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Caras y Caretas

           

Las contradicciones de un escritor

Ilustración: Andrea Toledo

El recorrido ideológico de Sabato atravesó adhesiones, autocríticas y virajes públicos. De la militancia comunista al Nunca Más, su figura quedó marcada por tensiones persistentes.

“¡Yo soy un anarquista! Un anarquista en el sentido mejor de la palabra. La gente cree que anarquista es el que pone bombas, pero anarquistas han sido los grandes espíritus como, por ejemplo, León Tolstoi”, llegó a declarar en su última etapa de vida Ernesto Sabato. Uno de los principales escritores de la Argentina que, al igual que otras personalidades de su época, no estuvo exento de contradicciones e interrogantes en relación con sus afinidades políticas durante los diferentes momentos históricos que atravesó, junto al devenir del país.

Nacido en Rojas el 24 de junio de 1911, en el seno de una familia de inmigrantes italianos y penúltimo hijo de once hermanos varones (tomará el nombre de su hermanito muerto), Ernesto vivió su juventud militando en el Partido Comunista. En su primer viaje a Europa visitó la Unión Soviética, tomó contacto con las ideas posrevolucionarias y tuvo su primera desilusión política. Como él mismo declaró, siempre sintió haberse movido entre los polos opuestos de una tensión existencial: entre lo racional y lo pulsional, entre lo diurno y lo nocturno, entre ensayos y novelas. Así, adhirió al golpe de Estado de 1955 contra Perón (llegó a pedir la pena de muerte para los derrocados) y, al año siguiente, lo “revisaría” con cierta autocrítica: como director –más bien interventor, designado por la dictadura– de la revista Mundo Argentino, escribió un texto titulado “El otro rostro del peronismo” (1956), iniciando un proceso que culminó con su renuncia a la dirección de la revista. En el ensayo describía una escena que vivió en Salta cuando derrocaron al General: “Aquella noche de setiembre de 1955, mientras los doctores, hacendados y escritores festejábamos ruidosamente en la sala la caída del tirano, en un rincón de la antecocina vi cómo las dos indias que allí trabajaban tenían los ojos empapados de lágrimas”. Su novela Sobre héroes y tumbas (1961) será una de las pocas piezas literarias que aborde el bombardeo a Plaza de Mayo. Un par de décadas después definirá al peronismo como “la única revolución argentina”, aunque destacando a Eva por sobre Perón, a quien siempre enfrentó.

DERIVAS POLÍTICAS CRUZADAS

Esas idas y venidas ideológicas lo llevarán desde homenajear al Che Guevara en París en 1967 hasta prologar el Nunca Más de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep) en el gobierno de Raúl Alfonsín. En 1961, tras haber renunciado como funcionario del Ministerio de Relaciones Exteriores del presidente Arturo Frondizi, definió en la revista Che qué papel debe desempeñar un intelectual: “Luchar por las ideas que defendió antes en el papel. Luchar, si es necesario, con el fusil en la mano”. En la última dictadura cívico-militar, Sabato quedó emparentado con un episodio paradigmático: el almuerzo del 19 de mayo de 1976 con la Junta Militar en Casa de Gobierno, junto a otros escritores como Jorge Luis Borges. Dos semanas antes, el escritor Haroldo Conti había sido secuestrado de su casa por un grupo de tareas. Mientras a la salida del almuerzo el autor de Ficciones se perdió por los pasillos, el de El túnel se paró frente a los micrófonos. “Hubo un altísimo grado de comprensión y respeto mutuo”, declaró complaciente. Luego dijo que “se habló de la transformación de la Argentina, partiendo de una necesaria renovación de su cultura”. Y, para el final, definió al mandatario de facto, lo que apareció publicado al día siguiente en los matutinos de todo el mundo: “El general Videla me dio una excelente impresión. Se trata de un hombre culto, modesto e inteligente”.

En 1981, con la dictadura en baja, Sabato afirmó a la revista Humor: “En ciertos casos la rebelión armada ha sido necesaria, y seguramente seguirá siendo necesaria”. Y en 1982 habló de “pedir cuentas de todo lo que ha sucedido en estos seis años de desastre que paradójicamente llevan el nombre de Proceso de Reorganización Nacional. Un período en el que se produjeron horribles violaciones de derechos humanos”. Si bien luego calificaría como un “error” aquel almuerzo con los militares, no pocos le marcaron a Ernesto el antecedente de 1966, cuando también apoyó el golpe: “¿Vos creés en la Cámara de Diputados? ¿Conocés mucha gente que crea en esa clase de farsas? Por eso la gente común de la calle ha sentido un profundo sentimiento de liberación”. Unos 16 años después, en 1982, Sabato dirá en General Roca: “¿Sabe qué tendrían que hacer los militares después de este desastre final que estamos presenciando? Ir en procesión hasta la casa del doctor Illia para pedirle perdón por lo que hicieron”.

CONTRADICCIONES Y LEGADO

Esas contradicciones, que se repitieron con la Guerra de Malvinas (primero apoyada y luego calificada como una “improvisación suicida”), se vieron reflejadas en su concepción del Mundial 78. Ese año criticó la llamada “Campaña Antiargentina” y cerró la fiesta de premiación de los campeones, transmitida en cadena con la presencia de la cúpula militar. En 1981, en cambio, declaró sobre el evento mundialista: “Desaprobaba el despilfarro, el gigantesco aparato de publicidad, el nacionalismo barato que suscitaba y el olvido de los problemas gravísimos de la Nación. Para colmo, lo ganamos”. En 1978, la revista alemana GEO Magazin lo invitó a una extensa entrevista en la que emergió algo que pudo concebirse años después como la “teoría de los dos demonios”. Declaró: “El desorden general, el crimen y el desastre económico eran tan grandes que los nuevos mandatarios no alcanzaban ya a superarlos con los medios de un estado de derecho. Porque, entre tanto, los crímenes de la extrema izquierda eran respondidos con salvajes atentados de represalia de la extrema derecha”. En 1994 criticó a quienes, desde el exilio, acusaron a los artistas que permanecieron en la Argentina durante la dictadura: “Es muy fácil acusar a alguien desde el exterior. Yo, en cambio, enfrenté a la dictadura sin moverme de mi casa de Santos Lugares”.

“Estuve en el infierno”, aseguró Sabato al referirse al trabajo que demandó la Conadep, con el que su figura quedaría asociada a la defensa de los derechos humanos y la república. A las pocas horas de su fallecimiento, el entonces secretario de Cultura de la Nación, Jorge Coscia, recordó la visita de Néstor y Cristina a la casa de Ernesto, antes de que Kirchner asumiera: “Fue algo muy lúcido, fue buscar contacto con un hombre que leía algunas claves del gran misterio argentino”. “A mí me han llamado reaccionario muchas veces”, reconoce el escritor en el documental Conversaciones con Sabato. Para Osvaldo Bayer, fue el intelectual que mejor reflejó a la clase media argentina, o el que más se pareció a ella. Ese mismo Sabato que abogaba por un socialismo “que respe la persona, que termine con la alienación y la sociedad de consumo” y que, viviendo sus últimos años en soledad, no dejó de producir textos breves, como La resistencia (2000), en el que llama a los jóvenes a enfrentarse a los males del siglo veintiuno, y entrevistas en las que criticaba la tecnocracia que “aniquila al hombre”. Mientras seguía, como buen escritor, atormentado por sus fantasmas.

Escrito por
Gustavo Sarmiento
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