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“El ambientalismo popular es una forma de justicia social”

Aunque cree en la política como herramienta de transformación, la legisladora porteña Ofelia Fernández, del Frente de Todos, apunta a la necesidad de escuchar las demandas de los espacios de militancia no formal de los jóvenes, vinculados con el movimiento feminista, el medio ambiente y la educación.

La voz de Ofelia Fernández cayó como un relámpago en la escena política argentina. Su trayectoria militante tiene la vorágine del movimiento feminista que colmó las calles durante los últimos cinco años y fue en el marco de esa irrupción que en diciembre se transformó en la legisladora más joven de Latinoamérica, con apenas 19 años y varias luchas a cuestas. “Recién ahora, en cuarentena, me permití sentarme a pensar como si fuese la Ofelia que tuvo que decidir si hacer esto o no –aunque la decisión ya esté tomada– para conectarme desde otro lugar”, cuenta Ofelia a Caras y Caretas, en una conversación telefónica distendida, a pesar de concretarse en un hueco dentro de su apretada agenda. A lo largo de la entrevista, la transformación aparece como una constante: en relación a las nuevas formas de política que impulsan las juventudes; a la necesidad de ampliar los espacios de participación de los y las jóvenes; a la importancia de mantener la irreverencia y la perspectiva crítica: “Quiero que seamos capaces de poner una agenda que oscile entre nuestras propias posiciones, no siempre en función de las mediocridades de turno que plantea gente profundamente conservadora y reaccionaria”, afirma sin vacilar. Para Ofelia plantear una agenda política alternativa es fundamental “en un momento en el que tenemos que replantearnos la dinámica y la lógica del mundo en relación a sus desigualdades”.

–Entre las muchas actividades que realizás, estás escribiendo un libro. ¿De qué trata?

–Es sobre feminismo, lo cual dice mucho y nada a la vez, porque puede implicar distintos abordajes. Intento caracterizar las transformaciones ya conquistadas, de alguna manera más simbólicas, en el sentido común, por nuestra generación. El libro comprende dos grandes partes: «lo personal» y «lo político», como para ordenar un poco esas ideas, y tiene el objetivo de narrar mi proceso en el feminismo, que es también el proceso de muchas otras.  En mis años de militancia la escritura siempre fue una práctica que me interesó, desde otro tipo de dinámicas. Vengo de la formación de escribir volantes, comunicados, posicionamientos de la agrupación, pero siempre tuve un interés en darle otra vuelta. No me interesa mucho lo mecánico, lo automático, ni para hablar ni para escribir, siempre estuve medio obsesionada con transformar el lenguaje en ese sentido, con otro criterio, con menos ortodoxia. Lo que digo muchas veces lo escribo, depende de en dónde tenga que intervenir; lo que me acerca a la intervención es escribirlo hablando. Esa es mi forma de escritura, una escritura muy hablada.

–¿Qué desafíos te presenta la escritura de un libro? ¿Cómo te resulta la experiencia?

–Lo del libro es una novedad porque nunca me pasó, por la práctica de escritura que tengo, de enfrentarme a esta la longitud. Nunca escribí 150 páginas de algo, pero está siendo re zarpado. La editorial (Planeta) me tiene paciencia porque sabe cómo es mi agenda. Me tomo mi tiempo, me cuesta encontrar el espacio para concentrarme, pero está siendo un proceso re interesante, porque logro desconectar un poco de la vorágine cotidiana, pero a la vez estar ultraconectada. Es conectar de otra forma.

–El año pasado fue muy intenso y lo terminaste asumiendo como legisladora porteña. Ya pasaron algunos meses, ¿pudiste procesar todo eso?

–Soy muy negadora y muy inerte también, no en el sentido de que me despego de la realidad y la sigo sin pensarla, sino de siempre ir para adelante y no detenerme mucho a pensar por qué estoy en los lugares en donde estoy. También por la particularidad de lo que me pasó, que fue un salto tan abrupto. Recién ahora en cuarentena me permití sentarme a pensar como si fuese la Ofelia que tuvo que decidir si hacer esto o no, aunque la decisión ya esté tomada, para conectarme desde otro lugar, menos automático. El día de mi primer intervención en la Legislatura –el 6 de marzo, en el marco de un proyecto por el “Día internacional de la Mujer”, el 8M– lo recuerdo con mucha alucinación. Si bien estoy muy acostumbrada a hablar, y más del tema del que hablé en esa primera sesión, fue muy distinto. Puede parecer superficial, pero ya desde la disposición del recinto, hablar para un semicírculo, con un micrófono, con ese nivel de “montaje”, de alguna manera era extraño. Me pareció muy shockeante y a la vez muy liberador darme cuenta, en esa primera intervención, de que podía hacerlo a mi manera.

–¿Te sentiste cómoda una vez que tomaste la palabra?

–Estaba bastante nerviosa antes de hablar, porque tenía mi autopresión, ni siquiera la externa, de que fuera mi debut. Pero fue muy satisfactorio que fuera justo sobre el 8M, porque me permitió entrar de una manera muy transparente y muy fiel al proceso al que yo respondo, que hace en gran parte a mi perfil, de la construcción que llevo adelante. Elegí leer un texto mío de cuando tenía 15 años porque me servía para mostrar y evidenciar lo que estaba nombrando: cómo la realidad sigue siendo tortuosa, pero también para poner sobre la mesa que yo venía de ahí, de ser una militante de 15 años que escribía ese texto con impotencia, sin sentir que había lugar para esas transformaciones, y que de repente se convierte en una piba, cinco años después, diciéndolo en un espacio de decisiones. Eso me demuestra que el camino efectivamente es ese, que cualquier intento por adaptarme o moldearme en función de lo que se espera de quien está ahí a mí no me sirve.

