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DE LA ORQUESTA TÍPICA AL SEXTETO VIRTUOSO

Hubo vida antes y después del quinteto, acaso su modo de tocar favorito. Si algo caracterizó a Piazzolla fue su afán por experimentar. Aquí, un recorrido por las distintas formaciones que lideró.

Diecinueve de mayo de 1945. En los estudios del sello Odeon, Francisco Fiorentino prueba la gola antes de cantar “Corrientes y Esmeralda”. Astor Piazzolla está al frente de la orquesta de acompañamiento. ¿Sueña en ese momento el ex bandoneonista y arreglador de Aníbal Troilo en convertirse en el gran cismático del género porteño? Claro que no. Mientras se gana la vida como puede, el alumno aplicado de Alberto Ginastera anhela componer “la gran música”, la clásica, la sinfónica. A los 24 años, Piazzolla aún no quiere ser Piazzolla.

En 1946 fundará su propia orquesta. Una orquesta de tango barroco. Una orquesta nerviosa, superpoblada de notas, como si mil conjuntos diferentes pugnaran en su interior para encontrar sus propios caminos. ¿Cuánto saber académico pueden resistir las formas populares? Los bandoneonistas Roberto Di Filippo y Leopoldo Federico despliegan destreza, mientras las cuerdas echan humo aprendiendo pasajes de contra canto que parecen fugados de una partitura de Stravinski. Y… eppur si muove. La música no ha cortado los lazos que la unen con la dinámica del baile. No todavía.

LA REVELACIÓN

Más tarde, el viaje como rito de pasaje. Llegan las grabaciones con los músicos de la orquesta de la Ópera de París y los pianos de Lalo Schifrin y Martial Solal. Y lo más importante: llegan las clases de Nadia Boulanger. Una tarde, la gran pedagoga le pide a su alumno argentino que toque “algo suyo”. Y Astor tocará “Triunfal” en el piano vertical de aquella señora. Ella, según el pintoresco recuerdo de él, lo alentará para que alcance su verdad musical. De regreso en la Argentina, Piazzolla forma el Octeto Buenos Aires, su zona de clivaje. Arrecian las polémicas: tango moderno polinizado por el jazz (¡la guitarra de Horacio Malvicino!), armonías en permanente tensión, un galimatías de ritmo (“éramos ocho con el diablo en el cuerpo”) y esos temas, bellos y díscolos, como “Marrón y azul” –curiosamente, el único original de Piazzolla–, “Los mareados”, “El Marne”, “Tangology”, “Neotango”, “A fuego lento” o “Haydée”.

Al mismo tiempo que el Octeto recorre un sendero rasgado por disputas estéticas, Piazzolla dirige una orquesta de cuerdas y luego, ya harto de tanto barullo, hará las valijas y volverá a partir. Nueva York, esta vez. Mucho ha cambiado la Gran Manzana desde los años en que el niño Astor se cruzaba con el último Carlos Gardel. Con músicos estadounidenses grabará standards en ritmo de milonga acelerada, conocerá a solistas que admira y, tras enterarse de la muerte de su papá Vicente, de un tirón de emoción escribirá “Adiós Nonino”. El regreso a Buenos Aires estará signado por la idea de armar un quinteto. Más de diez años de maravillas sonoras lo aguardan al lado de Agri, Gosis (luego Manzi y Amicarelli), López Ruiz y Díaz.

Está feliz por haberle encontrado una horma instrumental a su música, pero aun así imagina otros contextos para su bandoneón. En 1963 arma un circunstancial Nuevo Octeto. En 1965 graba con orquesta, quinteto y las voces de Edmundo Rivero y el actor Luis Medina Castro las milongas de Jorge Luis Borges, y dos años después contará en selecto repertorio “la historia del tango” con una orquesta ad hoc. En 1968 convoca un ensamble de once músicos –más las voces de Amelita Baltar, Héctor De Rosas y Horacio Ferrer– para documentar su ansiada “operita” María de Buenos Aires. Tras registrar en Trova uno de los mejores discos del Quinteto, Adiós Nonino, Piazzolla rozará la masividad con “Balada para un loco” y las otras canciones que volverán a contradecir su utopía de un tango sin baile ni canto.

Pero será recién en 1971 cuando Piazzolla abandone el quinteto como formación estable –aunque tomándolo como base o punto de partida– para iniciar un período de gran vivacidad instrumental. En principio, la idea es reforzar las cuerdas, doblando el violín de Antonio Agri con el de Hugo Baralis y agregando la viola de Néstor Panik y el chelo de su viejo amigo José Bragato. Además, Piazzolla convocará para el piano al extraordinario Osvaldo Tarantino. El Conjunto 9 es la feliz síntesis del trabajo con cuerdas y la libertad del nuevo (ya viejo) quinteto. (La versión de “Vardarito” es una de las músicas más bellas del siglo XX.) Piazzolla llevará el Noneto al Teatro Colón, se presentará en Italia y grabará algunos tracks para cine, por la época de la polémica con Gato Barbieri en torno a la musicalización de Último tango en París de Bertolucci. La escritura de Concierto de Nácar, para nueve tanguistas y orquesta filarmónica, es tal vez el punto más alto al que Astor llega en su nunca desechada ambición “clásica”.

TOCÓ CON TODOS

De ahí en más tocará con otras orquestas, mezclará en estudio músicos italianos con argentinos, presentará junto a Mina un arreglo escalofriante de “Balada para mi muerte” y creará la entrañable Suite Troileana. En 1974 se da el gusto de grabar Reunión cumbre con el saxo barítono Gerry Mulligan y tras un derrotero heterogéneo que lo lleva a grabar con Ney Matogrosso, Georges Moustaki y el argentino Miguel Ángel Trelles, entre otros, volverá al Noneto, pero esta vez en clave electrónica. La experiencia lo acerca al rock progresivo: ¿no suena “Libertango” como una zapada virtuosa? En 1977, Astor se presenta en el teatro Olympia de París con éxito, pero enseguida sentirá que su talento se ha enredado entre tantos cables. En 1978 experimenta un sentimiento de revival, el primero de su vertiginosa vida. Necesita regresar al quinteto, a Buenos Aires, a los años 60.

El segundo quinteto hará maravillas aquí y allá. Pero tras complicaciones de salud, su conductor decidirá cambiarlo por un sexteto. Está persuadido de que con dos bandoneones (Daniel Binelli se hará cargo del segundo fuelle) su música podrá seguir creciendo. La inclusión en el piano de Gerardo Gandini será una decisión acertada. El Sexteto Nuevo Tango visitará el mundo, y su creador se volverá definitivamente universal. Habrá entonces un nuevo impulso compositivo y el loco afán de reinventar lo ya inventado con nuevos arreglos. Pero aquello será la coda de una incesante búsqueda sonora que empezó en una orquesta típica y culminó en los escenarios del mundo.

Escrito por
Sergio Pujol
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