Entre finales de 1983 y principios de 1989, el sociólogo Juan Carlos Torre fue miembro del equipo económico presidido por Juan Vital Sourrouille. De esa experiencia inédita dejó un registro “in situ” y “en el momento” materializado en grabaciones, escritos y cartas personales enviadas a su hermana y a su colega argentina Silvia Sigal.
Este material desgrabado y recopilado hace de Diario de una temporada en el quinto piso. Episodios de política económica en los años de Alfonsín (2021) un texto singular y sin precedentes en el panorama político y de las ciencias sociales locales, poco propenso a la etnografía en primera persona al interior del Estado argentino. Para historiadores, sociólogos y politólogos es un material invaluable en tanto testimonio de época que permite desentrañar “desde adentro” de la gestión algunos debates, dilemas, pujas y discusiones que se generaron en torno a la política económica en el día a día dentro del gobierno de Alfonsín. Escrito por un testigo privilegiado, específicamente es un texto insoslayable para investigadores del Plan Austral.
El libro se abre con una fotografía que oficia de metáfora: Sourrouille estrecha la mano de Saúl Ubaldini, secretario general de la CGT. En segundo plano, como espiando a hurtadillas, se encuentra Torre. A lo largo de su registro pormenorizado, el autor parece juez y parte, un observador participante de los hechos. A su vez, la foto anticipa dos de los personajes principales de este capítulo de la historia argentina: Sourrouile, creador y líder del Plan Austral, quien frecuentemente para sostenerlo debe lidiar, pactar o hacer concesiones (que iban en detrimento del Plan) a las objeciones y requerimientos del sindicalismo peronista liderado por Ubaldini.
ESTUPOR Y SORPRESA
Estructurado en tres capítulos, el primero narra el regreso de Torre al país en febrero de 1982, su estupor frente a la guerra de Malvinas y su felicidad ante el sorprendente resultado de las elecciones presidenciales: 5 de noviembre de 1983: “El 30 de octubre se rompió el hechizo electoral que pesaba sobe el país: Alfonsín ganó, el peronismo perdió. (…) La derrota ha golpeado su natural soberbia y actualmente asistimos al enjuiciamiento de ‘los mariscales de la derrota’ (…) El peronismo ha probado ser, como todo el mundo, electoralmente mortal”.
El segundo capítulo narra su nombramiento como subsecretario por recomendación de su amigo, el economista Adolfo Canitrot. Y finalmente, el tercero se mete de lleno en los entretelones del mentado piso quinto, donde funcionan las oficinas dirigentes del Ministerio de Economía y donde vivirá una temporada ¿en el infierno? El Diario… consigna los estados de ánimo de los políticos y la necesidad de conformar un grupo de amigos para sobrevivir a la gestión:
“Hoy comienzo con mis grabaciones, hace dos días fui a verlo a Juan y me dijo al verme: ‘Decime algo, levantame el ánimo, estoy caído’. No le pregunté la razón, era innecesario. Podía adivinarla, pocos minutos más tarde me encuentro con José Luis (Machinea) y ahí nomás, sin que yo le preguntara, me dice: ‘Juan Carlos, estoy deprimido, ¿para qué estamos trabajando?’. Y finalmente dos días después aparece Mario Brodersohn y nos dice: ‘Bueno, esto no va más, hay que hacer algo’”. Este es el clima reinante en el quinto piso y en el cual se va forjando un lazo consistente que nos hace sobrellevar esta experiencia difícil”.
Una de las perspectivas más novedosas que adopta el libro –sobre todo viniendo de un actor que formó parte protagónica del proyecto político alfonsinista– es en torno a la figura de Alfonsín. Este aparece lejos de la efigie del Padre de la Democracia, el actor sustentador de los Juicios a las Juntas y el que estuvo a punto de concretar el traslado de la capital a Viedma y de liderar lo que autodenominó el Tercer Movimiento Histórico.
SOURROUILLE, ¿UN HÉROE?
Si Diario… fuera una novela, sin dudas, Sourrouile sería el héroe absoluto de este lío y Alfonsín, si no el villano, al menos el antagonista. En efecto, para quienes tenían en ese momento la responsabilidad económica del país y en términos de sostenimiento del Plan Austral, frecuentemente don Raúl representó un obstáculo. En las páginas de Torre, Sourrouille es el intelectual honesto y de gran coraje que, desde el principio, intenta alejar al presidente del mundo utópico de “con la democracia se come, se cura y se educa” y conducirlo a una visión más realista de las cosas que incluyen la necesidad de forjar un plan que termine con la inflación y el déficit fiscal.
Incluso ya puesto en marcha el Plan Austral, el presidente parece más preocupado por crear épica que por el mantenimiento del artefacto económico. Por ejemplo, en febrero de 1986, para apaciguar el malestar tras el Juicio a las Juntas, Alfonsín pide un aumento a los militares que, extensivo a docentes, judiciales y personal de salud interrumpe la medida clave que congelaba los salarios. Asimismo, en repetidas ocasiones al imperativo de “no me falles, Juan, no me falles”, Alfonsín pide aumento para los empleados estatales.
Si bien desde sus primeras páginas Torre escribe que “las medidas que tomemos para superar la grave situación económica que atraviesa el país estarán subordinadas al compromiso ético con los valores de la democracia”, finalmente concluye que el programa económico se subordinó demasiado al político. Esta desavenencia lleva a la siguiente entrada:
19 de julio de 1987: “Juan se ha reunido con Alfonsín (…) para adelantarle el programa de reformas a ser anunciado un día después. En la larga conversación se abordaron también cuestiones de política y fue entonces que Juan le señaló al presidente que, a su juicio, los desarrollos políticos y los desarrollos económicos no están yendo en la misma dirección. Así las cosas, le recomendó a Alfonsín que fuera pensando en la conveniencia de reemplazarlo al frente del Ministerio de Economía. Alfonsín le respondió: ‘Voy a decirle algo que un presidente no debiera decir: usted y yo estamos asociados hasta el final’”.
El final es historia conocida. Sin embargo y a pesar de la hiperinflación, Alfonsín no siempre es relacionado con el caos económico. Torre exalta la figura de Sourrouile para restablecerlo. Diario… es dedicado a “un gran amigo, que puso en juego su inteligencia y su temperamento característico para que el país pudiera enfrentar los grandes desafíos que tenía por delante la transición a la democracia”. Hasta el fin de sus días Sourrouile se negó a que el texto fuera publicado. Paradojalmente, Torre traicionó al amigo para rendirle homenaje póstumo.
