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ENTRE LA CALLE Y EL QUIRÓFANO

El ex presidente transitó su último año con graves problemas de salud, pero nunca renunció al compromiso e intensidad que marcaron su vida. Generó proyectos, construyó a futuro, luchó por la Patria Grande y no se detuvo un segundo en su obsesión por cambiar la historia.

Néstor Kirchner modelo 2010: ex presidente, primer consorte, diputado, líder regional, gestor de la paz, armador político, conductor del movimiento, garante de la unidad, faro de la juventud, enemigo público número uno del establishment. Figura renacentista. Político precipitándose a la historia sin cinturón de seguridad y por la puerta grande. Su ausencia prematura acompaña, en silencio, los grandes procesos que marcaron al país desde entonces. Reconstruyendo sus últimos pasos se puede revisitar la Argentina reciente y atar unos cuantos cabos.

Ese año final, entre el quirófano y la calle, en la oficina y en la frontera, funciona como un mapa de la forma de las cosas por venir: desde el empoderamiento de una generación de dirigentes que se formaron bajo su ala hasta el lento pero irreversible desguace del Frente para la Victoria que terminó en la derrota a manos de Mauricio Macri, pasando por la llamada “batalla cultural” y el protagonismo inédito de la agenda de nuevos derechos civiles. Su muerte marcó el comienzo de una década que algunos (con malicia pero también con algo de razón) llamarán “la segunda década infame”.

Como una estrella que brilla más fuerte justo antes de apagarse, Kirchner, siempre inquieto, se multiplicó ese año más que nunca antes. Es posible que sintiera el tictac latiendo en su carótida y corriera una carrera contra su finitud. Es una especulación recurrente entre quienes lo conocieron mejor, y la propia Cristina Fernández de Kirchner lo transparenta en su libro Sinceramente: “No puedo dejar de pensar en aquel momento en que, de alguna manera, supo que ya no nos iba a poder proteger más (…). No debía sentirse bien y no sólo no lo decía, sino que, además, lo ocultaba”.

El acto en el Luna Park de septiembre de 2010 representa, en un gesto, toda esa urgencia. Fue el debut de la imagen de Kirchner enfundado en el traje del Eternauta, una decisión estética cargada de sentido: el lazo con los setenta a través de la figura de Héctor Oesterheld, la épica de resistencia de quien, aun desde la cima del poder institucional, sabe que enfrenta adversarios más poderosos, la reivindicación del héroe colectivo. Visto desde ahora parece redundante pero en ese entonces era una narrativa audaz y novedosa, que recién estaba asomando a la superficie.

CONTRA EL CONSEJO MÉDICO

Tres días antes había sido sometido por segunda vez en pocos meses a una angioplastia, pero quiso estar ahí, contra el consejo médico. “Casi se escapó del sanatorio para ir al acto de los chicos”, recuerda Oscar Parrilli, hombre de confianza del matrimonio Kirchner. Tuvo que resignar su lugar de orador, pero se sentó a un costado, a la par de una centena de jóvenes militantes. Muchos de ellos crecieron y hoy son dirigentes de primera línea, funcionarios, intendentes y legisladores: las famosas mil flores de la cita de Mao que Kirchner popularizó en sus últimos meses.

“Fue un hombre que hasta último momento tuvo proyectos, tuvo iniciativas”, dice Agustín Rossi, histórico jefe del bloque oficialista en la Cámara de Diputados. En diciembre del año anterior, Kirchner había asumido una banca por la provincia de Buenos Aires. En todo 2010 participó de una sola sesión, cuando la Cámara baja aprobó la Ley de Matrimonio Igualitario. Quería marcar un rumbo: “Si nosotros queremos ser una fuerza progresista tenemos que ser capaces de canalizar estas demandas. Es una ley para las nuevas generaciones”, le dijo esa noche a Rossi.

Pocos recuerdan que el mismo día, unas horas antes de levantar su mano para legalizar el matrimonio entre personas del mismo sexo, Kirchner había asumido como titular de Unasur. Así de intenso fue ese 2010. El organismo que fundó junto a Evo Morales, Lula da Silva, Rafael Correa y Hugo Chávez para ahondar la integración política de la región era una continuación directa de lo que habían comenzado cinco años antes en Mar del Plata al rechazar el ALCA. La diplomacia, un área a la que le prestaba poco interés al comienzo de su gestión, lo obsesionó en sus últimos días.

INTEGRACIÓN REGIONAL

“El ‘No al ALCA’ significó la conformación de una alianza regional entre hermanos. En ese sentido, la consagración de Néstor como secretario general de Unasur fue resultado de la profundización de la integración regional y la coronación de su creciente involucramiento e interés en la política exterior”, rememora Jorge Taiana, que fue canciller durante esa etapa virtuosa de fortalecimiento de lazos en Sudamérica. La muerte truncó su gestión, pero en esos pocos meses tuvo una participación crucial: sus gestiones in situ fueron clave para evitar la guerra entre Venezuela y Colombia.

Quienes estuvieron cerca de él recuerdan que uno de sus momentos más felices de ese año fue cuando caminó codo a codo con esos presidentes/hermanos en las celebraciones por el Bicentenario. Nueve mandatarios y ex mandatarios de toda la región, desfilando por el centro porteño, rodeados de millones de personas y sin un dispositivo de seguridad: Kirchner puro. Esos festejos fueron para él una reivindicación después de dos años que, entre el conflicto con el campo, la derrota electoral de 2009 y la crisis financiera mundial, habían mellado su ánimo.

“Nunca creyó en el Bicentenario. Cuando nos reuníamos los fines de semana por la tarde en Olivos con Cristina y los equipos que estaban planificando los festejos nos decía que estábamos boludeando y le hacíamos perder tiempo a la Presidenta”, cuenta Parrilli, uno de los encargados de organizar el evento. “Decía que iba a ir poca gente. Al final lo gastábamos por sus pronósticos y él disfrutó mucho”. Rossi, por su parte, recuerda que “se lo veía feliz porque notaba claramente que había habido una recuperación del espacio político después de una etapa muy difícil”.

“Trabajaba para cambiar la historia”, dice CFK en su libro. Hasta último momento, Néstor creyó que iba a volver a ser presidente. Lo comentaba en confianza durante uno de sus últimos viajes, a España, cuando les prometió a algunos diputados que lo acompañaban que una de sus primeras iniciativas sería la legalización del aborto. Allí, también, desafió a un dirigente de La Cámpora: “A ustedes lo que les falta es llenar un Luna Park”. Al regresar, lo primero que hizo el joven, hoy ministro del gabinete nacional, fue reservar el estadio. Lo que sucedió después, ahora lo sabemos, es historia.

Escrito por
Nicolás Lantos
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