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UNA RELACIÓN GLORIOSA

Casi desde el inicio mismo de la radiofonía, primero con el boxeo y muy pronto también con el fútbol, el deporte se metió en el éter para convertirse en uno de los grandes géneros.

“Una noche me tocó involuntariamente dejar estupefacta a una señora que me preguntaba cuáles eran los grandes momentos del siglo XX que me había tocado vivir Sin pensar, como siempre que voy a decir algo que está realmente muy bien, contesté: ‘Señora, a mí me tocó asistir al nacimiento de la radio y a la muerte del box’. La señora, que usaba sombrero, pasó inmediatamente a hablar de Hölderlin”. El cuento de Cortázar le depara una suerte oscura a este artículo cuyo objetivo no es la poesía de Hölderlin sino ese rito donde el buen cronopio vio un alumbramiento y un deceso. Aquello fue el 14 de septiembre de 1923, y todo el tiempo que siguió, siguió para saber hoy que nada cesó esa noche. A las 21.56, Radio Sud América inició la transmisión del combate entre Jack Dempsey y Luis Ángel Firpo, “el Toro Salvaje de las Pampas”, que se convertía en el primer púgil local en disputar un título del mundo. Así también irrumpió el deporte, como inspiración y potencia, en ese medio primitivo que entonces era la radio.

La transmisión de la Pelea del Siglo consistió en la lectura de los telegramas que llegaban desde Nueva York; faltaba aún para una emisión en directo desde el lugar de los hechos, el primero de varios honores que en esta historia serán del fútbol. Fue en 1924, en el viejo estadio de Sportivo Barracas. Horacio Martínez Seeber, radioaficionado con la licencia oficial número 1 del Ministerio de Marina, y Atilio Casime, jefe de Deportes del diario Crítica, transmitieron por LOR Radio el 2-1 entre la Argentina y Uruguay. Con tres micrófonos al borde de la cancha (uno para Seeber, otro para Casime y el tercero para captar el ambiente), sentaron la base de una tradición que daría nombres gigantes. Lalo Pelliciari fue el primero: las alocuciones teatrales, desprejuiciadas y veloces de este porteño formado en Montevideo aparecieron en el aire de Rivadavia en 1935 y dejaron una huella indeleble de la que casi no queda registro material. Tampoco están las primeras emisiones de un fenómeno paralelo fundacional, La oral deportiva de Edmundo Campagnale. Hoy, 88 temporadas después, sigue al aire conducido por Martín Liberman y es el más antiguo de nuestra radiofonía.

Perón o Braden, Braden o Perón, la campaña del 46 marcó una época dorada de la radio que llevó el signo de toda modernidad plasmado en la amenaza de que las transmisiones deportivas alejarían al público de los estadios. Mientras tanto, con Joaquín Carballo Serantes, el gran Fioravanti, nacía uno de esos mitos intangibles que no admiten discusión entre quienes disfrutaron de su arte. “El Maestro” fue un pionero absoluto y dueño de un lenguaje exquisito.

VOZ Y GLORIA

Fangio y los hermanos Gálvez tocaron el cielo del automovilismo al calor de la voz de Luis Elías Sojit, personaje carismático que revolucionó las pistas al grito de “¡Coche a la vista!”. La frase justa en el momento preciso, las mismas palabras para una doble consagración: la de Raúl Riganti en las 500 Millas de Indianápolis y la de Sojit, que le dio ese nombre a su programa de la antigua Radio Belgrano. Amigo de Evita, que en su tiempo hizo el radioteatro Mujeres de la historia en la misma emisora, Sojit expresaría con igual énfasis las hazañas de Fangio y las del General, cosa que pagó con cárcel y exilio durante la Libertadora. Para cuando pudo volver ya casi nada era igual, pero el recuerdo de sus colegas es unánime en afecto y calidez. Ayuda, seguramente, que en los días más felices tuvo a su lado al comentarista don Pedro Fiore, otro ser de humor hilarante, voz inimitable y facilidad para los apodos: es quien bautizó “el Aguilucho” a Oscar Gálvez.

En Roma, el nocaut de Carlos Monzón a Nino Benvenuti estrenó la década del 70. Un derechazo que volteó al campeón italiano y llegó hasta aquí gracias al debutante Hernán Santos Nicolini, quien hipotecó su casa para pagar los derechos de la pelea. La transmisión por Rivadavia se repartió con Osvaldo Caffarelli, ya por entonces un histórico del boxeo que pasó tres décadas junto al ring y dejó una miríada de expresiones inolvidables, como su generosa despedida “Hasta todos los momentos”.

Más o menos al mismo tiempo que apareció la radio portátil, el periodista José María Muñoz reemplazó a Campagnale en la conducción de La oral deportiva. Sus relatos, los comentarios de Enzo Ardigó y la locución de Cacho Fontana fueron un tridente aplastante en una época mucho más competitiva con la popularidad en aumento de la TV. Al frente de un staff de periodistas que llegó a ser multitudinario, la hegemonía de Muñoz estaba hecha de pasión e información, pero es de lamentar su apoyo expreso a la última dictadura militar y la arenga hacia quienes festejaban el título del Seleccionado juvenil en Japón 79 para que fueran a manifestarse contra la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

Ya los tiempos eran nuevos y las pasiones argentinas se encendían con la voz de un uruguayo, que había debutado en 1981, el mismo día que Maradona se puso oficialmente la azul y oro. Víctor Hugo Morales trajo “una combinación de precisión, velocidad, intuición y vuelo poético que nunca nadie alcanzó”, según el periodista Emanuel Respighi. Todo lo cual sería inmortalizado en el hito mayor de esta historia, el relato del segundo gol a los ingleses por Radio Argentina. El mejor jugador de todos los tiempos, un gol extraordinario y una narración que sigue erizando la piel. Al tiempo, el relator que ametralla las definiciones con “ta, ta, ta…” creó Competencia en Continental, ciclo que lo trascendió y por donde pasaron Alejandro Apo, Quique Wolff, Julio Ricardo, el Tano Fazzini, Tití Fernández, el Chavo Fucks, Mariano Closs y una larga lista de referentes donde se destaca un nombre de mujer, Viviana Vila, locutora y periodista platense que se convirtió en la primera comentarista de fútbol y en una de las cuatro pioneras en un Mundial (Rusia 2018). Es de esperar una segunda parte de esta historia donde se sumen otras tantas que ya escriben en el aire sus capítulos heroicos junto con todas las deportistas que quizá hubieran captado mejor la atención de la señora del sombrero que se fue a leer a Hölderlin.

Escrito por
Lucrecia Álvarez
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