Y entonces, el Indio dijo: “Carlos Solari tiene su equipo de los sueños, ¿pero vos te pensás que Carlos Solari está hablando acá? Carlos no estaría acá. Estaría tomando un Martini en casa. Yo estoy acá siendo el Indio Solari”. Era un martes de fines de febrero del año 2000, faltaban menos de dos meses para los shows de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota en la cancha de River y junto a Pablo Marchetti y Martín Correa, compañeros de la revista La García, entrevistábamos por primera vez a la plana mayor del grupo que era un pilar en la banda sonora de nuestras vidas y de la de varias generaciones de ricoteras y ricoteros, nuestros lectores.
Lo que le habíamos preguntado era sencillo: “Indio, ¿de qué cuadro sos?”. Y él respondió: “No, ya les dije que no hablo del personaje. No me gusta caracterizar la personalidad. No me interesa porque, de movida, no me gusta la diferencia. Mi equipo de fútbol son Los Redondos”.
¿Por qué le hablamos de fútbol al Indio? Porque parte de la idea de esa nota, que habíamos soñado y que inconscientemente veníamos preparando desde toda la vida, era bajar al llano la estampita. Conocer, en definitiva, algún aspecto más terrenal o cotidiano de esa especie de profeta misterioso. Entonces, le preguntamos qué era lo que le gustaba del fútbol. En tercera persona, casi en un gesto maradoniano, confesó: “Al Indio Solari lo que le pasó es que se formó en una sociedad en la que el fútbol es una pasión básica y fundamental. Desde chico elegís un equipo, te gusta el fútbol y jugás. Yo he jugado mucho al fútbol. Era muy sucio. De escupir, pegar… Me gustaba eso. Me parece un juego mucho más amplio. Lo mismo que el dominio malabar de un instrumento: el dominio malabar de la pelota no es lo más importante. Es como el truco. ¿Cómo le enseñás a un holandés a jugar al truco?”.
Y siguió argumentando: “No me interesa traducir lo que hacemos a otras ideologías. Porque es forzado, no tiene absolutamente nada que ver. Esto es una pasión que tiene las características que tiene. Además no tiene ninguna importancia lo que opino yo sobre este fenómeno que ha elegido la gente, esta es una cosa que tenemos claro para siempre. Esto de no tener una promoción demoledora de una compañía que te lo mete y te van convenciendo y te lo pasan todo el día… esto es lo contrario: estamos donde estamos por una elección, siempre, de la gente. Entonces, meter ahí informaciones que no agregan nada, no ayudan a nada, no me interesa, la verdad”. Lo dijo en tono severo. Casi de sentencia. Y después se hizo un silencio. Un silencio bastante largo, acaso levemente incómodo. Una pausa a lo Riquelme, un paréntesis como los que hacía el humorista uruguayo Juan Verdaguer. Hasta que, de golpe, en un gesto de repentización, empezó a cantar: “Dale Boo, dale Boo”. Y estallamos, él y nosotros, en una carcajada.
Estábamos en el living de la casa que la Negra Poli, mánager e “ingeniera psíquica”, compartía con su pareja, Skay Beilinson, guitarrista y coautor de las canciones del grupo junto a Solari, en el barrio porteño de Palermo. Tomábamos cerveza, comíamos empanadas y escuchábamos al Indio, que, con su magnetismo y su capacidad de oratoria apabullante, llevaba el pulso de la charla. Tenía, en su cadencia al hablar y en el modo de cruzar referencias literarias con el lenguaje de la calle y el lunfardo, cierta reminiscencia a Alejandro Dolina. Implementaba, al separar el discurso público de su vida privada, una emulación de Sandro y Roberto Sánchez.
Era la primera vez que teníamos ahí, en vivo y en directo, a ese personaje enigmático que ahora se explicaba a sí mismo: “Hay un montón de gente que en este momento está pensando en Skay o está pensando en uno, y que está provocando una necesidad de su imaginación. Uno es el diseño afiebrado, o alegre, o de lo que carajo fuere, de miles de personas”.
