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Allende: El hombre que forjó la mansa revolución

Hace cincuenta años, el líder socialista Salvador Allende asumía la presidencia de Chile, que apenas tres años después sufriría un golpe de Estado y una dictadura que perduró durante décadas. El presente chileno es auspicioso: hace apenas un año el país ardía en contra del orden social heredado del pinochetismo. Y hoy, a pesar de que la pandemia aplacó los ánimos a la fuerza, los chilenos eligieron reformar su constitución, de corte neoliberal y de sello autoritario.

Fueron 1.043 días de gobierno reformista y revolucionario, desde aquel 3 de noviembre de 1970 que escribió un nuevo capítulo en la historia de la izquierda latinoamericana, hasta el día del trágico final, tres años después, envuelto en una tormenta de sangre y fuego en La Moneda. Allí, donde reside el corazón de la democracia chilena, Salvador Allende se dio un tiro, de acuerdo con la historia oficial que algunos cuestionan. Y selló para siempre su leyenda.

Allende fue un hombre de su época, cuyas ideas sólo pueden interpretarse a la luz de los acontecimientos que marcaban el pulso vertiginoso de esos tiempos. La invasión de Estados Unidos a Guatemala. El triunfo de la Revolución Cubana. Los fuegos contestatarios y los vientos nacionalistas desplegados a lo largo y ancho del continente americano, desde Tierra del Fuego hasta el Río Grande. El apogeo de la Guerra Fría. Frente a todo ello, enarboló un discurso propio, una suerte de vía chilena al socialismo que se apoyaba en una transición gradual.

“Los hechos son objetivos, Allende como líder y figura política no fue una casualidad ni una improvisación”, lo definió el senador socialista Camilo Escalona, en una columna publicada en El Mostrador. Su militancia por “un país más justo, humanista y solidario” en el socialismo de Valparaíso fue el preludio coherente de una carrera que siempre “abogó por la unidad más amplia de las fuerzas populares”. Fuera en el marco de su participación como ministro, en 1938, del gobierno del Frente Popular que unió a fuerzas de izquierda y centro o en la jefatura de Estado que alcanzaría recién en 1970.

“Allende aportó como pocos a que la izquierda chilena fuera una poderosa fuerza cultural, sin encerrarse en sí misma, sin sectarismo, con nítida perspectiva programática –continuó Escalona–. Hizo del proyecto popular un proyecto nacional.” Su consagración como presidente, en la cuarta elección de la que participaba, se construyó sobre la base de la comunión del Partido Socialista y el Comunista en Unidad Popular, junto con otras fuerzas menores. Se impuso en una victoria cerrada con el 36,6 por ciento de los votos contra Jorge Alessandri y Radomiro Tomic, con el 35,2 y 28 por ciento, respectivamente. El Congreso lo proclamó presidente al mes siguiente con el apoyo de la Democracia Cristiana.

ORÍGENES 

Su bautismo de fuego en las calles tuvo lugar en sus años universitarios aunque mucho antes que eso ya se había criado escuchando las historias de los anarcosindicalistas en las calles de su Valparaíso natal. Se graduó como médico, fue diputado a los 28 años, luego senador y ministro de Salud. Se postuló a la presidencia en 1958, con el Frente de Acción Popular, que unía a comunistas y socialistas, y consiguió el 28,9 por ciento de los votos. La tercera vez fue en 1964, en un seudoballotage con Eduardo Frei Montalva, donde alcanzó el techo del 38 por ciento, aunque también perdió.

En enero de 1970, fue ungido una vez más como candidato, sólo que en esta ocasión la campaña se planteó bajo un esquema diferente. Para amplificar el trabajo territorial, Unidad Popular creó una amplia red de 15 mil comités repartidos en los rincones más alejados de Chile. Los sindicatos agitaron las fábricas y los campos con paros y marchas y un conjunto de artistas identificados con la izquierda se sumaron a través de los acordes de Víctor Jara, Isabel y Ángel Parra y Quilapayún, parte de la Nueva Canción Chilena. Las escuadras muralistas de las juventudes del Partido Socialista y Comunista cubrieron cada pared con el nombre de Allende en vivos colores. En su cuarto intento, lo consiguió.

