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Letras que duelen

Para el movimiento de mujeres es el tema del día, del año, de los últimos años. Pero en la historia existe desde siempre, vedado, ocultado, sufriente, acusando culpa y pecado. La literatura da cuenta de la compleja cuestión del aborto, puesto que todo lo que es humano le concierne.

La escena se repite una y otra vez. El aire se torna oscuro y clandestino. Los ojos se escapan ante cualquier mirada ajena que inquiera, clausure. Los ojos caen dentro se sí y se apagan. El cuerpo se asume desdichado y ajeno. No hay modo de huir de la zozobra. Ni de comprender la disonancia con el mundo. El silencio es la voz del ocultamiento y del delito. En ese estado de impaciencia y de soledad se mueve Nefer, la protagonista de Enero, potente nouvelle de Sara Gallardo publicada en 1958. El ámbito es rural. Los personajes, patrones y peonada. Nefer discurre en esta segunda línea. Ha sido violada. Ha quedado encinta. Tendrá que encontrar el modo, a sus 16 años, de afrontar y resolver. “Nefer piensa que hay bastante distancia entre la mesa y su cuerpo, pero que ha de llegar el momento en que le sea difícil pasar costeando el banco hasta su sitio. ‘Pero entonces no vendré a comer… Quién sabe si para entonces no estaré muerta…’ y se imagina rodeada de flores y gente triste.”

La escena se repite. Y así, la vida de la protagonista de El acontecimiento, de la escritora francesa Annie Ernaux (Lillebonne, 1940), ha dado un vuelco repentino hacia la alienación y el desconcierto. “Asistía a las clases de literatura y de sociología, iba al comedor universitario y tomaba cafés al mediodía y por la noche en la Faluche, el bar reservado para los estudiantes, pero ya no vivía en el mismo mundo. A un lado estaban las otras chicas, con sus vientres vacíos, y al otro me encontraba yo.”

Ernaux desnuda su propia historia de juventud: universidad en la ciudad de Ruan, año 1963. La ley del aborto en Francia verá la luz recién una década más tarde. Mientras tanto, la escena se repite. “No me producía ninguna aprensión la idea de abortar. Me parecía, si no fácil, al menos factible; que no era necesario tener ningún valor especial para hacerlo. Era una desgracia muy común. Bastaba con seguir la senda por la que una larga cohorte de mujeres me había precedido. Desde la adolescencia había ido acumulando relatos relacionados con el aborto. Los había leído en las novelas o se los había oído contar en voz baja a las vecinas del barrio. Había ido adquiriendo un vago conocimiento sobre los métodos que podían utilizarse; la aguja de hacer punto, el pecíolo del perejil, las inyecciones de agua jabonosa, la equitación. Pero la mejor solución era encontrar un médico ‘clandestino’ o una de esas mujeres a las que se conocía por el nombre de ‘aborteras’.”

UN VIAJE AL INFIERNO

La novela-crónica de Ernaux, recientemente publicada en español, recorre con espeso detalle y una prosa punzante cada situación vivida hasta llegar a la liberación de ese embarazo no deseado. Un viaje iniciático al infierno, plagado de un sinnúmero de sensaciones adversas: culpa, remordimiento, pánico, vértigo, soledad. ¿El precio de ser mujer? La escena se repite. “Millares de chicas han subido alguna vez una escalera parecida a aquella y han llamado a una puerta detrás de la cual había una mujer de la que no sabían nada y a quien iban a confiar su sexo y su vientre. Y la mujer, la única persona capaz de ayudarles en su desgracia, ha abierto la puerta y ha aparecido ante ellas con un delantal, unas zapatillas de lunares y un trapo de cocina en la mano, y les ha preguntado: ¿Quería algo, señorita?”.

Si bien en la novela Hospital de ranas de Lorrie Moore (New York, 1957) el tema del aborto no determina su cauce, se incluye en la trama de un modo sereno y compasivo y resulta un momento crucial en el vínculo de las dos amigas que protagonizan gran parte de esta historia de iniciación. Sils se realiza un aborto con ayuda de su amiga Berie, la protagonista narradora, quien además roba dinero en su trabajo –es cajera en un parque de diversiones– para ayudarla. Aunque no sea clandestino, porque en un estado cercano a donde viven las dos adolescentes el aborto se practica de forma legal, la experiencia se tiñe de cierta oscuridad. “En todo el viaje de vuelta, traté de echarle miradas a Sils para ver si parecía diferente. Ahora había pasado por tantas cosas que yo no conocía que me pregunté más que nunca si todavía podía interesarse en mí, ser la misma que había sido, o incluso acordarse de cosas que hubiéramos hecho juntas. ¿Había un fantasma, un fantasma bebé, anfibio, que volaba detrás de nosotras, sobre nosotras, en todo el camino a casa, como un barrilete?”

