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“EL MARECHAL ESCRITOR MERECE SER MÁS VALORADO”

María de los Ángeles Marechal es una de las hijas del poeta y una luchadora tenaz para difundir la obra de su padre. Para reencontrarse con su legado debió enfrentar una dolorosa historia familiar.

“Vos te vas a tener que ocupar de mi obra”, le dijo el padre en el único ratito, acaso unos pocos minutos, que estuvieron a solas. Y María de los Ángeles Marechal se empecinó en cumplir con ese mandato y recuperar, si no a su padre, al escritor que fue. Ni siquiera eso –aunque la ley siempre la avaló– le resultó sencillo. “Tardé 38 años en rescatar textos y documentos suyos, y todavía tengo su biblioteca denegada. Yo misma me compré sus libros”, cuenta con una mezcla de angustia y bronca, aunque nunca de impotencia. Vivió en el departamento familiar hasta los siete años, cuando murió su madre, María Zoraida Barreiro, en el 47. Después, se fue con su abuela y tíos paternos hasta 1950, cuando Leopoldo Marechal y su segunda mujer, Elbia Rosbaco, las mandaron a ella y a su hermana Malena a un colegio pupilo. Ángeles sólo pudo volver a entrar a esa casa de grande, ya maestra, siempre bajo la atenta vigilancia de Elbiamor, como la llamaba el autor de Adán Buenosayres.

Cuando José Fioravanti realizó una réplica del busto que había hecho sobre su padre, Ángeles enseguida supo que tenía que estar donde le diera la luz. Es lo que hizo a lo largo de más de cuatro décadas: echar luz sobre la memoria de Marechal. Armó la fundación con el único sostén de su hermana, para buscar y publicar datos documentados sobre la vida del escritor, exponer y brindar fotos y textos a todo estudioso interesado en su obra, reeditar poemas y novelas, publicar obras inéditas, aportar todo lo posible para que Marechal fuera más reconocido y disfrutado.

–Así como Adán se sumergió en Cacodelphia, usted tuvo que atravesar muchos obstáculos para recuperar los escritos de su padre.

–Fueron circunstancias muy tristes, fruto de personalidades, digamos, enfermas de protagonismo. Fueron 38 años perdidos en los que se hubieran podido trabajar más sus inéditos, sus cartas, sus conferencias nunca publicadas, las presentaciones de sus libros, toda una obra que quedó atrapada en el domicilio donde vivía mi padre, que fue la casa de mi infancia. En 2001, gracias a un periodista, me entero de que llevaron la biblioteca y el busto original a Rosario. Una sobrina de Rosbaco me dijo que tenía material de mi padre que consideraba que nos pertenecía a nosotras, sus hijas, pero que no quería dármelo para asegurarse de que no se publicaría mientras su tía estuviera viva, porque Elbia siempre negó que esos escritos existieran. Como tampoco quería quedárselos, convinimos en que los tuviera un tercero en custodia. Le di dos nombres: el psicoanalista Guillermo Montero, que había publicado un análisis muy respetuoso del personaje de Adán, y Pedro Luis Barcia, que era un estudioso de la obra de Marechal. Ella se decidió por Barcia y le entregó, escribano mediante, una caja cerrada con todo el material. Rosbaco murió en 2004. Barcia me negó hasta el derecho a sacar fotocopias. Recién en 2008 pude reunirme con los manuscritos de mi padre. Su biblioteca está en la Facultad de Humanidades y Artes de Rosario. Fue donada allí por la familia Rosbaco en 2001 y me fue muy difícil llegar hasta ella. Cada vez que solicitaba una visita, me ponían pretextos banales, como que faltaba personal. Recién en 2009 fui con el académico canadiense Norman Cheadle y pude acceder a la biblioteca, descubrí sus fichas manuscritas y me las traje fotocopiadas a Buenos Aires.

¿Cómo y cuándo descubrió la obra de su padre?

–Desde pequeña supe que escribía. Lo hacía a diario, al volver de su trabajo, y mamá nos pedía que eligiéramos juegos tranquilos, sin correr. No recuerdo cuál fue el primer texto que leí, sí que en 1960 se publicó “La patria”, alguien me la compró y la leí con deleite. Sigue siendo uno de mis poemas preferidos, que luego él incorporó, en 1966, al Heptamerón, bajo el título “La patriótica”.

–¿La ve a su madre Zoraida en sus escritos?

–La encuentro de diferentes maneras: él le dedica el poemario Laberinto de amor, en 1936, y también está en diversos textos, pequeños fragmentos biográficos que no son accesibles a quien no conoció nuestras vidas. Por ejemplo, en la iglesia Nuestra Señora de los Buenos Aires, donde se casaron, “la figura de Aquella por quien escribo estas páginas”, “para referir ahora el advenimiento de Aquella por quien escribo estas líneas y a la cual se ordenarán los párrafos siguientes como el amanecer al día o como la flor al fruto”. También en el Adán…: “Y Adán le había dicho que sus ojos eran iguales a dos mañanas juntas”. Ese piropo nos lo decía a nosotras, sus tres Marías: Zoraida, Magdalena (Malena) y Ángeles.

–Hace años que trabaja en una biocronología de su padre. ¿Encontró nuevos datos?

