Desde la esquina de Avenida Brasil y Defensa puede verse el sendero del Parque Lezama con árboles a los costados. El caminito desemboca en el monumento a Pedro de Mendoza. Al girar la cabeza aparece la entrada del bar. Hay dos grandes ventanales de madera y vidrio que tienen escrito en la parte superior “Bar Británico”. El piso es de baldosas negras y blancas como un tablero de ajedrez. En esa esquina, en ese bar de mesas de madera gastada con sillas Thonet, confluyeron durante años el rock, la poesía, el periodismo, la literatura. El Británico es un territorio donde las fronteras entre estos mundos se borran y surge un mestizaje. Se puede viajar con la imaginación a fines de la década de 1980 y principios de 1990 y ver sentados en esas mesas, bebiendo, conversando, al escritor Enrique Symns, al cantante de Los Redondos Indio Solari y al periodista y escritor Ricardo “Patán” Ragendorfer.
Patán fue y es uno de los habitantes del Británico. Él mismo creó un estilo que mezcla con una alquimia inigualable la literatura y el periodismo. En esta entrevista, sin embargo, no hablará de sus libros y sus crónicas. Se dedicará a rememorar aquellos años y su relación con el Indio, en una época en la que el cantante todavía no se había transformado en una figura mitológica.
–¿Cómo empezó ese vínculo?
–Mi relación con Los Redondos data de la época en que salía la revista Cerdos & Peces. Yo escribía en El Porteño y también en la Cerdos. Así que compartía el trabajo con Enrique Symns y, a través de Enrique, comencé a cruzarme con el Indio y con Skay (Beilinson), que en esa época ya empezaban a orillar en el mundo del rock. Era una etapa muy rica y profusa en el rock. Las bandas que con el tiempo convocarían multitudes ofrecían recitales en lugares muy pequeños, como el teatro Margarita Xirgu. Eran bandas de culto. Symns en ese momento hacía un monólogo antes de que empezaran los recitales de Los Redondos. Esos conciertos terminaron siendo el punto de encuentro entre Enrique, el Indio, Skay y otros personajes. Eran veladas que se extendían hasta el amanecer en determinados bares o casas. En ese marco, fines de los 80, sucede todo esto.
–Debían ser noches divertidas y agitadas.
–Era un mundo mucho más divertido y agitado que el actual. El periodismo florecía. Sin darme cuenta, ni ser consciente, yo estaba encontrando un camino. Experimentaba experiencias desiguales y combinadas, como diría León Trotsky, en las cuales oscilaba entre la gloria y el derrumbe.
–¿En qué lugar era más habitual que se estirara la noche de esos encuentros y de qué temas hablaban?
–Los bares a los que íbamos estaban cerca de los teatros en los que tocaban Los Redondos. Uno era el Británico. Y fue ahí justamente donde un amigo, Santiago Ferrón, le presentó al Indio Solari a Symns. Ahí surge todo mi vínculo con Los Redondos. Hay un tema, “Masacre del puticlub”, en el que el Indio nombra a Ferrón, a quien le decían “El Negro Cañón”, porque en un verso de esa canción dice “vuelan los dientes del Negro Cañón”. Respecto a los temas que conversábamos eran muy variados, intensos y reveladores. Lo interesante que tenía el Indio, a diferencia de otros personajes del mundo del rock, es que era un tipo muy leído, muy analítico y muy lúcido. Hace pocas semanas salió en Tiempo Argentino un viejo reportaje que le hizo Symns al Indio. El título decía algo así: “Los psicópatas van a ser los hombres del siglo XXI”. Ahí el Indio desarrolló una teoría que, de algún modo, vaticinó que iban a aparecer personajes como Donald Trump y (Javier) Milei, psicópatas de pura cepa.
–¿Tus encuentros con el Indio siempre fueron grupales o tuviste algún mano a mano que recuerdes?
–Tuvimos algunos. Recuerdo una velada en la casa de la Negra Poli (manager de Los Redondos y esposa de Beilinson) y de Skay. Vivían en un departamentito de tres ambientes en Congreso. Me quedé conversando con Indio esa noche varias horas, primero en el café La Paz, en Avenida Corrientes, y luego en la casa de Skay. Pero soy bastante remiso en mencionar o resaltar una amistad entre el Indio y yo. Tuvimos conversaciones interesantes y compartimos mucho en esa época. Son cosas que no pretendo amplificar.
–Los Redondos, el Indio, tenían una búsqueda que rozaba lo filosófico, con una poesía abstracta. En esa época, ¿imaginaban que podían lograr la masividad que vino después?
–Era una banda que tocaba porque le gustaba tocar. El profesionalismo que cultivaban era en gran medida impulsado por la Negra Poli. Ella era una especie de mezcla entre Yoko Ono y Don King (el gran promotor de los boxeadores en Estados Unidos). Era la que organizaba el fixture artístico de Los Redondos. El Indio y Skay en ese momento tocaban por el placer de tocar. El crecimiento se dio de una forma vertiginosa. Pasaron de los teatros de 200 o 300 personas a lugares más grandes, como el Atenas de La Plata, y luego a Obras, que fue el punto de quiebre entre la banda de culto y la masiva. Fue un crecimiento que a ellos los sorprendió y supongo que también los descolocó.
–Si tuvieras que arriesgar una explicación sobre cómo una banda de estas características logra un nivel de masividad tan importante, ¿cuál sería?
–Es un fenómeno difícil de explicar. Es el misterio del arte. Qué es lo que hizo que esas canciones tocaran una fibra masiva tan grandiosa. Por un lado, eran excelentes músicos y la poética del Indio era bastante singular. Más allá de tener una buena prosa, había un componente mágico que posiblemente estaría también impulsado por las influencias de los poetas beat de la década del 60, que tenían un estilo de prosa simbólica. Eso producía el milagro de que cada oyente acomodara esas imágenes y palabras a su propia sensibilidad y sus creencias. Eso hizo que se genere la ilusión de que el Indio tenía una conversación personal con cada oyente. Es una de las cosas notables de Los Redondos.
–El modo de manejarse también terminó siendo parte de la identidad de Los Redondos, que generó esa cuestión tribal…
–De alguna manera, Los Redondos dentro del rock fueron bastante singulares. Le huían a la exposición en la prensa. Para ellos era una molestia que vino en la etapa de su crecimiento. Ellos ponían su cosmovisión en la música y las letras. Además, el Indio era un tipo bastante fóbico y no le gustaba todo eso.
