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LA ESENCIA TROLL

Resulta difícil comprobar que existe una correspondencia real entre el odio que profesan los haters en las redes sociales y aquellas personas, organizaciones, movimientos que son objeto de esos sentimientos. Podría pensarse que se trata más bien de instrumentos de estigmatización y control social.

En un artículo reciente, tres psiquiatras ilustraban el concepto de odio instrumental con el siguiente caso clínico: un empresario de mediana edad, quien fácilmente se frustraba en las reuniones de equipo, les gritaba a sus subalternos, gesticulaba violentamente con aparente enojo y golpeaba la mesa. Si bien el empresario describía la frustración que precedía a estos actos de violencia, el “odio” era una estrategia para controlar las reuniones, un acto condicionado, un comportamiento aprendido y reforzado a través de repetidos actos apaciguadores de quienes lo rodeaban.

El “odio” estaba al servicio de controlar el ritmo de la oficina, incentivando a que le cedieran decisiones claves y a incrementar la intensidad del trabajo de sus trabajadores. Visto desde los empleados, el acto de apaciguamiento les devuelve una ilusión de control (“si hago lo correcto, no hay gritos”). Las formas de explotación del trabajo aparecen como menos costosas que los actos de sometimiento a la violencia. El “odio” del empresario era instrumental pero el estrés de los empleados era real.

TAN SÓLO UN INSTRUMENTO

En las redes sociales, la circulación de mensajes de odio es también, en su gran mayoría, instrumental. Como en el anterior ejemplo, las formas de la violencia en red pocas veces expresan odio, aun cuando en las discusiones de café muchos amigos tratan de explicar (o entender) “por qué están tan enojados” quienes circulan mensajes de odio. En Estados Unidos, “white identity” y “white fragility” son a menudo usados para justificar discursos de odio del supremacismo blanco. Como en los intentos de apaciguamiento del jefe que actúa “bajo emoción violenta”, el identificar la causa que incrementa la probabilidad de un acto de violencia devuelve la ilusión de control.

El cambio sociodemográfico, la pérdida de estatus social y económico de los hombres blancos, es utilizado para explicar las formas del odio. En Inglaterra, el cambio social por la inmigración, las narrativas de trabajadores polacos y manteros africanos, son usados como argumentos para explicar el crecimiento de discursos de odio. La frustración por la pérdida de poder simbólico, sin embargo, es un crimen de oportunidad que excusa el uso instrumental de los mensajes de odio. Sin embargo, no se puede apaciguar un odio que no existe.

Entre 1890 y 1930, el Ku Klux Klan dominó la política de odio del sur de Estados Unidos. No existía white fragility y la estrategia deliberada del “Klan” era ejercer la violencia para someter a las minorías afroamericanas al poder de las mayorías blancas. No había grupos neonazis cantando “no vamos a ser remplazados” porque el uso estratégico de la violencia no buscaba “evitar” un remplazo. El discurso de odio cuando los blancos eran una mayoría dominante no era de menor virulencia que ahora que se sienten sustituidos. El contenido del discurso de odio es destituido de todo valor explicativo cuando vemos, a lo largo de décadas, el mismo objetivo instrumental como supuesta reacción a distintos estímulos políticos y económicos.

FORMAS DE CONTROL

En la Argentina, un colega que estaba recibiendo cientos de mensajes de odio, me mandó un mail pidiendo ayuda. A diferencia del jefe violento, los ataques en las redes sociales son a menudo percibidos por la víctima como respuestas colectivas de odio ante fallas propias. Formas anónimas del odio que uno difícilmente puede explicar. Saber “lo que uno hizo mal”, piensan quienes son atacados en las redes, permite ajustar el comportamiento para evitar que pase de nuevo.

