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“DIEGO ES MAGIA, ARTE, LUCHA Y UNA NOBLEZA EXTRAORDINARIA”

Víctor Hugo Morales acompañó e interpretó como nadie la esencia maradoniana. Con los años construyeron una amistad basada en el respeto y la admiración mutua.

La historia profesional de Víctor Hugo Morales estuvo profundamente relacionada con la de Diego Armando Maradona. No sólo por su histórico relato del segundo gol a Inglaterra, en el Mundial 86. El periodista interpretó y acaso embelleció –si es que fuera posible– como nadie la obra del Diez. Con los años construyeron una relación basada en el respeto y la admiración mutua.

–En el último tiempo reflexionaste mucho sobre Diego. ¿Qué te queda por decir?

–Diego es la síntesis de un hombre extraordinario. Es magia, arte, lucha y una nobleza extraordinaria. Algo que no dije últimamente es que creo que la plena conciencia de la vida es insoportable, que todos buscamos mecanismos de escape. Haciendo elucubraciones pensé en mis propios escapes y los de otros. Esto aplica perfectamente para Diego. Hay ciertas cosas que se le critican y son las de un hombre desesperado por escapar de a ratos de una vida mucho más compleja que la de cualquier ser humano.

–¿Es la sensación más profunda que te deja Diego?

–Me deja en una alta consideración periodística de gente que valora muchísimo la relación que tuvimos. Los goles que relaté. Una aureola de prestigio internacional inimaginable, con una consideración que supera cualquier expectativa. Pero también la tibieza de un recuerdo que me hace mejor, que me ennoblece. La amistad y los buenos sentimientos siempre lo provocan. Compartimos momentos que son definitivos como capital afectivo. Me sentí muy querido, respetado, valorado. Establecimos un estilo de relación magnífico que era no el pegote, no era hablar constantemente. Pero siempre estaba allí, permanente, latente.

–Paradójicamente, Diego no tenía libertad, no podía salir a la calle como cualquiera de nosotros. ¿En esa contradicción está el valor intrínseco de esa relación no atosigante?

–Está bien lo que decís. Si hubiéramos asumido un rol distinto, de llamarlo a cada rato, aún para acompañarlo en los problemas, habría derivado en una presencia que no se sabe cuándo empieza a ser molesta. Es algo que aplico en mi vida: nunca nadie estuvo conmigo un minuto más de lo que quería estar. Para eso hay que manejarse con cierta austeridad. La intensidad de la relación es el afecto. Está ahí, el disparador necesario para hacerlo valor. Un amigo íntimo es otra cosa, exige otra prestación, otra conducta. Lo que se preservaba era una forma de relación muy austera, muy cauta, tremendamente afectuosa.

–Los mundiales fueron hitos en esa relación. Primero por tus relatos, luego por los encuentros.

–Sí, claro, pero derivó en otra relación después de Rusia. Se ve que en algún momento se acordaba y me mandaba un mensaje, o me llamaba directamente, apariciones muy genuinas, con un cariño desbordante. La última vez fue hace tres, cuatro meses. Siempre con esa impronta de lo que él me decía cuando terminaba el programa, lo más lindo que me haya dicho alguien en relaciones profesionales. Nos dábamos un abrazo y por lo bajo me decía: “Usted me da paz”. Esto me emociona muchísimo porque es seguramente lo que necesitaba en su vida.

–Tan fuerte fue su relación que hasta te permitió, parafraseando el relato del gol contra los ingleses, retratar su despedida imaginando a Diego elevándose, subiendo a una nube y quedándose en una estrella.

