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EL CIENTÍFICO POLÍTICO

Referente de la ciencia en la Argentina, el médico especializado en bacteriología fue un ejemplo de compromiso con la salud pública. A 80 años de su muerte, sus principales obsesiones, la lucha contra las epidemias y la vacunación como prevención de enfermedades cobran un renovado vigor en el presente contexto de pandemia.

Una caricatura de Carlos Malbrán, publicada por Caras y Caretas en septiembre de 1900, ilustra de manera sintética gran parte del ideal higienista de la época. Para esta corriente de médicos reformistas, de la cual Malbrán formó parte, las principales acciones para combatir las enfermedades infecto contagiosas que azotaban en la época se basaban en el uso de la tecnología compuesta, entre otros artefactos, por fumigadoras para intentar eliminar los insectos considerados causales de muchos de los contagios y la instalación de cordones sanitarios, que eran las medidas de aislamiento de las poblaciones para evitar la propagación de los virus y bacterias. En esta gesta, la investigación científica, en manos de las instituciones sanitarias, fue marcando la línea a seguir en materia de políticas públicas de salud que, con sus altibajos, se constituyó en una tradición para la historia de la ciencia en la Argentina.

LOS CAMINOS RECORRIDOS

Vale preguntarse cuál fue la trayectoria de este médico nacido en Catamarca que culminó su carrera en un sitial de privilegio y reconocimiento y de quien, a pesar del paso del tiempo, el instituto bacteriológico de mayor prestigio en la Argentina porta su nombre como homenaje. Carlos Gregorio del Carmen Malbrán nació en 1862 y fue el segundo hijo del matrimonio formado por Manuel Francisco Malbrán Recalde y su segunda esposa, Carlota Figueroa, de cuya unión también nacieron Elmira (1860), Adela (1865) y Manuel (1868). El apellido Malbrán es originario de Flandes (Bélgica), castellanizado de Mallebranne, y hacia el siglo XIX se encontraba extendido en algunas provincias como Córdoba y Catamarca. Nacido en Andalgalá, en el oeste de esta última provincia, y a tono con el recorrido de los jóvenes de las familias encumbradas de muchas provincias argentinas, Carlos Malbrán se estableció en Buenos Aires hacia la década de 1880 como estudiante en la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Buenos Aires. Sin graduarse, comenzó como practicante en el hospital San Roque (hoy Ramos Mejía) en 1883, en el que permaneció dos años hasta alcanzar el cargo de “practicante mayor”.

Mientras el joven Malbrán completaba sus estudios de grado, la Argentina atravesaba un período de transformaciones sociales, económicas y políticas de gran escala en el que se combinaba un extraordinario crecimiento económico y poblacional, la llegada masiva de inmigrantes europeos, un desordenado proceso de urbanización y alarmantes brotes de enfermedades infectocontagiosas, entre las que se destacaban como las más dramáticas el cólera y la fiebre amarilla. Esta situación estuvo motivada por la alta concentración de la población en las principales ciudades, las malas condiciones de vivienda, de trabajo y de salubridad, salarios bajos y frecuentes crisis especulativas (lo que ocasionaba rachas de desempleo), marcadas desigualdades sociales y un temible aumento de la conflictividad social y política. En pocas décadas, desde la caída de Rosas en 1852, se había configurado en ciudades como Buenos Aires y Rosario el cuadro frecuente de las novelas naturalistas: mayor urbanización, lujosas arquitecturas, modernos sistemas de transporte y comunicaciones, grandes tiendas, nuevos periódicos, pero también mayor contaminación, hacinamiento, elevada mortalidad infantil y adulta y epidemias de enfermedades infectocontagiosas, como el cólera, la fiebre amarilla, el tifus, males que aparecían y reaparecían periódicamente.

