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LA TÍA CLEOFÉ NECESITA OXÍGENO

La pandemia confirmó que el crecimiento de Perú no llegó para todos y la crisis sanitaria dejó a los sectores populares librados a su suerte. Un Estado ausente y el abuso de las empresas privadas.

Cleofé Tineo Béjar escapó, en febrero de 1983, de las zarpas del grupo terrorista más sanguinario de América latina, Sendero Luminoso, que decapitaba a sus paisanos en las alturas de la región peruana de Ayacucho; ya en Lima, se libró de incrementar la cifra de casi tres mil muertos que dejó la epidemia del cólera en 1991, en tiempos de Alberto Fujimori; durante una década, supo enfrentar airosa el racismo galopante cuando trabajaba como doméstica en casa de los ricos de la ciudad, y ahora lucha, en el asentamiento humano Ciudad de los Constructores, del distrito San Juan de Lurigancho, para no ser una de los más de 50 mil fallecidos por el coronavirus.

–Cleofé necesita oxígeno. Sus hijos ya están fuera de peligro pero a ella la perjudica su peso. Hoy, sábado por la tarde, la han llevado al médico. Él dijo que el lunes 10, a más tardar, debemos tener un balón de oxígeno con todos los implementos a su costado para que ella lo utilice cuando él lo disponga –dijo por teléfono mi tío Edgar, hermano menor de Cleofé–. Yo me quedé como paralizado por el miedo porque hacía muy poco funcionarios del Ministerio de Salud explicaban que cuatro de cinco fallecidos por el nuevo coronavirus padecían de obesidad, que la gordura excesiva era el factor más grave en los pacientes, seguido por la diabetes, la hipertensión y el asma; y que un paciente puede morir luego de un proceso cruel de agonía ya que el virus ataca a los pulmones y provoca una reacción violenta del sistema inmune que conduce a la asfixia; y que, en los casos serios, el oxígeno es la única esperanza de sobrevivir.

–Hay que hacer todo lo posible, tío.

–Claro que sí. Ella tiene que salvarse. Te llamaré luego –respondió y cortó–.

Ciudad de los Constructores, donde vive Cleofé, está al noreste del Centro de Lima, en uno de los confines de San Juan de Lurigancho, que, según el censo nacional del 2017, es el distrito más poblado del Perú. Más de un millón de vecinos habitan esa ciudad levantada en un arenal inhóspito a las faldas de unos cerros costeños, grises y sin árboles. San Juan de Lurigancho es uno de los distritos con mayor población por kilómetro cuadrado en el mundo. Ahí está Ciudad de los Constructores, un barrio que hace apenas unas décadas no contaba con luz eléctrica, agua potable ni asfalto en las calles. Hasta ahora hay pasajes sin pavimento desde las épocas de la fundación. Se llama Ciudad de los Constructores porque la mayoría de los primeros vecinos eran albañiles, constructores que carecían de casas en la gran ciudad, desplazados por el terrorismo de sus regiones de origen en la costa, sierra y selva. Tiene dos etapas. En la primera, la que vive Cleofé, está la cancha de fulbito de cemento, donde se realizan los campeonatos al estilo del Mundialito del Porvenir de La Victoria. Está la iglesia que empezó a funcionar en un terreno escarpado con tablas viejas e incluso cartones y ahora es una amplia sala en espera de los creyentes. Ahí se han celebrado incluso matrimonios, como el del tío Edgar. Ciudad de los Constructores es una comunidad de gente emprendedora cuyas calles no tienen nombres, sino que se les conocen por manzanas: manzana A, manzana B, manzana C, etcétera. En los últimos años, los cerros, que son moles de protección del barrio, han sido poblados por nuevas familias, muchas de las cuales están integradas por los niños de las épocas de la fundación.

Hay más de mil asentamientos humanos como Ciudad de los Constructores en San Juan de Lurigancho, además de urbanizaciones y grupos de viviendas. En todos estos lugares hay contagiados del virus, como Cleofé, quien necesita atención médica especializada; sin embargo, como Cleofé, deben quedarse en casa, porque el distrito con más de un millón de vecinos tiene apenas dos hospitales de Nivel 3, es decir, con capacidad para hacer cirugías y atender con todos los cuidados necesarios a pacientes infectados con el virus. Estos dos nosocomios están llenos, colmados en su capacidad, colapsados.

