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EL PADRE DE LOS POBRES

Héroe de la revolución, de la independencia nacional y de la emancipación americana, el salteño hizo de la guerra gaucha la táctica y el instrumento que llevaron al norte argentino a su liberación de la amenaza realista. En el bicentenario de su muerte, recordamos a esta figura central de nuestra historia.

El hombre que durante años sería la pesadilla de los ejércitos españoles con sus tácticas guerrilleras nació en Salta el 8 de febrero de 1785. A los catorce años, Martín Miguel de Güemes ingresó en la carrera militar incorporándose al “Fijo de Infantería” que estaba acantonado en Salta. Desde allí partió con su regimiento a Buenos Aires, donde participó en la defensa durante las invasiones inglesas como edecán de Santiago de Liniers. Fue entonces cuando protagonizó un hecho insólito: la captura de un barco por una fuerza de caballería. Una violenta bajante del Río de la Plata había dejado varada a la goleta Justine, que venía bombardeando intensamente la ciudad, y Liniers ordenó que un grupo de jinetes al mando de Güemes aprovechara las circunstancias para abordarla y capturarla. Güemes y su gente, a puro sable y lazo, tomaron la Justine y apresaron a toda la tripulación.

Tras la Revolución de Mayo, Güemes se incorporó al ejército patriota destinado al Alto Perú y formó parte de las tropas victoriosas en Suipacha.

SALTA, LA LINDA

Desde 1814, don Martín se había puesto al frente de una partida cada vez más nutrida de gauchos guerrilleros que les hacía literalmente la vida imposible a los invasores.

El general San Martín, designado en reemplazo de Belgrano en el Ejército del Norte, recorrió la zona de combate a comienzos de aquel año y pudo comprobar las atrocidades cometidas por los españoles contra nuestra gente. Los “civilizadores” no respetaban a mujeres, niños ni ancianos. Veían en los pueblos por los que pasaban el semillero de los rebeldes, desconfiaban de todos, y no se equivocaban: todos eran sus enemigos. La estrategia española era el saqueo, el robo, el asesinato en masa. Indignado por lo que vio y orgulloso de la acción de los hombres de Güemes, el “jefe” aprobó lo actuado y le ratificó los beneficios de su táctica guerrillera: “No empeñar jamás una acción general con todas las fuerzas de su mando y sólo acciones parciales, de las que sin duda sacará ventajas, que aunque pequeñas, su multiplicación hará decrecer al contrario, ganará opinión y partido y al fin tendrá un resultado igual al de una batalla ganada”.

El 3 de agosto de 1814, las tropas al mando de Güemes obligaron al jefe realista Joaquín de la Pezuela a evacuar Salta y ponerse en retirada hacia el Alto Perú. El jefe guerrillero y sus gauchos lo persiguieron hasta La Quiaca. En su desesperación, los invasores fueron abandonando su parque, que fue capturado por los gauchos conocidos como “los infernales”, no sólo por el color rojo de sus ponchos. Se recuperaron para la causa patriota cien fusiles, 260 bayonetas, 373 lanzas y 264 juegos de herraduras.

El 30 de octubre de aquel año, Rondeau –a cargo del Ejército del Norte tras el retiro de San Martín por motivos de salud– designó a Güemes jefe militar de la amplia zona comprendida entre Tucumán y Tarija y lo incorporó junto a unos mil infernales a la vanguardia de sus tropas. Güemes y sus hombres lograron madrugar al ejército enemigo en Puesto del Marqués y lo derrotaron el 14 de abril de 1815. El saldo fue un tanto desparejo: los invasores sufrieron 120 muertos y 122 prisioneros; los nuestros, dos heridos.

El triunfo de Puesto del Marqués aumentó el prestigio de Güemes en Salta. El 6 de mayo de ese año, el Cabildo local lo designó gobernador de la provincia. Gracias a su experiencia militar, se puso al frente de la resistencia a los realistas, organizando al pueblo de Salta y militarizando la provincia para frenar a los ejércitos del rey.

