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“El vigor del teatro en Buenos Aires excede toda lógica”

Foto: Séptimo Estudio

Autor, director y docente, Javier Daulte repasa su obra y su trayectoria y cuenta cómo sobrevive, artísticamente, a la pandemia.

Polifuncional y prolífico, Javier Daulte casi nunca está simplemente escribiendo, ensayando una obra o en vísperas de su estreno, sino haciendo todas esas cosas en simultáneo. Por estos tiempos pandémicos, el autor, director y docente teatral (también produjo guiones para televisión) atiende a los preparativos de Luz testigo, un conjunto de cinco piezas cortas surgidas de un concurso desde su propio espacio, Callejón; ya tiene en vista un material escrito por Laura Oliva, Recurso de amparo, que dirigirá en el Centro Cultural 25 de Mayo, y sabe que en agosto subirá a escena en Barcelona la obra Los irresponsables, de su autoría, donde actúa su hijo Agustín. Además, envuelto en el clima de época, escribió una novela corta, Manifiesto del enemigo, que se publicaría el año próximo.

–El medio teatral fue el más afectado por el parate. ¿Cómo lo sobrellevaste, siendo tan hiperactivo en el rubro?

–Me afectó en dos áreas. En lo personal, de una manera, y además estar al frente de una sala independiente, como el Espacio Callejón, de una manera más institucional, porque afectaba no sólo los proyectos, sino a un plantel de trabajadores. Sobrevivimos, con gran esfuerzo. Aunque hubo una parte de mi actividad que se lleva bien con la situación de confinamiento, como son escribir y leer. El año pasado publiqué un artículo sobre la pandemia: “Una película mala y larga”. Los vínculos comenzaban a perder su marco de referencia y las personas, cierto equilibrio; esto pensando en quienes no estaban atravesando la enfermedad y tienen para comer, porque la salud y el hambre son temas tremendamente concretos. La cuarentena también me demostró que no me interesa vivir en un mundo donde no pueda hacer teatro. Hablando con mucha gente, yo decía que la pandemia era un ensayo general de cómo ser viejo: cocinar, comer y tratar de no enfermarse. En los que trabajamos en el hecho artístico, tal vez las manifestaciones que creamos en medio de esto no la reflejen de manera directa, pero seguramente está ahí, como en Los años felices, de Samuel Becket, donde no está nombrada la Segunda Guerra, y sin embargo tiñe toda la obra.

–Pasó con la guerra de Malvinas, que viene despertando creciente interés a casi cuarenta años de transcurrida.

–Yo viví muy cerca Malvinas, porque estaba haciendo la colimba y no fui a la guerra por muy poco. Si bien nunca tomé el episodio para una ficción, mis obras, que aunque son comedias no suelen terminar muy bien (se ríe), tienen siempre un desencanto que viene de esa época: ver a un pueblo apoyar a un militar, a una dictadura, un filicidio. Yo estaba en el Regimiento de Patricios y el día de la rendición en las islas (14 de junio), teníamos que tomar la guardia en el Comando en Jefe del Ejército. A primera hora, viajamos en subte de Palermo a Catedral y cruzábamos Plaza de Mayo, cuando un grupo de fanáticos nos comenzó a tirar piedras y a gritarnos “cobardes, por ustedes perdimos las islas”. Nos abrieron las puertas los militares para protegernos de los civiles. Fue muy fuerte para un chico de 18 años, esa sensación.

Foto: Séptimo Estudio

GENERACIÓN MAFALDA

Daulte creció en una familia típica de clase media con aspiraciones, de Olivos, con gran aprecio por el arte: la lectura, la música y la plástica, no tanto el teatro, adonde llegó de manera aleatoria, de mano de su hermana. Así se convirtió, tempranamente, en un espectador casi adicto, y pronto comenzó a tomar clases.

“Ya sabía que el teatro iba a ser parte de mi vida”, resume. Trabajó poco como actor y se dedicó a la escritura, antes de llegar a la dirección.

–¿Que pasó con el actor Javier Daulte?

–Creía que si uno no tenía talento no debía intentarlo, y pensaba que no tenía talento para actor, o me lo habrán hecho sentir. Ahora pienso que es un error, porque uno debe esforzarse igual. Pero me di cuenta de que la faceta de actor era pura vanidad y cuando pude superar ese síndrome, no me preocupó. Incluso todavía algunos directores me han llamado para hacer algo en cine y no entiendo muy bien por qué me llaman. Quizá porque están buscando gente y no se preocupan tanto por la formación.

–Tu obra autoral está cruzada por los géneros llamados “menores”: la ciencia ficción, la historieta, el gore (horror bizarro).

