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LOS DESPLAZADOS

La pandemia desnudó las carencias del sistema sanitario peruano y también dejó en evidencia la necesidad de los sectores más postergados. El autor narra su encuentro con Amador, un buscavida, hoy camionero, que transporta mercadería por las calles de Lima para sobrevivir a la debacle.

Las sirenas retumban a lo lejos, un policía motorizado detiene el tráfico. Un camión bomba encabeza el cortejo fúnebre. Lleva en su lomo un ataúd rodeado de arreglos florales y cuatro hombres engalanados con su uniforme rojo. Detrás, más camiones bomba, cisternas, ambulancias, camionetas, autos, de las diversas compañías de la ciudad. Todos a un solo grito acompañando al caído a su última morada.

–Esa sí es una buena despedida –dice el conductor rompiendo el silencio en la cabina–. Por lo menos eso –afirma acomodándose la mascarilla–, una despedida de héroe.

El último vehículo acaba de pasar y reanudamos el recorrido. Nada es igual que antes. Queremos creer que sí, pero las sirenas nos lo hicieron recordar. Han pasado 164 días desde que el gobierno decretara el estado de emergencia. Lo que queda del camino nos la pasamos reflexionando sobre lo que nos ha tocado vivir.

Lo primero que me pregunta Amador –flaco, menudo, cuarentón– es si había estado con el bicho. Apenas nos conocimos y la cuestión cae por su propio peso:

–¿Usted también ha estado mal?

Estar mal en estos tiempos es tener fiebre, dolor en el pecho y perder el olfato y el gusto. Hay que tener suerte para no desarrollar neumonía y necesitar un balón de oxígeno.

–Pero, ¿cómo le agarró a usted?

Le cuento mi peripecia. No se sorprende. Al contrario, escucha con atención mientras tiene la mirada fija en el horizonte.

–Claro –dice, y toca la bocina a un mototaxi que no le da el paso–. Es bien fregado, amigo. A mí también me agarró, ya me tocaba.

Lo dice sin asco, pasados cinco meses desde que el país se declaró en emergencia, ya no produce ningún estigma. La cuarentena ya quedó atrás, los comercios están funcionando como si nada hubiera pasado, las aglomeraciones ya no escandalizan, las fiestas clandestinas tampoco. Por lo menos de este lado de la ciudad, las personas parecen haber perdido el miedo.

–¿Qué podemos hacer, mi estimado? Nuestros ahorritos con las justas nos alcanzaron unos días, ¿y después qué? ¿Acaso nos ha llegado el bono? Qué bono ni nada, la plata se la han llevado los de siempre. Gente que tiene su casa en La Molina, San Borja… Y a nosotros, nada. Siquiera nosotros hemos tenido alguito para comer, hay otros que de verdad la pasan mal. Pero así es, pues, amigo. Los de este lado parece que no existimos para el gobierno.

Su expresión no es la misma, las cejas arqueadas lo delatan. El cubrebocas de tela negra, que se sujeta de sus orejas, apenas le tapa la nariz pequeña. Respira profundo.

–Así las cosas, amigo.

UNA AYUDA QUE NO LLEGA

La desazón de Amador no es en vano. En los primeros días de iniciada la contingencia, el gobierno decretó otorgar un bono por 380 soles (107 dólares) a los hogares en condición de pobreza y pobreza extrema, un incentivo para que la gente se quedara en sus casas resistiendo. Pero no funcionó, o no llegó a los que realmente necesitaban.

Amador vive en Manchay, un asentamiento del distrito de Pachacámac, en el extremo sureste de la ciudad de Lima. Migrante, como el 40 por ciento de la población que a inicios de 1990 empezó a habitar las quebradas desérticas del valle de Lurín. Él llegó en 2009, cuando era un pueblo más ordenado y, salvo las zonas altas, ya contaba con los servicios básicos. La situación no había cambiado mucho para él y su familia.