Este era grosso modo el escenario cuando el joven Carlos Malbrán, a punto de alcanzar su título, se enroló en 1886 como asistente y aprendiz en el laboratorio de la Asistencia Pública de la Capital Federal, bajo la dirección de los médicos Telémaco Susini (1856-1936) y Silverio Domínguez (1852-1922). Este laboratorio se había creado ese mismo año y formaba parte de los primeros e incipientes esfuerzos de las autoridades públicas para afrontar, estudiar y controlar los brotes epidémicos de cólera, fiebre amarilla y otras enfermedades, como la tuberculosis y la sífilis. Seis años antes, en 1880, se crearía el Departamento Nacional de Higiene (DNH) con la finalidad, al menos declarada, de intervenir en las condiciones sanitarias de la población de Buenos Aires y los territorios nacionales. También tendría, desde 1892, una sección bacteriológica. El nuevo paradigma, importado de Europa, alimentado por las investigaciones de Louis Pasteur y Robert Koch, entre otros, postulaba una manera de explicar las enfermedades a partir de la acción de microscópicas bacterias, que serían las causantes de las infecciones. Esta idea era sostenida por muchos médicos partidarios de esa novedosa teoría y estaba acompañada con una alta cuota de optimismo y confianza en el poder de la investigación científica. En este sentido, la observación por medio de microscopios, las estufas y fumigadoras se convirtieron en el arsenal técnico de vanguardia de muchos de estos jóvenes que intentaron luchar contra las bacterias y limitar el impacto de la propagación de las enfermedades infectocontagiosas.

LOS TIEMPOS DEL CÓLERA

En este contexto, Carlos Malbrán, el aprendiz de bacteriología, fue enviado a San Rafael, Mendoza, para combatir el brote de cólera desatado en esa provincia, lo que le permitió un primer acercamiento a la gestión pública y también completar su tesis, titulada “La patogenia del cólera”, presentada en 1887 en la Universidad de Buenos Aires. Era un tema de amplia repercusión y concitaba la preocupación general de la comunidad médica y del núcleo de bacteriólogos del que Malbrán formaba parte, ahora como doctor. Ese mismo año se presentaron varios estudios sobre el cólera: por un lado, las tesis “Estudio sobre el cólera”, de Patricio Fleming; “Profilaxis y tratamiento del cólera”, de Raúl Rojo, y “Consideraciones prácticas sobre el tratamiento del cólera”, de Patricio Brenan; por otro, los estudios “El cólera y su tratamiento”, de José Penna; “Misión sanitaria a Río Cuarto. Consideraciones sobre el cólera y la higiene”, de Pedro Mallo, y “Después del cólera”, de Samuel Gache.

En la carrera profesional de Malbrán, la curva ascendente de la bacteriología como disciplina y la preocupación de las elites políticas y culturales del país ante la recurrencia de enfermedades contagiosas se anudarían cada vez más en los años posteriores. Hacia 1892, con apoyo del Ministerio del Interior, Malbrán viajó a Europa para continuar su especialización en la producción de sueros antituberculosos y diftéricos, en los centros de investigación que estaban en la vanguardia de la bacteriología en aquellos años. En Alemania visitó Múnich, donde pudo estudiar con Max von Pettenkofer, médico de gran renombre e interés por una medicina social y preventiva; en Berlín conoció a Robert Koch, y en París, a Émile Roux. Estos viajes eran la manera más frecuente de alcanzar una especialización, no sólo para los médicos locales sino para muchos de sus colegas iberoamericanos. El brasileño Oswaldo Cruz, primer impulsor de la bacteriología en su país, viajó entre 1896 y 1899 a París para estudiar con Louis Pasteur, y a su regreso fundó un laboratorio de producción de sueros antimaláricos que se convirtió en una referencia para la región. Estos médicos traían de Europa los nuevos conocimientos, teorías y técnicas, así como materiales biológicos, equipos y un modelo de organización del laboratorio “moderno”. El mismo año de su viaje, Malbrán se hizo cargo de la Sección Bacteriología del DNH. Desde este modesto laboratorio, el equipo dirigido por el joven bacteriólogo se encargaría del análisis de aguas de la Capital y de algunas provincias, diseñaría aparatos de desinfección y realizaría diagnósticos de difteria y tifus. Con el tiempo, Malbrán y algunos de sus colaboradores, como Joaquín Zabala, orientarían una parte de sus esfuerzos también hacia enfermedades del ámbito rural, especialmente aquellas que afectaban al ganado vacuno y porcino, fuente de la “riqueza ganadera del país”. Junto a Zabala desarrolló algunas investigaciones sobre tuberculosis porcina, cólera de las gallinas, carbunclo, etcétera.