–Muchos, siempre procuro conseguir la documentación antes de publicar algo. ¡Se han escrito tantos errores! Algunos porque no saben, otros inventan. Muchas cosas siguieron repitiéndose por versiones dadas por la mujer con la que convivió y, hay que decirlo, también por él mismo. En una visita que le hizo Malena, un día que le permitieron ingresar al que fuera nuestro hogar infantil, ambos le contaron, como una gracia, que se estaban inventando una biografía. No se podía hablar a solas con nuestro padre, su conviviente no lo permitía y él la dejaba hacer. Pero yo sigo recopilando documentación fidedigna. Ubiqué los decretos de sus diversos nombramientos, la fecha de algunos de sus viajes a Europa, aun me queda pendiente la fecha exacta de su partida a Europa en 1948 y, algo muy importante para mí, la partida de nacimiento de mi mamá, en España. Todos los documentos de mi madre y nuestras fotos infantiles desaparecieron.

–¿Por qué es tan difícil publicar a Marechal?

–No sé si la palabra es “difícil”. Tuve muchas trabas y algunas amenazas, pero no vinieron precisamente de las editoriales. Provenían del entorno de la que fuera conviviente de mi padre y de quienes la rodeaban. Hace poco leí que un señor, no recuerdo el nombre, escribió que mi hermana y yo le habíamos negado el derecho a publicar la obra completa, según le había dicho la señora Elbia. Jamás nos llegó su propuesta. Tanto es así que cuando Jorge Lafforgue y Juan Martini me hablaron, se concretó, sin problema alguno, la edición de Perfil Libros, en 1998. Ahora pocos editores se interesan en el teatro y en la poesía, y yo no llamo a las editoriales para decirles “miren, tengo estos textos para ofrecerles, los recuperé tras 38 años de reclamos”. El Marechal escritor, gran escritor desde mi mirada, merece ser más valorado. No me parece ético que yo vaya timbreando editoriales.

–¿Cambió su mirada de la ciudad a partir de la lectura del Adán…?

–Sí, recorrí sobre todo Villa Crespo. Recuerdo haber llevado a mis tíos, los hermanos de mi padre, a pasear por el que fue su barrio, su hogar. Fue muy emotivo. Al principio me arrepentí porque se pusieron a llorar. Las palabras de mis tíos y mi prima, que habían vivido en ese barrio, me ayudaron a imaginarlo, saber de la Chacharola y otros seres que lo habitaron. Todos los 28, 29 y 30 de abril realizo visitas guiadas en las que llegaron a participar hasta 60 personas en un día

–¿Cómo fue aquel reencuentro con su padre, después de haber estado pupila?

–No hubo reencuentro. Después de recibirme de maestra, él seguía negándonos la entrada a nuestro hogar. Sólo el primer sábado de cada mes nos pasaba por la mirilla, que era rectangular, grande, propia de un departamento antiguo, una reducida suma de dinero que dábamos a quienes realmente se ocuparon de nuestra salud física y espiritual: nuestros tíos paternos y nuestra abuela materna. Pude entrar poco a la casa y, salvo aquella vez que Marechal me dijo que yo debía ocuparme de la obra, jamás pude estar a solas con él. Muchos años después supe que habían internado a su conviviente en un hospital por sus problemas nerviosos. Elbia era fanática de la delgadez y tomaba anfetaminas.

–Marechal pasó de ser silenciado, de ser “el poeta depuesto”, a convertirse en un clásico de la literatura argentina. ¿Qué textos propondría para iniciar la lectura de su obra?

–Creo que siempre le faltó difusión, que politizarlo tras su muerte lo dañó y que algunos críticos literarios, para subirse ellos al carro de los presuntamente famosos, más mal le hicieron. Ahora hay nuevas generaciones, especialmente en el extranjero, que lo valoran por sus méritos literarios. Según la edad, yo sugiero: a partir de los diez años, empezar por “El hipogrifo”, un cuento que escribió mucho antes de que existiera Harry Potter. Para los adolescentes, las piezas teatrales Antígona Vélez y Don Juan, que gustan mucho en la secundaria. El sainete La batalla de José Luna es otro texto muy valioso que tiene algún personaje en Megafón… Y, por supuesto, Adán Buenosayres, su novela magna. Las aventuras de los jóvenes, la tertulia de los Amundsen, los recuerdos de familia son pasajes maravillosos. Ah, para quienes gustan de la historia, es muy buena su Historia de la calle Corrientes. Hoy está en edición bilingüe.

–¿Quedan todavía textos inéditos de Marechal?

–Sí, hay obras de teatro, conferencias, el bosquejo de su cuarta novela, cartas. Me gustaría publicar todo. Anhelo estar lúcida para poder ir preparando el material. Tengo borradores de entrevistas, prólogos, presentaciones de textos, dibujos, y también quiero finalizar su biocronología real.

–¿Dónde le gustaría que resguardaran el archivo que tiene en la fundación?

Lamentablemente, no confío en que ninguna institución de nuestro país resguarde la documentación como corresponde. He visto demasiados papeles humedecidos por el tiempo, manuscritos abandonados en estantes y rincones llenos de polvo. Quizás los done al Instituto Iberoamericano de Berlín, ya que ahí cuidan las obras: hay un manuscrito de Roberto Arlt resguardado en una cámara de aire, por ejemplo. Así me gustaría que se conservaran los escritos de Marechal.

Escrito por
Virginia Poblet
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