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LA TERNURA EN EL TANGO

Cantante y compositora.

Homero Manzi significa, para muchos de mi generación, el descubrimiento de la ternura en el tango. Durante nuestra infancia, los ecos de este género llegaban desde la televisión con un derroche de gomina y una tendencia dramática que ya no representaba a las nuevas generaciones. Muchas de las letras expresaban una virilidad herida, y en muchos casos, un sabor a rencor. La liviandad del pop del momento –al estilo El Club del Clan– copaba los rankings de ventas, y el folklore encendía un fueguito en las cocinas y los patios. El tango languidecía, y mi generación se lo estaba perdiendo.

Durante la adolescencia, mis influencias fueron el rock y la música negra, y bajo este signo comencé a cantar y escribir canciones. Me llevó bastante tiempo apropiarme del tango, esa banda de sonido de mi infancia, conocerlo en profundidad y reclamarlo como parte fundamental de mi identidad. Fueron dos Homeros, Expósito y Manzi, los que me acercaron a los mundos que más he disfrutado en el género: uno, a una lírica originalísima; el otro, a una profunda poética de la ternura. Fue en la ciudad donde vivo, Nueva York, donde comencé a cantar las canciones de Manzi. Me llevó un par de décadas y miles de kilómetros de distancia. El autor y cantante Tom Waits, en su “Serenata de San Diego” dice: “Nunca pude ver la costa este hasta que me fui a la costa oeste”. A mí me pasó algo similar: estando lejos pude “ver” por primera vez el tango con la chispa del reconocimiento en los ojos y el corazón emocionado.

Fue Manzi quien me acercó de la mano a esos seres que, más que personajes, se perciben como de carne y hueso: Malena, cuya canción tiene el frío del último encuentro; el carrerito del este, que implora al caballito Manoblanca se apure porque unos ojos lo esperan en la esquina de Centenera y Tabaré; los amantes que escriben cartas trazadas con mano febril –mintiendo que no, jurando que sí–, y también los que alguna vez caminaron sin querella iluminados por las estrellas. Me hizo verlos como en una película, sentir su esperanza y su dolor, comprenderlos en el esplendor de un destino tan sencillo y tan universal como este verso desgarrador: “Volví por caminos muertos, volví sin poder llegar/ Grité con tu nombre bueno, lloré sin saber llorar”. Con su inmensa empatía, Manzi quiso y nos hizo querer a quienes poblaron la ciudad de Buenos Aires antes que nosotros –cuando era otra–, y de esa manera nos la devuelve, resonando, enriquecida, recordándonos que no somos de gajo.

Manzi también nos hizo conocer el deslinde donde el campo se transforma en ciudad, ese límite de barro, yuyos y empedrado. Transmitió más el latido de la transición a lo urbano, donde aún brillaba un sol de la mañana, que la alienación de la noche de la ciudad, donde la vida y el hombre se ponían más duros y el tango se acartonaba. Podría decirse que Manzi humanizó al tango, lo hizo más cercano y tangible, y por lo tanto, más real (y, por qué no, más bueno), a través de una iluminada capacidad poética y también de la lucidez de su conciencia social.

Hoy, encuentro en mis propias canciones más Manzi que rock. En ese círculo donde se vuelve al origen, rescaté el lado más dulce de ese sonido de la infancia, el que redime al tango de su parte machista que, a todas luces, no sobrevivió muy bien a los cambios de paradigma que vivimos. Sin entrar en los tangos directamente violentos hacia la mujer, donde se explicitan golpes o puñaladas, podemos contraponer una canción tradicional como “Las cuarenta”, de Gorrindo y Grela (“La mirada turbia y fría, un poco lerdo el andar,/ dobló la esquina del barrio y, curda ya de recuerdos,/ como volcando un veneno esto se le oyó acusar”), con la “Milonga sentimental”, de Manzi (“Varón, pa’ quererte mucho/ varón, pa’ desearte el bien/ varón pa’ olvidar agravios/ porque ya te perdoné”). Las letras de Manzi están, en ese sentido, más vigentes que nunca.

Escrito por
Isabel de Sebastián
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Escrito por Isabel de Sebastián
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