–Recién me he enfermado –cuenta–. He tenido fiebre como cuatro días y la cabeza que me reventaba. Yo más preocupado de mis chiquitos. A mí que me dé lo que sea, yo puedo resistir, yo estoy fuerte todavía. Pero mis hijos todavía están chiquitos, a ellos me los cuido más.

La tarde del 15 de marzo, cuando todos los peruanos esperaban ansiosos el mensaje del presidente, nadie imaginaba la desolación que llegaría. Los chascarrillos en torno al “virus chino” eran lo que se comentaba y compartía a diario en las redes sociales. Aquella tarde, al otro extremo de casa, en un café de Bellavista, escuché junto a los trabajadores el anuncio esperado. Para esa fecha, el Perú contabilizaba, oficialmente, 71 casos, la mayoría proveniente de Europa. La primera fase, decían, ahí es donde debemos atacar. Así, el gobierno se adelantó a sus vecinos de la región y fue uno de los primeros en decretar la contingencia total y cerrar las fronteras. Baldazo de agua fría para muchos. Son quince días, nada más, comentaban, no hay por qué alarmarse. La medida inicial del gobierno era por quince días en los que se esperaba que los casos positivos no se elevaran. No fue así. Con el paso de los días la situación empeoró. Nadie se tomaba en serio al bicho, no hasta que se asomaba a sus puertas. La chacota inicial viró en preocupación, después en miedo y paranoia.

–Es que es así, amigo. Al principio yo tenía miedo. Toda la gente, creo. Yo nunca me quedé en mi casa, siempre salí con mi camión. ¿Qué podía hacer?

HUYAMOS A LIMA

Amador, natural de Apurímac, región del sur peruano, llegó a Lima escapando de la familia de su esposa. Todos en algún momento de nuestro caminar escapamos de algo. Tenía 22 años y no conocía a nadie en esta olla de grillos otrora conocida como la Ciudad de los Reyes.

–Su mamá de mi esposa me tenía cólera, me odiaba –habla y se jacta de ello–. Ella decía que su hija iba a casarse con un ingeniero y no con un pelagatos como yo, je, je, je. Así me decía. “Yo voy a ser ingeniero, pue’”, le respondía, y la doña se hacía la picona. Je, je, je. Si la viera ahora, cómo me quiere. Soy su yerno preferido, je, je, je. Así es el amor, estimado. ¿Qué podíamos hacer? Yo estaba enamorado y ella también. Así que un día le dije para escaparnos y nos vinimos para Lima.

Pasamos La Molina, uno de los barrios más pudientes de la ciudad, cruzamos la Carretera Central y seguimos hacia Santa Anita. La ciudad se está reactivando de a poco. Muchos negocios pequeños se vieron forzados a cerrar de manera definitiva. Nadie puede aguantar cuatro meses sin percibir ingresos. Las clases medias bajas y bajas son las que buscan sobrevivir. Si ya lo pasaban mal en la normalidad, esta “nueva normalidad” es la desolación.

Amador se gana los días haciendo transporte de carga con su camión Toyota Dyna de dos toneladas. Las circunstancias nos juntaron para transportar una máquina copiadora que terminaron rematando porque no había manera de que el negocio reflotara. El cierre total arrasó con microempresarios independientes e informales; dentro de este grupo también estaban los migrantes extranjeros que se ganaban la vida vendiendo en las calles y subiendo a los buses.

–¿Se imagina todas esas familias en desamparo?

Él ya estaba asentado en la ciudad, no le había ido mal en la vida desde su arribo allá por 2002.

–Yo había logrado juntar mi platita, tenía tres mil soles, con eso más lo que mi papá me heredó y los setenta soles de mi esposa, llegamos a Lima –recuerda a su padre corajudamente–. Él hizo lo que pudo, no tuvo más opciones.

Su abuelo y su padre, herederos de una estirpe andina que laboraba la tierra, no terminaron bien.

–Yo quería estudiar –dice–, quería salir adelante, mi hermano igual, pero tampoco pudimos hacerlo.

