo cristiano, porque primero hace falta misioneros, y lo que vemos en la investigación es que sí hubo misioneros enviados desde el Estado de Israel para reclutar a jóvenes judíos en las filas del sionismo religioso, pero lo mismo pasó con otras agrupaciones y otros espacios religiosos, sean católicos, evangelistas u otros.
–Es llamativo que los 60 sea la década en que se empieza a consolidar una mayor expansión de movimientos religiosos cuando también es la época de auge del hippismo, el feminismo y los movimientos revolucionarios.
–Para mí no es una contradicción, se complementa porque son años de una búsqueda de marcos de pertenencia y de identidad, así como para desafiar los modelos tradicionales en la sociedad. Entonces, adoptar por ejemplo el rito conservador o reformista judío también mostraba cierta rebeldía respecto de las autoridades de la comunidad judía, pertenecer a una congregación del movimiento conservador como Bet-El, liderada por Marshall Meyer, significaba también un nuevo énfasis en valores universales tanto dentro como fuera de la colectividad judía.
–Un capítulo de hecho es sobre la historia del movimiento conservador…
–Cuando hablamos del movimiento conservador tenemos que hablar del auge pero también del declive de esta corriente religiosa, que hoy tiene mucho menos peso en la cultura judía que hace veinte o treinta años. Y en la Argentina, parte del poder de atracción del movimiento conservador a partir de los 60 hasta fines del siglo pasado tenía que ver con su inserción en la vida nacional argentina, con su compromiso con causas universales y no solamente particulares judías, como el énfasis en valores como la solidaridad, los derechos humanos y la democracia. Para muchos jóvenes judíos fue la mejor manera para expresar su identidad étnica particular pero a la vez expresar su identidad nacional argentina. En cierto sentido el logro más importante de este movimiento ha sido el Seminario Rabínico Latinoamericano, que formó a varias generaciones de rabinos que hoy están presentes en muchos países del mundo, pero podría comparar a este movimiento con la Unión Cívica Radical, que en algún momento también lideró la lucha por los derechos humanos o por la democracia, pero parecería que en los últimos años no logró reformular su programa para seguir siendo relevante en una realidad cambiante, con lo que otras fuerzas y corrientes aprovecharon este declive para hacer entrada en las vidas de quienes se fueron alejando de estos espacios.
–Hay también en el libro un análisis de la serie El fin del amor, de la escritora Tamara Tenenbaum, protagonizada por Lali Espósito. ¿Qué buscaron plantear?
–La serie fue la posibilidad de hacernos recordar que nunca hablamos de un movimiento unidireccional, es decir, de judíos laicos que deciden abrazar una visión religiosa o que buscan allí respuesta a algunas de sus necesidades, porque en la Argentina y muchos países del mundo hay también movimientos inversos, no necesariamente menores pero sí menos visibles. No tenemos datos para poder evaluar la magnitud del fenómeno, pero no lo podemos desdeñar. Lo que sí está claro es que la tasa de natalidad en el sector judío-ortodoxo es mucho mayor que en el sector laico-judío y eso sí asegura diferentes densidades, pero los movimientos son en ambos lados.
–Tu capítulo se basa en el caso específico de Benei Tikva, una comunidad del movimiento religioso sionista, a partir de cartas de sus emisarios en la Argentina.
–Este tipo de fuentes siempre me fascinó porque no ofrecen las historias oficiales de las organizaciones, sino que nos abren una ventana a perspectivas algo más auténticas, porque en las cartas a sus familiares no tenían que escribir algo para que los dirigentes de una organización estuvieran conformes, sino que hay algo íntimo y directo que siempre me fascinó. Y lo que vemos es que el sionismo religioso tuvo en la Argentina mucho éxito, ya que los afiliados a estos movimientos se trasladaron en su mayoría a vivir en Israel, pero al mismo tiempo hoy prácticamente no existe en el país, porque no hubo continuidad de esta corriente religiosa y además surgieron otras ofertas en el mercado religioso que atraen más a los jóvenes, congregaciones más grandes y otras nuevas que surgen por medio de “emprendedores” religiosos que forman sus propias comunidades, más pequeñas pero que a la vez ofrecen un sentimiento de pertenencia más fuerte, con cierto apoyo moral y redes de solidaridad más importantes, y que permiten a sus miembros participar en forma más activa en los rituales o en las prácticas religiosas en la Argentina.
