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EL ESCRITOR EN EL LABERINTO DE LA CREACIÓN

El autor de Adán Buenosayres tuvo una vida marcada por las letras y el compromiso político. Como poeta, novelista y dramaturgo, dejó una vasta obra que inspiró a generaciones de literatos. Como peronista, fue funcionario en Educación y sufrió el ostracismo de la proscripción.

El mundo empezaba a ser abundante. El automovilista inglés Malcolm Campbell llegó a transitarlo por tierra a 300 kilómetros por hora. Las narices de los aviones ya miraban por encima de los océanos apuntando a ciudades lejanas. Y apareció la penicilina. Y la arquitectura art déco. Años locos, los 20.

Años con espumantes y seducción. Años de “a vivir que son dos días y ya se vendrá otra guerra”. Y el hombre ahí, como creyendo que el mundo había empezado el día anterior y que había que seguirla porque todo era futuro. Y Lenin y Gandhi y Mussolini. Arrasada por tantas novedades y opresiones, la contracara del yo festivo era la angustia preexistencialista, la perplejidad junto con el mandato de que había que hacerlo todo de nuevo.

El arte trató de ocuparse de eso. El cubismo, el surrealismo, el futurismo, la música dodecafónica. El Ulises de Joyce, La tierra baldía de Eliot y Trilce de César Vallejo asombraron las formas y la formalidad en el mismo año, 1922. Basta de rosas desmayadas, amores a luz de la luna, rimas floridas, basta de estatuas con los brazos cortados y las narices mochas. Se buscaba otra vitalidad, se buscaba ruptura. Los choznos, los abuelos, los tíos y hasta los hermanos mayores, al lugar que les corresponde: el cementerio. Leopoldo Marechal era entonces un veinteañero porteño nacido en 1900. Como escritor que quería ser, como descendiente de franceses y vascos que se había atrevido a garrapatear el primer poema a los doce años, se dio una vuelta por el grupo Martín Fierro –de la mano de Raúl Scalabrini Ortiz, a quien había conocido en la librería Gleyzer–. Se dio una vuelta y se quedó con esa barra donde peroraban Jorge Luis Borges, Evar Méndez, Macedonio Fernández, Ricardo Güiraldes, Raúl González Tuñón, entre tantos, entre muchos de los intelectuales en circulación ciudadana.

Lo que bullía y unificaba a ese grupo con exceso de testosterona e intereses que el tiempo iría bifurcando era cómo armonizar una identidad propia, nacional, criolla –pero más urbana que rural–, con el torrente de “ismos” que arrojaban desde Europa las vanguardias vocingleras. Ya no podía haber tanto olor a pasto saturando los versos y las secuencias narrativas, salvo que como Güiraldes enseguida, y Borges años después, se las rociara con el perfume de las nuevas estructuras y los nuevos lenguajes.

NACIMIENTO DE UN ESCRITOR

Y ahí, Marechal, ingenioso y culto muchacho de pelo crespo peinado para atrás, se disponía a arrimar lo suyo aunque lo suyo fuera una tensión más bien clásica, más formalista, más empaquetada que la de sus cófrades que pretendían hacer volar por el aire libros con olor a papel húmedo y bibliotecas.

El veinteañero Marechal, ya huérfano de padre –Alberto, mecánico uruguayo de ascendencia francesa, había muerto en 1919 de gripe española–, cargaba con la lectura como pasión, sembrada por su abuelo paterno, que había escapado de París por izquierda. Eso se combinó con el envión que en el último tramo de la escuela primaria le dio el maestro Ricardo Chapo. Gracias a él se acercó primero a los escritores argentinos y de habla hispana. Como correspondía al predominio modernista, Rubén Darío lo deslumbró. Leopoldo había nacido el 11 de junio de 1900, había vivido sus primeros años en el barrio de Almagro y desde los diez años en Villa Crespo –su casa estaba en Monte Egmont (hoy Tres Arroyos) 280–, que se convertiría en la topografía literaria de su novela-friso Adán Buenosayres.

Con esas credenciales aceitaría esa bisagra tan reconociblemente argentina que conecta las correrías barriales de rodillas raspadas con esos largos viajes solitarios tras el afán de pasar la página para terminar un libro y empezar otro tratando de que no molestaran dos hermanos menores, Hortensia (1902) y Alberto (1905).

De chico gozó de la suerte de alejarse del verano empedrado a los pagos bonaerenses y llanos de Maipú. Su tío político, José Fabey, era un hombre de tierra adentro, especializado en la cruza de ganado, hábil para el lazo y la jineteada. En el campo se armó de otra banda de amigotes que lo llamaban como a su ciudad de origen: Buenosaires. Algún biógrafo apuntó que de allí salió el nombre de su personaje epónimo; otros dicen que se inspiró en el título de la primera novela de Macedonio Fernández, Adriana Buenos Aires (escrita en 1922 y revisada en 1938).

