Los “hombres sensibles de Flores”, que aparecieron retratados en las páginas de la revista Humor Registrado de los años 80 y acompañaron luego otras de las obras literarias de Alejandro Dolina a lo largo de las siguientes décadas, vieron luz por última vez en su novela Cartas marcadas, cerca de quince años atrás. Consultado por Caras y Caretas sobre cómo imagina, dónde estarían y qué harían en la Argentina actual estos hombres que confrontaban con los “refutadores de leyendas”, Dolina afirma: “Si bien aparecieron en mis últimas novelas, aunque sea por un rato, ya se los veía no sé si más viejos, pero sí más angustiados, porque esta es una época en donde más allá de las características personales, la vulnerabilidad personal aumenta, se hace más patente. Quizás en las Crónicas del ángel gris aquella tristeza artística de los hombres sensibles no era tan dramática como podría ser ahora si es que intervinieran en determinado episodio de los libros, y de hecho algo de eso estuvo en los últimos que escribí, donde aparecen Manuel Mandeb, el Ruso Salzman o Jorge Allen, que era el conquistador, ahí aparecen todas esas angustias nuevas que trae la vejez, que es una escuela de angustias”.
–¿Más allá del país también está la edad, verdad?
–Sí, está la edad y está el país también, porque el país parece haber envejecido en alguna de sus costumbres, pero yo no he escrito nada en este nuevo país, en estos últimos tres o cuatro años, de manera que no tengo la experiencia de saber qué sucedería, aunque debo decir también que las cosas que yo escribo no son realistas, no hablan de personas existentes, ni de lo que está ocurriendo en la actualidad ni de las novedades, hasta sería difícil situar en qué año se está cuando cuento las historias. Diría incluso que busco eludir el presente, el lector debe tener la sensación de que las cosas que se están contando ya han ocurrido, lo cual produce melancolía también, porque se está hablando de antiguas novias, de otros sucesos, de lugares que ya no están más, aun cuando no haya pasado tanto tiempo. Y hay un clima de cierta nostalgia que hace que sospechemos que eso que está ahí ya pasó, y que estos tipos han perdido algo, porque después de todo, ¿qué otra cosa es el tiempo sino una acumulación de cosas perdidas?
–Pero hoy las pérdidas parecen estar en el presente, esta Argentina es muy diferente a la que habitaron en algún momento los hombres sensibles.
–Sí, claro, es muy diferente a la que uno vivió y a la que uno soñó. Y por otra parte también, si bien soy bastante escéptico respecto del diseño de lo que se llama el ser argentino, porque en el fondo sabemos que, en general, es un poco invento, pero desde luego hay algunas características de nuestras costumbres artísticas, de nuestro lenguaje, de nuestra forma de reírnos y más, que pueden admitirse como recurrentes y argentinas. Hay algunos géneros que verdaderamente son muy originales y son argentinos, como Borges señala con la poesía gauchesca y el tango. En cambio, es muy difícil hablar, por decir algo, de la arquitectura argentina, tal vez si uno hace mucha fuerza puede haber algo, pero me parece que se hacen más o menos las mismas cosas que en otras partes.
–En referencia a géneros argentinos, el grotesco criollo logra una combinación de risa y amargura o dolor. ¿Hay espacio para la risa en la actualidad?
–No lo sé, en general no pienso primero en la posibilidad de un efecto cómico, sino más bien en algo estructural y de un funcionamiento metafórico. Y después suceden cosas que más que graciosas son paradójicas. Porque la paradoja tiene mucho que ver con el humor, y es cierto lo que decía Schopenhauer, que el humor es poner algo allí donde no va, y la paradoja también es poner algo allí donde no va y hacer parecer que sí va. Pero de todas formas no escribiría nada referido a la estricta actualidad, es decir, que no fuera algo metafórico.

–¿Hubo algún tiempo en que haya dicho “esta Argentina es la que se parece a mí”?
