Es 1978 y Ruhollah Jomeini acaba de aterrizar en Francia después de años de exilio en Turquía e Irak, y mientras el auto avanza desde el aeropuerto hacia la casa que lo alojará, el ayatolá mantiene los ojos fijos al frente. No mira por la ventanilla ni una sola vez. No quiere que su visión, literal ni simbólica, se manche con el paisaje occidental.
Ruhollah nació en Khomein, un pueblo al borde del desierto iraní, pero la fecha exacta de su nacimiento no está clara. Cuando tenía seis meses de vida quedó huérfano de padre: en un incidente que al día de hoy no quedó aclarado, su padre fue asesinado. A sus seis años de edad, su madre y su tía murieron de cólera. Entonces él y sus cinco hermanos mayores fueron criados por sus parientes, en un ambiente de devoción islámica. Se cree que ya en la infancia Jomeini había leído el Corán. Su familia era de linaje religioso distinguido, el árbol genealógico trazaba una línea hasta el profeta Mahoma. Más allá de este abolengo religioso, hay disputas sobre si su infancia fue humilde. Algunos testimonios contradicen la versión ya que, al parecer, la casa de su infancia tenía patio y servidumbre. Sin embargo, la vida de Jomeini fue siempre austera.
Siendo adolescente se mudó a la ciudad santa de Qom para estudiar en los seminarios. Ahí pasaría décadas, primero como alumno y luego como maestro, hablando de política en las aulas antes de que nadie, ni siquiera él mismo, advirtiera ese análisis como una acción política. A los veintisiete años tomó la decisión de pedir la mano de la hija de un ayatolá respetado, ella se llamaba Khadijeh Saqafí y entonces tenía dieciséis años. Se casaron en el mes de Ramadán de 1929, en la mezquita Shah Abdul Azim. Tuvieron ocho hijos, tres de los cuales murieron en la infancia. El matrimonio fue, según todos los que los conocieron, una historia de amor genuina. No se exigía a su esposa que le llevara agua ni que cumpliera ningún rol servil. La amaba profundamente y se lo hacía saber. Su amor mutuo era comentado y admirado por amigos y familiares, una ternura que contrastaba con la imagen pública del hombre serio, inflexible. Con su familia imponía la misma austeridad que se exigía a sí mismo: un día vio a su hijo con una pelota de fútbol que su esposa le había regalado y le ordenó que no volviera a jugar con ella. Era una forma frívola de perder el tiempo.
En los años 30 empezó a dar clases en Qom y a hablar de política desde el púlpito. Hablaba del autodominio, de mantener principios frente a la opresión. Cuando la Segunda Guerra Mundial sacudió el tablero y los aliados derrocaron al sha, Jomeini escribió un libro donde esbozaba su visión de gobierno: el monarca debía ser elegido por el orden clerical y gobernar conforme a la ley islámica. Aquellos fueron los primeros destellos de conversión en una influyente figura en Irán.
EL EXILIO
El salto lo dio en 1963, durante la llamada Revolución Blanca del sha. Jomeini pronunció una prédica audaz en la que comparó al monarca con un asesino del siglo séptimo. Al día siguiente lo arrestaron. Las calles de Irán ardieron durante días. Los disturbios revelaron algo que muchos no sabían: el ayatolá tenía seguidores por todo el país, mucho más allá de Qom. Sabía leer las situaciones y argumentar con precisión quirúrgica. Diez meses después lo liberaron. Poco tiempo después, en 1964, volvió a la carga contra la influencia estadounidense en Irán y esa vez lo expulsaron del país. Los años del exilio transcurrieron en Turquía primero, luego en un centro chiita en Irak. Su hija lo visitaba y regresaba a Irán con los panfletos incendiarios de su padre escondidos entre la ropa. Junto a sus hermanos, salían a distribuirlos clandestinamente por las noches. Entonces, él no se consideraba político, sino un religioso.
El desorden de su vida político-religiosa contrastaba enormemente con el firme orden que mantenía en su intimidad. Durante el tiempo de exilio no modificó su rutina de oración nocturna, en la que se levantaba a rezar de 3 a 6 de la mañana. Era extremadamente pulcro, usaba una especie de babero para comer y no manchar las ropas. Usaba cucharas distintas para cada medicina que debía tomar y tenía una fobia casi patológica a los gérmenes. Con su familia era exigente y cariñoso. Una de sus hijas contó que jugaba a las escondidas con sus nietos, incluso permitiéndoles que se escondieran entre los pliegues de sus vestiduras. Su esposa, y gran compañera durante el exilio, había sido criada por su abuela en una casa de abundancia. Sin embargo, se adaptó sin quejas a la vida austera que impuso Jomeini. Durante los meses que su esposo estuvo preso, ella prestó su hogar como punto de encuentro para que se reunieran muchas personas preocupadas por el arresto.
Cuando Irak lo expulsó a pedido del sha iraní, terminó en Neauphle-le-Château, Francia. Cambió el inodoro por una letrina, a la usanza iraní. Recibía a peregrinos de todo el mundo en una atmósfera tranquila y serena. Y grababa cada homilía que daba, cada sermón era copiado en cassettes y enviado clandestinamente a Irán. Una revolución por correo, distribuida de mano en mano, escuchada en casas y mezquitas. El sha fue perdiendo pie. Hubo huelgas, motines, caos. El 16 de enero de 1979, se rindió, con una celebración inédita en Teherán.
Tras catorce años de destierro, el ayatolá Jomeini subió a un avión y volvió a su tierra. Millones de personas, de distintas clases sociales y gradientes de devoción religiosa, lo esperaban en las calles. En medio de esa multitud fervorosa, un periodista iraní le preguntó qué sentía al regresar después de todo ese tiempo. Jomeini alzó la mirada y respondió: “Nada”.