Parece cuento, pero es real. En San Juan de Lurigancho, con más de un millón de habitantes, solo hay dos hospitales de Nivel 3: el Hospital San Juan de Lurigancho, administrado por el Estado mediante el Ministerio de Salud, y el Aurelio Díaz Ufano, administrado por EsSalud, que es el seguro social financiado por los asegurados. Hay también pequeños centros de salud en los barrios pero sin la infraestructura y el equipamiento necesarios para atender a pacientes infectados con el virus. Estos, según los especialistas, pueden ser usados, al igual que en la ciudad ecuatoriana de Guayaquil, como espacios de contención y alivio a favor de los que presentan los primeros síntomas del mal. Sin embargo, las autoridades del país han descuidado la utilidad que pueden tener los centros de salud, tanto que el presidente de la república, Martín Vizcarra, sólo se ha referido a reforzar estos pequeños espacios después de cuatro meses del primer caso oficial de contagio de coronavirus, a inicios de marzo, y cuando es evidente que el levantamiento de la cuarentena a fines de julio ha derivado en un rebrote del mal por diversas razones. De tal magnitud que ahora, martes 11 de agosto, el Perú vive una dramática situación al no poder controlar el avance del virus.

En San Juan de Lurigancho también hay clínicas privadas que cobran precios elevadísimos porque la demanda es grande y porque se aprovechan de los pacientes urgidos de salud. En todo el país hubo graves denuncias contra el abuso de las clínicas. Por ejemplo, a fines de junio, Melissa Zamudio, mediante el programa de televisión Cuarto poder, denunció que la clínica San Pablo le quiso cobrar 326 soles por el medicamento Cutenox, que en el sector público cuesta apenas siete soles. Melissa Zamudio contó que manejó toda la noche en búsqueda de un hospital donde internar a su cuñado pero, como todos los hospitales están colapsados, tuvo que internarlo en la clínica San Pablo del distrito residencial de Surco. Ahí, el 13 de mayo, comenzó su drama que hasta ahora no termina. La clínica San Pablo le pidió 50 mil soles como garantía para recibir a su familiar contagiado del virus. Toda la familia, tal como lo contó a Cuarto poder, logró conseguir el dinero y su familiar fue internado en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) de la clínica. No se curó. Murió después de estar 20 días internado y la clínica quiso cobrarle 222 mil soles por todos los gastos. La clínica no quiso entregar el cuerpo. Lo hizo después de que la familia consiguió 70 mil soles y luego pidió que un responsable de la familia firmara un compromiso de pago en cuotas mensuales hasta terminar con la deuda. Melissa Zamudio pidió la lista de gastos para saber por qué cuesta tanto el internamiento en una clínica y descubrió que por una ampolla de Cutenox, de 40 miligramos, que en el sector público cuesta siete soles, la clínica factura con más de 326 soles. También descubrió que por el inyectable de omeprazol, de 40 miligramos, que en el sector salud cuesta un sol, San Pablo factura con 165 soles. Esto es sólo un ejemplo del abuso que han cometido las clínicas en el país durante la pandemia. El gobierno del presidente Martín Vizcarra, sólo después de más de cien días de la emergencia, llegó al acuerdo con las clínicas de no cobrar más de 55 mil soles por cada paciente que requiera internamiento en una UCI.

