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TARDE O TEMPRANO VOLVERÁ EL PROGRESISMO

La maratónica sesión que logró la aprobación de la Ley de Matrimonio Igualitario dejó una sensación de derechos conquistados. Fue la última gran batalla de Néstor Kirchner.

En la mañana del 15 de julio de 2010, todes nos levantamos habiendo dado un paso vanguardista como país, como sociedad y como personas; la mayoría, posiblemente, no se había percatado de semejante hazaña, e incluso quienes sí nos habíamos dado cuenta no habíamos movido ni medio dedo para llevarla adelante.

Cuando se aprueban leyes se recuerda más a quienes tuvieron papeles tristísimos en la historia, como Liliana Negre de Alonso, senadora por la provincia de San Luis desde 2001 hasta 2017, a cargo de representar a los sectores más conservadores de la Argentina, o Cynthia Hotton, legisladora evangelista que volvió a ser célebre al oponerse a otra ley de vanguardia, como fue la de interrupción voluntaria del embarazo.

Sin embargo, podemos hacer el intento de recordar otros nombres, otras voces, otros recorridos. Había un grupo de activistas con convicciones absurdas que ese mismo día sí se despertaron con la extraña sensación de haber vivido, posiblemente, uno de los momentos culminantes de su vida. Para elles, la vida nunca iba a volver a ser igual, no había “normalidad” posible; y aunque la hubiese, nadie quería volver allí realmente.

Siempre se piensa en la aprobación de leyes como momentos icónicos que pertenecen a cierto grupo político, partido o representante, y, sin duda, algo de eso hay. Siempre. No neguemos ni olvidemos a quienes estuvieron presentes en la Cámara alta desde las 13.15 del 14 de julio hasta las 4 de la mañana del 15. Quienes pusieron voz a historias de vida, emocionaron familias y, también, tras bambalinas –en los pasillos del Senado– convencieron voluntades y negociaron acuerdos. Todes elles formaron parte de esta inevitable suma de derechos. También es cierto que elles han tenido sobradas horas de micrófono relatando sus hazañas y posiblemente recogieron los frutos de la valiente tarea. En cambio, si volvemos para atrás podemos encontrar a algunas personas en una mesa, a algunos protagonistas que no siempre tuvieron cámara, pero sí un sueño, y lo llevaron adelante.

EL VOTO FUE POSITIVO

Quizás para elles, la sesión fue de las más intensas vivencias de su vida. Desde el minuto cero, todo fue conflictivo: senadores que se bajaban, que se subían, presiones de la Iglesia, senadores que intentaban irse del recinto. Fueron 14 horas en las que un grupo de activistas no pudo ni sentarse a tomar un café, y en las que las estrategias colaborativas fueron la base fundamental para la aprobación de la ley. El proyecto tuvo 33 votos a favor, 27 en contra, tres abstenciones y nueve ausentes. El debate se dio en los mismos términos que en la Cámara de Diputados: el Frente para la Victoria ratificó su mayoría de legisladores en favor de la medida, al igual que la Coalición Cívica, y los partidos minoritarios acompañaron en su totalidad. Mientras que en contra volvieron a votar las mayorías de los bloques de la UCR y el peronismo federal. En aquella sesión de Diputados, del 5 de mayo, hubo 125 votos a favor, 109 en contra, cuatro abstenciones y 16 ausentes. Entre les legisladores más destacades que apoyaron la medida en el recinto estuvieron Néstor Kirchner, Agustín Rossi, Felipe Solá, Victoria Donda Pérez y Patricia Bullrich. Entre les que manifestaron su rechazo aquel día dentro del macrismo estaban Gabriela Michetti, Oscar Aguad, Federico Pinedo y Jorge Triaca. Elisa Carrió se abstuvo y Esteban Bullrich estuvo ausente. Entre los representantes del peronismo que votaron en contra se encontraban Graciela Camaño, Rosa Bertone y Jorge Landau, entre otros.

Hoy, con el diario del lunes, como suele decirse, es innegable que el mundo se encamina hacia la ampliación de derechos, aunque aún queden muchos debates, reformas de leyes y políticas públicas para cambiar la realidad de muches. Diez años atrás, incluso a las 4 de la mañana del 15 de julio, todo parecía un sueño absurdo.

Cuando se quiere volver a una noche diez años después, posiblemente el recuerdo se vuelva difuso, se mezcle con el propio relato que armamos de ese momento. Si lo compartimos, quizá se combine con los pequeños detalles que recordaron otres, y no con los nuestros. Si lo que intentamos recordar es un acontecimiento histórico, es más difícil aún lograr la nitidez. En lo que todes coincidimos es en que fue una noche fría. Cuando nos sentamos a repasar dónde estaba cada quien y qué estaba haciendo, concordamos en que parecía que algo del universo estaba desafiando nuestro compromiso, y mientras más frío hacía, más épica se volvía la noche. Si cierro los ojos, lo siguiente que recuerdo es el festejo, caminar desde Plaza del Congreso por Callao hacia el Obelisco cortando un solo carril, y con los autos pasando y tocando bocina. ¿Cuántos autos podría haber a las 4 de la mañana? No sé, pero en mi nostalgia personal, eran un montón. Sorprendentemente, cuando pienso en eso, no recuerdo el frío; al contrario, me recorre una sensación de tibieza abrasadora.

Los meses previos al día de la votación en el Senado habían sido una especie de batalla épica, entre propios y ajenos, entre elles y nosotres, donde mamamos horas interminables de televisión en las que se debatía el nivel de perversión que tenían nuestras identidades; si podíamos criar, querer, amar; si merecíamos ser iguales a otres. Todo ese año había sido doloroso, angustiante, valiente. No solamente para les activistas que salían en los medios, como María Rachid, entrelazada en hermosos y repulsivos debates con el tristemente célebre diputado de la campera amarilla, Olmedo, sino también para muches anónimes, para quienes el debate se dio en las mesas familiares, reuniones de amigues, espacios laborales, aulas universitarias e, incluso, patios de secundarios.

No estábamos debatiendo una ley; estábamos debatiendo nuestro derecho a existir en igualdad. En eso, todes coincidimos.

 

Escrito por
Mariana Spagnuolo
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