Amador se pregunta cómo la gente puede priorizar un vicio y quitarles el pan, la vestimenta y la tranquilidad a sus hijos. No puede comprender, por ejemplo, el caso reciente de días atrás, cuando unas jóvenes perdieron la vida en una estampida por tratar de escapar de un operativo policial en pleno toque de queda.

–¿Cómo pueden estar haciendo fiestas? Algunas eran madres, señoritas universitarias… Ay, Dios, ¿por qué suceden estas cosas? ¿No se supone que debemos priorizar la vida en estos tiempos? ¿Sí o no? ¿O acaso un baile y una chela valen la pena? Pucha, amigo, la verdad es que no entiendo.

MENSAJE DE LA NATURALEZA

El escritor francés Jean-Marie Gustave Le Clézio decía en una entrevista a la BBC en julio que la naturaleza nos está comunicando algo, que la situación mundial por la covid-19 es una especie de milagro y que tal vez deberíamos preguntarnos si acaso hemos aprendido algo de esta experiencia. En una ciudad como Lima, que a su vez tiene microciudades en su extensión, ha sido imposible contener un virus por medio del distanciamiento social. En las primeras semanas de la contingencia más estricta desde los años del conflicto armado interno, los cambios en el ambiente se hacían evidentes. Los limeños, acostumbrados a ver un cielo gris, podíamos contemplar con regocijo un firmamento límpido, azulejo, y por las noches se veían las estrellas, cosa rara en una de las ciudades con más contaminación de América latina. En las playas de la capital peruana se avistaron por primera vez en años delfines y otras especies que se creía habían abandonado nuestro litoral para siempre. La naturaleza volvía a tomar su lugar, mientras la raza humana estaba confinada. Pero, ¿cuánto más podíamos esperar? A inicios de junio, luego de que las restricciones fueron menos drásticas, los niveles de contaminación volvieron a la normalidad. Parecía una utopía haber descendido hasta los diez microgramos por metro cúbico, el máximo recomendado por la OMS, y haber respirado el aire más limpio de los últimos años. Hoy el caos impera nuevamente en la ciudad. Al parecer, no hemos aprendido nada.

El camión se detiene frente a una casa de tres pisos. Una anciana sentada en una especie de terraza nos mira y nos hace señas con la cabeza, como diciendo qué carajos quieren. No le hacemos caso. Esperamos y una mujer sale a darnos el encuentro. No tiene puesta su mascarilla. La máquina, casi destartalada y empolvada de tanto olvido, descansa en un rincón. “¿Esa es?”, pregunta sorprendido el chofer. La mujer no se inmuta. “Ha estado funcionando perfectamente hasta que empezó la cuarentena”, le increpa. No preguntamos más y la arrastramos hasta la calle. Para subirla al Toyota Dyna, de harto kilometraje, es necesario llamar a un par de mecánicos (también sin tapabocas) que acuden raudos a dar una mano. Hay que amarrarlo bien, como a un toro, para que no se bandee, esputa el chofer. Fijada en su lugar, damos la vuelta y emprendemos el regreso.

El camioncito de dos toneladas le había dado cierta estabilidad a Amador. Lo había adquirido hacía seis años sin pensarlo mucho y no había sido una mala inversión. Durante el estado de emergencia, el sector de abastos y servicios fue uno de los que no se detuvo. Él tampoco.

–El mismo lunes que empezó la cuarentena yo salí a buscar mercadería. Primero encontré sandías en la Universidad Agraria y me llevé una camionada. Uy, en tres días lo terminé de vender, como pan caliente se llevaban, después bajaba a cargar de nuevo y así hasta que se acabó la temporada de la sandía, je, je, je. ¿Tenía miedo? Claro que sí. Me iba bien protegido con un buzo de plástico y cuando regresaba a mi casa me daba pena por mis hijitos. Uno tiene nueve y la más chiquita tiene dos.

