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TODO PUIG ES POLÍTICO

El creador de El beso de la mujer araña subvirtió múltiples cánones literarios de su tiempo. Pero también resquebrajó paradigmas sociales y de identidad sexual.

“Lo personal es político”, frase que caracteriza la segunda ola del feminismo, podría ser el humus de la narrativa de Manuel Puig, el escritor transgénero que logró subvertir sentidos hegemónicos cristalizados por la cultura capitalista y la discursividad militante de izquierda a través de una serie de estrategias, como la “ausencia” de un narrador convencional y la presentificación de voces que hablan, como si creara una novela desde las entrañas de la conversación. El diálogo es una polifonía horizontal que impugna el mandato autoritario de una única voz “autorizada” de la que emana el supuesto deber de “hablar por los que no tienen voz”. En sus novelas, las conversaciones, las cartas, los diarios íntimos y los monólogos permiten escuchar no sólo cómo hablan cada uno de los personajes, sino también cómo piensan.

En El beso de la mujer araña, publicada en 1976 en España, cuando el escritor ya estaba exiliado en México, dos personajes comparten la misma celda, donde inicialmente se miden con la desconfianza que genera un puñado de reparos tanto ideológicos como heteronormativos. Valentín es el joven revolucionario encarcelado por “subversivo”, mientras que Molina, el homosexual que traspasa el rígido casillero de las asignaciones para autopercibirse como de género femenino, está detenido por corrupción de menores. Molina pacta con el director de la cárcel suministrarle información sobre las actividades del grupo en el que milita Valentín a cambio de la promesa de libertad.

RELATOS Y ALIVIO

La subjetividad de Molina, que se despliega a partir del relato que va tejiendo de diferentes películas clase B, como una Sherezade, para que Valentín pueda conciliar el sueño y aliviar los dolores de la tortura, es más experimental. Pero no se trata de narrar para entretener o evadir, sino que cada película contada es la materialización que nombra la opresión y la adversidad que están padeciendo en el encierro: la imposibilidad del amor y la precariedad de dos cuerpos sometidos por el aparato represivo. Valentín, en cambio, intenta apelar a la explicación del militante marxista que encarna el paradigma de la racionalidad. “Yo no puedo vivir el momento, porque vivo en función de una lucha política, o bueno, actividad política digamos, ¿entendés? (…). Está lo importante, que es la revolución social, y lo secundario, que son los placeres de los sentidos –compara Valentín–. Mientras dure la lucha, que durará tal vez toda mi vida, no me conviene cultivar los placeres de los sentidos, ¿te das cuenta?, porque son, de verdad, secundarios para mí. El gran placer es otro, el de saber que estoy al servicio de lo más noble, que es… bueno… todas mis ideas…”.

En el devenir de la novela, Puig logra que la representación del binarismo hombre/mujer se resquebraje para volverse más fluida. “¿Y todos los homosexuales son así?”, pregunta Valentín. “No, hay otros que se enamoran entre ellos. Yo y mis amigas somos mujer. Esos jueguitos no nos gustan, esas son cosas de homosexuales. Nosotras somos mujeres normales que nos acostamos con hombres”, plantea Molina. En la primera película que Molina narra, Cat People, Irena, la protagonista, teme ser la mujer pantera, una leyenda que asegura que, cuando bese a un hombre, ella se transformará en pantera y lo devorará. La rareza es el común denominador de las mujeres que protagonizan las películas que cuenta Molina; comparten, además, el hecho de que todas ocultan algo. El temor principal de Molina es “no ser una buena esposa” para Valentín.

MÁSCARAS Y EDUCACIÓN SENTIMENTAL

Molina es la máscara que adopta Puig (General Villegas, 28 de diciembre de 1932-Cuernavaca, México, 22 de julio de 1990) como lo hizo con Toto en su primera novela, La traición de Rita Hayworth (1968), situada en un pequeño pueblo llamado Coronel Vallejos, inspirado en la ciudad natal del escritor, durante las décadas del treinta y cuarenta del siglo XX. Desde muy chico, Toto se siente fascinado por el cine: con su madre, Mita, va cada día a ver una película. Su educación sentimental está en esos films que conoce de memoria, como si fueran la palma de su mano. El padre de Toto intenta enseñarle a su hijo a ser “un hombre como es debido” y le prohíbe llorar. Toto, que desestima el modelo de masculinidad que quiere imponer su padre, se siente atraído por Raúl García y fantasea con ese hombre que corta leña y al que compara con un boxeador al ver su pecho sin camisa. En su fantasía, los dos se van a vivir a una cabaña. García salva a Toto de que lo ataque un oso. Entonces Toto –una especie de precursor de Molina– le cuenta una película distinta todas las noches. Puig consigue que podamos oír esos relatos como si fuésemos vecinas o vecinos de cabaña (o de celda) de los personajes.

En El beso de la mujer araña, prohibida por la dictadura cívico-militar, las notas al pie son leídas como pequeños ensayos sobre homosexualidad, feminismo y política. La primera nota al pie, precisamente, aparece después de que Valentín le dice a Molina: “Yo de gente de tus inclinaciones sé muy poco”. La última nota de la novela es atribuida a una ficticia doctora Taube que propone definir la homosexualidad como una práctica revolucionaria. La doctora está escribiendo un libro acerca del vínculo entre revolución y liberación gay. Taube afirma que el niño homosexual, en un futuro, será revolucionario. Si las figuras del militante político y el homosexual inicialmente estaban en las antípodas, en la teoría esbozada por Taube abandonan las oposiciones maniqueas y las antipatías previas para encontrarse cuerpo con cuerpo. Puig, que formó parte en 1971 de las primeras discusiones del Frente de Liberación Homosexual de la Argentina (FLH), cuestiona la fijeza social de los roles masculino y femenino, sostenidos desde una matriz heterosexual de “reparto” de los géneros, que la novela pone en duda. Después de que hacen el amor, Molina con esa: “Soy otra persona que no es ni hombre ni mujer, pero que se siente…”. Será Valentín quien complete el sentido de la frase: “Fuera de peligro”. Los dos personajes alcanzan el entendimiento y experimentan los mismos sentimientos.

“El gran fabricante de intimidades”, según Alan Pauls, muestra cómo esos prisioneros que buscan mantenerse vivos conversando y narrando se dirigen irremediablemente hacia la muerte. “En el desenlace trágico puede leerse también la persistencia histórica de ciertas relaciones de contigüidad entre la homosexualidad y la marginalidad, entre la perversión y la muerte”, reflexionó Néstor Perlongher. Ningún otro escritor pensó lo político del modo expansivo en que lo hizo Puig, anudando en sus novelas el espacio de lo íntimo y lo público, explorando la potencia transformadora de las relaciones entre cuerpos y lenguajes.

Escrito por
Silvina Friera
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