Cleofé tiene que quedarse en casa, a pesar de que ya necesita tener un balón de oxígeno listo para ser usado. Vive en la manzana R de Ciudad de los Constructores, en una vivienda que ha levantado con su esposo Alejandro en un arenal rocoso. En los tiempos de la fundación, para llegar a su casa, ella se demoraba, desde el Centro de Lima, más de dos horas de viaje en una de las pocas líneas de transporte público que llegaba a la zona. En el primer piso de aquella casa viven ahora ella, su esposo y su hija menor. En el segundo piso viven su hijo menor y la esposa e hija de este. En el tercer piso viven cuatro: su hijo mayor, la esposa de este, la hija de ambos y el bebé. Sus hijos y sus nueras creen que también se han contagiado pero que después de dos semanas, con una medicación recomendada por el médico, se han podido recuperar con facilidad, según el galeno, porque son jóvenes y están en un buen estado físico. Alejandro, su esposo, y ella están sufriendo y pueden empeorar. Él no está grave; pero ella, según el médico que vio la radiografía de sus pulmones, tiene inflamados el derecho y el izquierdo, y una sustancia ajena y maligna en sus pulmones le provoca tos con flema, fiebre, escalofríos y dificultad para respirar. El médico dijo que necesita cuidado extremo, medicinas y un balón de oxígeno para que lo use cuando él lo disponga si la saturación de oxígeno de Cleofé, que está en 90-91, bajara a 89. La saturación es la medida de la cantidad de oxígeno disponible en la sangre. Se considera que el porcentaje saludable de oxígeno en la sangre fluctúa entre 95 y 100 por ciento. Si la saturación de oxígeno de Cleofé bajara de 90 no podría respirar bien, y el balón de oxígeno es clave para evitar que se asfixie. Sus familiares, al enterarse de la noticia de su mal, empezaron una cruzada para conseguir el balón el sábado, el domingo, el lunes; pero es un trabajo arduo por la escasez de aquel bien médico.

Hacia el 12 de junio, la escasez del oxígeno en el Perú era noticia mundial. La corporación de radiodifusión británica BBC, en su página web, publicó en aquella fecha la versión del Gobierno en el sentido que, diariamente en el país, se necesitaban unas 174 toneladas de oxígeno. Hasta ahora este hecho no ha sido solucionado, a pesar de que el presidente de la república, Martín Vizcarra, declarara el oxígeno como producto de interés nacional e hiciera una serie de gestiones para comprar oxígeno medicinal y para gestionar todo tipo de apoyo de las empresas privadas a fin de que estas, que cuenta con plantas de oxígeno, ayuden a la población. A pesar de la disposición del presidente de la república, tal como lo reveló IDL – Reporteros en su página web, el Ministerio de Salud, mediante su Dirección de Equipamiento y Mantenimiento, publicó a fines de julio una ficha técnica que ordena que toda nueva planta generadora de oxígeno que compre el Estado debe tener los compresores “secos”, es decir, libres de aceite. Lo curioso de este caso es que la ficha técnica parece hecha con el fin de evitar que se compren las dos plantas creadas por la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) por encargo de los ciudadanos de Junín después de una colecta pública, que fue apoyada por el cardenal jesuita Pedro Barreto. Los compresores de las plantas de la PUCP, como casi todos los existentes en el mercado nacional, funcionan con aceite. Los ciudadanos de Junín llegaron a un acuerdo con la referida universidad luego de que, en la ciudad de La Oroya, de la provincia de Yauli, la empresa Praxair/ Linde, que tiene la principal productora de oxígeno del mundo, señaló que sus dos plantas industriales no pueden funcionar, a pesar de que los profesionales y técnicos calificados de la zona sostienen que esto es mentira. El cardenal Barreto, sin embargo, siguió con su afán de ayudar y cuando después de la colecta tenían listas las plantas generadoras para llevarlas, instalarlas y donarlas a los dos hospitales del Ministerio de Salud en Junín, apareció en Lima aquella ficha técnica como hecha por alguien que quiere que se compren plantas generadoras del extranjero. Hasta el cierre de esta historia, aún no llegaban a Huancayo y Jauja (en Junín) las plantas de oxígeno compradas por la población. IDL – Reporteros se preguntaba: “¿Alguien se va a oponer a que sean instaladas y permitan respirar a quienes la agonía del ahogo les estrangula hasta la última esperanza?”. Por la gran cantidad de contagiados, todo esfuerzo que se pudiera hacer parece insuficiente. El Ejército del Perú, por ejemplo, hace todo lo posible para llegar a algunas zonas pobres de la ciudad a fin de llenar de manera gratuita los balones, pero el problema es que no hay balones, y si los hay, están muy caros. Si antes de la pandemia el balón costaba 900 soles, ahora vale cinco mil, a pesar de una campaña mediática para que los comerciantes vendan a precio justo este producto.

