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EL LEGADO DE PIAZZOLLA

Músicos de distintos estilos analizan para Caras y Caretas lo que dejó Astor a las futuras generaciones.

“¿No ven a los aviones que aterrizan, no ven los edificios, no ven el tráfico, los autos? Eso es Piazzolla; es el futuro, la ciudad que crece, no es el tipo ahí llorando porque la mina lo abandonó. Sigo pensando lo mismo: Piazzolla es el futuro.” Así discutía Spinetta con su padre y su tío, cantores aficionados al tango de la vieja guardia, que renegaban del sonido vanguardista de su bandoneón. El futuro estaba en ese tango que pasaba del blanco y negro al color.

Astor Piazzolla vaticinaba el regreso de su música en cada nuevo siglo en “Preludio para el año 3001”, un tema escrito con Horacio Ferrer que Amelita Baltar grabó en 1972, donde cantaba: “Renaceré fatalmente, será el año tres mil uno y habrá un domingo de otoño por la plaza San Martín”.

Este año, la Fundación Astor Piazzolla y su familia celebran el Centenario Piazzolla, para recordar su nacimiento y reivindicar el legado musical del bandoneonista. Realizarán conciertos y actividades todo el año –replicando lo que pasará en Berlín, París, Londres, Nueva York y Madrid–, en el Teatro Colón, Ciudad Cultural Konex y el Obelisco, donde participarán artistas de un arco estilístico que va desde el pianista clásico Horacio Lavandera hasta el compositor uruguayo Hugo Fattorusso. Una manera de confirmar el alcance de su nuevo tango en otros géneros.

Uno de los nietos del bandoneonista, Daniel Villaflor (hijo de Diana Piazzolla), que preside la fundación, dice: “Astor nos dejó dos legados. Uno es el musical, una obra extensa y versátil que permite redescubrirlo permanentemente. Su música puede ser versionada por Marty Friedman, de Megadeth, y por el chelista Yo-Yo Ma. El otro legado es el humano. Nos dejó un mensaje muy importante: la trascendencia duradera se construye con dedicación absoluta, estudio y pasión”.

Como un faro que guía a la distancia, en medio de la soledad o la tormenta, Piazzolla sigue enviando señales desde las grabaciones que realizó con cada formación y donde talló obras afines a cada momento. Lo hizo con el revolucionario octeto y con las sucesivas formaciones del quinteto, el noneto, el octeto electrónico y el sexteto, reflejando la información que circulaba en cada época.

Abel Gilbert, autor junto a Diego Fischerman del libro Piazzolla. El mal entendido, reflexiona: “Cuando estaba vivo, el entorno alrededor de su música se apresuraba a imaginar un legado. ¿Qué habría después de esa música que supuso un punto de corte o un callejón sin salida? Paradójicamente, me da la sensación de que hoy tenés una figura descollante como Diego Schissi, o el sexteto de Juan Pablo Navarro. Podemos hablar de una cantidad de expresiones extraordinarias del tango”.

OPINIONES

Su impacto universal y el vínculo con el ambiente del jazz y el mundo clásico también fueron fundamentales para proyectar su legado: Chick Corea incluyó el tema “Oblivion” en su disco Portraits; el Kronos Quartet hizo un álbum con sus obras; el vibrafonista Gary Burton grabó y dio conciertos con el Quinteto de Astor Piazzolla; el guitarrista Al Di Meola dice que conocerlo le cambió la vida, y el saxofonista Gerry Mulligan grabó con Piazzolla el legendario disco Reunión cumbre, en 1974, que terminó de fundar una alianza con el jazz que permanece hasta hoy. “A Piazzolla lo veo como una especie de Charlie Parker argentino, que desde su rebelde soledad revolucionó la música, rompiendo reglas que parecían inamovibles, ejerciendo su influencia impetuosa y arrolladora, cambiando la faz del tango de una vez y para siempre”, dice el saxofonista Paquito D’Rivera.

“Astor creó una música universal. Se crió en Nueva York, anhelaba ser compositor de música clásica, y a su vez dio sus primeros pasos con Carlos Gardel y luego con la orquesta de Troilo. Esos universos se mezclaron en él, y el resultado fue su música, que cautiva a todo el mundo”, dice su nieto Daniel “Pipi” Piazzolla.

Contra todo pronóstico, el nuevo tango de Piazzolla tuvo sus acólitos dentro de esa religión. El pianista y compositor Diego Schissi lidera desde hace una década un quinteto sorprendente que encontró nuevos caminos para el tango: “Piazzolla abrió las puertas del tango para los músicos de mi generación y las siguientes. No conozco a nadie que lo haya descubierto y no se haya preguntado de dónde venía esa música. Y venía de Troilo, Salgán, Laurenz, Pugliese, De Caro, pero también de Stravinski, Bartók, del jazz. Escuché decir que sólo genera imitadores, que su influencia está limitada a lo que nos muestra su estilo. Pero disiento, Piazzolla ha sido una escuela de cómo ser un buen músico. Es importante saber que existió y existirá siempre, abriendo cabezas, iluminando corazones”.

Noelia Sinkunas, que toca jazz, tango y cumbia, creció en un hogar donde la música de Piazzolla era mala palabra. Durante quince años acompañó a cantantes de estilo tradicional. En paralelo, desarrolló un estilo original como pianista y compositora, que vuelca en distintos proyectos musicales, como el grupo Alto Bondi, una de las revelaciones de la nueva escena tanguera. “Para mi papá y mi abuelo, guitarristas de tango, el repertorio de Piazzolla era poco querido. Me crie pensando que no era tango. Pero empecé a tocar su música y a escuchar sus formaciones más rupturistas y me volaron la cabeza. En Alto Bondi encontrás esa influencia.”

Su sonido nunca fue patrimonio sólo del tango. Ese pulso contemporáneo impregnó otros géneros. “Hizo más por el rock que el rock mismo. Es un músico contemporáneo que pensó fuera de cualquier lógica. Además de ser un referente dentro del tango, lo popularizó en el mundo como lo hizo Gardel. Como artista revolucionario, sin ser un excéntrico ni representar una esfera de saber culto, ha nutrido de ingenio y punk nuestra música”, dice Paula Maffía, rockera y cancionista salvaje de 37 años, integrante de grupos LGBT, como Las Taradas y La Cosa Mostra, que forman parte de la renovación del rock.

Leo Martinelli, creador de Tremor, trío experimental de bombo legüero, teclados, samples y guitarra eléctrica, que conmocionó al folklore con su propuesta vanguardista, dice: “Lo descubrí en el conservatorio y me enamoré. La relectura sobre la tradición musical de un país, la combinación con otros instrumentos, otros aires, son una inspiración. Es alguien que abre un sendero y te habilita a vos”.

El cantor Chino Laborde, integrante de la orquesta Fernández Fierro durante trece años y símbolo de una nueva generación del tango, dice que quizás el legado más importante de Piazzolla es su capital simbólico: “Ocupa ese olimpo donde están Gardel, el Che Guevara y Maradona. Tipos que trascienden lo que hacen, que con su actitud frente a la vida, su rebeldía, nos empoderan. Uno siente que la Argentina puede lograr más cosas”.

Hay otro legado, inmaterial. Astor Piazzolla contagió en las nuevas generaciones un espíritu irreverente y provocador, un seguir adelante para crear con libertad, sin condicionamientos. No es un tótem sagrado o una estampita, es mucho más. Su música es una experiencia vital, una aventura que se renueva. Es, por sobre todas las cosas, un portal.

Escrito por
Gabriel Plaza
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