Fueron cientos de miles de esa legión de ricoteros que, veintiséis años después de aquella charla, se autoconvocaron el viernes 5 de junio en la Plaza de Mayo, y peregrinaron, el domingo 7, al Polideportivo Municipal José María Gatica, en Villa Domínico, Avellaneda, para darle el último adiós a Solari, que había pasado a la inmortalidad en su casa de Parque Leloir, a los 77 años. No habrá modo de borrar el impacto de esa multitud, de esa masa de gente que protagonizó una despedida de características tan extraordinarias como extraordinaria fue la trascendencia de la obra de ese artista que, a lo largo de medio siglo de contracultura, logró que su nombre fuera sinónimo de una patria alternativa y errante que se movía (se mueve) al ritmo de su voz.
Durante muchos años la biografía del Indio se construyó a través de relatos fragmentados, viñetas que parecían salidas de historietas, difusos en tiempo y forma. Tiene sentido para alguien que, alguna vez, expresó: “Yo siempre estuve en contra de la escritura lineal”. Lo que tenemos en claro, ahora, es que su vida estuvo claramente en tres tercios. Una primera parte, pre Redondos. Un segundo período, en el que se embarcó en el alucinante viaje de Patricio Rey. Y una tercera fase, en la cual desarrolló su carrera como solista.
Su libro de memorias, Recuerdos que mienten un poco (Editorial Sudamericana, 2019), en el que tuvo al periodista y escritor Marcelo Figueras como aliado, ordena los aspectos vinculados con su niñez y su ascendencia. Carlos Alberto Solari nació el 17 de enero de 1949 en Paraná, Entre Ríos, y vivió allí los primeros años de su vida, en un caserón que había habitado Justo José de Urquiza. Allí funcionaba el Correo, que incluía la vivienda del jefe, que era su padre. El Indio tuvo una infancia feliz, y un poco nómada. Vivió también un tiempo en Santa Fe hasta que con su familia (su adorada madre, Chicha; su hermano diez años mayor, Jorge) llegaron a La Plata. “Era un chico dañino. Todos lo éramos, en el barrio. Hablo de un mundo completamente distinto, donde ni siquiera existía la televisión: la única que había estaba en la vidriera de la sodería, cuando había una pelea de box se juntaban cincuenta en la vereda. Andábamos todo el día en la calle, salíamos del colegio y volvíamos a la noche. Era una calle menos peligrosa que la de hoy”, evocó.
Su génesis artística habrá que buscarla en el accidente que tuvo una noche, jugando a las escondidas, cuando lo atropelló un taxi a contramano y con las luces apagadas. ¿El diagnóstico? Fractura de tibia y peroné. “Así que estuve fané un tiempo. Ahí empecé a leer y a dibujar”. Entre esas lecturas iniciáticas, a los diez años, el Indio recuerda El crimen de la guerra, de Juan Bautista Alberdi. “Así fui entendiendo que el mundo no se acababa en mi calle. Leyendo descubrías que estaban los asirios y el Estado y los persas y Estambul y la China y Marco Polo y todas esas aventuras de Julio Verne. Si un escritor me gustaba, buscaba otro de sus libros. Con los años, en las discusiones de los asados familiares empecé a tener razón yo, mágicamente”, evocó.
Por esos años, aparecieron las historietas de las revistas Frontera y Hora Cero: Hugo Pratt, José Luis Salinas y Héctor Germán Oesterheld son piezas clave de su educación sentimental. Y, un poco más tarde, otras lecturas: de Lovecraft a los orientalistas como Lobsang Rampa. Y el cine, claro. Directores europeos como Ingmar Bergman que serían pilares de su cinefilia precoz.
Empezó a hacer música con algunos compañeros de la secundaria. “En el Normal 3 me había hecho amigo de un pibe que tenía una guitarra criolla. Los fines de semana íbamos a la casa quinta de otros pibes, compañeros de aula, que más tarde estudiaron arquitectura: una gente estupenda. Un día decidimos hacerle una canción a una piba. Ellos rasgueaban acordes y yo hice la melodía y la letra: se llamó ‘A Itatí’, que era el nombre o sobrenombre de la piba. Fue la primera canción que hice, tendría 16 o 17”, reconstruyó en sus memorias.