Los ciudadanos agradecidos empezaron a llamar “ángeles del oxígeno” a los que vendían a un precio justo el bien medicinal y hubo mucha tristeza en la ciudad cuando un ángel del oxígeno llamado Mario Romero Pérez, del distrito de San Juan de Miraflores, al extremo sur de la ciudad, murió por coronavirus después de 17 días de lucha contra el bicho. El 10 de junio, otro ángel del oxígeno, llamado José Luis Barsallo, se ganó el respeto y los aplausos de un gran sector de la ciudadanía porque rechazó la iniciativa de la bancada congresal de Podemos Perú, del legislador José Luna Morales, que buscaba declararlo héroe de la salud. “Me siento halagado, pero, de verdad, soy un peruano más que pone el hombro ante estas circunstancias de la pandemia. La verdad, no me siento héroe de nada. Lo único que estoy haciendo es lo justo y lo correcto. Yo agradezco a los congresistas, pero yo no estoy interesado en un elogio ni nada por el estilo. El mejor cariño, la mejor muestra de reciprocidad, son las bendiciones que recibo de la gente. Sólo soy un ser humano que ama a su prójimo”, declaró a Radio Programas del Perú.

Freddy Huaraca vive en la manzana X de Ciudad de los Constructores y es uno de los más preocupados en ayudar a Cleofé. Me dijo que, después de tocar varias puertas, llegó a la casa del vecino Cuba y que este ya le había prestado su balón de oxígeno a un vecino suyo y que no hay balones en todo el barrio. Me informó que varios vecinos han muerto por el virus en Ciudad de los Constructores y que, en su manzana, la X, ha fallecido el vecino Ramón, uno de los principales jugadores del equipo del fulbito que él también integra. Dijo que Ramón usó por unos días el balón de oxígeno del vecino Cuba, pero que no se pudo salvar, a pesar de que hicieron todo lo posible para que no enlutara a su familia. Sostuvo que el vecino Cuba está muy apenado por lo que está pasando Cleofé y que, en cuanto su balón esté disponible, se lo cederá. Freddy Huaraca es un joven de 32 años y no ha vivido en carne propia las crisis hondas del Perú. El terrorismo expulsó a su madre Sonia de su pueblo de origen en las alturas de Ayacucho y él nació en Ciudad de los Constructores, lejos del terror; la hiperinflación de los tiempos de Alan García se acabó antes de que cumpliera los cinco años; el cólera de los tiempos de Fujimori tampoco lo afectó gracias a los cuidados de su mamá Sonia y su papá Juan José. Esta pandemia es la primera crisis que lo golpea, lo sacude, porque es padre de la pequeñita Mía Alessia y ve la vida de distinta manera desde que nació su hija. Los muertos y los enfermos le pesan, lo han empujado al miedo. “Han fallecido varios aquí y no salen en las noticias. En mi casa, para el lado del cerrito, hace poco murió uno. Los más viejitos, los más enfermos, se están muriendo con el mal. Un viejito, que vivía a cinco casas de la mía, ha muerto en el hospital. A una cuadra de mi casa se han llevado de emergencia a la esposa de ‘Arañita’, el vecino que es bien querido en el barrio, se la han llevado muy grave. Tranquilo, que vamos a encontrar el balón para Cleofé. Yo creo que el vecino Cuba nos lo dará para la tía, yo creo que ella se pondrá bien”, me dijo el domingo por la noche.

