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LA INTENSIDAD DE LA ESCRITURA

Poeta maldita, rebelde, acomplejada, brillante y genial, así fue Alejandra Pizarnik, que transcurrió por el mundo brevemente y dejó una obra inmensa, multifacética, que todavía no se conoce en su totalidad. A 85 años de su nacimiento, se espera que pronto una nueva bibliografía vea la luz.

Celebración de los 85 años que hubiera cumplido Alejandra Pizarnik el 29 de abril: acontecimiento digno y extraño a la vez.

Extraño, porque parece imposible enlazar la ancianidad con la figura de una joven que se suicida a los treinta y seis años, dejando una obra múltiple y de trascendencia internacional, como lo demuestran las tantas traducciones y trabajos consagrados a ella en el exterior.

Y acontecimiento por cierto digno, porque su obra extraordinaria precisa no sólo una clara valoración, sino que aguarda la edición de un gran volumen de material inédito que se preserva en la Biblioteca de Princeton.

En particular, mucho más allá de la inmensa poeta que fue, Alejandra ha sido una crítica de singular lucidez, una prosista de una perfección única, como lo revela La condesa sangrienta, su pequeño libro inolvidable, y a la vez de una capacidad revulsiva y transgresora sin parangón, según lo demuestran los textos inclasificables de La bucanera de Pernambuco o Hilda la polígrafa. Fue asimismo una diarista singular, cuyos diarios son de una riqueza fundamental tanto para abordar su obra como su vida, y una experimentadora con todos los géneros que abordó, a los que transformó según sus necesidades expresivas y su idea de la obra propia. A lo que corresponde agregar el teatro y la correspondencia, que sin duda seguirá creciendo en la medida en que se identifiquen nuevos corresponsales. Y también ha sido una narradora singular, como puede verse en sus relatos inéditos y en su texto extenso Otoño o los de arriba, ambos depositados en Princeton y en espera de publicación.

Recordar a Alejandra entonces es evocar una obra multifacética y una breve vida de intensidad y aspectos enigmáticos memorables que hasta hoy despiertan nuestra curiosidad e interés.

EL LENGUAJE ES LA INFANCIA

Intento ahora un recorrido cronológico para recuperar su trayectoria vital e intelectual: el existencialismo, el surrealismo, el psicoanálisis, el viaje y la estadía de casi cuatro años en París, el contacto con un importante número de grandes intelectuales y artistas tanto latinoamericanos como europeos que dejaron una marca en su obra. Y cabe también señalar el notable crecimiento de su figura de escritora después de su muerte, gracias a la aparición de una ingente cantidad de inéditos que fue demostrando su verdadera envergadura y su asombrosa complejidad. Porque si la Alejandra que murió en 1972 era para sus lectores una poeta, la que hoy, a 85 años de su nacimiento, recordamos es, además, una prosista, crítica, dramaturga, narradora, diarista y corresponsal deslumbrante.

Para entender la singular relación con el lenguaje que tenía Alejandra es fundamental recordar que era hija de inmigrantes ucranianos judíos, que hablaban ídish y ruso entre sí, y que aprendieron el castellano como un idioma necesario para su desarrollo en este país al que los empujó el nazismo amenazante para los judíos en Europa.

Cuando pensamos en esa pareja de inmigrantes que se instaló en Avellaneda y se fue abriendo camino desde muy abajo –al margen de que provinieran ambos de familias cultas y universitarias– entendemos que Alejandra dijera que no tenía un lenguaje propio y se sentía como una extranjera en su propia lengua, admirándose, por ejemplo, de la felicidad del lenguaje de un García Márquez, dueño de una soltura que ella nunca sintió. Problemática de la que es una señal metafórica la tartamudez de su infancia, que con los años se transformó en una forma personalísima de hablar, parte fundamental del personaje alejandrino que se fue creando a lo largo de los años. Pero también, en un plano más concreto, sus cahiers, como los llamaba ella, donde busca sinónimos de palabras, indaga en sus resonancias, ahonda en las conjugaciones: en resumen, se pone al día con el castellano.

Pero esa pareja no sólo hizo que sus dos hijas –Myriam y Flora, ya que así se llamaba la que conocemos como Alejandra, nombre que eligió para su obra y su vida– fueran a la escuela de Avellaneda y a la Salman Reizien Schule, donde aprendieron ídish, sino que las introdujo también en el amor por la música francesa –sobre todo a través del padre– y fue espectadora del desarrollo de Alejandra tanto en su personalidad transgresora adolescente como en una vocación por la literatura manifestada en poemas y textos que a partir de los 15 años pegaba en las paredes de su cuarto, pintado de negro y lleno de marcas de su rebeldía. Por cierto que su madre renegaba contra sus ocurrencias, pero no llegaron a coartarla totalmente nunca, y su padre, sin demostrárselo demasiado, la admiraba y la ponderaba ante otros miembros de su familia.

