Poco hay de nuevo en el proceso liberal que está atravesando la Argentina. De hecho, tras el primer peronismo, la Argentina alternó entre gobiernos heterodoxos, que promovían el gasto público, los aumentos salariales y el mercado interno, y gobiernos ortodoxos, que limitaron todos estos factores, generalmente en cogobierno con el FMI. Tanto es así que en 1977, el célebre intelectual Marcelo Diamand, ingeniero y empresario ligado a la Unión Industrial Argentina, sostenía la existencia de un “péndulo” que oscilaba entre dos líneas contrapuestas: una “popular”, que privilegiaba a trabajadores y empresarios nacionales, y otra “liberal”, favorable a los intereses financieros y de las grandes empresas locales y multinacionales.
Dado que la mayoría de la población argentina se ve beneficiada por la corriente popular, cabría preguntarse por qué el país la abandonaba. Si bien durante el siglo pasado muchas veces fue debido a golpes de Estado, desde el plano económico Diamand planteaba que aquella corriente, que fomentaba la suba de salarios y jubilaciones para promover la actividad económica y el empleo por parte del Estado y de las pequeñas y medianas empresas, generaba en consecuencia un creciente aumento de importaciones, tanto en insumos fabriles como en bienes finales, hasta llegar al “estrangulamiento del sector externo”, es decir, la falta de dólares o divisas para continuar importando, lo que generaba crisis que incluían, por ejemplo, corridas hacia el dólar con la consecuente suba inflacionaria y caída de la actividad.
Estas situaciones de crisis económica y caída del crecimiento, permitían la emergencia de la línea ortodoxa, que planteaba recetas opuestas, que como en la actualidad incluían ajuste del gasto público, devaluaciones, disminución del salario real, de las jubilaciones, y la actividad económica, que con su consecuente caída del gasto público y demanda importadora, disminuía el “estrangulamiento del sector externo” y permitía mayor acumulación de dólares y disminución de la inflación.
Sin embargo, una vez estabilizada la economía, con el consecuente daño social, los gobiernos populares retomaban la iniciativa para intentar reparar estos daños, dando rienda a una nueva oscilación del péndulo.
Un horizonte pesimista
Con todo, para 1984, es decir, luego de la dictadura militar, Diamand sostuvo que su tesis del péndulo podía resultar “demasiado optimista”, debido a los profundos cambios estructurales que el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional había operado en la economía argentina. Citado por Juan Odisio en su trabajo El pensamiento económico de Marcelo Diamand (Editorial Manuel Belgrano, 2022), Diamand señalaría, tras la última dictadura, que “por el momento, el péndulo se acabó. Trabada la política expansiva popular por la falta de reservas y la política expansiva ortodoxa por la imposibilidad de endeudamiento ulterior, quedan únicamente dos alternativas. O la Argentina queda condenada a una permanente recesión, con consecuencias sociales y políticas que pueden llegar a límites imprevisibles, o aprenderá finalmente a superar la restricción externa que limita el crecimiento de su economía”.
Incluso, detallaba que “el cambio de la situación mundial y la inusitada intensidad del último ciclo de endeudamiento introdujeron cambios cuantitativos en la situación que ni siquiera permiten que continúe el acostumbrado péndulo”.
Diamand falleció en 2007, por lo que pudo comprobar que sus pesimistas profecías no fueron cumplidas, por lo menos en el largo plazo, pues si bien debieron pasar dos décadas para que el péndulo volviera a oscilar, el nuevo ciclo económico inaugurado por Néstor Kirchner en 2003 actualizó la tesis de Diamand. No solo en su descripción del desarrollo de mejora de los ingresos, el empleo y la actividad económica, sino también en su final de “estrangulamiento del sector externo”, que llevó a los cepos y el crecimiento de la inflación.
Pero a casi una década de aquel 2015 en el que finalizaron los gobiernos encargados de reintroducir la corriente “popular”, el péndulo parece estar tan inclinado hacia la derecha como en aquella pesimista descripción que Diamand formuló en 1984. Incluso, existen razones para suponer que la corriente liberal aprendió de la última experiencia popular, pues la proyección de quitar la moneda nacional borraría cualquier atisbo de regreso a políticas expansivas y mercadointernistas, dinamitando el péndulo y dejando espacio solo para continuar con aquellos lineamientos neoliberales reintroducidos por Macri y retomados y profundizados por Milei.
Aun así, si un intelectual de la talla de Diamand pudo equivocarse parcialmente al analizar el futuro de este extraño país, cualquiera podría hacerlo. Es posible, tal vez, que el péndulo vuelva a activarse, y cuanto menos, en un mediano o largo plazo, aparezca para sorprender oscilando nuevamente.