El tío Edgar me contó que no hay una cifra exacta de cuántos han muertos en Ciudad de los Constructores, que pueden ser cerca de diez o más y que hace poco ha visto que por la puerta de su casa se llevaban “a un muertito más entre cuatro, en una camilla improvisada como si de un perrito se tratara”. “Hay muchos contagiados. Pero algunos vecinos, a pesar de esto, siguen saliendo a la cancha de cemento a jugar cuando las reuniones están prohibidas. Vienen los policías y estos se esconden, pero luego vuelven a salir. Así estamos. Hay muchos que no toman en serio las prevenciones contra la pandemia; pero la mayoría de los que vivimos en Ciudad de los Constructores nos cuidamos y nos quedamos en casa. No salimos. Hay que tener en cuenta también que la gente sale obligada a buscar algo de dinero para llevar comida a su casa”, explicó.

Cleofé nació y creció en Ayacucho; pero, cuando ya había dejado la adolescencia y ya tenía las fuerzas para trabajar, vino a buscar dinero a Lima. Trabajaba como doméstica en casa de ricos y soportaba y enfrentaba el racismo y la discriminación. Nunca se dejó vencer por la adversidad. “He trabajo mucho tiempo en la casa de la señora Ana y me fue muy bien; pero también hubo algunos que han querido tratarme mal porque me daban trabajo, porque tenían plata; pero yo nunca me he dejado y me he puesto fuerte”, me dijo hace mucho tiempo, con dignidad y orgullo. Cuando el grupo terrorista Sendero Luminoso inició lo que llamaba la lucha armada, con la quema de las ánforas de las elecciones generales la madrugada del 17 de mayo de 1980 en el distrito cangallino de Chuschi, Cleofé estaba en Lima. Había llegado a la ciudad porque quería ganar dinero para ayudar a su familia y poco a poco se fue dando cuenta de que sus seres queridos, en Ayacucho, corrían peligro. Se preocupó mucho por su familia y le enviaba cartas, ropa; enviaba insumos para la cocina escasos en la chacra, como aceite, fideos, azúcar, sal. La hacían llorar las noticias de que Sendero Luminoso avanzaba dejando sangre y muerte por los pueblos de Ayacucho.

En febrero de 1983, a los 19 años, ya con el terrorismo desangrando el país, Cleofé dejó Lima para ir por su padre y sus hermanos a fin de que no los mataran las huestes de Sendero Luminoso. La jovencita, que había juntado dinero trabajando como doméstica, llegó al centro poblado de Incaraccay para convencer a su papá León Tineo que dejara Ayacucho, pero este se negó: “¿Qué voy a hacer yo en Lima, hijita?”. Cleofé insistió en que debía dejar ese lugar porque sabía que Sendero Luminoso en cualquier momento podía acabar con la vida de su padre y de sus hermanos menores. León Tineo sabía del peligro que corría, pero se quedó por un tiempo más en la sierra; sin embargo, permitió que Cleofé sacara de Ayacucho a Víctor, quien ya tenía doce años y era el más vulnerable, porque los terroristas de Sendero Luminoso se llevaban a los adolescentes, y a los que se oponían simplemente los mataban. Cleofé fue quien convenció a mi madre de dejar la sierra con cinco de sus hijos. El mayor tenía nueve años, y el menor, apenas seis meses de nacido, toda una escalera de niños. Mi madre no quería dejar sus chacras ni sus animales porque creía que el terrorismo iba a pasar pronto, como una plaga, pero duró más de 20 años. Cleofé tuvo que obligar a mi madre para que dejara la sierra y fue ella quien la ayudó a escapar del terrorismo. “Si no fuera por ella, qué hubiera pasado con nosotros, porque tu papá ya estaba en Lima. Había escapado para buscar un espacio donde nosotros debíamos llegar. Cleofé nos salvó”, me repitió mi madre cuando se enteró de que la tía Cleofé necesitaba oxígeno. Mi madre recuerda que Cleofé siempre ha sido la más gordita entre sus ocho hermanos y que, cuando vivían en la provincia ayacuchana de Cangallo, sus familiares decían en tono de broma que ella se comía el alimento de sus menores. Me contó también que la contextura gruesa de Cleofé no ha sido un inconveniente para que llevara una vida saludable hasta antes del contagio y, al contrario, ella nunca se ha enfermado de algo grave y que casi no ha pisado un hospital en busca de que le curen un mal en toda su vida. Cierta vez, el tío Edgar me dijo que Cleofé era una de sus hermanas más saludables y que de lo único que le oyó quejarse es de una dolencia constante en las rodillas producto del sobrepeso. Ella tiene 56 años; mide 1,57 de estatura y pesa 82 kilos. El médico ha dicho que su peso es el principal factor que le impide recuperarse con facilidad y que por ello es urgente que tenga un balón de oxígeno listo a su costado.