“Este triunfo debemos dárselo en homenaje a los que cayeron en las luchas sociales y regaron con su sangre la fértil semilla de la revolución chilena que vamos a realizar”, enfatizaba en su discurso de triunfo aquel 4 de septiembre de 1970. Y remarcaba que el camino por delante era uno duro y, a la vez, de pasión y cariño, para volver cada vez más justa la vida en aquella nación. “Nunca, como ahora, la canción nacional tuvo para ustedes y para mí tanto y profundo significado. Somos los herederos legítimos de los padres de la patria y juntos haremos la segunda independencia. La independencia económica de Chile”, insistió.

Fiel a sus palabras, a lo largo de los siguientes tres años, Allende impulsó un programa que aspiraba a construir un Estado popular con fuerte presencia en la economía, para lo cual requería estatizar aquellos sectores clave en la planificación del desarrollo. El oficialismo no contaba con mayoría legislativa. Salvo la ley de nacionalización del cobre, el resto de las iniciativas terminaban condenadas al fracaso en el Congreso.

Para eludir las trabas de la oposición, desempolvaron un viejo decreto de 1932, de la llamada República Socialista, que los habilitaba a expropiar toda industria estratégica. Cuando no, adquirieron sus acciones. No demoraron en controlar el 80 por ciento del sector manufacturero chileno y parte del financiero. En cuanto al campo, Allende mantuvo el ritmo de la reforma agraria que había iniciado en su momento el presidente Alessandri y que ya había acelerado Frei Montalva. Expropiaron más de 4.400 predios.

Por último, en materia de salud, se diseñó un programa de aprovisionamiento de medio litro de leche por día a cada niño del país. Se dotó de mejor equipamiento al sistema de salud y se amplió el acceso a la universidad a la par que se impulsó la educación en los distintos niveles escolares. Mediante el proyecto de la Escuela Nacional Unificada (ENU) se buscó reformar el sistema, a través de una serie de consultas con docentes, estudiantes, padres y organizaciones sociales, con la meta de establecer una educación permanente, democrática, participativa, pluralista y acorde con las necesidades económicas del país. Desde la oposición, lo acusaron de pretender adoctrinar las mentes de los jóvenes con el socialismo.

SABOTAJES

La inversión social tuvo un costo concreto: un déficit cada vez más elevado. La emisión monetaria para compensarlo desencadenó, al final, un serio proceso inflacionario. A medida que crecían los aires golpistas en cierta dirigencia política, también lo hacía la prepotencia entre los actores patronales: sus lock-out derivaron en situaciones de desabastecimiento. Hasta la Democracia Cristiana, que había respaldado su programa de reformas, se le volvió en contra, aislando al gobierno y privándolo de todo margen de negociación. 

Dentro de la Unidad Popular, una grieta se abrió entre aquellos que apostaban a imprimir mayor velocidad al proceso revolucionario y quienes insistían con la moderación. Allende oficiaba de puente entre ambos, uno cada vez más tensionado. Por un momento, las legislativas de marzo de 1973, con una buena performance de la Unidad Popular, pareció darle nueva esperanza al experimento de socialismo chileno. Fue breve. En junio de ese año, el frustrado tanquetazo ofició de ensayo. Tres meses después, bombardearon La Moneda.   

José Rodríguez Elizondo, colaborador del gobierno de Allende, escribió en septiembre de 2019 una columna en El Mercurio titulada “Cuando la memoria no consigue hacerse historia”. En esa suerte de carta pública, definió aquel 11 de septiembre de 1973 como “la terrible derrota de un país”. Mantuvo que los militares habían esbozado, como argumento para el golpe, un presunto “manejo irresponsable de la economía, que llevaba al país a la ruina” y en aras de “impedir que nos convirtiéramos en una ‘segunda Cuba’”. Nada más distante que las lecturas simples, resaltó. La muerte de Allende no sólo dejó una herida abierta. También secuelas.

Un mes después de aquella columna, la furia estallaba en Chile a partir de un simple aumento de boleto en el subte. Lo que desnudó, por supuesto, eran décadas de resentimiento social con un sistema tan injusto como desigual. Aquellas protestas, sofocadas con muerte y violaciones a los derechos humanos, derivaron en un proceso constituyente que el pasado 25 de octubre se validó con el 78 por ciento de los votos afirmativos. Con ello, la expectativa de cambiar a Chile como Allende no pudo.  

Escrito por
Mariano Beldyk
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