GÜEMES, SOLO NOMÁS

El salteño pronto comprendió que tendría que arreglárselas solo para cumplirle al único jefe que reconocía: don José de San Martín. Sabía que sus gauchos, de tanto pasar penurias, ya estaban “amigados con la escasez”, pero que lo poco que tenían lo entregaban por la causa, desde sus hijos hasta sus escasas mantas y víveres.

El ejército infernal se ponía en marcha. No había leva forzosa, todos eran voluntarios. Desde los “changuitos” que apenas podían montar hasta los viejos baquianos, desde las mujeres que formaban una eficiente red de espionaje hasta los curas gauchos que usaban los campanarios como torretas de vigías y sus campanas como alarma ante la presencia del enemigo. Todo un pueblo en armas. Machetes, lanzas, azadas, boleadoras y unos pocos fusiles y carabinas eran las armas de aquel pueblo que aprendía junto a su jefe que estaban solos para enfrentar al ejército que acababa de vencer a Napoleón.

Los únicos que no eran voluntarios, los que no mostraban la mínima voluntad de contribuir con la revolución, eran los miembros de la mal llamada “clase decente” de la sociedad salteña. Es que el gobernador, con toda lógica, había suspendido el comercio con el Alto Perú porque sabía que era la fuente de abastecimiento del enemigo. Hacia las bases realistas iban los caballos, las mulas y los víveres enviados por los “decentes” de Salta. A partir de entonces, estos señores disputaron con los españoles el puesto de principales enemigos del “padre de los pobres”.

En una proclama instaba a sus gauchos a prestar juramento a la Declaración de la Independencia en estos términos: “A ningún concurrente se lo obliga en oposición a su voluntad a prestar el juramento dignamente mandado por el Soberano Congreso y cualesquiera que no quisiere celebrarlo, se declare, bajo la firme confianza que empeñaba su palabra de honor al que quisiera aún seguir la dura dominación del Rey de España, sus sucesores y metrópoli, sin que se le infiera el menor perjuicio ni en su persona ni intereses, se le franquearía libre pasaporte para su retiro a los dominios de Europa”.

San Martín tendrá permanentes expresiones de elogio y gratitud para con Güemes y sus gauchos. Su vital tarea de contención y distracción de las tropas españolas resultó imprescindible para encarar el cruce de los Andes y desarrollar con éxito la campaña libertadora.

NOBLEZA GAUCHA: GÜEMES NO SE VENDE

Toda esta guerra popular y prolongada se hacía gracias al esfuerzo del pueblo salteño. Las penurias que pasaba Güemes con sus pobres gauchos eran incontables. En una carta a Belgrano, del 10 de octubre de 1816, decía: “Yo no tengo un peso que darles, ni cómo proporcionarlo, porque este pueblo es hoy un esqueleto descarnado, sin giro ni comercio. Prueba de esta verdad es que hace tres días que ando solicitando dos mil pesos, bajo una letra segura a entregarse en Buenos Aires, y no hallo quien los supla. Me falta la paciencia y a veces pienso tocar otros medios más violentos, pero no sé qué me detiene”.

