Milito, Andújar, Lavezzi y Bilardo toman mate mientras conversan. El celular del Doctor suena y aparece un número que no reconoce. El resto calla. El Doctor atiende, serio:
–¿Hola?
El grupo ahoga una risa.
–¿De parte de quién?
De la garganta de Bilardo sale una voz fina, suave, femenina. Sin titubear, continúa:
–…
–No, ya salió.
Para librarse de molestias, Carlos Salvador Bilardo se convertía en una señorita.
El fútbol encontró a Bilardo desde pequeño: su familia, una de las tantas de una clase media que tiraba para no aflojar, vivía en La Paternal. Carlos y su padre, Calógero, iban cada domingo hasta Boedo a ver a su querido San Lorenzo: “Yo soñaba con que algún día estaría corriendo por ese césped, disputando la pelota y buscando el gol (…) Creo que cualquier pibe de barrio tenía ese sueño. Me probaron en las inferiores y pensaron que podía servir. Mi padre y mi madre me decían desde chico que no se podía ni siquiera discutir la posibilidad de dejar de estudiar por el fútbol. Mamá quería que fuera médico”, escribió en su libro Así ganamos.
En 1957 entró a la Facultad de Medicina. En 1958 debutó en Primera, en San Lorenzo. Con lo que ganaba como jugador de fútbol costeaba sus estudios universitarios. Pensaba que su horizonte laboral sería el de, eventualmente, abrir un consultorio de barrio. “Cuando entré, a los 19 años, me ponía a estudiar a las 9 de la noche, después de escuchar en la radio a Los Pérez García, que era como ver hoy a Tinelli. Le daba hasta las 6 de la mañana… Me daba cuenta de la hora porque vivía cerca de la fábrica de cigarrillos Particulares y se escuchaba la sirena cuando entraban a trabajar”, escribió en su libro Doctor y campeón.
“Cuando no tenía pacientes me iba con los doctores a patear en la cancha de tierra que tenía el hospital y, a la noche, si tenía guardia, las enfermeras me avisaban si había camas libres para que pudiera dormir un rato. Con mucho sacrificio, logré recibirme en 1964”. En el medio, Bilardo dejó San Lorenzo y jugó para Deportivo Español, club para el que solo entrenaba los miércoles, su único día libre.
Una vez recibido, tuvo ofertas de Argentinos Juniors y de Estudiantes de La Plata, y el Doctor se decidió por el segundo. Ahí conoció a Zubeldía, el hombre que, según él, le cambió la vida: “Llegué como jugador y justo estaba como técnico Zubeldía. Ahí comenzamos a jugar y a mostrar un fútbol diferente. Entonces se decía en todo el mundo que era antifútbol porque practicábamos más la pelota quieta y los tiros libres. Además, conocíamos bien a los rivales; hoy el que no conozca al rival no es nada, en ese tiempo nosotros comenzamos a grabar los partidos en Betamax”.
In 1970, luego de haber ganado con el pincharrata tres Copas Libertadores de América y una Copa Intercontinental, Bilardo dejó de jugar al fútbol pero no se retiró del todo. Un año después, volvió a Estudiantes como técnico interino: “Zubeldía se había ido a Huracán. Me mandaron a llamar porque los propios jugadores tuvieron la idea. Yo por esa época andaba más cerca de la medicina que del fútbol. Me comprometí a ayudar a evitar el descenso pero con la condición de que después, me iba”. Estudiantes no descendió y, ya con la situación a salvo, el plantel le hizo un asado en el que le entregaron una plaqueta en agradecimiento. Con lágrimas en los ojos, volvió a despedirse de sus amigos. Pero en 1973 volvió a dirigir a Estudiantes, y en 1975 terminaron subcampeones. Lo llamaron para dirigir a Deportivo Cali de Colombia, aceptó, y ganaron el subcampeonato de América. “Mis primeros conceptos tácticos se los debo a Zubeldía”, escribió en Así ganamos.
LOS SACRIFICIOS DE LA GLORIA
Bilardo reflexionó largamente sobre las cuestiones que su esposa, Gloria, tuvo que aceptar por estar casada con un hombre cuya dedicación entera estuvo en muchos momentos volcada al fútbol. La pasión del Doctor se combinó con el gran sentido de disciplina que aplicó en su profesión, que lo llevó a él y a sus jugadores a coronarse de gloria. En 1986, Carlos Salvador Bilardo alcanzó el pico de éxito en su profesión, al convertirse en director técnico de la Selección Argentina y lograr la segunda Copa del Mundo en la historia de nuestro fútbol.
Sobre la disciplina, escribió en Así ganamos: “Muchos han dicho que soy demasiado severo. Algo que trato de meterme todo el tiempo en la cabeza es no olvidarme que delante de mí no tengo una máquina de jugar al fútbol, sino un ser humano, con sus virtudes y defectos, alegrías y tristezas, ventajas y carencias. Para poder vivirlo así, hay que intimar con el muchacho, meterse de alguna manera en su manera de sentir, conocer lo que hace falta de su vida privada. Pero esto no se puede hacer con la actitud de un intruso o inquisidor, sino a base de amistad, interés legítimo. El secreto es intimar con él y su familia, establecer una relación que vaya bastante más allá de lo meramente profesional”.
Argentina fue la primera selección en aterrizar en México, antes del Mundial. Lo hizo el 5 de mayo de 1986, 26 días antes del inicio de la Copa. Bilardo quería adaptarse al calor, a la altura y a las condiciones del territorio en el que iban a jugar. Ya en enero de ese año, una parte de los jugadores junto a Bilardo habían ido a entrenar a Tilcara, en Jujuy, que compartía condiciones climáticas similares a las de México.
Durante esos días, los jugadores se enteraron de que habría una fiesta cerca de donde estaban quedándose y pidieron permiso para ir. Bilardo fue estricto: hasta la 1 podían quedarse en la fiesta. “Como quería asegurarme de que todo estuviera bien, me disfracé de mujer colla con una pollera negra, alpargatas y un sombrero típico. Al llegar, todos los muchachos estaban bailando. Nadie me reconoció. Fui hasta el centro de la pista y me puse a bailar con ellos. En un momento, me acerqué despacito a Ruggeri. Se pegó un susto bárbaro. Le anuncié que se podían quedar hasta las 3, porque estaba todo muy lindo”, cuenta en Doctor y campeón.