–En una entrevista dijiste que los y las jóvenes tenían una forma de organización que tenía que ver más con una “agenda política” que con una “identidad política”.

–Lo dije en su momento porque veía que no se problematizaba, desde la lógica de los partidos, la forma de intervención política de muchos jóvenes. Veía que tenían la hipótesis de que les jóvenes, al dejar de entrar masivamente a esas estructuras, habían dejado de intervenir políticamente. Lo que quería decir es que hay nuevas formas de intervención política. Muchos jóvenes se organizan en el movimiento feminista, en el movimiento ambiental o en el movimiento educativo, sin necesariamente darle un anclaje partidario. Desde la dirigencia política con más recorrido, dedicación y vocación hay que tener la humildad de armar nuevas estructuras, de poner en valor lo que implica que haya un montón de pibes que también son capaces de grandes transformaciones desde los propios dispositivos que articulan.

–Cuando empezó la pandemia se decía que había que construir un mundo nuevo, pero con el paso de los días esa certeza fue cayendo y ahora parecería que los sectores reaccionarios están más fuertes que nunca. ¿Qué rol tiene la juventud para dar esa discusión?

–Hay que saber qué puntos de esperanza siguen estando vivos, o están más vivos que nunca, y cuáles menos, para saber dónde poner la fuerza. Ahí lo que pueda llevar adelante la juventud va a ser indispensable. Me agarro de lo que dijo Alberto Fernández el año pasado: “No quiero una juventud disciplinada ni domesticada. Al primer momento en que no me encuentre a la altura de mi palabra o de su expectativa –para mí lo más importante–, quiero que salgan a la calle y que me lo digan”. Resalto lo de la expectativa porque hay una gran diferencia entre lo que uno promete y lo que el otro espera, y reconocerlo tiene que ser una señal para nosotros. No es momento para tener obsecuencias, y no necesariamente entender, sobre todo para las juventudes que creemos en este proyecto político, que proponer, profundizar o incluso criticar no implica una ruptura, sino la necesidad imperiosa, ante un alza de movimientos más bien conservadores o de derecha, de que aparezca una juventud que con la misma fuerza obligue a mover la cúpula hacia las nuevas agendas, que son importantes sobre todo en un momento en el que tenemos que replantearnos la dinámica y la lógica del mundo en relación con sus desigualdades. Y en eso aparece, entre otras cosas, la agenda ambiental como una pieza que la política todavía no procesa con relevancia, pero que evidentemente pasa a tenerla, y que todo lo que estamos viviendo está muy vinculado al trato y a la relación que tenemos con el mundo que nos sostiene.

–En la Argentina el tema ambiental está muy postergado y es central en la agenda de los y las jóvenes.

–Sí. De hecho, la presión del movimiento ambientalista va a crecer. Para quienes militamos hace un tiempo y tenemos ya muy ordenado lo que define nuestra militancia, cuáles son nuestras prioridades, cuesta empatizar con algo nuevo. Costó con el feminismo en su momento. No es que era una pavada plantear hay una serie de derechos a los que las mujeres seguimos sin acceder; aparecía muchas veces la respuesta de “más o menos hay desigualdad”, como una negación de la problemática. Algo similar ocurre con el ambientalismo. Cuando participo de charlas con personas más grandes, y sobre todo más del riñón del peronismo, insisto en que hay que adquirir la idea de que el ambientalismo popular es una forma de justicia social. No podemos creer en la justicia social y no creer en la necesidad de construir un ambientalismo popular, porque el problema no es solamente la degradación del medio ambiente, sino sus consecuencias sobre la vida humana, y fundamentalmente sobre la de los sectores populares. La crisis ambiental profundiza las desigualdades preexistentes. Creer en la justicia social debería implicar otorgarles otra vía posibles a quienes viven en comunidades rurales que respiran agrotóxicos, a quienes viven al lado de los focos de incineración de basura, a quienes les toca la parte más tenebrosa de una sociedad con consumos despiadados. No tener en cuenta eso ni siquiera es peronista.

–Formás parte de un espacio político muy heterogéneo. ¿Es importante en política conformar colectivos incómodos?

–Sí, completamente, y de hecho lo que más me irrita de nuestro campo es la reticencia que hay a explotar nuestros matices, que tendría que haber sido la conclusión más importante de lo que pasó en los últimos cuatro años y lo que significó armar el Frente de Todos. Pensar en una dinámica de organicidad extrema, en la cual todo el mundo tiene que ser cuidadoso con sus ideas, no fue la idea inicial con la que surgió el FdT. El FdT fue una hipótesis que planteó la posibilidad de que convivan ideas distintas, que incluso eventualmente se van a poner en disputa; un gobierno que condense las dos cosas al mismo tiempo, y que de acuerdo con la propia dinámica de su pueblo y de su sociedad para llevar adelante esas discusiones se verá en qué orientación se profundiza. Pero muchas veces cuando se declara algo un poco más “ultra”, genera un problema, ni siquiera por lo que se plantea, no se discute la idea de la propuesta, sino por el mero hecho de que se está criticando en un momento en el cual “no hay que generar tensiones”, cuando en realidad eso tendría que ser una ventaja. Deja de serlo y se convierte en un quiebre, en una ruptura, en vez de permitirnos discutir políticamente. Al final lo que pasa es que la única agenda que permitís es la que pone la derecha.

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Juan Funes
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