El capitán español Pedro Antonio Olañeta fue comisionado por el virrey del Perú para sobornar a Güemes. Olañeta, que conocía a Güemes, sabía que era una misión imposible. Güemes le contestó con su elocuencia característica: “Muy señor mío y pariente: Al leer su carta del 19 del cte. formé la idea de no contestarla, para que mi silencio acreditara mi justa indignación; pero como me animan sentimientos honrados, hijos de una noble cuna, diré a Ud. que desde ahora y para siempre renuncio y detesto ese decantado bien que desea proporcionarme. No quiero favores con perjuicio de mi país: este ha de ser libre a pesar del mundo entero. ¿Qué más quiere usted que le diga? Estoy persuadido que Ud. delira y por esta razón no acrimino, como debía y podía, el atentado escandaloso de seducirme con embustes, patrañas, que me suponen tonto. Yo no tengo más que gauchos honrados y valientes. No son asesinos sino de los tiranos que quieren esclavizarlos. Con estos únicamente espero a Ud., a su ejército y a cuantos mande de España. Convénzanse Uds. que jamás lograrán seducir no a oficiales, sino ni al más infeliz gaucho. En el magnánimo corazón de estos hombres no tiene acogida el interés, ni otro premio que su libertad; por ella pelean con energía, que otras veces han acreditado y que ahora más que nunca desplegarán. Ya está Ud. satisfecho. Ya sabe que me obstino, y ya sabe también que otra vez no ha de hacerse tan indecente propuesta a un oficial de carácter, a un americano honrado, y a un ciudadano que conoce hasta más allá de la evidencia que el pueblo que quiere ser libre, no hay poder humano que lo sujete. Sin perjuicio de esto vea Ud., si en otra cosa puede serle útil su afectísimo servidor Martín Güemes”.

SE VIENEN LOS GODOS

A principios de 1817, Güemes fue informado de que el mariscal De la Serna preparaba una gran invasión sobre Salta. El pariente lejano, muy lejano por cierto, de Ernesto Guevara de la Serna, más conocido como el Che, comandaba una fuerza de 3.500 hombres integrada por los batallones Gerona, Húsares de Fernando VII y Dragones de la Unión. Eran veteranos vencedores de Napoleón.

Güemes puso a la provincia en pie de guerra. Organizó un verdadero ejército popular en más de trescientas partidas de no más de veinte hombres cada una.

El 1º de marzo de 1817, Güemes logró recuperar Humahuaca y se dispuso a esperar la invasión. Los realistas acampaban en las cercanías. Habían recibido refuerzos y ya sumaban 5.400 hombres. La estrategia de Güemes fue la de una aparente retirada con tierra arrasada, pero con un permanente hostigamiento al enemigo con tácticas guerrilleras. En estas condiciones, las fuerzas de De la Serna llegaron a Salta el 16 de abril de 1817. El boicot de la población salteña fue absoluto y las tropas sufrieron permanentes ataques relámpago. El mariscal español comenzó a preocuparse y sus tropas a desmoralizarse. No lo ayudaron las noticias que llegaban desde Chile y confirmaban la victoria de San Martín en Chacabuco. De la Serna decidió emprender la retirada hacia el Alto Perú.

El 25 de mayo, Güemes pudo comunicarle con orgullo a Belgrano que “el miércoles 21 del corriente quedó enteramente evacuada esta plaza de los tiranos que la han oprimido por espacio de cinco meses (…) Todo se hizo con seriedad y circunspección. Orden y disciplina. No hubo una sola queja: Amor al sistema liberal y odio eterno a sus contrarios”.

Al enterarse de la derrota de sus vasallos, el virrey Pezuela, representante entre nosotros del mundo occidental y cristiano, estaba realmente enfurecido con los gauchos y los demás pobladores de esa frontera, y ordenaba: “Hasta la iglesia, si la tiene, debe ser quemada y arrasada (…) Deben las mujeres del pueblo, los viejos y hasta los niños morir degollados; pues, además de ser de la misma vil especie que los actores, tendrán en ellos su castigo los que hayan huido a los montes”.

El 5 de abril de 1818, San Martín obtuvo el trascendente triunfo de Maipú y recuperó la libertad de todo Chile. Siete días más tarde le escribía a Güemes: “Señor don Martín Güemes. Santiago y 12 de abril de 1818. Mi amado amigo: Hemos triunfado completamente de los godos y hemos asegurado la libertad de Chile. Sé cuánto agradará a Ud. esta noticia. Probablemente La Serna se retirará precipitadamente y las provincias del Perú serán libres; vamos amigo a trabajar con tesón, ya que la causa de la patria va ganando terreno”.