El chico porteño respiró hondo esos aires de Maipú, como lo reconocería en algún recuerdo: “Allí me inicié en el conocimiento de las ontologías de sur (hombres y cosas), que con tanta frecuencia aparecen en mi obra. Entonces creía en Dios, como creo ahora, como creí siempre. Antes por razones de fe; hoy, por razones metafísicas, que son más valederas”.

Revoltoso, el pibe: al concluir la escuela primaria ingresó a trabajar en una fábrica de cortinas que se servía de mano de obra adolescente. Cabe imaginarse el trabajo púber a principios del siglo pasado como un festival de injusticias. Tomar nota rápidamente de ese catálogo de arbitrariedades le costó durar apenas un mes en el taller. Lo echaron tras organizar una huelga.

LA FORMACIÓN Y LOS VIAJES

La caza de libros siguió por el centro de la ciudad y sus librerías de viejo. El catastro de miserias de Victor Hugo, las aventuras de Alejandro Dumas y el verbo reivindicativo de Émile Zola eran digeridos de un tirón. Es que se hacía tiempo para lecturas propias luego de franquear la puerta de un secundario privado en la avenida Díaz Vélez hasta los quince años y después la de la Escuela Normal de Profesores Mariano Acosta, de donde egresó como maestro. No sería ese un diploma para colgar en la pared; ejercería en las aulas durante veinte años, con interrupciones bohemias y europeas. La docencia tendría que ver con toda su vida adulta, aun como funcionario del peronismo.

Poco antes de graduarse, supo combinar lo útil con lo agradable al emplearse en la Biblioteca Popular Juan B. Alberdi de Villa Crespo. Y después sí: maestro de grado en la escuela Juan B. Peña de la calle Trelles al 900.

Un muchacho con anhelos de gloria literaria y dos libros de poemas publicados (el desdeñado Los aguiluchos y el celebrado Días como flechas) no podía perderse Europa. En 1926 cruza el océano y pisa primero España, donde conoce a Ramón Gómez de la Serna, que cultivaba un surrealismo castizo y no se sonrojaba con la introducción franca del humor en la literatura. También a José Ortega y Gasset, el pensador vitalista que creía estar fundando la filosofía de su país. Ambos recalarán luego en Buenos Aires huyendo del franquismo, con el que suavemente se reconciliarían más adelante. Leopoldo conoce también a los poetas ultraístas de los que tanto le había hablado su entonces amigo Georgie.

En Francia percibe que los pintores argentinos que conformaban el Grupo de París (Berni, Spilimbergo, Raquel Forner, Basaldúa, entre otros) son artistas más genuinos que los escritores, y prefiere guiarse con ellos o estar en compañía de su coterráneo Francisco Luis Bernárdez, el de “La ciudad sin Laura”. No exalta ni se apega a los “porteños farristas”, sino que hace foco en otra atmósfera, en el lado B de la parranda, donde olfatea el spleen y la gestualidad burlona de un nihilismo que él interpretaba como la imposibilidad de encontrarle un sentido a la vida. Así que, de regreso, aquellos chisporroteos martinfierristas se van dejando invadir por una búsqueda esencialista que todavía no tiene radicación pero que finalmente la encuentra en el catolicismo. En 1929 viaja a Europa por segunda vez y hace base en Florencia para ponerse al tanto de los climas, los afluentes intelectuales y espirituales de Dante Alighieri, cuya Divina comedia penetra en su sistema literario tal como quedará demostrado en la resolución de Adán Buenosayres.

PRIMEROS ACERCAMIENTOS A LA POLÍTICA

Entre esos dos saltos sobre el Atlántico –habrá un tercero–, Pablo Gerchunoff lo llama para que se acerque al periodismo en el flamante diario El Mundo, que se había fundado en mayo de 1928 y donde Roberto Arlt, Manuel Gálvez y Conrado Nalé Roxlo ya se ganaban el pan. La escritura al paso de las redacciones, donde las palabras humeaban y se perdían en el aire, no le interesó al casi treintañero Marechal.

La política sí. La política le importaba. Participaba de una lectura muy compartida entonces en un campo intelectual dominado por jóvenes, que veían en la oligarquía ganadera y sus intereses cruzados con Gran Bretaña la cifra de la decadencia y el freno a la energía nacional. Creían que la posición subordinada en el comercio internacional no servía para liberar las potencias culturales e industriosas que latían en la sociedad. Algunos de ellos seguían con entusiasmo la experiencia soviética.