EL COMPROMISO CON LA SALUD PÚBLICA

Gradualmente, Malbrán fue incorporándose a la gestión pública, a comisiones de higiene y ocupando cargos en los que aspiraba a convertirse en un referente de la higiene pública local. En 1889 ya había sido nombrado miembro de la Comisión para la Gestión de Residuos, de la Capital; en 1892 ostenta el cargo de inspector técnico de Higiene de la Municipalidad de Buenos Aires. La Inspección Técnica de Higiene recibía las declaraciones de enfermedades contagiosas, realizaba desinfecciones e inspeccionaba los establecimientos de producción y comercialización de alimentos.

El despliegue de Malbrán también incluyó una acumulación de mayor poder académico: en 1890 asumió como titular del Instituto de Anatomía Patológica de la Universidad de Buenos Aires; en 1897 fundaría la primera cátedra de Bacteriología (cuya titularidad mantuvo hasta 1920), siendo luego nombrado consejero de la Facultad y vicedecano en años posteriores. Un momento de consagración académica llegaría en 1909, al ser incorporado como miembro de número de la Academia Nacional de Medicina.

En el cambio de siglo vemos a Malbrán consolidando su perfil como experto, como bacteriólogo y como figura de consulta para los poderes públicos. En 1899 viajó a Paraguay, donde fue consultado por un rebrote de peste bubónica. A esta altura de su carrera, Malbrán acumulaba una serie muy variada de intereses: no sólo la investigación del bacilo que causaba el cólera, sino también sífilis, lepra, paludismo, tuberculosis, higiene alimentaria, difteria, sanidad marítima y portuaria, convenios sanitarios internacionales, legislación sanitaria, ejercicio de la medicina y un tema que sería central en su carrera en los próximos años: las vacunas. En efecto, hacia enero de 1900 fue designado director del Departamento Nacional de Higiene (DNH) por el presidente Julio A. Roca. Este sería uno de los cargos más importantes de su trayectoria como médico. El DNH era un núcleo importante del poder médico, un antecedente de lo que luego sería la Secretaría de Salud Pública desde 1946, aunque con menor presupuesto, atribuciones y personal. Tenía como meta intervenir en situaciones sanitarias en todo el territorio nacional, aunque nunca logró superar la barrera de las autonomías provinciales, siendo su ámbito de competencia la Capital Federal y los territorios nacionales. Cada provincia y también algunos municipios organizaron sus propios departamentos sanitarios e instituciones de control. Aunque sus directores y asesores (Eduardo Wilde, Emilio Coni, José Penna y muchos otros) pretendieron que el DNH pudiera regular la práctica médica y centralizar la administración de la atención médica, el Departamento fue incapaz de doblegar el poder de la corporación médica, defensora de una práctica liberal de la medicina, y se mostró ineficaz para controlar bajo “unidad de comando” el mosaico de servicios médicos, públicos, privados y mixtos que proliferaban en la Argentina desde fines del siglo XIX. Así y todo no se trataba de un cargo menor, y hacia 1900, cuando Malbrán asumió su dirección, todavía suscitaba esperanzas de convertirse en un lugar desde el cual se podría impulsar reformas, mejorar la salud de la población, controlar epidemias, etcétera.

LAS VACUNAS COMO ESPERANZA

En 1901, Malbrán, como presidente del organismo, propone ampliar el Conservatorio Nacional de Vacunas con el objeto de incrementar la fabricación de sueros y afrontar la epidemia de viruela que afectaba al país. En esa oportunidad, el médico declaraba: “La epidemia de viruela que actualmente en esta Capital, está alarmando justamente á la población y á las autoridades sanitarias, ha sido causa de que las solicitudes de vacuna recibidas por este Departamento se hayan centuplicado haciendo insuficiente el número de placas de cow-pox producido para atender esa extraordinaria demanda”. Y agregaba también: “La actual epidemia es debida á la falta de vacunación y como la medida que se impone y ha empezado ya á ponerse en vigencia es la vacunación oficialmente controlada, resulta evidente que la exigencia de una gran producción, lejos de ser transitoria, ha de mantenerse durante largo tiempo”. Como conclusión, Malbrán pedía que se incrementara la producción de vacunas hasta alcanzar a cubrir la necesidad de 700 mil al año.