Las victorias de San Martín y de Güemes permitían pensar en una lógica ofensiva común del Ejército del Norte estacionado en Tucumán a las órdenes de Belgrano y los gauchos salteños hacia el Alto Perú. Pero la lógica por aquellos tiempos quedaba supeditada a las miserias y mezquindades políticas y se desaprovechó una oportunidad única de terminar con el poder realista en aquella estratégica zona. Se comenzaba a perder definitivamente el Alto Perú.

La causa libertadora no era una prioridad para el Directorio. Su estrechez mental lo llevaba a centrarse en la exclusiva defensa de los límites de la provincia de Buenos Aires y de sus ilimitados intereses.

La partida de San Martín hacia Lima, base de los ejércitos que atacaban a las provincias norteñas, se demorará en Chile, por falta de recursos, hasta agosto de 1820. Belgrano, por su parte, será convocado por el Directorio para combatir a los artiguistas de Santa Fe. Güemes y sus gauchos estaban otra vez solos frente al poderoso ejército español.

En marzo de 1819, se produjo una nueva invasión realista. Güemes se preparaba nuevamente a resistir y sabía que no podía contar con el apoyo porteño: su viejo rival José Rondeau era ahora el nuevo director supremo de las Provincias Unidas. La prioridad de Rondeau no era la guerra por la independencia sino terminar con el modelo artiguista en la Banda Oriental.

En 1820, la lucha entre las fuerzas directoriales y los caudillos del Litoral llegó a su punto culminante con la victoria de los federales en Cepeda. Habían caído las autoridades nacionales y comenzaba una prolongada guerra civil. En ese marco, se produjo una nueva invasión española.

En febrero, el general José Canterac ocupó Jujuy y a fines de mayo logró tomar la ciudad de Salta. San Martín, desde Chile, le pidió a Güemes que resistiera y le reiteró su absoluta confianza nombrándolo “jefe del Ejército de Observación sobre el Perú”.

En medio del abandono y a puro coraje, los infernales seguían peleando. A Canterac no le irá mejor que a De la Serna: terminará retirándose ominosamente hacia el norte.

Aquel año 20 será sumamente duro para Güemes. A la amenaza de un nuevo ataque español se sumarán los problemas derivados de la guerra civil. Güemes deberá atender dos frentes militares: al norte, los españoles; al sur, el gobernador de Tucumán, Bernabé Aráoz, que, aliado a los terratenientes salteños, lo hostigará permanentemente.

A pesar de la grave situación, Güemes se las ingeniaba para poner a disposición de San Martín hombres y recursos para apoyar por tierra la expedición del libertador al Perú.

Güemes, enfrentando a Aráoz y a sus cómplices y tratando de derrotar otra invasión realista, se trasladó a Jujuy. Le pidió al Cabildo de Salta doscientas cabezas de ganado para las tropas de vanguardia; le respondieron que no tenían fondos. Quedaba claro que la oligarquía salteña le había declarado la guerra abierta.

El Cabildo salteño estaba integrado por las “clases decentes”, hacendados y ricos comerciantes que fueron conformando una agrupación política informal que se autodenominó “la Patria Nueva”, en oposición a los compañeros de Güemes, conocidos como “la Patria Vieja”.

La situación de Güemes no podía ser peor: Aráoz, aliado a la Patria Nueva, lo acosaba desde el sur; el jefe realista Olañeta avanzaba desde el norte.

El Cabildo de Salta, que le negaba toda colaboración y trabajaba empeñosamente para derrocarlo, logró finalmente su cometido el 24 de mayo de 1821.

LOS INTERESES EN JUEGO

Era tan evidente que a los “nuevos patriotas” los movían pura y exclusivamente los intereses económicos y que preferían la invasión española a perder unos pesos, que a este golpe de Estado provincial se lo llamó “la Revolución del Comercio”.

