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LA GUERA GAUCHA

Era un problema ser gaucho y andar repartiendo tierras en medio de terratenientes nostálgicos del feudalismo. Un problema, también, ponerles el pecho a las balas y armar la primera estructura guerrillera de la patria y darle el nombre de “los Infernales”. A los políticamente correctos de todos los tiempos, personajes como el compatriota Martín Miguel de Güemes no pueden caerles bien. Quizá por eso no está en el procerato nacional y sólo se lo conoce y se lo recuerda como se merece en su Salta natal.

En total, Güemes y sus gauchos resistieron victoriosamente nueve invasiones realistas: 1812, al mando de Pío Tristán; 1814, al mando de Joaquín de la Pezuela; 1817, al mando del José de la Serna; 1817, al mando de Pedro Antonio Olañeta y José de la Serna; 1818, al mando de Olañeta y José María Valdés; 1819, al mando de Olañeta y José Canterac; 1820, al mando de Juan Ramírez Orozco; 1821, al mando de Guillermo Maguiegui; 1821, al mando de Olañeta. Fue la pieza clave en la retaguardia de San Martín “entreteniendo” a los ejércitos que venían del Perú mientras el gran jefe organizaba el Ejército de los Andes y preparaba la campaña libertadora. Don José dijo muchas veces que sin Güemes y sus gauchos no hubiese sido posible aquella hazaña. Dirá San Martín: “Los gauchos de Salta solos están haciendo al enemigo una guerra de recursos tan terrible que lo han obligado a desprenderse de una división con el sólo objeto de extraer mulas y ganado”.

Quizá por todo esto las historias oficiales lo sepultaron bajo el mote, para ellas despreciable, de “caudillo popular”, y el poder de entonces se negaba a mandarle armas y recursos por temor a que surgiera un nuevo Artigas en el norte.

Efectivamente, los gobernantes porteños estaban en otra cosa. Les molestaba demasiado el uso del término “gaucho” en los documentos y las cartas que intercambiaban Güemes y San Martín. Gauchos eran también los federales artiguistas, gauchos eran los desocupados, los desheredados por los herederos de siempre, que por un decreto del Directorio los habían declarado “vagos y malentretenidos” y los condenaban a la línea de fronteras o a la cárcel por el delito de ser gauchos y pobres.

En 1814, el director supremo Posadas había publicado en La Gaceta unas cartas de San Martín en las que elogiaba el valor de los gauchos de Güemes, pero introdujo una “pequeña” modificación: cada vez que el jefe del Ejército del Norte utilizaba la palabra “gaucho”, el director la reemplazaba por “patriotas campesinos”, una sutileza clasista del tío de Alvear.

Los pedidos de ayuda de Güemes eran permanentes. No se resignaba a aceptar que a Buenos Aires no le importara perder las provincias del norte. Pero los auxilios no llegaron nunca. La situación se volvía insostenible: las clases altas salteñas le retaceaban su apoyo por el temor de aumentar el poder de Güemes y por la desconfianza que le despertaban las partidas de gauchos armados, a los que sólo toleraban ver en su rol de peones de sus haciendas. El gobernador Güemes tomó la decisión de aplicarles empréstitos forzosos sobre sus fortunas y haciendas. Pero ahí anda don Martín, obstinado en vivir y pelear, en ser el “padre de los pobres” y en ganarles a los señores de Salta y alrededores. Ahí anda erguido don Martín diciéndoles a sus gauchos que tomen lo que les pertenece, ahí va para sobrevivir al olvido que le quisieron y quieren imponer los profesionales de la “corrección”. Por ahí anda diciéndoles a los generales del imperio de aquel tiempo: “Yo no tengo más que gauchos honrados y valientes. No son asesinos sino de los tiranos que quieren esclavizarlos. Con estos únicamente espero a Ud., a su ejército y a cuantos mande de España”. Dedicamos esta edición especial de Caras y Caretas a uno de los más destacados patriotas de nuestra historia.

Escrito por
Felipe Pigna
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