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EL NESTORNAUTA

Tal vez valga la pena recordar que cuando un pueblo define a sus héroes, los bautiza más allá de sus nombres documentales y crea la versión más definitiva de una historia donde la ficción viaja hacia el mito. Tal vez esto ocurrió con Néstor Kirchner, que primero fue Lupín y luego devino el Eternauta. En ambos casos, en la ficción, siempre se trató de héroes colectivos que desafiaban los peligros del tiempo que les había tocado vivir: uno fue aviador; otro discurrió en una invasión extraterrestre en plena Guerra Fría, cuando era posible que la angurria por el reparto del mundo desencadenara una tragedia universal. Los héroes de la historieta, como en la vida, defendían a los indefensos, casi siempre en desiguales condiciones de poder. Porque la potencia de un héroe radica en su capacidad para sobrevivir en desventaja por el poder del que lo dota su pasión por una causa justa. Un héroe no lo es por su gesta individual, por su pericia técnica –aunque recurre a ella, a todas las mañas de la ciencia y el arte para vencer–, sino por ser capaz de elevarse en defensa de sí mismo y de otros más débiles frente al peligro. De ser la voz de otros. La meta de otros. La libertad ansiada de otros. Juan Salvo fue el héroe de la historieta que Héctor Germán Oesterheld (H. G. O.) nos legó, que Francisco Solano López dibujó, que fue capaz de salvar a su ciudad de la invasión extraterrestre –terrestre en forma definitiva por los peligros de extinción de lo humano– reuniendo a sus amigos y su familia en la resistencia humana para derrotar bajo una inclemente nieve radioactiva a los “Ellos”, los “Gurbos”, los “Manos”, los “cascarudos” –la avanzada de los invasores– que inundaban y amenazaban su ciudad, Buenos Aires, el territorio vital de su patria.

Y siempre es un enigma esa transformación de un hombre común en un héroe que luego se convierte en mito y sobrevive a las inclemencias de la historia. Ya en 2003, a punto de ganar las elecciones presidenciales ante la defección de Carlos Menem en el balotaje, solía escucharse “¡Lupín presidente!”, el apodo que mejor identificaba a Néstor Kirchner en su territorio santacruceño, que así se llamaba un intrépido aviador de nariz afilada y ojos saltones, protagonista de la revista creada por el prócer de la historieta Guillermo Divito en 1954. Kirchner se había ganado su primer apodo de historieta cuando jugaba al básquet en la escuela República de Guatemala en Río Gallegos, su ciudad natal. Su segundo apodo surgió el 14 de septiembre de 2010, un mes y medio antes de su muerte, en el Luna Park, cuando Néstor y Cristina se reunieron con los jóvenes de La Cámpora y otras agrupaciones juveniles. Allí nació el “Nestornauta”, como el Juan Salvo-Eternauta creado por Oesterheld y dibujado por Solano López en 1957. Los jóvenes de La Cámpora que inventaron el Nestornauta le quitaron el fusil y la expresión en guardia al Juan Salvo de la imagen original y dibujaron a un Kirchner sonriente, dispuesto a ir a la lucha con alegría. El resto del dibujo de Solano está intacto: siempre es un líder, el héroe que conduce la resistencia contra los invasores. La muerte de Néstor, el 27 de octubre de 2010, definió la potencia del mito y de esa imagen. Porque Oesterheld y Néstor fueron parte de la misma resistencia popular como militantes peronistas contra la dictadura militar. Kirchner sobrevivió. Pudo huir al sur. Oesterheld fue asesinado junto a sus cuatro hijas y sus yernos luego de ser desaparecidos. El Nestornauta fue entonces la sobrevivencia de ambos: de Oesterheld y de Kirchner en la cosmogonía popular.

En 2010 tuve una larga charla con Francisco Solano López, quien dibujó las imágenes de mi película de animación Eva de la Argentina, estrenada poco después de que ese artista extraordinario y mejor ser humano muriera en 2011. Le pregunté entonces qué habría pensado H. G. O. del Nestornauta. “Se hubiera ofrecido él a hacer una nueva historia y me hubiera pedido que la dibujara.” Nos reímos. E imaginamos también la alegría de Oesterheld en ese territorio mítico e inalterable del alma de un pueblo donde van los militantes, los héroes colectivos, al saber que Kirchner resucitó en el Eternauta.

Escrito por
Maria Seoane
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