El gran número de contagiados del virus y el evidente problema de la falta de atención médica adecuada han llevado a varios vecinos a retomar la idea de exigir la construcción de hospitales con todo el equipamiento que sirvan para atender a un gran número de pacientes en el distrito. Un vecino de San Juan de Lurigancho, que pidió que no mencionara su nombre por estrictos motivos de seguridad, recuerda que hace cerca de 20 años, cuando Mauricio Rabanal era alcalde del distrito, los vecinos realizaron una cadena humana tan grande que se estiró por los más de diez kilómetros que recorre el actual tren eléctrico en el distrito, con la finalidad de exigir la construcción de un gran hospital como el Almenara de La Victoria o el Edgardo Rebagliati de Jesús María. Informó que esa cadena humana era tan grande que en el momento culminante se estiró, según el testimonio de los que participaron en la manifestación, hasta Jicamarca, la comunidad con la que limita hacia norte San Juan de Lurigancho y que está a diez minutos en auto desde el último paradero del tren eléctrico en la zona de Bayóvar.

El vecino recuerda que la exigencia era pacífica y razonable y que el alcalde de entonces tomó la iniciativa y la presentó como una idea de todos los vecinos al gobierno central encabezado por el entonces presidente Alejandro Toledo, y este se comprometió a trabajar de manera conjunta con el alcalde para hacer realidad el sueño de los vecinos, que requerían un hospital adecuado para un distrito de una población gigantesca. El alcalde ayudó a sanear un terreno adecuado para la construcción del nosocomio en el paradero 10 de la avenida Canto Grande, y el presidente de la república ayudó en agilizar todas las gestiones para que el Ministerio de Salud levantara en ese lugar el hospital. El vecino relata que mientras todo iba avanzando muy bien hubo cambio de gobierno distrital y que el nuevo alcalde, el cuestionado Carlos Burgos, quien ahora está preso por una serie delitos, no movió un dedo para continuar con el proyecto del hospital, sino que, al contrario, permitió que el terreno, totalmente limpio y saneado, fuera ocupado por comerciantes informales. “Dentro del grupo de los comerciantes informales hay muchos delincuentes que creen que ese terreno es suyo cuando en realidad es de todos los vecinos. Bueno, el Gobierno del Alan García, quien acabó con su vida para no ir preso, tampoco quiso continuar con el hospital. Ahora que estamos viendo que es urgente tener un gran hospital he visto que muchos vecinos quieren impulsar el proyecto para que más adelante no haya gente como Cleofé, que tiene que quedarse en su casa en espera de un balón de oxígeno cuando ella debería estar internada en un nosocomio con todo el equipamiento. Para que no vuelva ocurrir lo que está pasando en varios asentamientos humanos, se tiene que construir varios hospitales en el distrito”, dijo.

Los familiares de Cleofé han hecho todo lo posible para conseguir el balón de oxígeno que el médico ha recomendado. Desde el sábado 8 han realizado colectas, han tocado todas las puertas posibles y se han vuelto a unir como cuando hace dos meses el tío Faustino y el tío Edilberto se contagiaron del virus. Ellos salieron rápido del problema. Cleofé sí está sufriendo. El domingo 9 y el lunes 10 han sido los días más duros en el afán de conseguir el balón. El martes 11 de agosto, por la noche, me llamó el tío Edgar otra vez. Me dijo que, después de tanta insistencia y espera, el vecino Cuba ha prestado su balón de oxígeno para la tía Cleofé y que, tal como lo pidió el médico, el balón estuvo en la casa de ella todo el lunes. Explicó que, para no asustarla, lo dejaron en un lugar de la casa donde ella no pudiera verlo y que el martes por la mañana el vecino Cuba se llevó su balón. Me quedé callado y el tío Edgar continuó: “Un familiar del vecino Cuba está más grave que Cleofé y tuvo que llevarse el balón. Ese balón va de paciente en paciente, en todo el barrio. Ha salvado ya muchas vidas. Esa mala noticia trae una buena. Cleofé está con una saturación de oxígeno de 91-92 ahora, y el médico ha dicho que la medicina que le ha puesto a la vena está dando buen resultado, porque ella antes nunca ha sufrido de ninguna enfermedad grave. Sin embargo, hay que esperar, mientras tanto tenemos que buscar un nuevo balón. Otra vez la odisea. Sería bueno que los integrantes de la familia compremos un balón de oxígeno para cualquier emergencia. Esta pandemia da para rato”.