De vender frutas pasó a transportar verduras y tubérculos de toda clase, pero la papa era lo que más salía. Incluso una vez se dio tiempo para llevar una donación. El alcalde le pidió que llevara una camionada de papas a las zonas altas y que se encargara de repartir entre los más necesitados.

–Sólo le pedí para el combustible, no se puede pedir más cuando hay personas que la están pasando mal. Además hay que acordarse siempre de dónde uno viene…

DEL PUEBLO A LA GRAN CIUDAD

En aquel 2002, un Amador de 22 años se bajaba en la terminal de San Juan de Miraflores, la entrada sur de Lima. Era la primera vez que viajaba, la primera vez que salía de su pueblo.

–Le dije al ayudante del bus que nosotros íbamos a subir en la carretera. No nos trajimos casi nada, más que un parcito de cambios. Mi papá me apoyó hasta el último momento a pesar de que ya estaba mal. Sabiendo él que me venía para Lima, me llamó y me dijo que aquí nadie nos iba a regalar nada, que íbamos a pasar hambre. Así que me dio cuatro mil soles. Eso más mi platita, que junté vendiendo mi ganado, me sirvió cuando llegamos. Con siete mil soles (2.000 dólares) llegamos a Lima. Fue el viaje más bonito que hice, je, je, je, habíamos bajado corriendo desde mi pueblo hasta otro pueblito por donde pasaba el bus, asustados estábamos porque pensábamos que nos había dejado, pero cuando lo vimos llegar, ay, éramos felices… Nos subimos y nos acurrucamos en nuestros asientos como dos tortolitos, je, je, je, así llegamos a la gran ciudad.

Su esposa por estos días también lo está pasando mal. A él, el bicho le había hecho padecer por una semana, pero no lo tumbó. “No hay que dejarlo avanzar”, dice, “tienes que atacarlo desde el principio, apenas empiezas a sentirte mal”. La buena alimentación es la clave. “Nosotros siempre nos hemos alimentado bien, eso sí”, dice con convicción. Por eso está seguro de que ella saldrá airosa. “No nos pasa nada, no hay que dejarnos vencer.” Pero la fatalidad nos está pegando a todos y sus allegados no son inmunes. Una de sus tías de parte de su esposa falleció hace unos días.

–Prácticamente la han dejado morir –se lamenta–. No era tan ancianita, pero igual, todavía se le veía fuerte. Lo que más cólera me da es que nunca nos avisaron. Uno de sus hijos había estado mal también y le habrá contagiado. La han tenido en su casa sin avisar a nadie. Cómo, pues, así ha estado como dos semanas, dicen, hasta que le empezó a faltar el aire. Ahí recién han buscado ayuda, queriendo llevarla a un hospital. Y hasta eso no nos dijeron nada. Caray, cómo han hecho eso, la dejaron morir a la viejita. Ya nos avisaron cuando había fallecido.

La indignación de Amador no es en vano. Las cifras oficiales al día de hoy dicen que los fallecidos sobrepasan los 25 mil, y los contagiados, más de 65 mil. Con uno de los sistemas de salud más precarios de la región, era casi inevitable que esto sucediera. La actual ministra de Salud, Pilar Mazzetti, es la tercera que ocupa el cargo en este lapso de 164 días. La inmovilización total, los martillazos, los bonos (que nunca llegaron a los que menos tienen) resultaron ser medidas casi inútiles para contener una sobrepoblación de los centros de salud. Esta emergencia ha desnudado todas nuestras carencias, se decía por todos lados. Lo cierto es que desnudos hemos estado siempre, y nos habíamos acostumbrado a esa orfandad. ¿A dónde iba toda esa bonanza económica de los últimos veinte años? El Perú seguía siendo ese mendigo sentado en un banco de oro, como alguna vez lo dijo el sabio italiano Antonio Raimondi.

