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DE TERRAZA EN TERRAZA

Con el claro objetivo de lograr una transmisión que superara en alcance a las de los radioaficionados, un médico y tres estudiantes de Medicina se convirtieron, después de mucho experimentar, en los pioneros de la radiofonía en la Argentina y en el mundo.

No se conocía al Hombre Araña ni existían sofisticados dispositivos para desplazarse por las alturas urbanas. Pero Enrique Telémaco Susini (25 años), César Guerrico (22), Luis Romero Carranza (22) y Miguel Mujica (18) pasarían en 1920 al panteón popular con el mote querendón de “los locos de la azotea”. El apodo es pertinente: esta barra de estudiantes de Medicina –menos Susini, ya diplomado– se desplazaba por los techos de Buenos Aires y tenía la cabeza en proyectos que la vieja normalidad consideraba entre imposibles y disparatados.

Pero eso de andar por las terrazas porteñas tenía un fin. Los muchachos eran radioaficionados y tenían la ilusión de saltar de la comunicación a distancia person to person a la emisión a decenas, cientos, millares de personas. O sea, inaugurar la radiotelefonía. La radio, sí. Por lo tanto, volaban por los tejados para encontrar el mejor lugar de la ciudad donde plantar la antena que distribuyera las nuevas ondas. La búsqueda tenía sus riesgos: a Romero Carranza le decomisaron una antena que podía verse en la esquina de Libertad y Paraguay, donde vivía, por la sospecha de que transmitía datos a barcos alemanes.

UNA CUESTIÓN DE ANTENAS

El lugar para emitir las ondas electromagnéticas estaría finalmente en los altos de una casa en Paraguay entre Cerrito y Libertad. Muy cerca de donde se realizaría la primera transmisión, el 27 de agosto de 1920, a las 21, desde el paraíso del teatro Coliseo. Esa noche tocaron el cielo con la difusión de Parsifal. Con la contenida emoción del caso, Susini rompió el fuego: “Señoras y señores: la Sociedad Radio Argentina les presenta hoy el festival sacro de Ricardo Wagner, Parsifal, con la actuación del tenor Mestri, el barítono Aldo Rossi Morelli, la soprano argentina Sara César bajo la dirección de Felix von Weingarten, secundado por el coro y orquesta del teatro Costanzi de Roma”.

Ese punto reconoce su prehistoria en el ingeniero boloñés y premio nobel de Física (1909) Guillermo Marconi, quien luego se autodesignó “el primer fascista”. Otros atributos fueron loables: inventó la telegrafía inalámbrica con el mecanismo de emitir una señal eléctrica detectable a través del éter por medio de una antena. El hombre quería transmitir de lejos, ¿y qué país estaba más lejos que la Argentina? Llegó en 1910, hizo base técnica en Bernal y remontó barriletes con hilos metálicos que fungían de antenas emisoras. En la primavera del año del Centenario se contactó desde allí con Canadá e Irlanda.

Su pasión contagió a jóvenes que se chiflaron con precarios equipos de radioaficionado y pesquisas aéreas para optimizar la señal. El gran emprendedor fue Susini, médico de la Armada, enviado por esa fuerza a Francia en 1917 para observar los progresos en radiocomunicación, que se habían acelerado en el transcurso de la Primera Guerra Mundial (1914-1918). Llegó con equipos de cinco vatios, válvulas y otros juguetes con los que comenzó a experimentar junto a sus amigotes para saltar por los techos y acercarse a un sueño grosso: transmitir música y teatro, irradiar más allá de la comunicación de datos, o sea, transmitir cultura.

PIONEROS INDISCUTIDOS

Lo lograron aquel 27 de agosto y la siguieron. Más de cincuenta oyentes escucharon la emisión bautismal. Al día siguiente reiteraron Parsifal y sumaron Aída e Iris. Los locos porteños se autoadjudicaron la primera transmisión radial a escala planetaria. Todavía se sigue discutiendo quién primereó. Si el mismo Marconi conectando sin cables de por medio a Bristol con Gales en Gran Bretaña en 1897, si Alexander Popov el mismo año desde San Petersburgo o si la firma holandesa PCGG en 1919. Está acreditado que en Estados Unidos la emisión inaugural a cargo de la Westinghouse se realizó tres meses después que la de la flamante LOR Radio Argentina de Susini y compañía.

Susini defendió su temple de campeón: “Yo quiero reclamar, no por inmodestia, ni para aumentar el mérito nuestro, sino porque les corresponde a la ciudad y al país la absoluta seguridad de que la primera transmisión nuestra fue la primera del mundo en radiodifusión”.

Él, con Romero Carranza, Guerrico y Mujica compartieron la idea de unir un parlante para sordos a un micrófono; él había traído del frente de batalla europeo, ocultas en un inmenso sobretodo, chucherías eléctricas que por allá consideraban de descarte. En eso de hacer punta también anotó más logros para su país: primeros en transmitir una asunción presidencial, la de Marcelo T. de Alvear, en 1922; primeros en difundir noticias; primer equipo propio de locutores; primeros en sistematizar el servicio radial.

Lo que está claro más allá de las disputas conmemorativas es que fundaron un país radiómano y que al poco tiempo ya existían Radio Brusa, Grand Splendid, Quilmes Broadcasting, Estación Flores, Nacional, Callao, Olivos, Municipal.

Toda esa banda AM siguió en la medicina y, quizá con más fervor, en las radiotelecomunicaciones: el benjamín Miguel Mujica fue ministro de Comunicaciones de Arturo Frondizi; Guerrico fue un médico famoso y director de radio Splendid; Romero Carranza fue radiólogo, patentó aquí, antes que la RCA en Estados Unidos, el sistema de grabación de sonido y puso en marcha la primera fábrica de celuloide para uso cinematográfico.

Susini tuvo el voltaje de un hacedor renacentista: dio y perdió la batalla para que su criatura no fuera comercial; se convirtió en productor y director de cine y filmó Los tres berretines, con Luis Arata, Luis Sandrini y Luisa Vehil; conoció a Einstein y dirigió la primera emisión de LS 82 Canal 7 en 1951.

Miren hacia arriba: los locos de la azotea siguen por ahí.

Escrito por
Vicente Muleiro
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