Es desde ese lugar que los más bisoños y notorios martinfierristas le dieron vida al Comité Yrigoyenista de Intelectuales Jóvenes. El presidente es Jorge Luis Borges; el vicepresidente, Leopoldo Marechal, y el tesorero, Ulyses Petit de Murat. Se encuadran con ellos Macedonio Fernández, Francisco Luis Bernárdez, Raúl Scalabrini Ortiz, Carlos Mastronardi, Xul Solar, los hermanos Raúl y Enrique González Tuñón y Sixto Pondal Ríos.

Los matices entre esa muchachada heterogénea se irán convirtiendo en posturas irreconciliables. Pero en la emergencia primaba la determinación de no reponer a la oligarquía vacuna en el poder y no ceder ante la embobada colonización cultural de las elites porteñas, mientras ellos anhelaban la consolidación de una identidad propia.

Aunque en el mismo barco, Borges y Marechal tenían sus diferencias. Para el bardo de Palermo, la clave refundadora de la cultura era el criollismo. En El tamaño de mi esperanza, de 1926, ensayo del que después renegará, había escrito, vehemente: “A los criollos les quiero hablar; a los hombres que en esta tierra se sienten vivir y morir, no a los que creen que el sol y la luna están siempre en Europa”. Locuras juveniles o falta de consejos, pero Borges peleaba por una suerte de argentinismo puro.

Marechal, en cambio, era un armonizador de fuerzas varias. Su binarismo cristiano se esforzaba en tender puentes: el inmigrante y el peón rural de poncho y guitarra; las infinitas llanuras o las montañas y las ciudades que empezaban a subir hacia el cielo; la gramática espiritual grecorromana y la potencia telúrica de América; los judíos y los católicos; la versificación popular y la “alta” cultura; la tensión clásica y el vanguardismo. Cuando las diferencias se ahonden, Marechal cargará contra Borges con humor: “Tiene una visión del arrabal basada en sí mismo”.

LA NOVELA Y EL AMOR

En su tercera escapada a Europa, con anclaje en París, comienza a trabajar en su novela-río, “el Adán”. Retorna no muy conforme con el resultado y con una crisis personal que lo abisma. El regreso al catolicismo tendrá, también, un correlato político, pues se acerca a los Cursos de Cultura Católica –a la postre, una piedra basal de la Universidad Católica–. Integra el grupo Convivio con Marcelo Sánchez Sorondo, Hipólito J. Paz, Máximo Etchecopar, Juan Carlos Goyeneche, Mario Amadeo y Federico Ibarguren. Su confidente en las cosas del Cielo y de la Tierra seguiría siendo Bernárdez.

El nacionalismo católico –como reacción a las ideologías socialistas y libertarias, que ganaban el campo popular e intelectual– será un huevo de la serpiente desde donde también se propagará el fascismo militar. Además inficionará la vida política en sus etapas más sórdidas y criminales desde las banditas de señoritos de los 20 y los 30 hasta el golpe del 76. Marechal se pondrá a salvo de esos extremos porque lo suyo es una pesca metafísica variada. Se acerca a doctrinas esotéricas, pasa por el protestantismo evangélico, aboga por el sincretismo religioso.

A los 34 años se casa con María Zoraida Barreiro, una profesora de Letras gallega y nacionalizada argentina. Vendrán las hijas: María de los Ángeles y Magdalena. La pareja vivirá en Adrogué y en Almagro hasta llegar a lo que será, de por vida, su “ratonera”, en la avenida Rivadavia, en el barrio de Once. En 1947 muere allí su esposa. El mismo año forma pareja con Elbia Rosbaco, a quien homenajeará en sus libros como Elbiamor, la que “tenía los ojos grandes y claros como dos mañanas juntas”.

¿Por qué cielos literarios volaba Marechal entonces? Era un poeta y un intelectual de prestigio que en 1929 había ganado el Premio Municipal de Poesía con Odas para el hombre y la mujer, poemas donde ya había dejado atrás los tonos formativos del modernismo y el romanticismo y las aproximaciones vanguardistas abrazadas tanto con el grupo Martín Fierro como en sus viajes a Europa. Su artesanía es burilada, expresiva: “En una tierra que amasan los potros de cinco años/ el olor de tu piel hace llorar a los adolescentes./ ¡Yo sé que tu cielo es redondo y azul como los huevos de una perdiz/ y que tus mañanas tiemblan/ gotas pesadas en la flor del mundo!”.

El diario La Nación, por entonces verdadero legitimador de escritores e intelectuales, lo celebra con críticas y le abre sus páginas para publicar poemas que merecen rápidas esquelas emocionadas en un arco que abarca de Arlt a Borges.

EL PERONISMO COMO IDENTIDAD

Esas sonoras palmadas que lo aupaban al Olimpo apadrinado por los dueños de las vacas se apagarán de golpe. Un señor tan culto y talentoso no podía ser peronista, era imperdonable y no se la dejarían pasar cuando olisquearon que su obra cumbre, el Adán Buenosayres, cargaba con un intento totalizador ante el que no era fácil pasar indiferente. Imposible, de allí en más, despegar a Marechal de la política.