LITERATURA Y FILOSOFÍA

De su adolescencia viene la fascinación con el existencialismo –por obras leídas en el colegio gracias a un profesor de Filosofía– y su conocimiento de autores como Gide o el amado Vallejo, que modelarían sus primeras experiencias literarias.

Pero una vez terminado el colegio, Alejandra se inscribe en la Escuela de Periodismo, donde conocerá a Juan-Jacobo Bajarlía, quien la introduce en la vanguardia poética y literaria en general, abriéndole un camino que ella luego se encargará de ahondar y transformar, sobre todo a partir de su contacto con otros escritores, entre los que se destaca Olga Orozco.

Y una vez en Filosofía y Letras, Alejandra se abrirá a nuevas influencias, gracias a los variados amigos que conoce, entre los que se destacan Ana María Barrenechea, Roberto Yahni y Susana Thénon. Porque Alejandra abandona el periodismo y va a la Facultad de Filosofía y Letras y un nuevo mundo se abre para ella, ya que tras el primer libro que publica, en 1955, bajo el nombre de Flora Alejandra Pizarnik, La tierra más ajena, pagado por su padre y publicado por Botella al Mar, empezará a frecuentar grupos de escritores reunidos en torno de las principales revistas literarias del momento, absorbiendo lo que ellos leían y discutían.

Este proceso se reflejará en su obra, que pronto va a sumar dos libros más, ya firmados sólo como Alejandra Pizarnik, su nombre poético definitivo. En ellos vemos cómo del vanguardismo profundamente asociado con los autores que Bajarlía le hizo conocer y que aparecen en los poemas de La tierra más ajena, pasa en los dos siguientes, La última inocencia (1956) y Las aventuras perdidas (1958), a una voz cada vez más propia asociada con los autores leídos en sus nuevos grupos literarios. Los postsurrealistas que leían los escritores del grupo Poesía Buenos Aires, los del grupo Equis, que publicaba la revista Poesía=Poesía, y los surrealistas seguidos por el grupo surrealista argentino, entre cuyos miembros se destaca su gran amiga y casi madre literaria Olga Orozco.

En estos dos libros, que publica gracias a Raúl Gustavo Aguirre, director de Poesía Buenos Aires, si bien no hay una voz consolidada, se van perfilando cada vez más una sonoridad y un lenguaje singulares, que cristalizan en poemas admirados por sus compañeros de diferentes grupos como textos personales y propios. Poemas en los que ya se manifiesta un impulso que culmina en su cuarto libro, Árbol de Diana (1962), escrito y publicado mientras está en París, hacia el poema breve de lenguaje sumamente cuidado y elaborado.

PSICOANÁLISIS, PARÍS, POESÍA

En este período es crucial su iniciación en el psicoanálisis con León Ostrov, con quien terminará forjando una amistad donde el analista funciona casi como un padre, según se advierte en las cartas intercambiadas durante la estadía de Alejandra en París. Pero más allá de su propio tratamiento, a Alejandra le interesan las pautas propias del análisis y sus conceptos reveladores respecto del funcionamiento de la psique, en especial por su preocupación acerca del funcionamiento de la suya.

Llega un momento en que Buenos Aires no le resulta suficiente a Alejandra y, siguiendo un deseo manifiesto desde años antes –sus estudios de francés en la Alliance Française y sus prolíficas lecturas de autores franceses–, logra en 1960 que sus padres le paguen el viaje soñado a París, donde se alojará a su llegada y en diversos momentos de su estadía de casi cuatro años en casa de su tío paterno, Simón Pozarnik. (El apellido de la familia tuvo dos versiones, la más cercana al ruso originario, Pozarnik, y la transformada por los funcionarios argentinos en Pizarnik).

Desde muchos puntos de vista, su estadía en París es constitutiva para Alejandra como poeta: por un lado, va a ir construyendo lo que podríamos llamar el personaje alejandrino, calcado en muchos aspectos sobre la figura del poeta maldito al estilo de Rimbaud, Lautréamont o Artaud, en el cual vida y poesía se articulan indisolublemente; por el otro, se abre a una serie de influencias provenientes de grandes artistas del momento que se convierten en sus amigos y admiradores, como Julio Cortázar, Octavio Paz, André Pieyre de Mandiargues o Italo Calvino. Pero, además, en el plano más personal, va a llevar a un grado mucho mayor y explícito la bisexualidad ya manifiesta en Buenos Aires a través de una serie de relaciones que, asimismo, implican una vida bastante disoluta y a contrapelo de las convenciones, que la caracterizará de ese momento en adelante.

