La mañana en que se conoció la noticia de la muerte del Indio Solari, Tito Fargo, junto a Semilla Bucciarelli y Sergio Dawi, los otros ex Redondos con los que comparte La Kermesse Redonda, decidieron mantener un prudente silencio y seguir adelante con la fecha que la banda que recrea las canciones de la mítica formación tenía agendada para el día siguiente en Mar del Plata.
“Nos pegó a todos. Nos estábamos preparando para ir a tocar a Mar del Plata y pensamos que lo mejor que podíamos hacer era recordarlo en el escenario tocando. Todo el mensaje que ha dejado es socioculturalmente muy fuerte y contundente. Se fue un grande, pero queda la obra, que es realmente lo que hace que la persona trascienda más allá de su vida”, reflexiona el guitarrista en diálogo con Caras y Caretas.
Integrante de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota en el período previo a la explosión masiva de popularidad, que abarcó el lanzamiento de los discos Gulp! y Oktubre, Tito Fargo aprovechó ese silencio autoimpuesto para repasar emociones y vivencias de aquellos años en los que el grupo era la gran perla del under porteño de los 80.
“Apareció mucha gente diciendo cualquier cosa. Por eso no di notas hasta ahora. Además, tuve como una especie de revisión de un montón de cosas. Cuando pasa algo así, se te mueven recuerdos de esa persona y otras cosas que tienen que ver con la vida misma. No te olvides de que nosotros ya tenemos cierta edad”, confiesa, antes de aceptar compartir por primera vez sus recuerdos con esta publicación.
–¿Cuándo y cómo conociste al Indio?
–Directamente cuando entré a la banda. Lo conocí como la persona que cumplía el rol de cantante dentro de la reformulación de la banda. Estaba Skay, Semilla y había una batería electrónica. Después, yo pude involucrar al Piojo Ábalos y a Willy Crook, como para que el combo se termine de armar. El Indio aparecía de vez en cuando a pispear los ensayos, se llevaba su casetito y, en base a eso, desarrollaba su melodía y la letra. Una vez que más o menos tenía eso, venía e incorporaba su parte.
–¿La dinámica dentro de la banda siempre fue igual o, una vez que tomaron forma la banda y las canciones, él también se involucraba en la parte musical?
–Según lo que recuerdo, él se dirigía directamente a lo que era la melodía y la letra. La base de bajo y batería, las dos violas y las partes de saxo las manejábamos nosotros en la sala. El Indio cumplía esa parte de “poeta cantor”, con sus melodías muy particulares. Venía, insinuaba ciertas melodías en un idioma indescifrable y después le incorporaba su poesía y le terminaba de dar forma. Las letras cambiaban muchas veces y terminaban estableciéndose una vez que se grababa. En la práctica y en el ejercicio de cantar, las iba modificando.
–¿Cómo era tu relación personal con él?
–Él vivía en Ramos Mejía y, como yo soy del oeste, lo pasaba a buscar para ensayar. En el viaje íbamos charlando un poco de algunas cosas. Siempre era muy interesante porque, al tener algunos años más que yo y muchas más vivencias, tenía cierta “locurita” que era muy atrapante. Yo pensaba: “Este tipo me está sanateando o sabe mucho”. El tiempo demostró que sabía mucho.
–¿Ya destilaba en esa época el aura de líder que desarrolló con el correr de los años?
–En esa época el trabajo siempre era grupal. Quizás, en su cabeza ya tenía algún tipo de pensamiento común en casi todos los cantantes, como que están al frente de una formación medio cónica, donde ocupan el frente de la escena y el resto de los músicos están detrás. Pero, mirá, me acuerdo de una anécdota que muestra que algo le debería gustar esa cosa de liderazgo que luego desarrolló. Una vez fuimos a tocar a un lugar en el centro que se llamaba La Capilla. Estábamos probando sonido y vino un chabón con una escalera para acomodar el tacho que estaba para iluminar al cantante. Como el Indio estaba parado ahí, le dijo: “Disculpe, señor Rey, ¿se puede correr un cachito que voy a arreglar la luz?”, porque suponía que él era Patricio Rey. Y ante esas palabras, le vi cierto brillito en los ojos, como que le gustó que se hayan dirigido a él de esa manera.
–¿Era igual de hermético y celoso de su intimidad como lo fue en los años posteriores o era más sociable?
–Siempre fue un tipo, no te digo de rancho aparte, pero conservando cierta distancia con respecto a cosas que por ahí no le cerraban. No lo recuerdo en medio de una fiesta o de una situación de jolgorio. Skay y Poli eran el motor social de la banda. De hecho, a Skay lo conocí una vez que tocamos con Luca en el Café Einstein, en esa situación de músico que va a escuchar música, a zapar. Al Indio nunca lo vi en ese ángulo. Siempre ha sido así, y eso es coherente porque, en una situación de banda independiente que empieza a funcionar, comienza a aparecer gente a indagar. Nosotros los llamábamos “monitores”. Cierta reserva había que tener para defender un poco eso.
–¿Mantuviste el contacto con él cuando dejaste de ser parte de Los Redondos?
–No, porque yo me fui a vivir a España. Volví a los cuatro o cinco años y pude hablar por teléfono. Inclusive, cuando compró su casa en Parque Leloir, me invitó y fui. Después el tipo se hizo muy grande y ya no hubo conexión. Tampoco lo intenté demasiado. Y cuando empezamos con La Kermesse Redonda, le mandó un mensaje por WhatsApp a Sergio como avalando lo que estábamos haciendo y deseando suerte en el proyecto. Sergio me lo hizo escuchar y me pareció que estaba bueno.
–¿Cuál considerás que es el legado más fuerte que deja el Indio: la trascendencia de su obra a pesar de transitar un camino artístico independiente o la capacidad de poder interpretar e interpelar a estratos sociales muy distintos?
–La capacidad de llegar a diferentes estratos es muy poderosa, pero también tiene que ver con ser independiente. Si estás dependiendo de un mandato, de algún tipo de ideología, de un montón de cosas que son impuestas, no podés llegar a muchos estratos. Así que creo que las dos cosas van hermanadas. Cuando uno lee, va a ver una obra de teatro o cualquier cosa que tenga que ver con el arte, tiene que salir modificado; tiene que haber un cimbronazo. La poesía del Indio tiene que ver con eso. Todas las personas necesitamos un faro. En este caso, creo que el Indio es un faro muy grande para mucha gente por toda su poesía y posturas. Me siento privilegiado de haber sido parte de Los Redondos en algún momento.