Descartado para siempre citar un verso, recordar a un personaje de novela, una página extraordinaria, de las que en el Adán… hay varias, sin remitir a esa complejidad de un escritor de la cultura “alta” mezclado con causas populares que esas prestigiosas narinas olían como bastardas. Ni por derecha ni por izquierda se podía masticar ese bocado.

Menos aún cuando el golpe militar del 43, hegemonizado por el nacionalismo católico, convoca a los integrantes del grupo Convivio para sumarse a la gestión. El bardo se empina como director general de Cultura. Cuando los militares rompen con el Eje en la Segunda Guerra Mundial, muchos de los “ultras” del catolicismo abandonan el barco. Pero Leopoldo intuye que la figura del coronel Juan Domingo Perón es una oportunidad política que no hay que dejar pasar.

Ese pálpito es subrayado el 17 de octubre de 1945, cuando el rumoreo que venía de las barriadas lo atrae y se mezcla entre la gente. Junto con Hipólito Paz, Arturo Cancela y José María Castiñeira de Dios, integra el Comité Procandidatura del coronel. Con esa relación desconfiada y distante que el peronismo tendrá hasta con sus intelectuales, sigue en la función pública más con trabajo y convicción que con oropeles. Pero queda muy a gusto cuando lo derivan a la Dirección de Enseñanza Superior y Artística.

En 1948 siente que es el momento para presentarse con esa obra en la que había puesto toda la carne. Lanza Adán Buenosayres. Fue como ponerles la cara a quienes lo esperaban para golpearlo, o sea, la intelectualidad gorila encuevada en La Nación y en la revista Sur. Se pusieron en fila para darle: Eduardo González Lanuza, Eduardo Mallea, Jorge Luis Borges, Enrique Anderson Imbert, Emir Rodríguez Monegal. Mezclaban el vapuleo crítico con invectivas a su persona, a su pertenencia política. Sólo Julio Cortázar, aunque con el seudónimo Julio Denis en la revista Realidad, se animó a decir que la novela arrojaba una novedad “extraordinaria”. Ni pidió ni recibió ayuda oficial para “colocar” su novela. Y la superestructura de prestigio cultural no era peronista.

Lo sería menos después del golpe del 55. Los libertadores lo persiguieron en un sentido estricto, con espías detrás de sus pasos. El silencio con el que lo encofraron hizo que de algún modo se encarnara en su líder y se considerara, con humor, un “poeta depuesto”. Laboriosamente, consiguió una jubilación esquiva y se encerró en su departamento con Elbiamor a fumar humeantes pipas de comprensible encono, sabiduría y fe política y religiosa. Lo visitaban sus dilectos José María Castiñeira de Dios, Rafael Squirru, Fernando Demaría.

EL BOOM FINAL

Tras años de olvido, con la paulatina peronización de la sociedad y con la narrativa latinoamericana cotizando en alza, el semanario Primera Plana dio el golpe: puso a Marechal en su tapa del 26 de octubre de 1965 y re/presentó Adán Buenosayres a la altura de sus merecimientos. Recordando siempre que Julio Cortázar –en ese momento tan de moda como un actor de cine europeo– era el único que se había animado a bendecirlo a pesar de ser, como era entonces, antiperonista.

El sobrio departamento de Rivadavia se pobló de jóvenes, empezaron a estudiarlo en las universidades, Adán… se reeditó con éxito y en ese clima funcionaron otras dos novelas: El banquete de Severo Arcángelo y Megafón, o la guerra, que se publicó un mes después de su muerte. Los jóvenes sartreanos que rodeaban a Abelardo Castillo se le acercaron, lo celebraron y salieron a contar que don Leopoldo Marechal era un tipo bárbaro con un humor y un trato social cálido e inteligente, que no tenía nada que ver con los preconceptos que lo creían un chupacirios y un peronista ceñudo. En la cresta de esa ola amable y reivindicativa, que también sirvió para que se reconociera su teatro, fue a Cuba como jurado del Premio Casa de las Américas a codearse con Cortázar, José Lezama Lima y Juan Marsé. Volvió ebrio de latinoamericanismo y dijo que Fidel y Perón tenían notables puntos de contacto.

En esos últimos años de la década del 60, que serían también los últimos de su vida, su obra se había resignificado. Lo mimaban, lo leían y a sus enemigos sempiternos –Borges entre ellos– les arrojó que estaban “envejecidos”. Él aparecía rodeado de melenas y minifaldas, hasta que murió, el 11 de junio de 1970.

Lo siguieron leyendo, estudiando, celebrando. Marechal tenía confianza en los premios celestiales de posmuerte. Pero no es posible afirmar que desde arriba aún escucha los aplausos.

Escrito por
Vicente Muleiro
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