En lo poético, de este período es su primer gran libro, que le valdrá un prólogo elogioso de Octavio Paz, Árbol de Diana (1962), en el que llega a una perfección inigualable en el poema breve, donde el lenguaje está trabajado con tal dedicación y acierto que resulta perfecto en su articulación de palabras y emociones, así como en un tono a la vez encantado y profundamente melancólico. Sirvan como ejemplo estos dos poemas, uno de los cuales llega a la extrema brevedad:

“Vida, mi vida, déjate caer, déjate doler, mi vida, déjate enlazar de fuego, de silencio ingenuo, de piedras verdes en la casa de la noche, déjate caer y doler, mi vida”.

“explicar con palabras de este mundo que partió de mí un barco llevándome”

El libro se publicará en editorial Sur gracias a la intervención de su amigo Héctor A. Murena, y significará un salto cualitativo en la consideración por parte de sus pares, que se continuará con la publicación en Sur de su libro siguiente, Los trabajos y las noches (1965), en el que prosigue con la elaboración del poema breve y con ese tono “encantado” que caracteriza a su libro anterior.

París también implica que se ponga en contacto con el personaje de Erzsébet Báthory, la condesa húngara, a través de la biografía de Valentine Penrose, a partir de la cual surgirá su famoso texto casi inclasificable por su alternancia entre lo poético, lo narrativo y lo ensayístico, que es La condesa sangrienta, que terminará de escribir a su retorno a Buenos Aires.

CONSAGRACIÓN Y DESENGAÑOS

El año 1964 representa el abandono de sus pequeños departamentos-cuartitos de París, es decir, un cambio fatal, pues vuelve a la casa porteña de sus padres, con la consecuente pérdida de intimidad que va a resentir duramente. Pero también implica un creciente reconocimiento por parte de sus pares de Buenos Aires, que se percibe, entre otras cosas, en la concesión del Premio Municipal de Poesía por Los trabajos y las noches y su relación cada vez más estrecha con el prestigioso grupo Sur y sus integrantes, entre los cuales se destaca, además de su amiga desde París y hasta sus últimos años, Ivonne Bordelois, la figura de Silvina Ocampo.

También será ocasión de su despliegue como crítica literaria, que realiza en Sur y en la revista venezolana Zona Franca, de su amigo Juan Liscano, y el incremento de su prolífica correspondencia, que sólo se recogió parcialmente años después de su muerte.

Alejandra pasará a convertir su departamento de la calle Montevideo 980, que su madre le regala tras la muerte de su padre y la venta del departamento de Miramar, en lugar de reunión y aventura intelectual y artística de poetas coetáneos, mayores pero sobre todo menores, que ya la ven como un hito insoslayable de la poesía del momento.

Otros dos encuentros fundamentales del momento son, por un lado, Silvina Ocampo, de quien se enamora profundamente, como da cuenta tanto su correspondencia como sus diarios, y por el otro quien será su analista casi hasta la muerte de Alejandra, el doctor Enrique Pichon-Rivière, con quien establece una relación capital de amor-odio que se mantendrá hasta el fin de su vida y que incidirá desde su obra hasta su consumo cada vez mayor de psicotrópicos, que finalmente la llevarán a la muerte al ingerir cincuenta pastillas de Seconal sódico en septiembre de 1972.

Del amor por Silvina vemos un breve ejemplo en esta cita de una de sus cartas, que no necesita comentarios por su contundencia: “Oh Sylvette, si estuvieras. Claro es que te besaría una mano y lloraría, pero sos mi paraíso perdido. Vuelto a encontrar y perdido (…) Yo adoro tu cara. Y tus piernas y, surtout (bis 10) tus manos que llevan a la casa del recuerdo –sueños, urdida en un más allá del pasado verdadero”.

En cuanto a su obra, se sucederán dos libros, uno fundamental desde mi punto de vista, Extracción de la piedra de locura (1968), donde dando un vuelco pasará del poema brevísimo y predominantemente en verso al poema en prosa extenso, pero trabajado con un cuidado similar al de sus poemas breves, con una atmósfera más surrealista que cualquiera de sus otros libros y una maestría que resulta deslumbrante.