Cuando Güemes se enteró de la canallada perpetrada por los hombres de la Patria Nueva, partió inmediatamente hacia Salta con unos doscientos de sus hombres más fieles.

Cuando el 31 de mayo de 1821 llegó a la entrada de la ciudad, la gente pobre, sus gauchos, fueron abandonando sus labores y comenzaron a seguirlo y lo llevaron en triunfo hasta la plaza principal. Los miembros de la Patria Nueva habían desaparecido como por arte de cobardía. Muchos de ellos huyeron hacia el cuartel general de las fuerzas realistas comandadas por Olañeta, innovando, evidentemente, en la forma de hacer patria.

El jefe de los infernales no se ponía a distinguir entre la patria nueva y la vieja. Sabía que aquellos eran simplemente títulos vacíos y que había una sola patria y que estaba en grave peligro. Güemes decidió escarmentar a los enemigos de la patria: les dio licencia a sus gauchos para que entraran a los negocios de sus enemigos y tomaran lo que les hiciera falta, que era todo.

También aumentó los impuestos y continuó con su política de reparto de tierras y de liberar del pago de arriendo a las familias que tenían algunos de sus miembros comprometidos en la guerra gaucha, que eran la mayoría.

A la hora de dictar sentencias contra sus enemigos, Güemes no fue vengativo. Respetó sus vidas y los atacó por donde más les dolía: sus intereses económicos, cambiándoles la cárcel por fuertes multas en efectivo contante y sonante.

Pero los muchachos de la oligarquía salteña no se iban a quedar tranquilos ante las medidas revolucionarias de Güemes. Varios de ellos habían huido a reunirse con el enemigo, y fueron ellos los que guiaron a la vanguardia española conducida por José María Valdés, apodado “el Barbarucho”, un coronel salteño traidor que estaba a las órdenes del ejército español.

Las fuerzas de Barbarucho avanzaron hasta ocupar Salta con el inestimable apoyo de los terratenientes y comerciantes el 7 de junio de 1821.

Güemes se refugió en casa de su hermana Magdalena Güemes de Tejada, más conocida como “Macacha”. Mientras escribía una carta, el líder guerrillero escuchó disparos y decidió salir por la puerta trasera. Logró montar su caballo y emprenderla al galope pero recibió un balazo en la espalda. Llegó gravemente herido a su campamento de Chamical con la intención de preparar la novena defensa de Salta.

Finalmente, fue trasladado a la Cañada de la Horqueta, donde pasó sus últimos diez días de vida. En dos ocasiones, el jefe español Olañeta le envió emisarios. Le ofrecía un médico y remedios, y volvía a intentar sobornarlo. Güemes les respondió convocando a su segundo, al que le ordenó: “Coronel Vidt, ¡tome usted el mando de las tropas y marche inmediatamente a poner sitio a la ciudad y no me descanse hasta no arrojar fuera de la Patria al enemigo!”. Miró al oficial español que le traía la nota de Olañeta y le dijo: “Señor oficial, está usted despachado”.

El 17 de junio de 1821, los pobres de Salta y sus alrededores se quedaron sin padre. Moría Martín Miguel de Güemes. Todo aquel pueblo que lo había acompañado en las buenas y en las malas concurrió en masa a su entierro en la Capilla de Chamical.

Mientras tanto, la Gaceta de Buenos Aires, muy lejos de los ideales de su fundador, informaba feliz y desvergonzadamente a sus escasos pero influyentes lectores: “Murió el abominable Güemes al huir de la sorpresa que le hicieron los enemigos. ¡Ya tenemos un cacique menos!”.

Lejos en todos los sentidos de la palabra, el pueblo de Salta le rindió al jefe de los infernales el mejor homenaje, el que él pidió. A los diez días de su muerte, al mando del coronel Vidt, pudo recuperar la ciudad de Salta de manos de los realistas y expulsarlos definitivamente del norte argentino.

Escrito por
Felipe Pigna
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