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Clara Lemlich Shavelzon y las mujeres trabajadoras

Pioneras en las luchas por los derechos laborales, las obreras textiles estadounidenses fueron protagonistas de una de las más grandes huelgas. Durante once semanas, entre finales de 1909 y febrero de 1910, las camiseras de Nueva York pararon en contra de unas condiciones de trabajo infrahumanas. Y escribieron una nueva página en la historia.

En la primera década del siglo XX, las mujeres se afianzaron en el mundo del trabajo y muchas huelgas mostraron, en primera línea, las facciones orgullosas y sufridas de las obreras. Las reivindicaciones se repetían urbe et orbi: trabajar menos horas, cobrar mejores salarios, frenar los malos tratos, el derecho a agremiarse. Muchas denunciaban el acoso de capataces y patrones, que se servían del prejuicio de que una joven que salía de su casa –“una fabriquera”– no era del todo decente.

Las obreras estadounidenses fueron pioneras en el proceso de inmersión de las mujeres en las luchas colectivas, en salir de la esfera doméstica para reconocerse como un sujeto social y político.

Las huelgas de mujeres, sobre todo de las obreras de la industria textil, impulsaron a los socialistas estadounidenses a homenajearlas, el 3 de mayo de 1908, en el teatro Garrick de Chicago, en un primer acto por el Día de la Mujer. Un año después, el 28 de febrero, unas 15.000 trabajadoras marcharon por las calles de Chicago y de Nueva York, celebrando el Día Nacional de la Mujer. Lo más fuerte aún estaba por venir.

La insurrección de las 20.000

La historia de las textiles se mezcla con la historia de la indumentaria. Hacia fines del siglo XIX, la camisa, una prenda considerada hasta entonces aristocrática, se popularizó en los dos sexos. Las trabajadoras –en la fábrica pero también en la oficina– necesitaban una vestimenta más cómoda y sencilla.

Es una de las razones del auge de la fabricación de camisas a ambos lados del Atlántico. Hacia 1909, sólo en la ciudad de Nueva York existían más de seiscientos talleres y fábricas que producían por valor de cincuenta millones de dólares anuales. Empleaban a unos 30.000 obreros, la mayoría mujeres, la mayoría llegadas de Italia y de Europa del Este.

Los talleres neoyorquinos eran un infierno: las obreras cobraban salarios de entre 3 y 4 dólares semanales, la mitad o menos que sus compañeros. Trabajaban 65 horas semanales, que podían estirarse a 75 si crecía la demanda, sin que cambiara el sueldo. Si llegaban tarde o se demoraban en el baño eran castigadas, faltar un domingo equivalía al despido. Era común que se contratara a niñas desde los 6 años.

En muchas fábricas, las trabajadoras debían pagar por las agujas y otras herramientas, por el alquiler de la silla y por la electricidad que consumían las máquinas. Si el capataz juzgaba imperfecto el trabajo, las multaba. El acoso sexual y los maltratos eran pan de cada día. Abundaban los incendios: en no pocos talleres el patrón cerraba con llave la puerta a la hora de entrada y regresaba a abrirla al final de la jornada. Las camiseras quedaban atrapadas.

En Nueva York, la mayoría de las trabajadoras textiles eran jóvenes migrantes, con frecuencia judías. Eso convertía a los talleres en una babel de lenguas donde predominaba el ídish: habían huido de los pogromos antisemitas y de otro tan mortífero como ellos, el hambre.

Por eso nadie se asombró cuando, en un ídish musical pero enérgico, Clara Lemlich Shavelzon, sin pedir la palabra, avanzó hacia el estrado e interrumpió los moderados discursos de los dirigentes del sindicato del vestido. La muchacha de carita redonda y rulos negros tenía moretones en los brazos, saldo de la represión policial a una marcha.

“He escuchado a todos los oradores y no me queda más paciencia. Soy una mujer trabajadora golpeada por condiciones intolerables. Estoy cansada de escucharlos hablar en términos generales. Las que estamos aquí queremos decidir si habrá huelga o no. Hago una moción para llevar a cabo una huelga general.” Su voz, entre nerviosa y airada, sacudió a los más de 3.000 trabajadores, mayoría de mujeres, que esa tarde fría del 22 de noviembre de 1909 llenaban el aula magna de la universidad Cooper Union de Nueva York, huésped habitual de asambleas sindicales. Se votó el paro.

Las fábricas más grandes –Rosen Brothers, Leiserson y Triangle– ya estaban en conflicto pero habían respondido con represión y despidos. Lemlich, judía y ucraniana, tenía 23 años, era obrera de Leiserson y militante del Partido Socialista. La joven activista había sido detenida más de quince veces y sus costillas conocían la violencia de las patotas antisindicales.

