La mañana en que cayeron las bombas que causaron su muerte, Alí Jamenei tenía 86 años y venía siendo el Rahbar, Líder Supremo de Irán, desde 1989, tras suceder al mítico ayatolá Ruhollah Jomeini, en la continuidad del proceso abierto en la Revolución Islámica de 1979. Su “martirio”, en términos de la tradición chiita, ocurrió el 28 de febrero último, producto de un masivo bombardeo de la fuerza aérea israelí en conjunto con los Estados Unidos. Obligó a nombrar como sucesor a uno de sus hijos, Mojtaba, de manera inmediata. El presidente iraní, Masoud Pezeshkian, decretó 40 días de luto, mientras Donald Trump celebraba que “una de las personas más malvadas de la historia” había muerto. Se generó también un atisbo de esperanza en sectores perseguidos por el régimen, que vieron en este magnicidio una posibilidad de cambio de época, que no solo no se produjo sino que parece alejarse aún más.
De un liderazgo más político que religioso, con una vida austera junto a su esposa, Mansoureh Khojasteh Baqerzadeh, con quien tuvo seis hijos, de línea dura conservadora y defensor acérrimo de la corriente de su antecesor, quien lo adoptó a temprana edad como confidente, Jamenei se encaminaba a ser el líder de mayor permanencia en su lugar, casi 40 años, tras haber sido parte de numerosos estadios del gobierno iraní. Su impronta quedaría cristalizada en uno de sus famosos y primeros actos públicos, en que condenara la “desviación, el liberalismo y a los izquierdistas influenciados por Estados Unidos”.
El día en que su búnker en Teherán fue destruido faltaban apenas semanas para que Alí Hoseini Jamenei cumpliera 87 años. Había nacido un 19 de abril de 1939 en Mashhad, la segunda ciudad más grande de Irán. Segundo de ocho hijos en una familia religiosa, su padre era un clérigo de rango medio de la rama chiita del islam, el grupo religioso dominante.
UN RELIGIOSO AL PODER
Su educación se centró en el estudio del Corán y ya a los 11 años había obtenido el título de clérigo. Hábil orador y con gran manejo de la política, se unió a los críticos del sha, Reza Pahlaví, por lo que fue arrestado varias veces, y estuvo un período en prisión. Un año después de la revolución, el ayatolá Jomeini lo nombró líder de la oración de los viernes en Teherán. Sin embargo, su perfil político se impuso sobre el clerical, como ya venía ocurriendo desde sus tiempos de estudio.
De la mano del ayatolá, Jamenei formó parte del Consejo Central de la Sociedad del Clero Combatiente de Teherán, de la Fundación de los Oprimidos y del Consejo de la Revolución Islámica (CRI). Fue nombrado también viceministro de Defensa, comandante de los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) y representante del CRI ante el Ministerio de Defensa.
En junio de 1981 sobrevivió a un intento de asesinato, cuando un grupo disidente hizo estallar una bomba durante una conferencia. Sus pulmones quedaron afectados y su brazo derecho, inutilizado. Fue cofundador y posteriormente líder del Partido Republicano Islámico, se postuló con el favor del ayatolá a la presidencia de Irán, lo que logró con el 97% de los votos. Antes de asumir estalló la guerra con Irak, que lo vería como combatiente. Esa guerra duraría ocho años, casi el tiempo que le quedó de vida al ayatolá. En 1989, Jomeini murió y la Asamblea de Expertos nombró a Jamenei para sucederlo, a pesar de ser un hoyatoleslam, entidad clerical de rango inferior a la de ayatolá. Los más fundamentalistas lo consideraron portador de un nivel académico religioso débil. Él mismo diría al asumir: “Soy una persona con muchas faltas y deficiencias, y verdaderamente un modesto seminarista”.
Su poder era total: el Rahbar es el jefe del Estado y de las Fuerzas Armadas y de Seguridad, con facultad para nombrar al jefe de la Justicia, al Consejo para el Discernimiento y a la mitad del Consejo de Guardianes, ratificar la elección del presidente de la República, y supeditarlo bajo su poder; sin fiscalización posible del Parlamento y cesado solo, si lo requiriese, por la Asamblea de Expertos.
En 2015 vio logrado el inédito acuerdo con Estados Unidos, Reino Unido, Francia, China, Rusia y Alemania para limitar el enriquecimiento de uranio iraní y desarrollar la energía atómica. Pero eso se cayó durante la primera presidencia de Trump. Para empeorar la relación, Estados Unidos mató en 2020 al alto oficial de la Guardia Revolucionaria Qasem Soleimani. Jamenei juró venganza y se acercó mucho más a Rusia y China.
A final de 2025 y comienzos de este año, una serie de protestas provocadas por los problemas económicos fueron reprimidas y hubo miles de muertos. No era la primera vez que el gobierno reprimía manifestaciones con resultados fatales. Había ocurrido en 1999 contra jóvenes que pretendían mayores libertades. Esta vez, Jamenei acusó a sus enemigos de organizar la violencia. “Quienes están vinculados a Israel y a Estados Unidos causaron enormes daños y mataron a varios miles”, dijo.
La avanzada sirvió de excusa a Trump y a Netanyahu a avanzar con sus operaciones “Furia Épica” y “León Rugiente”, con el argumento de liberar a Irán de la tiranía. Cierto es que algunos sectores celebraron su muerte, pero el ataque solo intensificó el apoyo y determinación de los propios, que aún mantienen un núcleo duro capaz de sostener al gobierno. En el bombardeo perdieron la vida también la esposa de Jamenei, Mansoureh Khojasteh Baqerzadeh; una de sus hijas, Boshra; la hija de esta, Zahra Mohammadi Golpayegani; una nieta de 14 meses; su nuera Zahra Haddad-Adel, esposa de Mojtaba; y su yerno Mesbah Bagheri Kani, esposo de Hoda. En ese contexto de asedio, los expertos no dudaron en nombrar a su hijo Mojtaba como sucesor.
