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“Uno aprende de los fracasos de una manera increíble”

Personaje central del teatro argentino, con una trayectoria notable como director, como actor y como formador de artistas para la escena, Rubén Szuchmacher repasa su historia y habla de su presente y de sus expectativas. (FOTO: Gentileza Niran Ganir)

Dirigió obras maravillosas como El siglo de oro del peronismo, Lo que pasó cuando Nora dejó a su marido o Los pilares de las sociedades, Decadencia, Martes eróticos, La biblioteca de Babel, Amor de Don Perlimplin con Belisa en su jardín, Todas las cosas del mundo y Hamlet, entre muchas otras; en ópera, Ariadna en Naxos, Tres hermanas, Così fan tutte, Candide y la lista sigue y sigue en la trayectoria de Rubén Szuchmacher como director y como actor.

Es un docente incansable que ha formado y continúa formando a generaciones de actores y directores. Si hay algo característico de sus obras, sus clases y seminarios es que invitan a pensar. Ninguna palabra está dicha porque sí, ningún rincón del espacio eludirá el significado. Cada cosa tiene el peso que corresponde. Szuchmacher es un ser nodal y fundamental para el teatro argentino y contemporáneo.

–¿Cómo aparece el teatro en su vida? ¿A qué edad?  

–En la infancia recuerdo las idas al teatro con mi familia, que era muy teatrera. El teatro era un lugar habitual a pesar de que mi familia no era una familia de artistas. Mi papá tenía un taller de tejido de punto. Mi mamá trabajaba junto a él. Después, desde muy chico, empecé a tomar clases de música en el IFT, Iniciación Musical a los 6 años con Judith Akoschky y las actividades las hacía dentro de un teatro, y en la escuela judía a la que iba hacíamos representaciones. Luego tomé clases de actuación a los 12 años con Marta Gam, organicé un cineclub a los 13. Allí conocí un grupo de titiriteros que coordinaba Juan Enrique Acuña y fui parte de la compañía, entonces a los 15 años era parte de una compañía muy moderna, y también hacía danza. Luego a los 19 años fui asistente de dirección de la famosa La vuelta manzana, de Hugo Midón. A los 16 años trabajé como titiritero en una obra con Tato Pavlovsky, Norman Brisky y un desconocido Víctor Laplace. Para vivir ayudaba a hacer escenografías a una amiga realizadora. Además, como tenía hermanas más grandes, estaba siempre en relación con gente que ya estaba en actividad. Mi hermana Perla me llevaba cuatro años. Ella había entrado en la Escuela de Teatro de la Universidad de Buenos Aires, que dirigía Oscar Fresler, y allí conoció a Patricia Stokoe y a otra gente más. Mi casa era un lugar de reunión de actores, escritores, sin que mis padres lo fueran. Ir al teatro era algo habitual para mí, llegué a ver cosas que gente de mi generación no vio, como obras en el Teatro del Pueblo, cuando aún lo dirigía Barletta, y lo escuchaba a mi papá que decía “esto es horrible”. Tenía muchos problemas artísticos Barletta: una cosa era el ímpetu independentista y otra cosa era el arte que hacía. Tenía unos pocos buenos actores.

–De algún modo estos temas que hoy plantea en sus clases y charlas estaban presentes en su infancia si su papá le hablaba de Barletta y sus problemas artísticos…

–Sí, de cualquier forma no estaba asegurado que me iba a dedicar al teatro, era un espíritu de época. Yo estudiaba música, piano, estudié en el Collegium Musicum. No estudié actuación, excepto a los 12 años. Fui producido por los escenarios mismos. 

–¿La carrera de régie vino después?

–Ingresé a los 22 años. Fue una sugerencia de mi profesora de piano porque yo estaba permanentemente con lo teatral, venía haciendo asistencias y otras cosas y a su vez no tenía ningún futuro como instrumentista. Me gustaba tocar pero no estaba dispuesto a pasarme horas con el instrumento. Me despertaba y tomaba clases a las 7 de la mañana. Era muy impresionante lo que hacía pero no tenía la paciencia de quedarme seis u ocho horas trabajando un pasaje. Estudié armonía, composición. Tengo algunas obras compuestas, tres o cuatro para piano, que están ahí ocultas y nunca saldrán a la luz, como mis poemas (risas). Me dijeron “andá al Colón”. No había terminado el Secundario. Tenía muchos problemas con la educación formal. Llegué hasta cuarto año. No di los exámenes. Pero al Colón se podía entrar con tercer año aprobado. Entré al Colón, hice los tres años. Hubo un año luego que se interrumpió porque no se abrió mi carrera y el último año lo hice en dictadura, con mucha dificultad pero con gran ayuda de mis maestros, que me apoyaron un montón. Mi maestro de Régie decidió que daría las clases en su casa. Con el tiempo me enteré de que era para protegerme, para que no tuviera que entrar al teatro porque había una compañera bastante milica, una batidora conocida dentro del Teatro Colón. Terminé la carrera sabiendo que no iba a hacer nada dentro de la ópera. En el 76/77, hice una gira como bailarín y actor para una agencia de publicidad , y ahí empezó otro período. En el 75 hice Porca miseria, con Lorenzo Quinteros y Tina Serrano; me invitaron a estar en un grupo de Danza Humor con Esther Ferrando, a quien conocía por haber sido asistente de Oscar Araiz y por haber sido asistente de ella también en un espectáculo; también fui asistente de Laura Yusem en un espectáculo que hizo basado en un texto de Paco Urondo, cosas bastante inquietantes, muy intensas desde el punto de vista político.