Faltaba mucho, todavía, para que la música asomara como su principal expresión artística. Faltaban años de bohemia, de cruces circunstanciales con vanguardistas del tango como Astor Piazzolla y Eduardo Rovira, excesos etílicos, experiencias con drogas, un iniciático viaje a Brasil a principios de los 70, los años en Valeria del Mar.
Decía, el Indio, que era un cantante de fogón. Que no pensaba en el escenario.
Su zanahoria era el cine. Las películas de Kurosawa, Fellini, Godard, Herzog e interminables charlas en los bares platenses con su amigo Guillermo Beilinson, el “Negro”, derivaron en un plan de acción: filmar en súper 8. De esa amistad bajo el signo del celuloide quedaron films experimentales como Ciclo de cielo sobre el viento, El sueño de Onia y Franzin, que se pueden rastrear por fragmentos en YouTube. Pero en el encuentro de ese cancionista limitado y el hermano menor de su coequiper cinematográfico, está el Big Bang ricotero: “Lo primero que hicimos juntos fue la banda sonora de una de las películas que filmábamos con el Negro”, contó el Indio. “Mezclábamos ruidos con música: Skay tocaba la guitarra y yo metía voces con ecos. Lo que salía era una suerte de folklore universal, bien raro. Pero era música incidental, claramente. No era que estábamos en plan de rock and roll, ni nada de eso”.
Nadie hubiera imaginado que esa troupe de delirantes que se hacía llamar Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota iban a constituir el fenómeno social, cultural y político más importante y singular de la historia argentina, únicamente comparable con el peronismo. (“¿Cómo le enseñás a un holandés a jugar al truco?”, se preguntaba el Indio; ¿cómo le explicás a un noruego qué es el peronismo o qué representan Los Redondos?, diremos aquí).
De los sótanos platenses donde la diáspora de desaforados artistas se nucleaba en bacanales poéticas y experimentales, que incluían suelta de gallinas, efectos especiales clase B destinados al fracaso y la dinámica del happening muy por encima de lo que se entendía como un concierto de rock a llenar estadios de fútbol, el derrotero de ese grupo, que tuvo al Indio como cantante, vocero y estampita, es mágico y misterioso.
Los Redondos encontraron en la independencia algo más que una línea ideológica. Fue la coronación de una experiencia que había inaugurado en los años 70 el grupo MIA (Músicos Independientes Asociados), encabezado por Rubens “Donvi” Vitale y Esther Soto, los padres de Liliana y Lito Vitale. Fue en su estudio casero, y con Lito como técnico de grabación (y tecladista invitado), que grabaron Gulp! (1985), su primer LP. Antes, claro, habían transitado por pequeños teatros alquilados y pubs que se iban llenando con un público iniciado, integrado mayoritariamente por estudiantes universitarios, intelectuales y periodistas. Siempre, al margen de las multinacionales, las corporaciones, la televisión.
“En realidad muchas veces me es más fácil redondear la idea de lo que hacemos cuando leo las revistas, cuando te leo a vos o a Enrique (Symns, en El Porteño). Por supuesto, el plan que uno tiene de trabajo parte de supuestos básicos y de cosas en las que estamos de acuerdo desde hace tiempo, pero en última instancia todo lo que nosotros aparentemente generamos abarca lo que otros piensan. Nosotros no tenemos postulados básicos; creo que son reglas de juego. De movida hay una fundamental, que es el hecho de mudar de dogmas casi continuamente”, le decía el Indio a Gloria Guerrero en la entrevista de abril de 1984, que incluía las míticas fotografías que Hilda Lizarazu les sacó a los tres (Solari, Skay y Poli) con el ya célebre cartelito de “a favor” y “en contra”.
La historia de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota está llena de grandes malentendidos. Uno de ellos es la relación con la prensa. Gloria Guerrero, Enrique Symns (que formó parte de la troupe como monologuista en los conciertos del grupo en los tempranos 80), Lalo Mir, Tom Lupo, Alfredo Rosso y Claudio Kleiman (el primer periodista en escribir sobre el grupo, en la mítica revista Expreso Imaginario) son mucho más que actores de reparto en esta historia. Fueron algunos de los que tempranamente acuñaron el término “misa ricotera”, que poco tiene que ver con el ritual de escabio, cantitos y banderas que emergió alrededor del grupo en los 90 al que se aferraron muchos medios: los conciertos eran misas porque eran tan buenos (intensos, viscerales, esotéricos) que era imposible faltar a la cita.