Los que menos tienen, los apostados en las laderas y lomas, son los que están sufriendo toda la desidia de un Estado alejado de sus ciudadanos. La vez que el alcalde le pidió que llevara la camionada de papa a los cerros, Amador se hizo cargo de la repartición personalmente.

–Yo sabía quiénes eran los que de verdad estaban pasando hambre. El día que llegué con mi camioncito y se enteraron de que era una ayuda, la gente corría a llevarse sus papitas. Pobres, cómo me agradecían de corazón… Ahí se ve el que realmente está necesitado. A ellos qué les va a llegar el bono… Nada, mi estimado. Esas señoras con sus criaturas llevaban días sin comer. Qué dura es la vida a veces…

La solidaridad no se ha perdido. Lo decía Le Clézio, lo mejor que nos ha dejado esta pandemia es que nos ha unido como una sola raza: la humana. Grupos de muchachas y colectivos se organizan para llevar bolsas con víveres a las zonas alejadas, a esos barrios a los que se llega caminando entre pedregales, donde los niños para tener agua la deben subir en baldes desde la parte baja hasta donde llega el camión cisterna, donde durante la noche las casitas improvisadas con retazos de triplay y calaminas tienen que encender una vela para alumbrarse, ahí donde durante los días más duros de la cuarentena se hacía una sola fuerza para preparar una olla común con la que se pudiera aplacar el hambre. Todo esto a un par de horas del centro de la ciudad, del palacio de gobierno, de los grandes edificios financieros de la capital.

–A nosotros no nos va a matar el bicho, lo que nos va a matar es la indiferencia, mi estimado. Es una pena todo lo que estamos pasando.

LA CARA CONTRA LA PARED

No es la primera vez que a Amador le toca caminar por la cornisa. Ya lo había padecido en su arribo a esta ciudad de diez millones de habitantes.

–Qué bonito había sido el viaje, pero al llegar nos dimos contra el piso. No sabíamos a dónde ir, je, je, je, ahora puedo reírme de esa situación, pero de verdad fue frustrante. Le cuento. Bajamos del bus temprano y nos quedamos todo ese día en la terminal. Algunas personas nos miraban raro, otras se nos acercaban y amablemente nos preguntaban si estábamos esperando a alguien. Pobrecitos, decían, no los han venido a recoger. Yo les decía que ya habíamos llamado a un primo y se estaba demorando, je, je, je. Así nos pasamos el día hasta que en la noche decidimos ir a un hostal y ahí nos quedamos. Pucha, mi papá había tenido la razón, pensé, esta ciudad nos iba a comer con todo y zapatos.

La experiencia de aquella vez es la que lo hace resistir en estos tiempos. En ese hostal se quedó una semana hasta que encontró un trabajo por Villa María del Triunfo, otro distrito populoso de Lima. Le pagarían doce soles (3,50 dólares) por día por bañar con barniz unas puertas en una carpintería. Así empezó.

–El jefe, buena gente, me ofreció quedarme como cuidador cuando se enteró de que vivíamos en el hostal. “Así se te va a acabar tu plata al toque”, me dijo. Entonces nos fuimos para allá. Mi esposa sufría. “¿Para qué nos habremos venido para sufrir?”, decía llorando. A veces me decía para regresarnos, y yo, terco, le decía que teníamos que hacer un esfuerzo. Así pasamos, mi estimado, con la platita que teníamos compramos nuestras cositas: una cocinita, platos, ollas, nuestra cama, un colchoncito. Y nos quedamos allí.

La historia de Amador bien podría ser la de mi abuelo. Nadie en este valle de lágrimas puede decir que es un pura sangre. Todos hemos sufrido de alguna manera los embates de un sistema clasista y racista. En una misma ciudad, con diferencia de pocos kilómetros, unos podían estar a resguardo por el tiempo que durara la contingencia y otros morirse de hambre encerrados en cuatro paredes. El bicho nos ha golpeado a todos de igual manera, decíamos, pero cuán ignotos hemos sido.

