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ENTRE LA IMAGEN Y LA LETRA

El genial guionista y escritor construyó un sello personal e inconfundible. Sus historias eran arrolladoras y se desarrollaban con múltiples matices. Su producción resultó fundamental para que las historietas sean consideradas algo serio y necesario.

En las narraciones de Oesterheld –en todas: El Eternauta, Sherlock Time, Mort Cinder…– había aspiraciones siempre triunfales de relato fuerte, pero ese relato se mostró siempre dispuesto a articularse, también, extensa y múltiplemente, con esas búsquedas visuales que en dibujos como los de Breccia, de Pratt, de Solano López –entre otros maestros– desplegaban aventuras que podían llegar a plantear, en cada caso, sus propias singularidades para que estallaran, también, sus propios resplandores.

Y en los planteos de sus historias, Oesterheld podía llegar a convocar, con evidente gusto, momentos previos, muy previos, a esos en los que su propia figura en tanto personaje podía abrir paso a esos relatos dibujados en que había irrumpido ya la gran aventura.

Algo debía divertir especialmente al autor cuando, en las grandes narraciones, empezaban a alternarse los ruidos (¡o los silencios!) de las macrohistorias con los de los momentos de referenciar tiempos en los que unos adolescentes tempranos, lectores de historieta de otro tiempo, compartían juegos de mesa que después podrían quedar como motivos nostálgicos. Entre los que podrían recordar como de tiempo joven alguno en el que se oía en la radio al Palito Ortega de “Un muchacho como yo”, en un invierno que pedía ventanas cerradas y en una casa que después llegaría a inspirar –la casa, el bosquecito circundante– una historia con visitantes que viajan en el tiempo y nevadas de consistencia desconocida.

CERCANÍAS Y DISTANCIAS

Podría pensarse que Oesterheld experimentaba con la posibilidad de imaginar cercanías y distancias entre esos momentos del jugar o conversar, por un lado, y los de recorrer caminos de disparada imaginación de aventuras, por otro. El personaje que lo representa narrando anda momentos en que el escritor puede sentirse, por supuesto, aventurero en tanto tal, pero también creer hacedores de sus aventuras a los objetos de la casa; él observará como personaje memorioso (con tanto gusto por la memoria como por el narrar); él verá ese mundo de cosas y sensaciones como si estuviera esperándolo u oyéndolo: “Adentro mis libros, mi soledad y…”.

Y un fantasma que le pregunta por su trabajo. Y que no sólo le pregunta: también le cuenta que tiene muchos nombres, y le dice algo que escuchó “de un cosmofilósofo del siglo XXII”, y sonríe: “Tuve suerte al parar aquí (…) Voy a poder detenerme un rato, porque usted me lo permitirá, ¿no?”. Y Oesterheld contesta: “Quisiera, pero la casa es chica”. Y dirigiéndose, Oesterheld, al lector: “Usted habrá de escuchar la historia del Eternauta
tal como la escuché yo”.

Lo que escuchó el autor es algo que obliga al lector a reconocer la entrada en conversación de otro Oesterheld más: ese que
se dirige, más bien, a un lector con recorridos como los del experto o el crítico. El que con los avances de esta contemporaneidad cultural legitimó, frente a lo escrito, las expansiones de la escritura en sus nuevos conjuntos; instalando centralmente en lo escrito lo (ya) construido como historia, y como escritura todo lo demás, como lo que anda armándose en cada provisorio emplazamiento de género.

TIRAS DE AVENTURAS

Acordemos que Oesterheld estuvo entre los que lograron percibir que iban a ser muchos los que llegarían a reconocer que las tiras de aventuras podían ya considerarse como algo serio y necesario, pero por efecto de la irrupción de cambios realmente difíciles, a veces casi imposibles de definir. No por el decir del relato sino por algo infinitamente más complejo: la condición de la historieta no sólo en tanto doble decurso del narrar, sino también como espacio de los cambios que constantemente estuvieron desplomándose sobre ella y pluralizando sin parar sus, inicialmente, sólo dos caminos de narración, el verbal y el dibujado, para que tomaran la escena también el diseño de página, el de cuadro, el color… Y entre los contenidos, lo más serio y abarcativo de lo político.


En tanto novedad y propuesta temática, las historias de Oesterheld desplegaban el vértigo de la aventura que supera todo límite cercano; pero a la vez eran, podría también decirse, de comprensión inmediata y serena. Esos asuntos astrales que parecían haber llegado hasta para cambiar la ley de gravedad eran de entendimiento rápido y seguro. Y entonces la claridad del relato verbal parecía proyectarse sobre la rica, novedosa complejidad del dibujo y el diseño producidos por esos artistas visuales que parecían haber venido para alejar para siempre de la historieta de aventuras aquellos indicadores de pertenencia de las tiras concebidas, en otros tiempos, para lecturas poco entrenadas.

La ¡ordenada! catarata creativa de Oesterheld podría verse como el soporte narrativo de la otra corriente de representaciones de la tira, empeñada en crear y recrear algo que el guionista pudo seguramente haber disfrutado como visitante entendido de galería artística. Con saberes y disfrutes parecidos del otro lado: el número de los artistas visuales que trabajaron con él podría indicar también la posibilidad de que los momentos de goce de sus desempeños hayan sido tan importantes como los del escritor.

Escrito por
Oscar Steimberg
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