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La huelga que inventó el fútbol profesional

El 10 de abril de 1931, en plena dictadura de Uriburu, tuvo lugar el primer conflicto gremial protagonizado por jugadores, que derivó en la profesionalización del deporte en la Argentina.

La experiencia de gobierno elegido por el voto popular había encontrado freno en un golpe cívico-militar encarnado por el general José Félix Uriburu, desde septiembre del año anterior, instalado en la Casa Rosada como mandatario de facto. En ese contexto, poco favorable a las reivindicaciones laborales, un grupo de jugadores enrolados en una incipiente Asociación Mutualista de Footballers mantienen una serie de reuniones en una casona de la avenida Entre Ríos al 300. Su objetivo es obtener la libertad de acción, para poder negociar condiciones dignas de contrato y de trabajo  Caso contrario, irán a la huelga. Aunque todas las manifestaciones públicas están prohibidas, se dirigen en bizarra formación a la Casa de Gobierno, donde un severo Von Pepe (así recuerda la historia a Uriburu por sus simpatías germanófilas) los escucha, sin que se le mueva un pelo del bigote, y le encomienda la solución del problema al intendente José Guerrico.

Es el comienzo del primer conflicto del fútbol argentino, que va a derivar en la conformación de una liga profesional. Una lectura de los diarios de la época revela muchos otros detalles anecdóticos que vale la pena consignar.

EL ESTALLIDO

La declaración de huelga, el 10 de abril de 1931, disparó la inmediata reacción de la Asociación Amateurs Argentina de Football, que expulsó a los jugadores Carricaverry, Zurdo, Marassi, Bartolucci, Giudice, Corvetto y Figueroa. Sumando enseguida al crack de Boca, Mario Evaristo (jugador de selección, citado para una tournée por Paraguay), quien el día anterior no estaba en su casa para anoticiarse de la sanción.

La medida de fuerza coincide con el regreso de sendas y exitosas giras por el exterior de los planteles de Vélez Sarsfield y San Lorenzo de Almagro, que manifiestan su apoyo al movimiento huelguístico.

En rigor, el “amateurismo marrón”, como se lo llamaba, estaba en crisis desde hacía tiempo. Muy atrás había quedado la era de los sportmen hegemonizada por el Alumni de los hermanos Brown, aristócratas de la pelota y de la vida. Las nuevas generaciones de footballers veían en la proyección comercial de la actividad un medio de vida. El paso lógico era la apertura del registro de pases, para dejar de estar atados a la “ley candado” con los clubes que los tenían fichados.

Desde las instituciones, las miradas estaban divididas. Las más poderosas ya vislumbraban una liga más acotada y competitiva que los usuales campeonatos que se prolongaban hasta el año siguiente de iniciado y albergaban más de una treintena de equipos, no todos en condiciones de afrontar el desgaste.

LOS CINCO GRANDES

“Los clubes grandes se quieren devorar a los peces chicos y en eso estamos desde hace más de una semana –enuncia el escriba Dinty Moore en las columnas deportivas de La Nación–. Aunque parezca humorístico, hay una solución: que los grandes constituyan una liga profesional y que los chicos formen la primera división de amateurs; al final de la temporada podría descender a la condición de amateur el equipo con menos puntos y ser reemplazado por el ganador de la otra categoría. Esto estaría de acuerdo con la realidad del amateurismo criollo, que no es otra cosa que una aspiración al salario suculento”, preconiza.

A todo esto, a principios de mayo, la Asociación Amateurs había iniciado su torneo oficial, con ausencia casi total de figuras y equipos conformados de emergencia.

“Fue poco atrayente el match River Plate versus El Porvenir”, refleja un sufrido colega, dando cuenta de que “los dos cuadros actuaron con suplentes que no pudieron armonizar sus acciones”.

Una elite dirigencial liderada por Racing Club e integrada, entre otros, por River, Independiente, Boca, San Lorenzo y Huracán, debatía la creación de una “sección” profesional de fútbol, que se completaría con equipos representantivos de Rosario, La Plata y… ¡Uruguay! Aunque para eso, debían restablecerse las relaciones interrumpidas desde la final de la Copa del Mundo 1930 (Uruguay ganó 4-2, después de irse perdiendo 1-2, tras el primer tiempo), denunciada por las autoridades argentinas por las condiciones de violencia imperantes dentro y fuera de la cancha.

Del lado de los clubes chicos, escuchamos la opinión del representante de Almagro, Julián del Rivero: “Implementar el profesionalismo sobre estas bases es provocar la inmediata división del football argentino; falta en los promotores sinceridad y consideración hacia las demás instituciones. El hecho que se consideren grandes instituciones, con imponentes estadios, no debe llevarlos a cometer un atropello contra las modestas entidades. Al fin y al cabo, todos los clubs en su origen fueron chicos”.

LOS FRUTOS DE LA LUCHA

Finalmente, la escisión se concretó con la fundación de la Liga Argentina de Football,  disidente de la FIFA (siguió reconociendo a la Asociación Amateurs) que lanzó su propio campeonato con 18 equipos, jugando todos contra todos en dos ruedas, hasta proclamar a Boca Juniors como el primer campeón de la nueva era. Una de sus grandes figuras fue Francisco “Pancho” Varallo (otro mundialista del 30) que pudo firmar un contrato por 8.000 pesos, liberado del compromiso que lo mantenía originalmente atado a Gimnasia y Esgrima de La Plata.

¿Qué pasó con la otra Asociación? Continuó con sus campeonatos por lo menos hasta 1934, consagrando campeones a Estudiantil Porteño (dos veces), Sportivo Barracas y Dock Sud. Incluso, exportó un seleccionado al Mundial de Italia 1934, que perdió su partido debut contra Suecia y pegó una temprana vuelta en barco.

Ambas entidades se fusionaron a fines de ese año, para conformar la Asociación del Football Argentina, actual AFA.

Escrito por
Oscar Muñoz
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