La huelga de las camiseras

El 24 de noviembre comenzó la mayor huelga de mujeres de Estados Unidos a la fecha. En una semana, cambió no sólo el paisaje de los barrios de inmigrantes sino de toda la ciudad: 20.000 obreras pululaban por asambleas y locales sindicales, organizaban piquetes en las avenidas principales para difundir el conflicto, se paseaban con sus alcancías pidiendo aportes al fondo de huelga. Cada día, unas mil se afiliaban a la Unión Internacional de las Mujeres Trabajadoras de la Ropa (International Ladies’ Garment Workers’ Union-ILGWU), algo insólito en un país donde sólo era el 1 por ciento de los afiliados. Los dirigentes, que no estaban cómodos compartiendo con las chicas, entendieron que las trabajadoras habían llegado a los sindicatos para quedarse.

En una entrevista al New York Evening Journal, Lemlich defendió las razones de la huelga: “Las chicas tienen que estar con sus máquinas a las 7 en punto de la mañana, y permanecer allí hasta las 8, con sólo media hora para almorzar. En los talleres sólo hay una fila de máquinas a la que le da la luz del sol: la primera, junto a la ventana. Todas las demás tienen que trabajar con luz de gas, de día y de noche. Porque también se trabaja toda la noche”.

Con fina ironía, Lemlich opinaba que “nadie podría llamar a los jefes hombres educados, y para ellos las chicas son sólo una parte más de las máquinas que supervisan. Gritan a las chicas, y las tratan incluso peor de como me imagino a los negros esclavos del Sur”.

Tal vez por eso la huelga logró vencer el abismo racial que dividía –¿divide aún?– a los trabajadores norteamericanos. Las obreras negras, que por entonces tenían vedado afiliarse a la Federación Estadounidense del Trabajo (AFL), se mantuvieron codo a codo con sus compañeras blancas.

La respuesta patronal no se hizo esperar. Los dueños de los talleres más grandes contrataron policías, matones y carneros que atacaban piquetes y asambleas. “En el primer mes de huelga, 723 niñas y jovencitas fueron arrestadas, 19 niñas fueron enviadas a reformatorios”. Los jueces acusaban a las huelguistas: “Estás en huelga contra Dios y la Naturaleza, cuya ley es que el hombre ganará su pan con el sudor de su frente. ¡Estás en huelga contra Dios!”.

Escandalizada con las imágenes de niñas y adolescentes apaleadas por los esquiroles y engrilladas por la policía, gran parte de la sociedad neoyorquina se solidarizó con ellas. Las mujeres del movimiento sufragista acompañaron los piquetes, denunciaron enérgicamente la represión y apelaron a los poderes públicos en defensa de las obreras. Las carneras contratadas por la fábrica Triangle Shirtwaist se retiraron de la planta.

También mujeres de las clases más acaudaladas, como Frances Perkins –que después fue secretaria de Trabajo de Roosevelt– y las millonarias Ann Morgan y Alva Vanderbilt Belmont, ayudaron a pagar las fianzas, aportaron al fondo de huelga y pusieron poder y prestigio en favor de las trabajadoras.

Las camiseras de Nueva York ganaron las tapas de los diarios y eran el tema obligado en las mesas más pobres y en las mesas más ricas. La huelga se prolongó por once semanas, durante todo el invierno, y se extendió a Filadelfia y otras ciudades. A medida que se acercaba la Semana de la Moda, las empresas comprendieron que ya no había lugar para la intransigencia. El 15 de febrero de 1910, más de trescientas fábricas acordaron con el sindicato un “Protocolo de Paz” que fijó aumento de salarios, redujo la jornada a 52 horas y reconoció cuatro feriados mensuales pagos, entre otras concesiones. La victoria se celebró con abrazos y lágrimas en cada piquete. Ya nada sería igual.

Toda moneda tiene cara y seca. Clara Lemlich y las otras dirigentes fueron excluidas para siempre de trabajar en la industria textil. Clara, sin embargo, se convirtió en un personaje de los medios y varias novelas la tuvieron como protagonista.

Un balance común a las dirigentes fue la relación entre los derechos políticos y los derechos laborales: “El fabricante tiene voto, los jefes tienen voto, los capataces tienen voto, los inspectores tienen voto. La mujer trabajadora no tiene voto. Cuando la mujer pide un lugar de trabajo limpio y seguro, ni escuchan. Cuando pide no trabajar tantas horas, no escuchan. Por eso la mujer trabajadora debe poder votar”, argumentó Lemlich poco después, ya en campaña por el voto femenino.

Un año después de la huelga, las estadounidenses presentes en la Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas en Copenhague mocionaron que el Día de la Mujer Trabajadora tuviera carácter internacional. 

Con la socialista alemana Clara Zetkin a la cabeza, las delegadas hicieron suyo el compromiso de celebrar un día de lucha específico, por las reivindicaciones de las mujeres. Y todavía en eso estamos.

Escrito por
Olga Viglieca
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