Hacia el final de la primavera democrática, el Indio publicó en la revista Cerdos & Peces los primeros textos de Escenas del delito americano. De esta suerte de novela fragmentada ya había hablado durante años en entrevistas –lo que desmitifica otro malentendido: Los Redondos sí daban notas, pocas y selectas, pero suficientes para armar un archivo enorme–. La obra alcanzó su forma definitiva en 2017, cuando Editorial Sudamericana la publicó en formato de libro con ilustraciones de Serafín.
En 1989, el año en que tocaron en Obras por primera vez, Gloria Guerrero les preguntó: “¿Es cierto que fans de La Matanza los siguieron hasta un concierto en Córdoba?”. En esa pregunta, en esa observación curiosa, acaso esté la prehistoria de esa dinámica que magnificó el mito. Los Redondos ya tenían la formación clásica, con Semilla Bucciarelli en el bajo, Walter Sidotti en la batería y Sergio Dawi en el saxo. El sonido, la mística y un repertorio que, además de las canciones clásicas de Oktubre, Un baión para el ojo idiota y ¡Bang! ¡Bang!… Estás liquidado, encontraba en las canciones inéditas como “Un tal Brigitte Bardot” y “Mi genio amor” una cuota épica. Faltaban unos años para los primeros estadios de fútbol (Huracán, 1993) y para iniciar la peregrinación por pueblos y ciudades del interior. Tempranamente, observaba el Indio: “Nuestro público es ese tipo de gente que, en tanto y en cuanto puedan viajar colados, van allá y duermen a la vera del río y ven el concierto y se vuelven colados… No es que vayan de turismo. Mientras tanto, pasaron dos días en los que, de otra forma, estarían boludeando en La Matanza viendo cómo chorearse una moto”.
Mientras se transformaban en un fenómeno de masas, los inicios de los 90 estuvieron signados por el asesinato de un fan, Walter Bulacio, en manos de la policía, luego de una razzia en la puerta de uno de los conciertos en Obras. Desde entonces, la pica entre los seguidores del grupo y las fuerzas de seguridad fue in crescendo. Los 90 estuvieron marcados, también, por el crecimiento exponencial del público, por un misterio cada vez más inescrutable alrededor del Indio (y del grupo) y por los conciertos en Santa Fe, Villa María, Mar del Plata, Tandil y la misa que no fue, en Olavarría, cuya suspensión provocó la primera conferencia de prensa en la historia del grupo. ¿Alguna imagen más surrealista que ver al Indio en la pantalla de Crónica TV?.
Fue por esos años que el Indio inició, también, un vínculo sentimental con Nueva York, ciudad a la que empezaron a ir con Poli y Skay a mezclar los últimos discos de Los Redondos, pero en la que el Indio encontró, desde ese momento, un ecosistema babeliano afín a sus gustos e inquietudes, con el plus de recuperar cierto anonimato. Llegaron, luego, los conciertos en Racing, en diciembre de 1998; el histórico arribo a la cancha de River (dos conciertos que dejaron un muerto entre el público y la histórica invitación a hacer el pogo más grande del mundo), y un par de conciertos más, en Montevideo y en el Chateau Carreras de Córdoba, el 4 de agosto de 2001.
Unos meses más tarde, con la excusa de promocionar el concierto que habían agendado para diciembre de 2001 en el estadio de Unión de Santa Fe, volvimos a entrevistarlos para la revista La García. Fueron siete horas de charla. Tres con el grabador encendido. El resto nos encontró siendo testigos de una especie de reencuentro después de varios meses. A diferencia de los reportajes anteriores, el encuentro no había sido en la casa de Skay y Poli, sino en el bar Onduras, a unas cuadras de allí, en el barrio porteño de Palermo. Nos despedimos y los vimos irse abrazados en la madrugada. Años después supimos que esa noche había ocurrido la pelea definitiva que puso fin a la historia de Los Redondos. ¿El detonante? El reclamo del Indio a Poli por una copia de los videos de los shows de Huracán, Racing y River. ¿Los motivos profundos? Los saben ellos y probablemente hayan sido múltiples, la acumulación de desencuentros y rencores en un cuarto de siglo de relación humana, artística y comercial.