–Sí, claro, fueron algunos momentos de los gobiernos de Néstor y de Cristina Kirchner, que a nosotros, es decir, a los muchachos de aquel entonces que habíamos vivido el peronismo ausente en el poder y como algo perdido, como un sueño no concretado, como algo usurpado, de repente lo veíamos otra vez en el gobierno, lo veíamos también con muchas cosas que parecían cumplir. Ya en los inicios, recuerdo a Néstor Kirchner tomando algunas medidas, un poco teatrales tal vez, pero con resultados. Y ahí me llama un compañero del programa de radio y me dice: “¿Y ahora qué van a decir estos tipos? Porque están gobernando bien”. Y yo le dije, bueno, no sé, ya veremos. Y a los pocos días, después de uno de los cortes de luz que hay en la Argentina, en un programa un conductor habla con un muchacho que se había radicado en Suiza, y le pregunta qué encontraba allí que no había en la Argentina, ¿y qué le dice? Que en Suiza no hay cortes de luz. Entonces, ya en ese mismo momento sentí que la reacción empezaba a operar, a través incluso de una posible mentira, porque hasta era posible que el tipo haya sido el cuñado del conductor y tal vez no estuviera en Suiza, pero el argumento de buscar en lo accidental y contingente, porque un corte de luz siempre está mal, siempre molesta, pero bueno, parece que el tipo vivía en Suiza y lo mejor que tenía para decir de ese país es que a diferencia de acá no le cortaban la luz. ¿Se había ido a Suiza para que no le cortaran la luz o por los bombardeos del 55? Y entonces lo que pasa es que ni bien se produce un fenómeno de los que algunas pocas Argentinas han sido testigos, aparece la reacción y la contra de esos fenómenos, que además se manifiesta con toda su estupidez, crueldad y odio, que son tres cosas insoportables. Y sinceramente no tengo la capacidad de odiar a los que no piensan como yo. Durante la dictadura yo iba a comer a uno de esos lugares ocultos, con sindicalistas perseguidos, y una de las personas con las que compartía la mesa era bien de derecha. Pero había un encuentro, porque cuando nos damos cuenta de que esa persona que puede pensar muy diferente es también como nosotros, es mortal y tiene territorios de angustia, eso nos debe hacer sentir que estamos con sapos del mismo pozo. Este hombre también sufre, también ha perdido algo, más allá de que crea que hay que destruir el Estado, y ahí ya te dan más ganas de poner la mano sobre el hombro, y aparece la misma piedad, la misma conmiseración que siente uno por sus semejantes.
–Eso no pasa ahora con las derechas en la Argentina. Será eso que advertiste desde un inicio, que se venía una reacción cruel.
–Lo que digo es que al observar esas actitudes del conductor y el muchacho radicado en Suiza, si es que de verdad estaba allí, es que ya veo el proceder de falsedades y odio, porque en la Argentina no había pasado nada malo todavía, diría que el gobierno de Néstor ni siquiera había tenido tiempo para hacer macanas, pero ya estaban ansiosos de que eso sucediera. Se me dirá que eso ocurre en ambos bandos de la grieta argentina, no lo sé, sospecho que no, o por lo menos que no ocurre del mismo modo, pero hace falta un pensador que lo desarrolle con argumentos y no con meras intuiciones, que son hijas de mis sentimientos y pueden ser engañosas.
–Así y todo, fueron los años que sentiste más cercanos.
–Estuvimos cerca, estuvimos cerca. Fueron algunos años en que algunas personas empezaron a pasarla un poco mejor. Uno tenía la sensación de que lo que podríamos llamar el gobierno estaba conformado por un grupo de personas que deseaban mejorar la situación de los que menos tenían, para decirlo del modo más general posible. Ahí dentro de ese espacio que podríamos llamar peronismo si tenemos ganas, hay también un montón de personas crueles, corrompidas, infieles o equivocadas, pero bajo un pensamiento que, de algún modo y aunque sea mínimamente, los sostenía a pesar de sus debilidades o sus vicios o sus pecados espantosos. Me refiero a ese sentimiento que hace que uno desee ayudar a mejorar a los que están peor y elabore políticas para eso, se tome el trabajo de pensarlas, a ver si funcionan para que eso suceda, y así estar más cerca del perdón.
–Hoy el peronismo enfrenta serios problemas políticos y económicos, y también culturales, porque nociones como la comunidad organizada, los niños privilegiados, la universidad y la salud pública o la industria nacional ya no tienen el mismo eco en la sociedad. ¿Cómo puede el peronismo insertarse en esta nueva cultura?
–Es que no debe insertarse en esa nueva cultura. ¿Cuál es la nueva cultura? ¿La de las redes, la del celular, la de no interesarse por las artes porque son una estupidez? Yo no llamo cultura eso, no puedo pensar que ese desinterés de los imbéciles sea una forma nueva de encarar lo cultural, no, es una forma de desinteresarse por lo cultural y de pasar ese interés a lo que podríamos llamar lo mercantil, las novedades o las formas de perder tiempo ejercitando la mente lo menos posible. Porque la inteligencia es también una virtud moral, y la renuncia expresa a los valores de la inteligencia o el desprecio a esos valores es ya un síntoma de un alma miserable.
–Entonces, ¿qué deben hacer el peronismo o los espacios que buscan incluir?