Mi respuesta es casi siempre la misma. Cada vez que recibo este pedido, bajo la data, miro la actividad de las redes y copio y pego el mismo mail. En la Argentina, la gran mayoría de los mensajes de odio son respuestas coordinadas de tres distintas comunidades de trolls que operan políticamente. No hay apaciguamiento posible porque no hay enojo. Los actos de violencia no son ni siquiera actos instrumentales como los del jefe que se “frustra” y ha aprendido en forma condicionada a sacar provecho de su aparente enojo. Las comunidades de trolls que operan políticamente en la Argentina no están enojadas, sino que realizan campañas de administración poblacional. Como el Ku Klux Klan, el ejercicio del poder está puesto al servicio del disciplinamiento social.

En Estados Unidos, comprar un medio tradicional como el Washington Post asegura tener influencia política y controlar el mensaje mediático. Comprar señales de radio, instalar señales de cable o comprar un paquete accionario en medios tradicionales es clave para neutralizar ataques enemigos e impulsar una narrativa afín. Pero uno no puede abrir nuevas plataformas fácilmente y reclutar cientos o miles de millones de usuarios. Las narrativas de las redes sociales sólo pueden ser manejadas de dos formas. En primer lugar, influenciando a las plataformas para que modifiquen sus reglas y procesos. Alternativamente, en segundo lugar, modificando las redes de usuarios interconectados a partir de la creación y destrucción de cuentas.

Los mensajes de odio son, en su gran mayoría, formas de control de las poblaciones conectadas a la red. Para los amigos, todo. Para los enemigos, mensajes de odio. El valor instrumental de los mensajes de odio es facilitar la privatización de los mensajes (menor actividad por parte de los usuarios) o el cambio en la estructura de la red (reducción de la cantidad de usuarios en la otra comunidad). Los mensajes de odio, en su gran mayoría, no buscan instaurar odio en los propios sino arrasar la comunidad opuesta. Los actores políticos con mayor organización en la red, por tanto, producen distintas comunidades para operar en la comunidad propia y en la ajena.

DEMONRATS

“¡Si Joe Biden es elegido va a demorar la vacuna, demorar las terapias, prolongar la pandemia, cerrar tus escuelas y cerrar el país!”, retuiteó Trump en su muro una semana antes de la elección presidencial del 3 de noviembre. Una de sus seguidoras acotó entusiasmada: “Realmente me sorprende cómo la gente asocia su nombre con los demonrats”, un juego de palabras en el que los demócratas son descriptos como “ratas endemoniadas”.

En Estados Unidos, los votantes de Trump se dividen entre quienes propagan los discursos de odio y aquellos que simplemente los toleran. La construcción de los demócratas como objeto de odio es instrumental y produce más caras “jaja” que “hate” en Facebook. El acto de odio es una forma de bullying y no una expresión sincera, por lo que la respuesta apropiada es por lo general la burla antes que el enojo. Un colega de la Universidad de Maryland que trabaja sobre afecto y política me preguntaba lo siguiente: “Cuando una usuaria o usuario de las redes sociales dice que los demócratas le dan asco, ¿tiene realmente arcadas y ganas de vomitar?”. Qué significa el odio, el asco, el enojo en las redes sociales, dado que no existe un correlato físico que los acompañe. Al igual que el odio, las redes sociales piden que nosotros transformemos señales de información en respuestas afectivas, esperando que gran parte de esas respuestas estén al servicio de una estrategia de administración de la población en redes.

Los usuarios que no participan de la operación, sin embargo, son como los empleados del jefe sociópata. El estrés es genuino, las señales de violencia son interpretadas como respuestas genuinas y el nivel de sufrimiento que los discursos de odio generan facilita la privatización y el abandono de las redes. Dice el viejo dicho que la política es como los chorizos, aquellos que disfrutan de su consumo no deberían ver cómo se hacen. Es una buena pregunta cuál es la ventaja de mostrar con lujo de detalles cómo se hacen los chorizos, pero sólo para una parte de la población.

Escrito por
Ernesto Calvo
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