El Indio grabó en Luzbola, el estudio que había armado en su célebre quinta de Parque Leloir, su primer disco como solista, El tesoro de los inocentes (Bingo fuel), que lanzó en diciembre de 2004. Si el arte de tapa de toda la discografía de Los Redondos había estado a cargo de Rocambole, el Indio decidió hacerse cargo también de la gráfica de su proyecto. Armó una banda, Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, y empezó una saga de conciertos cada vez más convocantes, a la par que lanzó una discografía solista con cinco álbumes de estudio. El último, El ruiseñor, el amor y la muerte (2018), tenía una foto de sus padres en la portada y reproducía en las páginas internas fotografías de sus influencias (Jean Cocteau, Frank Zappa, Joseph Conrad, Billie Holiday, Xul Solar, Robert Crumb, Antonin Artaud y Eva Perón, entre otros).
El 12 de marzo de 2016, ante más de 150 mil personas en el Hipódromo de Tandil, el Indio dejó una frase que quedó grabada en la memoria del rock nacional: “Mr. Parkinson me anda pisando los talones”.
Quedaba tiempo para una misa más, un multitudinario concierto en Olavarría para una audiencia que superó las 200 mil personas. Una avalancha produjo la muerte de dos personas y decenas de heridos. Nadie sabía que esa iba a ser la despedida, pero muchos la intuían.
Sin embargo, el Indio nunca dejó de crear. “Yo nunca tuve una vocación única y específica. Más bien hice siempre de todo: pintar, dibujar…”, le diría a Figueras en sus memorias. Una biografía que, por cierto, ya había empezado a cranear tres lustros antes, tal como lo había anticipado en una entrevista de 2005 con Rolling Stone.
Con la senectud, Solari concretó proyectos postergados como su novela y su libro de memorias. Y también hizo lo que parecía increíble: en 2019 se abrió una cuenta de Instagram. Abrió una ventana a su intimidad, a su mundo creativo y cotidiano. Compartió con sus fanáticos sus libros, sus revistas, su entorno de inspiración. Pudimos ver, por ejemplo, la convivencia de Foucault con novelas de Kurt Vonnegut y John Steinbeck; las obras completas de Jorge Luis Borges y William Shakespeare; el Manual del caníbal, de Carlos Balmaceda, y La balada de John y Yoko, de los editores de Rolling Stone; el No logo, de Naomi Klein, y el ensayo Violencia y erotismo, constantes en el cine de todas las épocas; Cemento, el semillero del rock, de Nicolás Igarzábal; El ángel negro, de Rodolfo Palacios, y cómics de Milo Manara, Hugo Pratt y los Freak Brothers.
El Indio, que históricamente había renegado de la política, se definía como “un millonario de izquierda” y en sus últimos años tuvo palabras de admiración por el gobierno de Cristina Kirchner, reivindicó la figura de Eva Perón y trabó un vínculo cercano con Máximo Kirchner. Al punto tal que, según reveló Marcelo Figueras, el hijo de la expresidenta estaba por comer un asado en la casa del Indio cuando recibió el llamado que informaba del fallido atentado contra la vida de su madre, en septiembre de 2022.
En una de sus últimas entrevistas, le contó al Mariskal Romero que componía canciones todos los días y que en los discos rígidos de sus cuatro computadoras guardaba más de 20 mil dibujos. Algunas de esas obras formaron parte de “Brutto”, la muestra de arte digital que había recorrido el Museo Mar (Mar del Plata), Arthaus (en el centro porteño) y el Museo Metropolitano de Arte Urbano, en Córdoba, donde estaban colgadas al momento de conocerse la noticia de su muerte.
“Yo ya no puedo cumplir, hazañas que prometí, solo seguir cantando”, dice la letra de “Encuentro con un ángel amateur”, la canción que estrenó en pandemia y que, acaso por esa autorreferencialidad descarnada, está entre las más conmovedoras de una obra que es solo una parte de una vida extraordinaria.