Era necesario, según Malbrán, incrementar la cantidad de vacunas, pero también extender su obligatoriedad. Con esta idea en mente, en 1903 el bacteriólogo impulsó la Ley 4.202 de “Vacunación y revacunación antivariólica obligatoria”. Esta normativa sólo tuvo aplicación en la Capital Federal y los territorios nacionales, donde la autoridad del DNH estaba garantizada por ley. Las autonomías provinciales y la pretensión del DNH de intervenir en todo el territorio argentino chocaron frecuentemente a lo largo de diferentes presidencias del organismo. En 1901, Malbrán propuso y logró la sanción de una Ley de Defensa Sanitaria para ampliar las atribuciones del Poder Ejecutivo Nacional (Ley 4.309) en caso de epidemias. Esta ley suponía también la formación de un fondo para financiar la lucha contra enfermedades infectocontagiosas, pero recién fue reglamentada en 1908 y su aplicación fue parcial y limitada.

UNA OBRA QUE TRASCIENDE

Durante los diez años que duró su mandato, Malbrán no desaprovechó la oportunidad de participar en distintos encuentros internacionales, en los cuales el funcionario mantenía y extendía sus redes de influencia trasnacionales. En 1902 intervino en la Conferencia Nacional de Paludismo; en 1904 representó al país en el Congreso Médico Latinoamericano, y en 1910 en el Congreso Internacional de Medicina e Higiene.

Más allá de las trabas que limitaron el accionar de Malbrán y de otros directores del DNH, algunas iniciativas del médico comenzaron a realizarse. En 1904 se colocó la piedra fundamental del edificio del Instituto Bacteriológico Nacional, recién inaugurado en 1916; en 1907, Malbrán preparó un proyecto de ley para establecer la obligatoriedad de la declaración de la lepra y un registro nacional de pacientes y recursos comprometidos en el tratamiento de la enfermedad, pero esta propuesta recién se convirtió en ley veinte años después. El interés de Malbrán por mejorar métodos de diagnósticos, tratamientos, contención de enfermedades, así como la información estadística con que se contaba se volcó en muy variados proyectos mientras ocupó la presidencia del Departamento. El último proyecto en este sentido fue la creación de hospitales antipalúdicos en Rosario, Salta y Jujuy.

La gestión de Malbrán se vio interrumpida cuando fue electo senador por la provincia de Catamarca en 1910. Durante sus mandatos, que se extendieron hasta el final de la década, logró impulsar varios proyectos sobre temas sanitarios y médicos. El logro más recordado de este período fue la inauguración definitiva, en 1916, del Instituto de Bacteriología y Microbiología que hoy lleva su nombre.

Malbrán se retiró de su cátedra de Bacteriología en 1920. En 1931 publicó el folleto Apuntes sobre salud pública, única pieza escrita que se conserva del médico, además de su tesis doctoral. Allí recordaba su incorporación como presidente del DNH, sus preocupaciones por las epidemias que parecían no tener fin en la Argentina y detallaba las acciones llevadas adelante por su gestión. Malbrán falleció en 1940 en Buenos Aires. Una esquela de la Asociación Médica Americana, de los Estados Unidos, lo recordaba ese año por los que consideraba sus mayores logros: discípulo de Pettenkofer, Koch y Roux, fundador de la primera cátedra de Bacteriología del país, presidente del Departamento Nacional de Higiene, protagonista de la lucha contra la peste bubónica en Paraguay en 1899, contra la lepra en su propio país y contra la malaria. Un año después, el Instituto de Bacteriología, por el que trabajó toda su vida, fue rebautizado como Instituto de Microbiología “Dr. Malbrán”, denominación que conserva en su memoria y homenaje hasta la fecha.

Escrito por
Karina Ramacciotti y Federico Rayez
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