–Entonces aquellos que buscan insertarse en la acción política, en la acción cultural, en la acción de incluir, deben prepararse más. Hay que promover la inteligencia primero, como política hacia el pueblo, porque con el solo sentimiento puede que alcance para el perdón pero no alcanza para gobernar ni para adueñarse del poder. Hay que formarse mucho, hay que sospechar que la formación que uno tiene es insuficiente, sospecharlo continuamente y actuar en consecuencia, seguir estudiando, seguir practicando, atajar cada vez mejor, como decía Antonio Roma. Y no todos lo hacen, salvo que vayan a menos cuando hablan al público, porque yo, que soy una persona muy elemental y básica, no tengo mucha formación y no he sido más que un aficionado a las paradojas, cuando escucho hablar a algunas personas, de diversos espacios, pienso en cómo puede ser que estos tipos no se den cuenta de la bastedad con b larga de su discurso.
–En la crónica “Refutación del periodismo”, de década del 80, ya planteabas que muchos locutores estaban reemplazando a los maestros.
–Sí, es cierto, creo que en aquel momento empezaba la cosa y no neguemos también que la dictadura necesitó de muchos de esos comunicadores, porque así como hubo periodistas muy valientes que hasta pagaron con su vida su atrevimiento, hubo también otros que se acomodaron lo mejor que pudieron, de buscar lo mejor para el desarrollo de una carrera en el sentido mercantil, ganar más guita, tener más éxito, destacarse en la profesión, y en aquel entonces empezaban las maniobras que señalaba en esos escritos y que siguen ahora pero perfeccionadas.
–También hay un aspecto global vinculado con la irrupción de nuevas tecnologías, de la inteligencia artificial. Como artista de la música y la literatura, ¿creés que estas artes pueden resistir el ruido que se está generando en la producción y el consumo cultural?
–No hablo por mí ahora, sino por lo que dicen los grandes músicos de la actualidad, tipos que estudian mucho y están viendo lo que sucede. Y ven que la música es cada vez menos compleja, y nuevamente no estoy hablando de mis preferencias musicales como el rock o el tango, que son cosas mías, porque no pretendo que a la gente le guste el tango y regrese al bulín, pero sí pretendo que me permitan que me guste a mí. Puede que sean corrientes, me explican algunos, que ahora se privilegian dibujos rítmicos, y están buscando dibujos rítmicos distintos, puede ser, pero bueno, no me gusta. Es una música que ha perdido complejidad aquí y a nivel internacional, que antes era mejor cantada, con recursos, sorpresas y virajes. Las mejores canciones son las que de golpe tienen algo que vos no preveías, una combinación armónica que cuando estabas esperando que a la vuelta se cerrara, en un do séptima y decías, bueno, ahora viene un do mayor, y en cambio venía un la bemol mayor, se abría así otra puerta que incluso admitía otros dibujos. Y entonces la melodía era menos predecible, más compleja, más llena de recursos. Ese es el asunto, no es tan fácil saber si una melodía es buena o es mala, pero sí es fácil saber si es compleja o no lo es, si está hecha con tres o con doce mil notas.
–Esa misma complejidad a la que antes hacías referencia sobre el pensamiento político.
–Es eso, exactamente lo mismo que para componer una canción, se necesita para desarrollar un pensamiento, un argumento o incluso una indagación sobre cosas que uno no sabe si son ciertas, pero está dispuesto a indagar para ver si funcionan. Y acá está lleno de gente, incluso en nuestro campo, que no tiene duda de nada, que te pide que le prestes mucha atención porque está persuadido de no se que cosa… ¿Cómo que estás persuadido? ¿Sos un tipo que está en política y estás persuadido? El que tiene que gobernar no debe ir persuadido, debe ir desconfiado, desconfiando de la realidad y de las teorías aparentemente consagradas e investigar y pensar mucho, y consultar mucho antes de tomar una decisión. Al que ya viene persuadido de la casa, bueno, con ese no sé si tengo tantas ganas de compartir un proyecto, ni político ni artístico.
–Te definiste recién como una persona muy elemental y básica. Sin embargo, la UBA te otorgará el título de Doctor Honoris Causa. ¿Cómo recibiste esa noticia?
–Por supuesto que me quedé pasmado. Bueno sería que te dijera que lo estaba esperando, que todos los días llamaba a la UBA y le preguntaba qué pasaba que no me estaban dando ese reconocimiento. No. Seguramente, en algún rincón del almita estará ese egotismo del que habla Unamuno, ese sentirse halagado, sentirse reconocido, que quizás tiene más que ver con el afecto que con el reconocimiento, porque le repito que no tengo un reconocimiento propio muy grande, y no me estoy haciendo el humilde para quedar simpático, qué sé yo si lo merezco, tal vez sí, pero en todo caso la respuesta que debía haberle dado es que lo más fuerte que sentí es tristeza por mi padre y mis mayores, que se hubieran puesto tan contentos, como igualmente están contentos algunos de los familiares que me quieren, pero mi viejo hubiera hecho unas escenas de felicidad que se las perdió, y yo lo lamento mucho.