–No soy muy consumidor de ciencia ficción ni de cómic. Me gusta la ciencia ficción y he leído bastante, como leía de todo en mi adolescencia. Pero mi relación con los géneros “menores” pasa por la televisión y, sobre todo, las series de época: La dimensión desconocida, Hechizada, Mister Ed… Hago alusión al universo de la televisión como los autores de los 50 hacían alusión a la radio. Soy de las primeras generaciones que crecieron con la televisión en el living. Tengo la edad de Mafalda, nacimos el mismo año (1963) y nos parecemos bastante, hasta mi papá trabajaba en una compañía de seguros como el de ella. Esa combinación de series de la televisión fue mi primer acercamiento a la ficción.

–¿Nunca te propusiste o te propusieron escribir una telenovela más o menos convencional?

–Una vez le comenté a Adrián Suar que me daban ganas de hacer el típico culebrón con el tratamiento y el cuidado de un unitario. Tomar los grandes tópicos del culebrón, esas frases célebres: “No soy tu hermano, soy tu padre…” Incluso, hay algo de la telenovela que está en la gran literatura. La guerra y la paz, que justamente estoy releyendo, es un gran culebrón. Hay quien dice que es como ver cine, pero entonces duraría 19 horas. No, es televisión. Incluso, la primera parte fue publicada en folletín por entregas, que era como una telenovela por capítulos.

–Sos autor y director, pero también estás muy encima de los rubros accesorios.

–Un espectáculo es un todo. Una obra de teatro complementa muchas formas de arte: la actuación, la iluminación, la música. Hay que elaborar un concepto y ponerse de acuerdo, y eso no se deduce de forma directa de la lectura de un texto, sino de la dirección, digo yo, que nunca estudié dirección. De manera totalmente intuitiva.

VÍNCULOS Y GRIETAS

Foto: Séptimo Estudio

Después de superar una situación de gran exigencia profesional, cruzando el charco entre Buenos Aires y Barcelona demasiadas veces, Daulte sintió por primera vez en su vida saturación del teatro y se fue de vacaciones, con un cuaderno y una lapicera, como una especie de terapia, escribiendo sin un propósito definido.

De ese experimento (y una pila de cuadernos) surgió El circuito escalera (2017), su debut en la novela. “Fue un desafío, muy diferente (a una obra) y a la vez, lo mismo, porque se trata de contar una historia, pero sólo con palabras. No hay escenografía, no hay dirección, no hay actores.” Su lanzamiento no pasó desapercibido: la editó Random House y se presentó en el CCK.

–Estar al frente de tu propio espacio, ¿te completa el círculo?

–Me completa a nivel de una red de vínculos con otras personas. Adquirí Callejón porque lo comparto con mi hijo y mi pareja. Era y es un proyecto que nos incluye a los tres, sin estar trabajando juntos en la misma obra. También tuve que aprender a comprender otras búsquedas, a colaborar de la manera que me fuera posible. Callejón ya tenía una identidad y yo también, así que quien se acerca lo hace a un ámbito, y de alguna manera puedo abrir una puerta, como me las abrieron a mí. Siempre privilegiando los aspectos artísticos por sobre los taquilleros, porque es una sala chica, no tenemos que llenar el Gran Rex.

–¿Cómo es el espectador Daulte?

–Veo menos de lo que debería y más de lo que quisiera. No es fácil recuperar aquel espectador de los 14 años, me pasa muy de vez en cuando. Prefiero ir a los ensayos generales, cuando no tengo referencias de lo que voy a ver. Me gusta mucho la cocina y la posibilidad de intercambiar y contribuir.

–Estuviste invitado a muchos festivales internacionales. ¿Existe una ciudad más “teatrera” que Buenos Aires?

–No. El vigor del teatro en Buenos Aires y la Argentina excede toda lógica y toda conveniencia. La tradición teatral porteña tiene muchísimo tiempo, desde las colectividades inmigrantes que fundaron sus propias salas. Y después, el fenómeno del teatro independiente, desde los años 50, que encabeza una idea distinta, no como el show para grandes masas, sino para públicos reducidos y sumamente ligada a líneas ideológicas y políticas. Otra característica particular la aporta la calle Corrientes, en el tramo que va desde Callao hasta Florida, que concentra la mayor cantidad de teatros de todo el mundo. Teatros, librerías y restaurantes, casi un paquete turístico en sí mismo. Esa concentración se repitió con el fenómeno del teatro independiente, que nació en el microcentro, se mudó a San Telmo y luego al Abasto. En ciudades como México, que tiene una gran oferta teatral, todo está más disperso y separado por grandes distancias.

–¿Existe la famosa “grieta”, en el medio teatral?

–Hay grietas entre las personas, no la veo en el teatro. En todo caso, existe una grieta desde 1810. Respecto de esta llamada “grieta”, de los últimos veinte años, he convivido en elencos con personas que piensan de una u otra manera y no impidió el hecho artístico. Ahora, sí trajo una buena oportunidad para pelearte con quien tenías ganas y no tenías cómo hacerlo.

Escrito por
Oscar Muñoz
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