Nadie sabe cómo la tía Cleofé se contagió del virus, porque ella tomaba todas las precauciones dentro y fuera de su vivienda. Era una de las más preocupadas en el cuidado y en el cumplimiento de las recomendaciones que se repiten por todos los medios de comunicación. Es muy probable que se haya contagiado dentro de su casa, porque es en el único lugar en el cual no usaba la mascarilla. El drama de las familias numerosas en esta pandemia es que si se contagia uno de los integrantes están en peligro los otros que habitan la vivienda. Por esta razón, el Colegio Médico del Perú ha recomendado que los miembros de la casa que salen por diversos motivos deben usar mascarilla dentro de la vivienda y que a la hora de comer deben hacerlo en silencio. La gente pobre se ve obligada a salir en busca de dinero para el alimento y en ese afán vuelve a casa con el virus, que puede estar en cualquier lugar de aglomeración, como mercados, centros comerciales, bancos, unidades de transporte público, incluso en las farmacias y las boticas. Los pobres en el Perú no mueren de coronavirus sino de falta de atención médica. La falta de dinero imposibilita la hospitalización, la compra de medicinas, la compra de balón de oxígeno, la realización de una cuarentena adecuada. Los vecinos de los barrios residenciales del Perú pueden cumplir con las medidas de seguridad porque no están obligados a salir, pues no carecen de medios económicos para realizar un verdadero confinamiento preventivo. Al cierre de esta historia, el decano del Colegio Médico del Perú declaró a la revista Hildebrandt en sus Trece: “Agosto será más crítico que mayo porque la curva ya alcanzó una velocidad de seis mil contagiados al día. Y, a diferencia de mayo, no hay camas disponibles en el país”. Estamos en la fecha más dramática de los estragos de la pandemia. Cada hora, mueren 22 personas por el virus y, según el Sistema Nacional Informático de Defunciones, hasta la fecha han fallecido 58.101 contagiados, aunque el Gobierno insiste en que la cifra oficial es 25 mil. El Perú es el segundo país con mayor tasa de mortalidad en el mundo, con 78 fallecidos por cada 100 mil habitantes. Sólo le gana Bélgica, con 86 muertos por cada 100 mil. Esto hace una combinación fatal con la cifra de casi siete millones de empleos fenecidos. Esta pandemia evidencia que no existía el país que, según algunos, estaba tocando ya la puerta del club de las naciones desarrolladas. Ni los médicos están protegidos en el Perú. El Ministerio de Salud sostiene que a la fecha hay 110 médicos fallecidos por el virus; 2.955 galenos contagiados, de los cuales 81 están sufriendo en una cama de UCI. Si no se hace algo realmente importante, según estiman los especialistas, el número de muertos por coronavirus en el Perú puede llegar a 100 mil en diciembre. El escenario en este momento en el Perú es dramático, y el Gobierno, en lugar de decir la verdad y poner sobre la mesa la realidad y desde ahí pelear y resistir, calla, esconde, dibuja, les da muchas vueltas a las noticias de las vacunas sabiendo que estas estarían listas todavía en el 2021. Exponer las cifras reales en blanco y negro sería el paso de inicio para una estrategia adecuada para enfrentar el mal. El caso de Cleofé es apenas un botón de muestra.

Escrito por
Paco Moreno Tineo
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