Acaso no haya libro que lleve el tema hasta el fondo de sí –hasta su precipicio– como Maternidad imposible de Irene Vilar. Decididamente autobiográfico, el relato se inscribe en el cuerpo –se escribe con el cuerpo de su autora– y se lee corporalmente hasta el agobio. La palabra está en el cuerpo y el estado del cuerpo nunca será alcanzado por la palabra porque la supera. Pocas veces la literatura y la vida se amarran una a la otra como en un proceso de gestación, extremando la dependencia. La protagonista de la historia, la propia Irene Vilar, en poco más de quince años se practica 16 abortos consecutivos. “Cada vez que menstruaba sentía tristeza. Cada vez que descubría que estaba embarazada, sentía excitación y temor. Cada embarazo era una casa de espejos en donde entraba y me perdía, insensible a las realidades de un feto, a los deseos de mi pareja y a la imposible maternidad que me estaba creando.”

Sin embargo, reducir el libro al tema del aborto denota una lectura pobre. La complejidad de esta novela parte del título: la maternidad imposible reverbera como una maldición en cada tramo de la vida de la protagonista. Una abuela exótica, una madre suicida y desgraciada, una personalidad adicta, la suya, como ella misma revela hacia el final: “Solía creer que era una niña feliz que había tenido la desgracia de ver morir a su madre. Los reiterados abortos eran síntomas de temeridad y de baja autoestima, a veces relacionados con estados depresivos. Mi reacción ante los abortos como ante el suicidio de mi madre era nula. Sólo cuando me escuché decir, espantada, ‘soy una adicta al aborto’, caí en la cuenta de que era víctima de un trauma.”

PREGUNTAS POLÍTICAS

Esta trama de maternidades difíciles y sufrientes se cocinan entre las brasas del patriarcado. Son mujeres atrapadas, víctimas y también valientes puesto que sus decisiones más radicales arrastran sus propias vidas.

¿Cómo han dado a luz las mujeres?, se pregunta la autora feminista Adrienne Rich. ¿Quién las ayudó? ¿Cómo? ¿Por qué? Son preguntas políticas, asevera Rich. “La mujer que aguarda su período o en el comienzo del parto, o la que yace en la mesa soportando un aborto o empujando un hijo que nace; la mujer que se inserta el diafragma o traga la píldora diaria, hace todas estas cosas bajo la influencia de siglos de letra impresa. Sus elecciones –cuando tiene alguna– se hacen o se proscriben en el contexto de las leyes y los códigos profesionales, de las sanciones religiosas y de las tradiciones étnicas, de cuya elaboración las mujeres, históricamente, han sido excluidas.”

En 1927, sorprendió el cuento “Colinas como elefantes blancos”. Una pieza magistral desde el punto de vista narrativo –es el exponente más preciso de la teoría del iceberg de la que se jactaba su autor, Ernest Hemingway– y una de las piezas que con mayor sobriedad ha abordado el tema. Una pareja espera en una estación de tren, bebe y dialoga sobre aquello que nunca se nombra. Entre la espera y lo que no se dice se entraman la angustia y la incertidumbre.

Un aborto nunca es inocuo. “Alguien que podría haber nacido/ desapareció”, se lamenta a modo de estribillo un verso de la extraordinaria y descarnada poeta Anne Sexton. Y es que la literatura no juzga. Más bien desacomoda y advierte nuevas posibilidades. Una de las funciones de la literatura, detona Susan Sontag, es la de formular preguntas y cuestionar las ideas ortodoxas reinantes. “Y aun cuando el arte no es de oposición, el mundo de las letras tiende a ser contestatario.”

“El mundo ya no será nuestro”, se aflige la muchacha del cuento de Hemingway. Y el joven le insiste que sí, que el mundo es de ellos. “Una vez que te lo quitan, ya no se recobra”, descarga ella. El trasfondo de todas estas historias, “lo que te quitan”, según la voz de la muchacha, es la libertad de decidir con plenitud y entereza. “Lo que te quitan” –vayamos más allá, por favor– es la alternativa de no ser condenada ni moral y, mucho menos, legalmente. La posibilidad de que la mujer disponga del propio cuerpo sin un aparato represor (patriarcal) de siglos aplastándole el aliento, lacerando su dignidad, probablemente aún esté lejos. Sin embargo, ruge la necesidad. Y con la perspectiva de una ley, la urgencia se desata. Luego, continuaremos la pulseada. Iremos por más. Y no hay duda de que la literatura seguirá abogando para eso.

Escrito por
María Malusardi
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