–¿Cómo transitó su carrera durante la dictadura?

–En el 76 fue el golpe y ahí viene otra etapa que arranca con mi entrada al Teatro Payró. En el Payró había hecho un espectáculo para niños con mi hermana que había sido una consecuencia de mi época con Midón, se llamaba Mefis anda suelto y la ensayábamos en el Margarita Xirgu. Fue mi primer intento de dirección y fracasé. Tuve que abandonar y quedé como asistente. Me interesa contar esa historia siempre: mi primera experiencia fue un fracaso. Uno aprende de los fracasos de una manera increíble. Podría haber dejado todo, era muy joven, tenía 22 años. Pero me quedé. El que empezó a ocupar el lugar de director fue Miguel Guerberof, que hacía poco había llegado de Mendoza a Buenos Aires. Hubo muchos líos en ese espectáculo y finalmente quedé como asistente. Para mí fue lo que tenía que pasar, lo tomé así. Después trabajé bastante como actor. Hice Visita, de Ricardo Monti dirigida por Jaime Kogan, hice La isla desierta, de Roberto Arlt, dirigido por Juan Cosín. Y la primera experiencia que tuve como director fue un espectáculo de Marikena Monti que me ofreció Esther Ferrando. Ella no lo podía hacer, y me dijo “dirigilo vos”. Yo acepté y fue muy importante, trabajaba con una cantante. Me gustaba Marikena. Le diseñé un vestido con el que se podían hacer muchas cosas, en un lugar imposible que era el Teatro de la Piedad, se llenaba pero tenía seis tachos nada más y yo me las arreglé. Trabajé con el espacio, que era algo que intuía, en un espacio de 4×5 o 5×5 parecía que ese cuerpo se movía mucho, evitaba que estuviera siempre en el centro y con las cosas que se podía hacer con el vestido se armaban otras imágenes. Lamento no tener ninguna foto, era la dictadura y yo intentaba dejar la menor cantidad de rastros.

–¿Dónde militaba?

–Venía de una familia comunista y a los 19 años participé de la ruptura del Partido Comunista y pasé a la Comisión Nacional de Recuperación Revolucionaria y a partir de ahí empecé a estar en el Partido Comunista Revolucionario. Me volví maoísta. Voté a Alberto Fernández, a Cristina Fernández, pero reivindico el marxismo. Mi familia tuvo una situación comprometida y compleja durante la dictadura, tuvimos una vida nómade, por eso no tengo registros de ese momento. En el 79 dirigí El desalojo, que fue muy interesante porque es una obra en la que había trabajado de chico. Es decir que dirigí una obra en la que había actuado. Y esa obra se hizo en Venezuela 360, dirección actual de Caras y Caretas, Teatro de la Cortada entonces, después se llamó El Parakultural. En el 79 estrenamos esta obra cuando la dictadura eliminó la Ley de Alquileres. De esa época hay gente que me cuenta cosas que no logro recordar porque la negación era un sistema de vida en la dictadura. Para poder sobrevivir en semejante horror, había que no ver determinadas cosas. Hay gente cercana que me dice “me escapé de la función porque afuera había Ford Falcon” o que una vez entró la policía al teatro y la gente de la puerta la paró. No digo que fuera inconsciente de la situación porque no lo era pero la dimensión absoluta no la tenía. Me enteré de los vuelos de la muerte en París en casa de unos amigos, me enteré de cosas muy importantes en el exterior que en la Argentina desconocía. En el 83 Ana Itelman me convoca para hacer una obra en el Teatro San Martín. Estaba todo arreglado para eso y a último momento nos dijeron que no. Ana se puso muy mal, yo también, me enojé muchísimo. Y así Kive Staiff me encargó la primera obra que dirigí en el Teatro San Martín, Haciendo tiempo, de Eduardo Pogoriles, quien ya no es dramaturgo sino periodista.

–¿Qué le pasa con la actuación y con la dirección?

–La actuación me encanta, pero donde siento que tengo una gran acumulación es en la dirección. En este momento me encantaría que un director me llamara para actuar. 

–Si tuviera que decir algo que se repite o define su obra, ¿qué diría?

–En mi obra hay diferentes momentos, pero tengo la sensación de que aun en los momentos más oscuros intento que todo se vuelva muy comprensible, tengo una actitud generosa con el espectador, no me gusta hacerme el loco o el raro, intento que cumpla con lo que necesita el arte teatral pero que no entre en una especie de culto hacia sí mismo. Rechazo mucho la autorreferencia. Otra cosa que me importa enormemente y es muy cuidada en todas mis obras es la materia del sonido. 

–¿Fue al teatro desde que reabrieron las salas?

–No, no me invitaron a la vuelta de las funciones en el Teatro San Martín en un gesto totalmente grosero por parte de las autoridades, lo cual es una barbaridad porque una obra mía estaba en cartel antes de que se cerrara el teatro pero bueno, prefirieron invitar a Cristina Pérez. 

PRESENTE Y FUTURO

Recientemente se presentó la traducción al inglés de su ensayo Lo incapturable. Puesta en escena y dirección teatral

En 2021 se estrenarán dos obras originalmente proyectadas para 2020, que se suspendieron por la pandemia: El cónsul, de Gian Carlo Menotti, en el Teatro Colón, con dirección escénica de Szuchmacher; y Cuando nosotros los muertos despertemos, de Henrik Ibsen, en el Teatro Cervantes.

El director teatral también publicará dos libros: “Uno que habla sobre mis obras y otro libro de artículos cortos sobre cómo me volví artista, cómo entré en contacto con el mundo del arte”.

Escrito por
Daniela Lozano
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