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SÍMBOLOS DE LIBERTAD Y PROEZAS INIMAGINABLES

En los 60, la televisión todavía no se había adueñado ni modificado las competencias deportivas. En ese marco y afines al clima de época, brillaron las rebeldías de Muhammad Ali, Tommie Smith y John Carlos, las gestas internacionales de Estudiantes y Racing y la cintura de Nicolino Locche.

Los años 60 nos dejaron las dos postales acaso más bellas que tiene la historia del deporte mundial. Porque son postales de campeones que, además de sus glorias deportivas, también decidieron ser actores del tiempo que les tocó vivir. Arriesgaron sus títulos ya no frente a sus pares, sino ante un establishment que siempre los prefiere “apolíticos”.

La primera de esas postales sucedió el 28 de abril de 1967 en Houston. “Cassius Clay. ¡Ejército de tierra!”, ordenó el teniente Steven Dunkley. Pero Muhammad Ali, tal su nuevo nombre musulmán, no se movió. “¿Y si voy preso, qué?”, desafió el notable boxeador, campeón mundial de los pesos pesados. “Ya estamos presos hace cuatrocientos años”, afirmó. Su negativa a combatir en Vietnam inspiró a millones. Ali ya había anunciado en 1965, apenas después de destronar a Sonny Liston y coronarse campeón con apenas 22 años, su conversión al islamismo y la reivindicación de su negritud: “No tengo por qué ser lo que ustedes quieran. Soy libre de ser lo que quiera”. Sus rivales insistían llamándolo “Clay”. Él los golpeaba hasta que le dijeran “Ali”.

Lo despojaron de su corona y un jurado blanco lo condenó a cinco años de prisión. Aunque jamás se animaron a ponerlo entre rejas, le quitaron sus mejores años. Símbolo anti-Vietnam, vigilado por el FBI, orador notable, bailarín y poeta (“Seguiré cantando esta canción/ No mataré a ningún vietcong”), Ali pudo volver a combatir recién en 1970, año en el que también peleó contra Oscar “Ringo” Bonavena en el Madison Square Garden. Ali recuperó la corona sobre un ring y fue leyenda. No hubo otro como él. Fue “The Greatest” (el más grande).

PODER NEGRO

La segunda postal sucedió el 16 de octubre de 1968. Fue el célebre “Black Power” del podio de los Juegos Olímpicos de México. Tiempos de Vietnam, el Mayo francés y los tanques soviéticos en Praga. Y, en Estados Unidos, el asesinato de Martin Luther King agravó las protestas de una población negra maltratada. Nuestros héroes son Tommie Smith y John Carlos. Smith, cuyo padre llenaba sacos en las plantaciones de algodón de Texas para mantener a doce hijos, ganó los 200 metros con récord mundial

Y Carlos, hijo de un zapatero de Harlem, llegó tercero. En el podio, Smith se calzó un guante negro en la mano derecha y entregó el otro a Carlos, que se lo puso en la izquierda. Subieron al podio sin zapatillas. Y cuando comenzó a sonar el himno de Estados Unidos, bajaron las cabezas y levantaron el puño enguantado. “Mi mano derecha –dijo Smith– se levantó por el poder de la América negra; la izquierda de Carlos, por la unidad de la América negra”. Fue un escándalo para el conservador Comité Olímpico Internacional (COI), que sí había tolerado saludos nazis en los Juegos de Berlín de 1936. El COI los echó de por vida.

FÚTBOL, LOS PUMAS Y LOCCHE

¿Y en la Argentina? País futbolero, un símbolo poderoso de los 60 es la expulsión polémica del capitán Antonio Rattín en el Mundial de Inglaterra 66. Fue la primera expulsión de un extranjero en Wembley. Inglaterra eliminó 1-0 a la Selección argentina en la Copa Mundial de la FIFA que comandaba el inglés Stanley Rous. También se sintieron perjudicados por los arbitrajes Uruguay y el propio Brasil que venía de coronarse en Suecia 58 y Chile 62 liderado por Pelé y Garrincha. Sudamérica, como lo atestiguaron cables diplomáticos, dejó de creer en el concepto inglés de fair play. El árbitro alemán Rudolf Kreitlein echó a Rattín a los 36 minutos, cansado de sus protestas, y el jugador símbolo de Boca tardó ocho minutos en salir, manoseó un banderín de la Union Jack y se sentó en la alfombra real. El DT inglés, Alf Ramsey, nos bautizó “animals”. El diario Crónica les reiteró que eran “piratas”.

Al año siguiente, Racing se coronó primer club argentino campeón mundial de clubes (Copa Intercontinental) en batalla violenta contra el escocés Celtic. Imposible olvidar el golazo del Chango Juan Carlos Cárdenas. Luego fue el turno de Estudiantes de La Plata. Y de los “animals” pasamos al “antifútbol”.

En 1967, Estudiantes fue el primer equipo chico que rompió el monopolio de los cinco clubes grandes y poderosos que se repartían los campeonatos del fútbol argentino. Y al año siguiente, ganó la Intercontinental contra el Manchester United inglés. Su juego al límite del reglamento hizo crisis en 1969 definiendo la corona mundial de clubes contra Milan, noche de escándalo en la Bombonera, que terminó con tres jugadores de Estudiantes en prisión por orden del dictador de entonces, el general Juan Carlos Onganía. “Si ganás, la gloria; si perdés, Devoto”, protestó Carlos Bilardo, símbolo de aquel Estudiantes tricampeón de la Copa Libertadores que dirigía Osvaldo Zubeldía y al que el periodista Dante Panzeri, testigo implacable de aquellos años, definió como “una banda de cínicos”.

Europa celebraba al catenaccio italiano, cerrojo defensivo del Inter de Helenio Herrera y del Milan de Nereo Rocco. Por suerte, el Santos de un Pelé cuya presencia hasta paraba guerras anunciaba al Brasil de México 70. Y el Ajax de Johan Cruyff anunciaba a la Naranja Mecánica holandesa.

El deporte argentino de los 60 celebraba también primeros triunfos coperos de Independiente de Avellaneda, al nadador Luis Alberto Nicolao, al remero Alberto Demiddi y, entre otros boxeadores, al Intocable Nicolino Locche. “Lo arrojaron a la selva y se puso a conversar con los leones”, graficó el periodista Rodolfo Braceli el arte chaplinesco de Locche y sus noches de gloria en el Luna Park.

Y hay otra fecha cumbre: 19 de junio de 1965, el nacimiento de Los Pumas, la Selección de rugby que sorprende 11-6 a los Junior Springboks de una Sudáfrica en pleno régimen racista de apartheid. El de los años 60 era un deporte que no era ajeno a aquellos tiempos revueltos. Años sin la TV que luego llegaría para adueñarse y modificar el espectáculo. En los 60, la gloria no era la televisión de pago. La gloria era salir en la tapa de la revista El Gráfico.

Escrito por
Ezequiel Fernandez Moores
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