Un año antes de su muerte aparece El infierno musical (1971), donde si bien se continúa el trabajo sobre el poema en prosa, hay un tono diferente, que hace pensar en una despedida de la poesía, como en efecto lo es.

EL OTRO LADO DE LA ESCRITURA

Además de los que publica, Alejandra está escribiendo otro tipo de textos que no aprueban sus compañeros habituales de su entorno poético –Olga Orozco, por ejemplo–, donde van a aflorar desde el coloquialismo hasta las malas palabras y la obscenidad, que significan una ruptura radical con su concepto del poema trabajado y elaborado hasta lograr una perfección notable en el lenguaje. Aquí es como si lo destripara y se rompiera hasta la enunciación en una carcajada llena de humor obsceno. Se trata de los textos que luego aparecerán en La bucanera de Pernambuco o Hilda la polígrafa, así como de su breve y única pieza teatral, Los perturbados (o poseídos) entre lilas.

A esta doble tarea de escritura que la divide en dos Alejandras contrarias hay que agregar, por un lado, la tormentosa relación con su último amor, Martha Isabel Moia, y su creciente consumo de psicotrópicos que va desquiciándola cada vez más, hasta que llega la noche en que finalmente se suicida ingiriendo pastillas.

Es decir que su obra y su vida se suspenden el 25 de septiembre de 1972, sólo que su obra se irá desplegando a tal punto que su perfil de escritora cambia radicalmente.

Cuando Alejandra muere ya es una poeta de altísimo nivel, pero de quien, por desgracia para sus lectores, muy pocos libros se consiguen, al margen de que se desconoce su labor crítica. Además, se ignoran los textos inéditos de ruptura con su forma de hacer poesía, que Olga Orozco y Ana Becciú publican en 1982, Textos de sombra y últimos poemas, donde no sólo se suman una serie de poemas inéditos que llegan hasta el que escribió el último día de su vida, sino que aparecen los textos transgresores y obscenos que van a transformar su perfil de poeta pura y estilizada, para escándalo de muchos críticos.

La década del 90 también es un período fundamental para su obra: por un lado, aparece en Buenos Aires su obra poética completa con algunos textos en prosa, que aunque no es verdaderamente completa, reúne todos los libros publicados en vida, lo que los hace accesibles al público, que sólo conocía parcialmente sus poemas y textos en prosa. También aparece una primera colección de su correspondencia editada por Ivonne Bordelois que nos muestra a otra Alejandra, cálida, preocupada por sus amigos y generosa en su acercamiento a los otros poetas.

Por fin, entre 2000 y 2020 se publican en España sus poemas y prosas completos y, ya en 2013, sus diarios completos, obras que no son verdaderamente completas, pero llenan un vacío importantísimo y nos acercan casi a la obra total de Alejandra dentro de esos géneros. También, una buena parte de su correspondencia se publicará en estos años. Si me detengo en subrayar los géneros es porque en la Biblioteca de Princeton siguen depositados otros textos que nos remiten a la narradora de textos breves o relatos y su texto extenso, Otoño o los de arriba; la escritora de textos cuasi pornográficos, y la artista que constantemente reflexiona sobre la literatura. Toda una producción que, alguna vez, esperemos, se editará para completar esta imagen que ha ido creciendo con los años.

Soy autora de la única biografía de Alejandra Pizarnik que se ha publicado, en los años 90, sólo que por la falta de material –diarios y correspondencia, así como textos inéditos– resulta deficiente, por lo cual junto con Patricia Venti hemos escrito una nueva que está esperando publicación desde hace un año a raíz de la pandemia y que creemos que revelará muchos aspectos desconocidos de su vida y su obra.

Es decir que esta celebración de sus 85 años está cargada de mayor sentido si tomamos en cuenta tanto los aspectos de su vida como de su obra, de su existencia como de su perduración y crecimiento, y que nos enfrenta con una Alejandra a quien conocemos mucho más tras los muchos años transcurridos, gracias a la aparición de una gran cantidad de material que nos permite ponerla en una nueva perspectiva. Así podemos valorarla por su capacidad de transformar el castellano, de transgredir los géneros literarios y experimentar no sólo con su obra sino con su vida, enfrentada con las convenciones que coartan la libertad de las figuras verdaderamente revolucionarias, consagrándola como una escritora fundamental de nuestra literatura nacional y de la literatura del siglo XX en general.

“Y que de mí no quede más que la alegría de quien pidió entrar y le fue concedido”.

Escrito por
Cristina Piña
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