El camión avanza por la carretera hacia Cieneguilla y nos desviamos por la salida hacia la Quebrada de los Muertos, así figura en los mapas antiguos esta vertiente que une los valles de Lurín con el Rímac. Recuerdo preguntar a mi padre de pequeño qué significaba Manchay, el porqué de ese nombre. Él no supo responderme, pero sí una vecina muy querida que partió hace mucho. Ella, quechua hablante, natural de Ayacucho, nos dijo que era una palabra quechua y que significaba “miedo”.

–Miedo siempre, mi estimado. Pucha, que le falte el aire a uno, morirse ahogado, no, debe ser lo más feo. Pero aun así la gente no hace caso, no se cuida. ¿Será que llevamos en la sangre el sufrimiento? A veces me pregunto eso.

Antes, el flaco me había contado la historia de su padre y su abuelo, unidos por el mismo destino: el de trabajar la tierra por una garrafa de cañazo o aguardiente. La historia de nuestros ancestros oprimidos por los latifundistas, los grandes señores, hacendados que pagaban al pueblo con alcohol.

–Pero, ¿no es lo mismo que hacemos ahora? ¿Acaso no trabajamos y de buenas a primeras terminamos tirando la plata en algún vicio? ¿Acaso la vida es sólo disfrutar el momento?

CAPACIDAD DE ADAPTACIÓN

Nos quedamos en silencio un buen rato, parecería que no tenemos nada más que decir. El camioncito avanza por una trocha levantando polvo a su paso. Suena su celular. Responde. “Ya estoy llegando”, dice, “en media hora estoy por ahí”. “¿Qué vas a llevar?”, pregunta. “Ah, ya, ¿lo mismo que la vez pasada? Listo, jefe, ahí nos vemos.” Cuelga y sigue manejando en silencio.

Parecería que nos hemos quedado atascados en 2019, parecería que este año no ha sucedido nada. Recuerdo esa tarde del 15 terminando sobre la hora de corregir un cuento para enviarlo a una revista. El mundo estaba a punto de sucumbir y uno queriendo trascender. No había sido un domingo normal. La desesperación se podía oler a leguas. A partir de la medianoche nadie podía circular por las calles. Llegaría con lo justo para estar un rato con Y, para abrazarla, tenerla cerca y susurrarle al oído que teníamos que resistir. Nada volvería a ser como antes. En tres días se cumpliría un año desde que empezamos a caminar juntos y no lo íbamos a celebrar. Al mes, el bicho tocaría a mi puerta y tuve que domar los miedos de nuevo, seguir resistiendo, no dejarme vencer, como decía Amador. Él lo había hecho también, no éramos los únicos. Algunos se fueron clamando por un poco de oxígeno en las puertas de los hospitales, otros en total abandono. Esos eran los que no entraban en las estadísticas. Los obligados a vivir a espaldas de la ciudad, los desplazados de siempre.

–No es tiempo para andar en los vicios –dice de repente Amador rompiendo el silencio–. Así le dije a un pata el otro día. ¿Sabes lo que me dijo? –por primera vez en el par de horas que llevamos conversando, Amador me tutea–. Que la vida es una sola y hay que gozarla bailando y chupando. ¿Puedes creerlo? –voltea a mirarme por un instante y mueve la cabeza de un lado a otro–. Yo no sé qué mundo les voy a dejar a mis hijos, pero prometí no ser una mala influencia. No lo juzgo a mi padre, él hizo lo que pudo aun con su vicio del alcohol. Pero me dije un día que no sería como él.

Ahora tiene una casa, un lugar a donde llegar. Un día su jefe lo abordó y le preguntó si quería tener un lugar propio. “Claro que sí”, le respondió. Siguió trabajando en lo que encontraba y su esposa vendía almuerzos.