–El torrente del pensamiento era constante. Prácticamente no dormí la noche en que Diego murió. Me sentí muy mal a la tarde con la noticia, fui al canal, hice una especie de catarsis, llegaron los primeros reportajes y creí que me habían hecho bien, pero llegué a mi casa enganchado con la pena. Pensé en escribir, pero no me animé a plasmar lo que estaba sintiendo. Y en un momento jugué con la idea esta. No sabía cómo sería. Pero debía ser esa jugada con los ingleses. Ir corriendo y de pronto, envuelto en una aureola dorada de sol y de césped… A la mañana en la radio empecé a darle forma. Mi compañera Paula Orman, una productora extraordinaria, me sorprende, me repite eso al aire. No iba a hacerlo por televisión por el temor que uno tiene en relación con la delgada línea entre lo poético y lo ridículo. Pero justo esa salida coincidió con el momento final en el cementerio. Había una emoción grande en el estudio. Yo sentía el silencio. Casi sin pensarlo me vi haciéndolo nuevamente. La idea de Diego convirtiéndose en una estrella estaba en el corazón de la gente.

–Otro momento mágico entre ustedes dos. Otro más.

–Todos tenemos algo que inspira de una manera especial. Los pintores eligen iglesias, rostros, la naturaleza. Siempre hay un leitmotiv en quienes componen cosas. Y un relato es una composición a la carrera, un poco aventurada. Diego ha sido mi más fuerte inspiración. Hubo otros, muy pocos. La inspiración es la base sobre la que podés construir una creación. De Maradona, Francescoli, Bochini, Carrasco, Riquelme podés decir cualquier elogio y sólo a esos tipos les queda bien. Y Diego, naturalmente, el más genio de todos, el único, porque los demás quedan en otro escalón, siempre fue inspirador. Desde el primer relato mío en la Argentina –se van a cumplir 40 años el 22 de febrero–. Ese partido; después uno que relaté en Florencia de la Selección; luego el 82; las eliminatorias; el 86, por supuesto, y así. Incluso con cosas que no fueron tan inspiradas como a mí me parecían o porque no hubo victoria. Lamentablemente, las cosas buenas de los relatores son las que cuentan triunfos: las derrotas pasan inadvertidas. Por eso digo que nunca Maradona recibió la pelota de una forma que no fuera admirable, nunca dio un pase que no fuera una genialidad y nunca dejó de trasuntar el esfuerzo que acompaña al artista extraordinario.

–¿Cómo fue el primer encuentro personal con él?

–En una quinta. Fuimos con Fernando Niembro, Marcelo Araujo, Adrián Paenza, muchos integrantes de Sport 80 (el mítico programa radial de los 80). Jugamos un partido de fútbol y después hubo un asado. No tuvimos mucho contacto, salvo un pequeño elogio que hizo por una jugada mía. Me dio pudor y alegría. Pero no hubo charla. Soy muy tímido y por lo tanto me repliego: escuché las conversaciones de ellos. El grupo de Sport 80 fue de los primeros amigos periodísticos que tuvo Maradona. Una confianza muy grande. Él valoraba mi forma de hacer periodismo. Y ese respeto de muchos años, finalmente, se convirtió en afecto, ya lanzados en los momentos en que compartimos nuestras vidas en los campeonatos del mundo.

–Varias veces mencionaste lo del asado en Rusia.

–Con Beatriz, mi esposa, nos acordamos siempre. Sintetizó la alegría que vivimos en Moscú: una estadía inolvidable, una inmensa gratitud a la vida por haberlo vivido. En ese marco estaba Diego. Nos invitó a un asado y luego estuvimos horas escuchando sus anécdotas. Estaba tan divertido, emocionó tanto, contó cosas tan jugosas, se rio de sí mismo, estaba cómodo y a buenas con la vida. Con Bea lo recordamos como un momento espectacular para ambos. Diego era un tipo que estaba feliz. Para alguien a quien tanto le costaba ser feliz, esos momentos eran de tal plenitud…

–Se habló mucho de que Diego, con toda su desmesura, con su carácter y con sus circunstancias, era un reflejo de la argentinidad. ¿Lo compartís?

–Se puede aplicar la idea para Diego. Lo bueno y lo malo que somos en lo colectivo. Por otro lado, me fascina un poema de Humberto Costantini sobre Gardel, en el que el Zorzal es una invención de los argentinos, una necesidad que había de encontrar un tipo ganador, plantado en la vida: lo queríamos tanto que nos salió. Nos salió morocho, con una sonrisa única. Una necesidad del colectivo. Ese poema se podría aplicar perfectamente a Diego.

Escrito por
Ricardo Gotta
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