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Inflación y deuda, las claves económicas de 2021

El éxito económico de este año se juega en domar a la inflación y en una negociación beneficiosa de un nuevo programa con el FMI. Una clave es aumentar la oferta de dólares, el talón de Aquiles de la economía argentina.

Atravesado por la pandemia de covid-19, el pasado no fue un año normal, casi en ningún sentido, aunque la agenda de prioridades económicas se mantiene inalterable, con urgencias que vienen de antes del coronavirus y se mantendrán por bastante tiempo más.

Reducción consistente de la inflación y manejo de la deuda soberana, que en esta coyuntura adquiere la forma de una renegociación imperiosa y más o menos urgente del programa de asistencia financiera con el Fondo Monetario Internacional (FMI), son los dos términos que definirán el devenir económico de este año.

En el primer caso, el Gobierno ya está dando pasos firmes para convocar a la mesa de diálogo a empresas y sindicatos para dar forma a un acuerdo de precios y salarios.

En despachos oficiales prima la idea de converger hacia una inflación del 29 por ciento, tal como lo estipula la Ley de Presupuesto 2021, sancionada por el Congreso en diciembre pasado. No será una tarea sencilla. Tras la aceleración de precios en el tramo final del año pasado, hoy el consenso del mercado ubica la inflación anual en torno del 45 por ciento para 2021.

Desde los sectores sindicales apoyan la iniciativa, siempre y cuando se fijen pautas para que el salario real se recupere al menos entre 2 y 4 por ciento.

Por su parte, fuentes empresariales del sector industrial sostienen que la idea de un acuerdo de precios y salarios “se queda corta”, y enfatizan que es necesario hablar de tarifas, previsibilidad cambiaria, aliviar la presión tributaria sobre el sector productivo y avanzar en una reducción del gasto público para poder poner en caja el déficit fiscal.

Son cuestiones que en lenguaje encriptado también pedirá el FMI, además, del consabido paquete de reformas estructurales que incluye reformas tributaria, laboral y previsional.

FACTORES CLAVE

Hay dos cuestiones más a considerar. Desde ya, la evolución de la pandemia será crucial para el desempeño de la economía. De alguna forma ya se vio en 2020, con cierres casi herméticos de la actividad, seguidos por aperturas graduales que dieron algo de respiro a diversos sectores.

Eso se tradujo en una caída brutal de la actividad económica en el segundo trimestre del año, que llegó a un desplome del 25,4 por ciento en abril y 20 por ciento en mayo, pero también dio paso a una clara desaceleración de las caídas a partir de septiembre, registrándose bajas de un dígito.

Según el Estimador Mensual de la Actividad Económica (EMAE) de noviembre, difundido esta semana, en el anteúltimo mes del año la caída fue del 3,7 por ciento y acumula en once meses del año una contracción de 10,6 por ciento. Es bastante similar a la caída del PBI de 2002, tras la implosión de la convertibilidad.

Pero la buena noticia es que en noviembre se registró un crecimiento del 1,4 por ciento (desestacionalizado) en relación con el mes anterior y la economía ya hilvana siete meses consecutivos de crecimiento intermensual.

El índice “superó el nivel de marzo y se ubica sólo 3,3 por ciento por debajo del nivel pre-covid (febrero)”, indicaron fuentes del Ministerio de Economía.

El otro factor determinante es el nivel del tipo de cambio. Se sabe que en la Argentina el valor del dólar es una de las variables más sensibles para la estabilidad económica.

Y no es una cuestión psicológica o ideológica, como algunos suponen, sino más bien práctica y de costos. Es que muchos insumos que se utilizan en los procesos de producción son importados o tienen valores de referencia en commodities que cotizan en dólares en los mercados internacionales. Así, un salto en el tipo de cambio supone agrandar la piñata de la inflación.

TURISMO Y GRANOS

2021 ya consumió casi en su totalidad el primer mes del año, aquel que utilizan muchas personas o grupos familiares para tomarse un respiro tras un período de arduo trabajo. Este año la novedad fue la fuerte caída del turismo interno y ni que hablar del internacional en el contexto de pandemia.

En los destinos más cotizados del país –Bariloche, Ushuaia, Calafate y el área costera de Pinamar y Cariló–, en esta temporada el turismo llega, con suerte, a un 50 por ciento de lo habitual.

Los destinos populares, con foco en el resto de la Costa Atlántica, Córdoba, Mendoza y el Litoral, tuvieron menos suerte. La ocupación oscila entre el 25 y el 30 por ciento, en el mejor de los casos.

Todo ese movimiento que no están teniendo los centros turísticos del país son pesos que no ingresan a la economía formal ni informal. Mucho más complejo aún es el freno casi total del turismo extranjero.

La última estadística de turismo internacional del Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) señala que en noviembre –último mes relevado en base a datos de la Dirección Nacional de Migraciones– llegaron al país apenas 7.400 turistas no residentes en la Argentina, “cifra que presentó una disminución interanual de 97,2 por ciento.

Mientras en los primeros once meses de 2019 llegaron al país 2.760.800 pasajeros, por los diversos puntos de ingreso, en el mismo período de 2020 lo hicieron 679.100 personas.

En cuanto a los dólares que dejan esos turistas en el país, en todo concepto, no hay datos de gasto promedio correspondientes a 2020, pero sí se sabe sobre la base de datos del Indec que en 2019 el gasto total del turismo receptivo alcanzó los 3176,9 millones de dólares.

Así, número más, número menos, el costo de la pandemia en cuanto al ingreso de divisas al país por turismo se acerca a los 3.000 millones de dólares.

Son recursos que no estuvieron disponibles y que en algún sentido explican la escasez de dólares en el Banco Central.

Otro tanto habrá que achacarle a la caída de exportaciones. Según el último relevamiento del Indec, las exportaciones cayeron en diciembre nada menos que 34,1 por ciento en relación con el mismo mes de 2019.

Fue decisivo en este sentido el paro de aceiteros y recibidores de granos que durante tres semanas paralizaron los puertos del nodo Rosario, donde hay emplazadas 31 terminales portuarias y por donde sale el 70 por ciento de las exportaciones argentinas, en especial granos y derivados (harinas, aceites, pellets).

Sólo basta recordar que en diciembre las exportaciones de granos retrocedieron 45,3 por ciento en términos interanuales y las de manufacturas de origen agropecuario (MOA) lo hicieron en 44,2. Esta situación llevó a cerrar el mes con un déficit de la balanza comercial de 364 millones de dólares, el primer resultado en rojo en 28 meses, en concreto desde agosto de 2018.

Lo más preocupante, sin embargo, es que por la pandemia pero también por problemas de competitividad de la economía argentina, en especial del sector industrial, entre 2019 y 2020 el país dejó de exportar 10.261 millones de dólares.

Suele afirmarse, con cierta dosis de realismo, que en la Argentina el principal precio de la economía es el valor del dólar. No es por un instinto extranjerizante ni por intentar imponer un falso imperialismo. Es que el país vive bajo la amenaza de lo que se conoce como la “restricción externa”.

No es otra cosa que la escasez de dólares para “mover”, literalmente, la economía. El 80 por ciento de las importaciones son insumos, bienes intermedios, partes y piezas para la producción. Así, cuanto más crece la economía, más necesidad de dólares tiene.

Es lo que ocurrió, por ejemplo, desde septiembre pasado, a partir de la reapertura de actividades y cierta recuperación del nivel de producción. En especial en noviembre y diciembre, cuando las importaciones crecieron a un ritmo de 20,7 y 24,7 por ciento, respectivamente.

Escrito por
Carlos Boyadjian
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