–“Vamos a invadir”, así me dijo, “por la zona de José Gálvez en Lurín”. Yo no sabía qué era invadir. “Ya, no más”, le dije. Doscientos soles (50 dólares) para la inscripción me pidió y me dijo que podía posicionarme donde quisiera. Y verdad había sido, je, je, je. Una pampita me agarré y ahí nos quedamos como tres años. Luego de eso mi esposa quedó embarazada y decidimos volver a nuestro pueblo. Además llovía mucho en esa zona donde estábamos y hacía mucho lodazal. Así que vendimos el terreno y nos fuimos. Ya qué iban a hacernos, ya se habrían olvidado de nuestra fuga, je, je, je.

La vida trata de adaptarse, la humanidad siempre lo ha hecho, ha soportado guerras, pestes, exterminios, y aún seguimos aquí. Amador lo sabe, los que lo han perdido todo también. Muchos han perdido a padres, hermanos, tíos, abuelos, amigos. A todos nos ha embargado el miedo, nos han temblado las piernas, el corazón nos ha palpitado ante las preguntas “¿qué pasará mañana? ¿Podremos seguir? ¿Nos podremos reinventar? ¿Nos adaptaremos a esta nueva normalidad? ¿Es este el fin tan pregonado? ¿El apocalipsis?”.

–Hay que agarrarse a lo que uno más cree. ¿Usted cree en Dios? –vuelve a tratarme de usted–. Yo sí creo, y le ruego siempre que cuide a mi familia. No hay más, mi estimado. No es tiempo para andar haciendo el mal, hay que hacer el bien. No, no creo que esto sea un castigo de Dios, no sé, sea o no sea hay que tener fe, eso sí. Qué nos queda a los pobres. La vacuna, dicen que hay que esperar, je, je, je, ¿qué vacuna? ¿Usted cree que llegará hasta nosotros? No, mi estimado, nosotros seguiremos sobreviviendo como siempre, con lo que tenemos, eso es así.

SIEMPRE SALIR ADELANTE

Reinventarse en una ciudad que te engulle, que te obliga a ser informal, a sobrevivir como sea, es ya un mérito para destacar. En su segunda vuelta en Lima, Amador ya sabía todas sus debilidades. Así que lo primero que hizo fue comprarse un terreno en una zona tranquila, aun con lo difícil de encontrar un pedazo de tierra saneado en una ciudad que no cuenta con un plan de ordenamiento territorial.

–Mi hermano fue el que me animó a venir a Manchay. Me dijo que aquí se podía conseguir terrenitos ya con agua y luz. Así que me vine y compré por aquí y construí mi casita. Y ahí vivimos felices con mi esposa. No importa lo que venga, mientras estemos juntos y mis hijitos estén bien, qué me importa sufrir, como le dije, yo puedo aguantar lo que sea.

El camión deja la trocha y se mete de nuevo a la avenida principal recién asfaltada. Ya todo está volviendo a la normalidad, queremos creer, pero de repente todo empieza a salirse de control. Hemos vuelto a la inmovilización total, aunque sea los domingos. Ya el gobierno no te dice que te cuides, que no salgas de casa, de una manera bonita. Si las cosas no son bonitas, para nada, ahora nos dicen que si salimos lo más seguro es que no haya un balón de oxígeno para nosotros y vamos a terminar en un cementerio, si no en una fosa común. Qué más da. Los desplazados seguirán existiendo, reinventándose, poniendo piedra sobre piedra en los lugares más recónditos. Quizá sean los últimos en desaparecer cuando todo esto llegue a su fin.

–Es ahí, ¿no? –pregunta Amador al ver el portón azul con unas letras blancas–. Ya sé cómo vamos a bajar al toro, je, je, je.

Bajamos la máquina y la depositamos en la nueva tienda, una que está reinventándose. Nos despedimos. Queremos estrecharnos las manos, pero esa es una costumbre que ya quedó en el pasado, y sólo chocamos los puños. El Toyota Dyna arranca de nuevo y se pierde rumbo al sur. No sé si volveremos a vernos, en estos tiempos nada es predecible.

Lima, 26 de agosto de 2020

Escrito por
Johan Sánchez Tandaypán
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